CAPÍTULO 14
La noche del manantial
Hacia las tres y media de la noche, el temporal mostró su cara más hostil sobre la Sonsierra. Tras la furia del granizo vespertino, el cielo descargó una lluvia diminuta pero constante, helada como el acero, que descendía en ráfagas desde la sierra de Cantabria a merced de un vendaval del norte.
En la linde alta del pago de Las Balsas, a casi ochocientos metros de altitud, la oscuridad era una masa física.
Las hileras de cepas viejas de graciano, desnudas y retorcidas tras la vendimia, emergían entre las ráfagas de niebla como brazos de madera negra pugnando por salir de la tierra encharcada.
A quinientos metros ladera arriba, en una vaguada oculta por un bosquecillo de cajigos y robles jóvenes, se encontraba la caseta de cantería que protegía la arqueta madre del manantial.
De allí nacía la conducción subterránea de hierro galvanizado que, por simple gravedad, surtía de agua pura a los depósitos de maceración y a las camisas de refrigeración de la bodega antigua.
Gabriel caminaba en cabeza, hundiendo las botas de agua hasta el tobillo en el barro arcilloso del camino de servidumbre.
Llevaba a la espalda un macuto militar con herramientas de fontanería pesada, una linterna frontal de haz halógeno apagada sobre la gorra de lana y una chaqueta de engrasado marino que repelía el agua a duras penas.
Detrás de él, envuelto en una parka térmica y tratando de no resbalar en las roderas profundas dejadas por los tractores, avanzaba Javier.
Clara caminaba al final de la hilera, resguardando bajo el abrigo impermeable la cámara réflex con objetivo de focal fija y visión nocturna que había rescatado del despacho del archivo.
—Si no encendemos las luces nos vamos a romper una pierna antes de llegar a la caseta —murmuró Javier, limpiándose las gotas de agua que le goteaban por la nariz.
—Si encendemos las linternas en este tramo, nos verán desde la carretera comarcal a tres kilómetros de distancia —respondió Gabriel sin reducir el paso—.
Barco no va a mandar el camión por el camino principal.
Usará la pista forestal que baja desde el puerto de Herrera.
Es una vereda abandonada que muere justo detrás del robledal de la caseta.
Llegaron al promontorio de piedra caliza donde la caseta de la arqueta se erigía como una pequeña ermita de mampostería del siglo XVIII.
La puerta de hierro forjado que cerraba el paso a la bóveda del agua conservaba el candado de latón que el abuelo Manuel había colocado en los años cincuenta.
Gabriel se arrodilló sobre la hojarasca mojada, sacó un manojo de llaves gruesas y aceitadas del bolsillo interior del mono y encajó la broca en el ojo de la cerradura.
El mecanismo cedió con un chasquido sordo.
Dentro de la caseta, el aire olía a moho, a liquen y al rumor profundo y constante del agua subterránea brotando entre las fisuras de la roca viva.
Gabriel encendió la linterna frontal en su intensidad más baja, proyectando un círculo de luz tenue sobre la fosa central de decantación. El agua, transparente y helada, corría sobre un lecho de grava fina antes de filtrarse por el tubo de salida de diez pulgadas que alimentaba la finca.
—Aquí es donde quieren inyectarlo —dijo Clara, arrodillándose junto al borde de la arqueta—.
Si vierten el amonio cuaternario en este pilón, la concentración en los tanques de la bodega alcanzará el cien por cien en menos de veinte minutos.
El químico destruirá las levaduras salvajes de la piel de la uva y reaccionará con la madera de las barricas.
El vino olerá a detergente y fenol en menos de veinticuatro horas.
Javier se agachó a su lado, examinando la tubería de purga exterior que sobresalía de la pared trasera de la caseta, donde existía una toma de presión diseñada originalmente para los manguerones de los bomberos comarcales.
—El chofer nos dijo que la descarga se haría desde esa válvula de toma rápida —dijo Javier—.
Tienen un acople de rosca de tres pulgadas.
Si enganchan la manguera del camión de cisterna desde fuera, ni siquiera necesitan entrar en la caseta.
Pueden bombear los trescientos litros de ácido en cuatro minutos y salir a la carretera antes de que nos demos cuenta.
Gabriel dejó el macuto en el suelo y sacó dos llaves grifas de cuatro pulgadas y una cizalla de acero fundido.
—No van a bombear nada —dijo Gabriel con una frialdad contenida—.
Vamos a cegar la toma exterior desde dentro.
Montaremos un tapón ciego de acero en el cuello de la tubería de purga y desviaremos el flujo del manantial hacia el cauce seco del barranco del Chorrero.
Si intentan meter presión desde fuera, la manguera reventará por golpe de ariete contra la válvula cerrada y el ácido se les volverá encima.
—Gabriel, si la manguera revienta por sobrepresión, el químico se verterá sobre la tierra del parque natural —advirtió Clara, abriendo la cámara y ajustando el diafragma—. Y la responsabilidad del vertido ambiental caerá sobre el titular del manantial. Es decir, sobre nosotros.
—No si la cámara lo graba todo desde el robledal —replicó Javier, comprendiendo el plan de su primo—.
Si grabamos el momento exacto en que el camión de la empresa de Barco se conecta a la toma pirata y activa la bomba de impulsión, tendremos la prueba irrefutable de un delito contra la salud pública y sabotaje industrial en grado de tentativa.
—Y esta vez no habrá juez de guardia en Haro ni sociedad fantasma de Luxemburgo que pueda librar a Tomás Barco de la prisión preventiva —concluyó Clara.
Durante los siguientes cuarenta minutos, el único sonido dentro de la caseta de cantería fue el choque metálico de las herramientas de Gabriel contra las roscas oxidadas de la conducción de hierro.
Con la precisión de quien ha pasado veinte años ajustando bloques de motor y válvulas hidráulicas en talleres industriales, Gabriel retiró la llave de paso antigua, colocó una junta de teflón de alta densidad y fijó el tapón de retención de trescientas libras de presión.
A las cuatro y veinticinco de la madrugada, el trabajo en la arqueta había terminado. El agua cristalina del manantial corría de forma provisional por el canal de derivación directo hacia el barranco, dejando la toma de la bodega completamente aislada de la red.
—Ya están aquí —murmuró de pronto Javier, alzando la mano para pedir silencio.
A través de las rendijas de la pared de mampostería, el rumor distante de un motor diésel pesado comenzó a abrirse paso entre el silbido del viento.
Un camión cisterna de dos ejes, sin rotular y con las luces de cruce apagadas para no llamar la atención desde la comarcal, avanzaba a paso de hombre por la pista forestal superior. El vehículo frenó sobre la hojarasca mojada a menos de veinte metros de la parte trasera de la caseta de cantería.
Gabriel apagó de inmediato la linterna frontal. Los tres se pegaron contra el muro de piedra interior, respirando apenas en la penumbra.
Desde la cabina del camión bajaron dos personas.
El primero era el chófer que había acudido tres horas antes a la cocina de la bodega, con el rostro oculto bajo la capucha del impermeable.
El segundo, alto, grueso y vistiendo un chaquetón de cuero oscuro, era Esteban Barco, el sobrino mayor de Tomás Barco y director técnico de la bodega industrial del polígono de Haro.
—Abre la portezuela del racor de popa, Julián —ordenó Esteban Barco con tono de voz imperioso y nervioso—. Hazlo rápido. Tengo a mi tío al teléfono esperando la confirmación desde el coche en la comarcal.
—Esteban... las mangueras de impulsión van a trabajar a cuatro bares de presión —dijo el chofer con voz temblorosa, fingiendo torpeza al desenrollar la manguera de caucho reforzada—. Esta toma de la caseta parece muy vieja. Si la junta no sella bien, el sulfato saldrá despedido.
—¡Me importa un carajo la junta! —le espetó Esteban Barco, dándole un empujón en el hombro al chofer—.
Engancha el acople rápido a la boquilla de purga.
En cuanto encienda la bomba del compresor, nos largamos.
Cuando los jornaleros de los Valcárcel abran los grifos del depósito a las siete de la mañana, la fermentación estará muerta y el vino apestará a lejía.
Desde la espesura del robledal, escondida tras el tronco centenario de un cajigo a menos de quince metros del camión, Clara levantó la cámara réflex.
El indicador verde del sensor infrarrojo parpadeó en el visor. Clara ajustó el enfoque sobre el rostro iluminado de Esteban Barco mientras este sostenía el manómetro de impulsión de la cisterna, registrando cada secuencia en vídeo de alta definición con audio estereofónico ambiental.
El chofer encajó el racor de bronce de la manguera en la toma exterior de la caseta de cantería. El encaje metálico sonó con un golpeteo seco en medio del silencio del monte.
—¡Ya está enganchado! —mintió el chofer, dando un paso atrás hacia la cabina del vehículo.
—Abre la válvula de paso principal de la cisterna —ordenó Esteban Barco, accionando la palanca del compresor diésel auxiliar instalado en el lateral del chasis.
El motor del compresor arrancó con un rugido ensordecedor que hizo temblar la mampostería de la caseta.
La aguja del manómetro del camión subió rápidamente de uno a tres bares de presión.
La manguera de caucho, llena del líquido corrosivo concentrado, se tensó como una serpiente rígida sobre el barro.
Dentro de la caseta, Gabriel permanecía con la espalda apoyada contra el muro donde se alojaba el tapón ciego de acero. Sentía la vibración de la alta presión rebotando al otro lado del tubo de hierro.
—Cuatro bares... —murmuró Gabriel en un susurro gélido—. A cinco salta la junta de seguridad del compresor del camión.