La clausula del silencio
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Capítulo 1 - La llamada de Milán
El teléfono de Renata Coll vibró tres veces antes de que ella lo viera.
Estaba de pie en la cabina de interpretación del Palacio de Congresos de Madrid, quitándose los auriculares después de seis horas seguidas de traducir un congreso de oncología del inglés al español, cuando la pantalla se iluminó con un número que no conocía. Prefijo de Milán.
—¿Diga?
—¿Renata Coll? Soy Ilaria Bassi, de Bassi & Associati. Disculpe la hora, sé que es tarde en Madrid.
Eran las ocho y media de la tarde. Renata se apoyó en la pared insonorizada de la cabina y cerró los ojos un segundo, saboreando el silencio después de un día entero de voces superpuestas en su cabeza.
—No pasa nada. Dígame.
—Necesitamos una intérprete de conferencia, italiano-español, con experiencia en el sector hotelero y en fusiones corporativas. Discreción absoluta. El encargo empieza pasado mañana en Milán y puede prolongarse dos semanas. Pagamos el triple de su tarifa habitual.
Renata abrió los ojos.
—¿El triple?
—El cliente exige lo mejor del mercado y exige silencio.
Ambas cosas cuestan caro. —Ilaria hizo una pausa, como si calibrara cuánto podía decir por teléfono—.
Es una operación societaria de gran envergadura.
Antes de darle más detalles necesito que firme un acuerdo de confidencialidad.
Se lo enviaré esta misma noche. Si lo firma, mañana a primera hora le doy el resto.
Renata había interpretado divorcios de multimillonarios, cumbres diplomáticas y una vez, memorablemente, una negociación de rescate de un yate secuestrado frente a las costas de Cerdeña.
Estaba acostumbrada a las cláusulas de silencio.
Lo que no era habitual era que le ofrecieran el triple de tarifa por adelantado, ni que la tal Ilaria Bassi sonara, bajo la cortesía profesional, genuinamente nerviosa.
—De acuerdo —dijo—. Envíeme el documento.
Colgó y se quedó mirando la sala de congresos vacía a través del cristal de la cabina.
Había construido su carrera precisamente sobre eso: ser la persona en la que dos partes enfrentadas podían confiar para que sus palabras llegaran intactas al otro lado de la mesa, sin adornos, sin traiciones, sin fugas.
Once años haciendo invisible su propia opinión para que solo importaran las de los demás. Se le daba bien no dejar huella.
Su hermana Marta la llamó justo cuando salía del Palacio hacia el aparcamiento.
—¿Sigues viva? —preguntó Marta, con ese tono entre cariñoso y acusador que solo emplean las hermanas pequeñas.
—Apenas. Seis horas de terminología oncológica. Mañana no voy a poder pronunciar la palabra “metástasis” en ningún idioma sin que me dé un tic.
—Pues descansa, porque aquí las cosas están rarísimas.
Llevamos dos semanas con auditores metidos en el hotel a todas horas, gente de traje que no nos mira a los ojos y el director regional convocando reuniones a puerta cerrada.
Dicen que puede haber una fusión con una cadena italiana.
Si eso pasa, no sé qué va a ser de nosotros.
Renata se detuvo junto a su coche, la llave en la mano.
—¿Qué cadena italiana?
—Ni idea. Nadie suelta prenda. Solo sé que si cierran el Aurora me quedo sin trabajo, y con la hipoteca que me acabo de firmar eso sería... en fin, prefiero no pensarlo. —Marta soltó una risa corta, sin humor—. Bueno, cuéntame tú algo bonito. ¿Qué tal el congreso?
—Aburrido pero bien pagado. —Renata subió al coche—. Oye, tengo que dejarte, me ha entrado un encargo nuevo y tengo que revisar un contrato esta noche.
—Como siempre. Te quiero, hermana insomne.
—Y yo a ti.
Colgó y se quedó un instante con el teléfono en el regazo, la conversación de Marta enredándose con la de Ilaria Bassi en un nudo que no le gustó nada.
Cadenas hoteleras. Fusiones. Auditores. Eran fragmentos sueltos, coincidencias probablemente sin importancia —Italia era grande, había docenas de grupos hoteleros que podían estar comprando activos en España—, pero algo en la voz nerviosa de Ilaria Bassi había dejado un poso de inquietud que no se disolvió durante todo el trayecto a casa.
• • •
El acuerdo de confidencialidad llegó a las once de la noche, dieciocho páginas en italiano jurídico que Renata leyó dos veces, primero por encima y después con un bolígrafo en la mano, subrayando cada cláusula.
Estaba acostumbrada a firmar NDA duros, pero aquel superaba cualquier cosa que hubiera visto.
No solo le prohibía divulgar el contenido de las negociaciones: le prohibía divulgar que la negociación existía, le prohibía comentar cualquier detalle con terceros incluso después de que el acuerdo se hiciera público, y establecía una penalización económica que, calculó, equivalía a diez años de sus ingresos actuales.
Había una cláusula, la número doce, que releyó tres veces.
La intérprete se compromete a mantener silencio absoluto sobre cualquier información, dato, cifra, nombre, estrategia o circunstancia de la que tenga conocimiento en el ejercicio de sus funciones, sin excepción, y con independencia de las consecuencias que dicha información pudiera tener para terceros.
Sin excepción. Con independencia de las consecuencias que pudiera tener para terceros.
Era una frase extraña para incluir en un contrato de interpretación.
Renata había firmado cientos de NDA en su carrera y ninguno se había molestado en anticipar, con esa precisión casi obsesiva, la posibilidad de que la información dañara a alguien fuera de la sala.
Como si quien redactó el contrato ya supiera que habría daño y quisiera blindarse contra la conciencia de la persona que se sentara a interpretar.
Se dijo que estaba siendo paranoica. El cansancio del congreso, la llamada de Marta, la hora intempestiva: todo se combinaba para que viera fantasmas donde probablemente solo había el celo excesivo de un bufete acostumbrado a litigios.
Firmó el documento, lo escaneó y se lo devolvió a Ilaria Bassi antes de medianoche.
A las siete de la mañana siguiente tenía en el buzón un billete de avión a Milán para esa misma tarde, la reserva de un hotel en el centro y un correo con el asunto en mayúsculas: PROYECTO AURORA.
Renata se quedó mirando la palabra “Aurora” en la pantalla durante un buen rato antes de recordar que era también, casualmente, el nombre del hotel de Valencia donde trabajaba su hermana.
Una coincidencia. Los nombres en clave de las operaciones corporativas solían ser palabras bonitas y genéricas —Aurora, Fénix, Horizonte— elegidas al azar por algún consultor con ganas de poesía. No significaba nada.
Se lo repitió varias veces mientras hacía la maleta, y cada vez le costó un poco más creérselo.
• • •
El despacho de Bassi & Associati ocupaba la última planta de un edificio de mármol gris cerca de la Piazza San Babila, con vistas a los tejados de Milán y una sala de reuniones tan silenciosa que Renata podía oír el zumbido del aire acondicionado.
Ilaria Bassi resultó ser una mujer de unos cincuenta años, elegante y exhausta, que la recibió con un apretón de manos firme y una taza de café que no llegó a beberse.
—Gracias por venir con tan poco margen —dijo en italiano, y Renata respondió en el mismo idioma, notando cómo la abogada se relajaba un grado al comprobar que su italiano era impecable—.
Antes de que entre en la sala necesito explicarle el contexto, aunque de manera muy limitada.
Habrá aspectos que no podré compartir con usted hasta que esté dentro.
—Adelante.
—Representamos al Grupo Conti, una cadena hotelera familiar con sede en Milán, fundada por el abuelo del actual consejero delegado.
Están negociando una fusión con Costa Serena Hoteles, una cadena española de tamaño medio con una veintena de establecimientos, principalmente en la costa mediterránea y Valencia.
Renata mantuvo el rostro neutro, ese gesto profesional que había perfeccionado durante once años, mientras algo se le encogía en el pecho.
—El consejero delegado del Grupo Conti es Dario Conti, nieto del fundador. Es quien liderará personalmente las negociaciones por parte italiana. Será con quien usted trabaje más de cerca durante estas dos semanas.
—Entendido.
—Le seré franca, señorita Coll, porque necesito que entienda la sensibilidad del encargo.
—Ilaria bajó la voz aunque estaban solas—.
Ha habido... filtraciones en negociaciones anteriores del Grupo Conti.
Información que llegó a la prensa antes de tiempo y que estuvo a punto de hacer descarrilar dos operaciones.
El señor Conti tiene motivos personales, además de profesionales, para ser extremadamente cauto con quién deja entrar en la sala.
Por eso la cláusula doce del contrato. Por eso el pago.
Necesitamos poder confiar en usted sin reservas.
—Pueden confiar en mí —dijo Renata, y era verdad, o al menos lo había sido siempre hasta ese momento, cuando el nombre “Costa Serena” y la palabra “Valencia” seguían resonando en su cabeza como una advertencia que todavía no sabía leer.
Ilaria la condujo por un pasillo hasta una sala de reuniones con una mesa ovalada de nogal, doce sillas y ventanales que daban al Duomo.
En un extremo, de pie, con la chaqueta del traje colgada del respaldo de una silla y las mangas de la camisa remangadas hasta el codo, un hombre revisaba unos papeles con el ceño fruncido, ajeno a la puerta que se abría.
—Dario —dijo Ilaria—, te presento a Renata Coll, nuestra intérprete.
El hombre levantó la cabeza.
Renata había interpretado para políticos, magnates y una vez para un tenor de fama mundial que se pasó toda la reunión cantando en voz baja para calentar la garganta.
Estaba entrenada para no reaccionar ante nadie, para que su cara fuera un espejo liso donde no se reflejara ni sorpresa ni admiración ni desagrado.
Pero durante un segundo, uno solo, algo en la mirada oscura y directa de Dario Conti hizo que ese entrenamiento vacilara.