La Cepa CAPÍTULO 14 #2
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CAPÍTULO 14 #2

Fuera, el sonido del compresor comenzó a agudizarse en un silbido estridente.

La manguera de impulsión, al no encontrar salida hacia la fosa de decantación por estar el tubo interior bloqueado por el tapón de Gabriel, empezó a abombarse violentamente a la altura de la abrazadera de bronce del camión.

—¡Esteban! ¡La presión está subiendo a seis bares y la aguja no baja! —gritó el chofer, retrocediendo hacia la pista forestal—. ¡El tubo de la caseta está cegado! ¡Corta la bomba o va a reventar!

Esteban Barco miró el manómetro con desesperación, abalanzándose sobre la palanca de parada de emergencia.

—¡¿Qué cojones pasa con esta toma?! —maldijo Esteban, intentando desconectar el racor a la fuerza con la mano desnuda.

Fue un error fatal.

La sobrepresión acumulada de más de seis atmósferas de vapor corrosivo hizo saltar la abrazadera de sujeción del racor de bronce.

La manguera se soltó de la toma con la fuerza de un trallazo hidráulico, azotando el lateral del camión y pulverizando una nube densa de vapor de sulfato sobre la cabina y la parte frontal del chaquetón de cuero de Esteban Barco.

—¡Maldita sea! ¡Mis ojos! —gritó Esteban, cayendo de espaldas sobre el barro entre alaridos de dolor, mientras el ácido le quemaba la piel del rostro y los brazos.

El chofer corrió hacia la válvula del depósito, logrando cortar el suministro de la cisterna mientras la manguera suelta seguía serpenteando sobre el suelo, expulsando los últimos restos del químico sobre las hojas secas.

En ese preciso instante, Javier abrió de par en par la puerta de hierro forjado de la caseta de cantería, irrumpiendo en la explanada con la linterna halógena de alta potencia encendida, cuya luz blanca e cegadora inundó la escena del sabotaje.

—¡Nadie se mueva! —ordenó Javier con voz potente, avanzando hacia el camión mientras señalaba la cámara de Clara, que seguía grabando desde el borde del robledal.

El chofer levantó las manos de inmediato, dejándose caer de rodillas junto a las ruedas del camión.

Esteban Barco, retorciéndose en el suelo de barro mientras intentaba limpiarse el ácido del rostro con la manga mojada de su chaqueta, alzó la mirada aterrorizada hacia la figura de Gabriel, que emergía de la penumbra de la caseta sosteniendo en la mano la llave de tubo pesada con la que había cegado la conducción.

—Gabriel... por favor... llévame al hospital... me abrasa la cara... —gimoteó Esteban con la voz destrozada por el dolor y el pánico.

Gabriel se detuvo a dos pasos del herido, mirando el charco de químico corrosivo que humeaba sobre la hojarasca a pocos centímetros del agua pura del manantial de su familia.

—Tuvisteis suerte de que pusiera el tapón ciego de acero en el tubo interior, Esteban —dijo Gabriel con una calma helada que infundía más terror que cualquier grito—.

Si ese veneno llega a tocar el agua con la que mi padre y mi abuelo han elaborado el vino durante noventa años...

no estarías pidiendo una ambulancia. Estarías bajo tierra en este mismo monte.

Javier sacó su teléfono móvil del bolsillo, marcando el número directo del puesto de mando de la Guardia Civil de Haro y activando el altavoz.

—Sargento Maza —dijo Javier en voz alta y clara—.

Estamos en la caseta del manantial de la linde alta de Las Balsas.

Acabamos de sufrir un intento de envenenamiento de la red de agua de la bodega con sulfato concentrado por parte de Esteban Barco y la empresa de transportes de su tío.

Tenemos al autor herido por la reventón de su propia manguera de alta presión y el vídeo del sabotaje grabado de principio a fin.

Envíe una unidad médica y a la policía judicial inmediatamente.

Desde el altavoz del teléfono, la voz del sargento Maza resonó en la explanada del monte con una gravedad absoluta:

— Recibido, Javier. Dos patrullas de atestados y la ambulancia de soporte vital salen hacia la pista forestal del puerto de Herrera en este instante. No toquéis nada del material del camión.

A quinientos metros de allí, aparcado en un recodo a oscuras de la carretera comarcal, el gran turismo negro de Tomás Barco aguardaba con el motor en marcha.

Tomás Barco, con el teléfono móvil pegado a la oreja y las manos temblando sobre el volante de cuero, escuchaba solo el pitido intermitente de la línea fuera de servicio de la cisterna de su sobrino.

De pronto, las luces giroscópicas de dos todoterrenos de la Guardia Civil irrumpieron a gran velocidad por el cruce del polígono, cortando ambos sentidos de la carretera comarcal y encajonando el vehículo del empresario entre la cuneta y la barda de piedra de los viñedos.

Tomás Barco dejó caer el teléfono sobre el asiento del copiloto, contemplando en el retrovisor cómo cuatro agentes armados descendían de los vehículos policiales y se aproximaban a su ventanilla con las linternas en la mano.

La guerra de cuarenta años contra la tierra de los Valcárcel y los Santamaría no había terminado en un despacho de abogados ni en la moqueta de un hotel de lujo en Londres. Acababa de sepultarse definitivamente en el barro rojo del monte de la Sonsierra.

A las ocho de la mañana, la luz del amanecer se abrió paso entre las nubes rotas de la sierra, tiñendo de un dorado pálido las laderas empinadas del pago de Las Balsas.

En el patio principal de la bodega antigua, la calma era absoluta.

La camioneta del laboratorio de la policía judicial de Logroño terminaba de precintar las muestras del químico tomadas en la pista forestal, mientras el camión cisterna de la empresa de Barco era remolcado por una grúa pesada de la Comandancia.

En la nave de molienda, el rumor rítmico y constante de las prensas de acero neumáticas llenaba el espacio con un sonido limpio y vivo.

Clara, vestida con su bata blanca de enóloga y los cuadernos de análisis abiertos sobre la mesa de catas, observaba cómo el mosto denso y violáceo de la nueva cosecha caía en hilo continuo desde la cuba de recepción hacia el canal de trasiego de los depósitos de roble.

Gabriel, con el torso limpio y las manos lavadas con jabón de glicerina, terminaba de ajustar la válvula de entrada del depósito número uno.

Javier se acercó a la mesa, dejando sobre la madera cuatro tazas de café recién hecho cuyo vapor se mezclaba con el aroma frutal y especiado de la molienda fresca.

—La fiscalía de Logroño ha decretado prisión provisional comunicada y sin fianza para Tomás Barco y para su sobrino Esteban por delitos contra la salud pública, sabotaje industrial y estafa procesal continuada —anunció Javier, tomando un sorbo de café—.

Sus abogados han solicitado la suspensión cautelar de la actividad de su bodega industrial para hacer frente a las fianzas de responsabilidad civil.

Felipe Valcárcel, que caminaba despacio entre las hileras de barricas pasando la mano por la madera limpia de roble francés, se detuvo junto a sus hijos y su sobrino.

—Mi padre Julián me decía siempre que la tierra de la Sonsierra tiene una memoria muy larga —dijo Felipe con la voz quebrada por una emoción contenida—. Tarda años en responder, pero al final devuelve exactamente lo que cada uno ha sembrado en ella.

Gabriel tomó una copa de cata de cristal fino, introdujo el borde bajo el chorro de mosto que salía de la purga del depósito uno y alzó el líquido denso contra la luz del gran ventanal que daba a los viñedos.

El mosto de la cosecha seleccionada de 2025 brillaba con un rubí profundo, limpio de cualquier impureza, conservando intacta la potencia ácida y la nobleza aromática de las cepas viejas que habían sobrevivido a los incendios, a los pleitos notariales y a las traiciones de tres generaciones.

—Está listo, Clara —dijo Gabriel, pasándole la copa a la enóloga con una sonrisa serena que no se le veía en el rostro desde hacía años—. Es la hora de empezar el embotellado.

Clara tomó la copa, aspiró el aroma primitivo de la fruta y miró a Javier y a Gabriel.

—No va a ser un embotellado cualquiera —dijo Clara, abriendo el catálogo de impresión donde figuraba el nuevo diseño de la etiqueta dorada—.

Iliston ha confirmado esta mañana desde Londres que el primer embarque de cinco mil botellas presidirá la gala anual de la World Wine Association en Manhattan el mes que viene.

Quieren que las primeras cien botellas lleven el sello original de la reserva de 1935 grabado a fuego en el corcho.

Javier sonrió, apoyando la mano en el hombro de su hermana y en el de su primo.

—Entonces no hay tiempo que perder —dijo Javier—. La historia de Las Balsas tiene noventa años de retraso, y hoy el mundo entero está esperando para probarla.