La Cepa CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

La trinchera de la tierra

La luz giroscópica de la patrulla de la Guardia Civil recortaba destellos azules sobre las paredes de piedra húmeda y la fachada de ladrillo viejo de la bodega antigua.

La lluvia, convertida a las seis de la tarde en un granizo fino que azotaba con violencia los tejados de la Sonsierra, levantaba un vapor denso sobre el barro acumulado en el patio principal.

Frente a la portona de madera de roble reforzada con pletinas de hierro, tres vehículos permanecían aparcados en semicírculo: el todoterreno oficial del puesto de Haro, el berlina negro del abogado de Tomás Barco y la furgoneta del cerrajero judicial.

El sargento de la Guardia Civil, un hombre maduro con el rostro curtido por los inviernos de la comarca y la gorra calada hasta las cejas, golpeó con el nudillo de su guante sobre la contraportón de pino.

—¡Gabriel! —gritó el sargento, alzando la voz por encima del estampido de los truenos que retumbaban en la sierra de Cantabria—.

¡Soy el sargento Maza! Sé que estás ahí dentro con Felipe y con Tomás.

Tienes que abrir la puerta, muchacho. Los abogados de Barco han presentado un requerimiento de entrega de bienes por vía de urgencia y la comitiva no se va a marchar de aquí sin ejecutar el acta.

Dentro de la nave de molienda, a oscuras salvo por el reflejo de la luz azul que se colaba entre las rendijas de los ventanales altos, Gabriel permanecía sentado sobre una caja de madera de empaque. Sostenía la barra de hierro entre los muslos, apoyando las manos gruesas sobre el metal frío.

Detrás de él, en el arranque de la escalera que descendía al calado subterráneo, Felipe Valcárcel y el viejo Tomás aguardaban en silencio, tiritando por la humedad ascendente de la cueva.

—Gabriel... —murmuró Felipe con voz áspera, acercándose al hombro del mecánico—. Maza es buena persona. Conoce a nuestra familia de toda la vida. Si abrimos y le mostramos los plomos notariales de 1935, él comprenderá que este vino no pertenece a la sociedad de Barco ni al fondo suizo.

Gabriel no se movió. Su mirada fija no abandonaba el cerrojo de la puerta principal.

—Si abrimos esa puerta ahora mismo, Felipe —dijo Gabriel sin alterar la gravedad de su tono—, el procurador levantará un acta de incautación preventiva.

Se llevarán las doscientas botellas en una furgoneta para guardarlas en el depósito judicial de Logroño mientras los tribunales deciden de quién es la propiedad.

Y tú sabes tan bien como yo que una sola noche en una nave industrial sin temperatura controlada romperá el equilibrio de noventa años de ese vino. Arruinarán la cosecha.

El teléfono móvil de Gabriel, guardado en el bolsillo interior de su mono de trabajo, comenzó a emitir una zumbido insistente.

Gabriel sacó el teléfono. En la pantalla aparecía el prefijo internacional de Reino Unido.

—Javier —respondió Gabriel, pegando el auricular a la oreja.

—Gabriel, ¿dónde estás? —la voz de Javier llegaba entrecortada desde el aeropuerto de Gatwick, acompañada por el murmullo de fondo de los altavoces de embarque—.

El sargento Maza me ha llamado directamente al teléfono particular.

Dice que te has atrincherado en la nave y que los abogados de Barco acaban de solicitar al juez de guardia de Haro una autorización de entrada y registro por la fuerza por un delito de desobediencia grave.

—Aquí no entra nadie, Javier —dijo Gabriel con absoluta calma—.

Clara y tú habéis ganado la cata en Londres.

Iliston va a firmar el contrato. No voy a dejar que estos buitres destruyan la única prueba histórica que sostiene el prestigio de nuestra familia antes de que la transferencia de Londres llegue a la cuenta de la bodega.

—Escúchame muy bien, Gabriel —interrumpió Javier, alzando la voz con desesperación—.

Clara y yo acabamos de subir al avión de Iberia con destino a Bilbao.

Aterrizamos en una hora y media. Si el juez firma esa orden de entrada antes de que lleguemos con el contrato de distribución y las medidas cautelares levantadas por la Audiencia Provincial, te detendrán y te llevarán al calabozo de Logroño.

No puedes enfrentarte a la Guardia Civil por una puerta de roble.

—No me estoy enfrentando a la Guardia Civil, Javier —respondió Gabriel, mirando las huellas de barro que marcaban la entrada al pasadizo subterráneo—.

Me estoy enfrentando a los que llevan cuarenta años intentando quitarnos la tierra.

Dile a Clara que guarde bien los papeles de Iliston.

Del calado me sacarán cuando lleguéis vosotros. Ni un minuto antes.

Gabriel cortó la llamada y apagó el teléfono, dejándolo sobre la mesa de trabajo.

A las siete y veinte de la tarde, la noche cerrada se había desplomado sobre los viñedos de la Sonsierra. La lluvia torrencial no daba tregua, convirtiendo la carretera comarcal en una lámina de agua negra.

En el patio de la bodega, el abogado de Tomás Barco, resguardado bajo un paraguas enorme que sostenía el cerrajero judicial, paseaba frente a la patrulla con gesto impaciente.

—Sargento, esto es una inactividad injustificable —protestó el letrado, mostrando la pantalla de su teléfono con el mensaje del juzgado de Haro—.

El auto de entrada por la fuerza por obstrucción a la justicia está a punto de salir del fax del juzgado.

Si su patrulla no echa abajo ese pasador, pediré el envío inmediato de una unidad de intervención de la comandancia.

El sargento Maza se ajustó la chaqueta del uniforme, volviéndose hacia el abogado con una frialdad serena.

—Mire, letrado —dijo Maza, señalando con el dedo la mole de piedra de la bodega antigua—.

En esa cueva hay un hombre que lleva trabajando doce horas seguidas limpiando depósitos, un anciano de ochenta años que padece del corazón y un jubilado de la tierra que ha visto cómo le ejecutaban tres veces la casa.

Yo no voy a tirar abajo una puerta de madera del siglo XIX con una barra de uña para que usted se lleve seis cajas de vino viejo a un almacén de Logroño sin que haya un juez presente en el registro.

Esperaremos a la orden formal o a que lleguen los titulares de la finca.

En ese momento, dos luces halógenas cruzaron el camino de acceso desde la comarcal. Un vehículo de alquiler descapotable con la capota ajustada a toda prisa frenó en seco sobre el barro del patio, levantando una cortina de agua turbia.

Javier saltó del asiento del conductor antes incluso de que el motor se apagara por completo, vistiendo aún el traje gris charcoal con el que había asistido a la cata en el Olympia Exhibition Centre de Londres.

Tras él, Clara bajó sujetando contra su pecho una carpeta de piel negra reforzada con las firmas originales de la London Wine Fair .

—¡Sargento! —gritó Javier, corriendo hacia el grupo mientras la lluvia le empapaba los hombros y el rostro en cuestión de segundos.

—Señor Valcárcel —dijo el sargento Maza, dejando escapar un suspiro de alivio—. Menos mal que han llegado. Su primo no atiende a razones desde el interior.

El abogado de Barco dio un paso hacia Javier con una sonrisa burlona.

—Llegan tarde, Señor Valcárcel —dijo el letrado—. La entrada se va a producir de forma inminente. La masa fiduciaria de Luxemburgo ha ejercido la tercería de dominio sobre los bienes hallados en la bodega subterránea.

Javier ignoró por completo al abogado, deteniéndose a dos palmos del sargento Maza y sacando del bolsillo interior de su americana un sobre sellado con el membrete oficial del consulado general de España en Londres y la notificación electrónica del Registro Mercantil Central.

—Sargento Maza —dijo Javier con voz firme y clara, para que sus palabras resonaran sobre el estruendo de la lluvia—.

Hace exactamente dos horas, la representación legal de Iliston & Vine Limited ha depositado en la cuenta en custodia del Juzgado de Primera Instancia e Instrucción Número Dos de Logroño la cantidad de doscientas cincuenta mil libras esterlinas en concepto de fianza de garantía comercial y pago del primer tramo del contrato de distribución en exclusiva de la marca Las Balsas .

El abogado de Barco mudó el color de su rostro, dando un paso atrás.

—Eso es completamente irrelevante para el arbitraje de París... —empezó a decir el letrado.

—No es irrelevante, Señoría —interrumpió Clara, abriendo la carpeta de piel frente a los ojos del sargento Maza y mostrándole el auto dictado a las cinco y media de la tarde por el juez de lo mercantil de Logroño—.

Con el depósito de esa fianza mercantil internacional, la medida cautelar sobre los activos materiales e inmateriales de la finca queda totalmente cancelada por levantamiento de carga.

Este auto reconoce la libre disposición de todos los calados y cosechas a favor de la sociedad constituida por la familia Valcárcel y Santamaría.

El sargento Maza tomó el documento, leyendo con atención la línea donde figuraba el sello digital del Consejo General del Poder Judicial. Luego miró al abogado de Tomás Barco.

—Se acabó el registro, letrado —declaró el sargento Maza con una brevedad tajante—. Recoja sus herramientas y ordene a sus furgonetas que abandonen esta propiedad inmediatamente. Si en cinco minutos siguen en este patio, les denunciaré por ocupación ilegítima de finca privada.

El abogado apretó los labios con rabia, miró a Javier con una mezcla de odio e impotencia y subió al asiento trasero de la berlina negra sin pronunciar una sola palabra más.

El cerrajero y los empleados de las furgonetas recogieron el material a toda prisa y abandonaron el patio haciendo patinar las ruedas sobre el barro.

Javier se volvió hacia la puerta principal de madera.

—¡Gabriel! —llamó Javier, golpeando tres veces con el nudillo seco sobre la tabla—. ¡Soy Javier! Abrid la puerta. Ha terminado.