La Cepa CAPÍTULO 13 #2
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CAPÍTULO 13 #2

Dentro de la nave, el silencio reinó durante unos segundos. Luego, el chasquido pesado del cerrojo de hierro resonó en la nave, y la enorme portona de roble se abrió despacio, dejando al descubierto la figura de Gabriel.

Gabriel permanecía en pie en el centro del umbral, empapado en sudor, con la cara manchada de grasa y hollín y la barra de hierro apoyada contra la pared. Detrás de él, Felipe Valcárcel y el viejo Tomás sonreían con lágrimas en los ojos.

Javier miró a su primo, caminó hacia él y le abrazó con fuerza por los hombros, sin importar que la grasa de trabajo le manchara la solapa del traje de Londres.

—Lo habéis conseguido en la moqueta, ¿verdad? —preguntó Gabriel en un murmullo, mirando la carpeta de piel que sostenía Clara.

—Hemos ganado con noventa y setenta puntos sobre cien, Gabriel —dijo Clara, dándole un beso en la mejilla golpeada por el esfuerzo—. Iliston ha firmado todo. El vino de tu abuelo es desde hoy el rey de Londres.

A las diez de la noche, el ambiente dentro de la cocina de la casa principal de la bodega era de una calma tibia y reparadora. La vieja cocina de leña chisporroteaba, propagando el olor del roble seco y de la sopa de ajo que el viejo Tomás había preparado para entrar en calor.

Sobre la mesa de madera tratada descansaba una sola botella de la cosecha de 1935, rescatada del calado profundo. El vidrio soplado, limpio ya de la costra de tierra por las manos de Clara, mostraba la curva perfecta de las botellas artesanales de la antesala de la guerra.

A su lado, un ordenador portátil mostraba el extracto de la transferencia bancaria internacional confirmada por la entidad financiera de Bilbao: doscientas cincuenta mil libras esterlinas abonadas a la cuenta de Las Balsas de la Sonsierra S.L.

Felipe Valcárcel, con las manos juntas sobre el regazo, contemplaba la botella como quien observa un milagro que ha tardado noventa años en manifestarse.

—Mañana a primera hora —dijo Javier, sirviendo un vaso de agua sobre la mesa—, el banco levantará el embargo de la línea de crédito.

Pagaremos el plazo de la embotelladora nueva, liquidaremos los sueldos atrasados de los jornaleros de la vendimia pasada y cerraremos el contrato de suministro con los proveedores de barricas de Burdeos.

—Y nos quedará un margen de ochenta mil euros para abordar la reforma del calado viejo —añadió Clara, revisando la planilla de costes en la pantalla—. Podremos instalar el sistema de control de humedad sin necesidad de pedir un solo euro más a las cajas de ahorro de la región.

Gabriel, sentado en el extremo de la mesa con un trapo limpio secándose las manos, no compartía el entusiasmo desbordante de los dos jóvenes. Tenía la mirada fija en la etiqueta del vino de 1935.

—¿Qué pasa, Gabriel? —preguntó Clara, notando su reserva—. Hemos salvado la finca, tenemos la financiación asegurada para los próximos cinco años y el fondo suizo ha quedado totalmente fuera de juego en los juzgados.

Gabriel alzó la cabeza, mirando a los tres presentes.

—El fondo suizo y Barco han quedado fuera de juego en Logroño y en Londres, Clara —dijo Gabriel con voz pausada—. Pero Tomás Barco no es el tipo de hombre que se retira a su casa a ver cómo prosperamos mientras él se enfrenta a una condena de cárcel por falsedad documental.

—Barco ya no tiene poder de decisión en el sector —intervino Javier—. Su reputación tras la cata a ciegas de Londres está por los suelos. Ningún gran importador de la denominación volverá a comprarle una sola caja de su reserva.

—Por eso mismo es más peligroso ahora que antes, Javier —dijo Gabriel—. Un animal acorralado que no tiene nada que perder no busca ganar dinero en los tribunales. Busca destruir lo que no puede tener.

En ese instante, un golpe seco sobre la puerta trasera de la cocina hizo que los cuatro se tensaran de inmediato.

Felipe se puso en pie con torpeza, pero Gabriel se levantó antes, haciendo una señal de silencio con la mano y encaminándose hacia la puerta que daba al callejón posterior de los tanques de exterior.

Gabriel abrió la puerta unos centímetros.

Al otro lado, resguardado de la lluvia bajo la marquesina de chapa, no había ningún abogado ni patrulla de la policía.

Se encontraba un hombre de unos cuarenta años, delgado, tiritando de frío y vistiendo el mono azul de trabajo de la empresa de transportes de cisternas que daba servicio a la bodega industrial de Tomás Barco.

—¿Gabriel Valcárcel? —preguntó el chofer con voz temblorosa, mirando a ambos lados del pasillo con un nerviosismo evidente.

—Sí —respondió Gabriel—. ¿Quién eres tú?

El hombre se sacó del bolsillo interior de su chaleco un estuche metálico de muestras de laboratorio y se lo tendió a Gabriel con manos torpes.

—Me llamo Julián, trabajo en la nave de fermentación de Barco en el polígono de Haro —dijo el obrero en un susurro apresurado—.

Tomás Barco ha estado esta tarde en la planta después de regresar del aeropuerto.

Se encerró con el químico jefe durante dos horas en el almacén de fitosanitarios.

Les oí hablar de los depósitos de suministro de agua que bajan desde el manantial de la linde alta hasta los tanques de maceración de Las Balsas .

Clara y Javier se acercaron rápidamente a la puerta, escuchando las palabras del chofer con una creciente sensación de pavor.

—¿De qué estás hablando? —preguntó Clara.

—Barco ha encargado esta misma noche un cargamento de trescientos litros de amonio cuaternario y sulfato concentrado no detectable en la cata inicial —dijo el empleado con la voz cortada por el miedo—.

Quieren inyectarlo mañana de madrugada en el conducto de la molienda principal durante el proceso de trasiego del vino nuevo.

Si ese químico entra en las cubas de fermentación, romperá la estructura ácida y convertirá cien mil litros de vuestra nueva cosecha en un líquido tóxico que os destruirá administrativamente por delito contra la salud pública.

Javier sintió un escalofrío helado recorriéndole la espalda.

El ataque ya no era una maniobra legal ni un boicot comercial en las revistas especializadas; era un sabotaje directo de naturaleza criminal diseñado para arruinar la producción de la bodega y provocar su clausura definitiva por las autoridades sanitarias de la Denominación de Origen.

—¿Por qué has venido a contarnos esto? —preguntó Gabriel, fijando sus ojos en el camionero.

El hombre bajó la mirada, apretando las manos.

—Mi padre fue uno de los podadores que trabajó con Manuel Valcárcel en los años sesenta —respondió el chofer—.

Tomás Barco me amenazó con despedirme si no conducía yo mismo el camión de la mezcla mañana a las cinco de la mañana.

Yo tengo tres hijos, Gabriel... No puedo ir a la cárcel por un delito de contaminación de aguas, pero tampoco puedo ver cómo destruyen el trabajo de vuestra familia por la rabia de ese miserable.

El chofer entregó el estuche metálico a Gabriel.

—Ahi tenéis la muestra del compuesto que el químico ha preparado en el laboratorio de Haro —añadió el chofer—.

Si mañana a las cinco de la mañana el camión sale de la planta hacia el manantial de la linde, la descarga se ejecutará de forma automática mediante la válvula de presión remota. Tenéis siete horas para evitarlo.

El hombre se giró rápidamente, se encapuchó la chaqueta para protegerse del granizo y desapareció a la carrera por el callejón de servicio en dirección a la carretera comarcal.

Gabriel cerró la puerta despacio, volviéndose hacia Javier y Clara con el estuche metálico en la mano.

El silencio en la cocina era aplastante. La euforia de la victoria en Londres y el alivio del dinero depositado en el banco se evaporaron en un segundo, sustituidos por la certeza de que la batalla por la supervivencia del pago de Las Balsas había alcanzado su fase más oscura y peligrosa.

—Siete horas —dijo Gabriel, abriendo el estuche para examinar el frasco de cristal que contenía el líquido incoloro—.

A las cinco de la mañana la molienda de la cosecha nueva tiene que empezar a pasar a las cubas de conservación.

Si el manantial está contaminado para esa hora, no solo perderemos el vino de este año; la consejería de Sanidad precintará la bodega por riesgo de envenenamiento y nos retirará la licencia de producción para siempre.

Javier miró la pantalla de su ordenador, donde la confirmación del pago de Iliston seguía brillando en la luz de la estancia.

—No podemos llamar a la Guardia Civil solo con la palabra de un chófer asustado y un frasco de muestra sin precinto oficial —dijo Javier, pasando la mano por la frente helada de sudor—.

Si denunciamos antes de que se produzca el vertido, Barco dirá que el chofer actuó por su cuenta, desmontará el laboratorio de Haro y nos demandará por calumnias graves.

—Entonces no vamos a llamar a la policía —declaró Gabriel, caminando hacia el armero de madera situado en el rincón del taller de herramientas—. Vamos a subir al manantial de la linde alta esta misma noche. Y nos vamos a asegurar de que ese camión no toque la válvula de entrada de nuestro depósito.

Clara miró a sus dos primos, comprendiendo que la noche no traería el descanso esperado después de la tormenta de Londres.

En las montañas de la Sonsierra, donde las cepas viejas hundían sus raíces en la piedra caliza, el destino de la bodega de su familia ya no se decidía en las moquetas de las ferias ni en las salas de cata de los hoteles de lujo, sino en el agua pura que alimentaba la tierra y en la fuerza de los hombres que estaban dispuestos a defenderla hasta las últimas consecuencias.

Gabriel tomó una linterna de alta potencia y una caja de herramientas pesadas, mirando a Javier con la determinación implacable de quien sabe que la última cosecha de su vida se jugaba en las siguientes horas de oscuridad.

—Abre el taller, Javier —dijo Gabriel con voz firme—. Esta noche la molienda no se detiene.