CAPÍTULO 12 #3
—¡Gabriel! —gritó el viejo Tomás desde la escalera del calado con la voz ahogada por la angustia—. ¡Es la gente de Barco! ¡Traen una orden de incautación preventiva firmada por el juzgado de guardia de Haro por el supuesto despojo de los bienes de la cueva!
Gabriel dejó la botella de 1935 en el durmiente de madera con una delicadeza absoluta y se puso en pie con la lentitud de una maza de hierro que se alza.
—Quédate aquí con el viejo Tomás, Felipe —dijo Gabriel, tomando la linterna pesada de trabajo y la barra de hierro de dos metros que usaban para palanquear los sillares—. Voy a cerrar el portón.
—Gabriel, son cuatro hombres y traen a un procurador judicial —le advirtió Felipe, intentando sujetarle del brazo.
—Pueden traer a quien quieran —respondió Gabriel con una voz que heló el aire húmedo de la cueva—. Pero de este calado no sale ni una sola botella de mi abuelo hasta que Javier y Clara firmen el contrato en Londres.
Gabriel subió los peldaños de piedra de tres en tres, haciendo resonar el golpe de sus botas sobre los escalones.
Al llegar a la nave superior, la puerta lateral de la bodega antigua cedió con un chasquido metálico. Los cuatro hombres del impermeable negro irrumpieron en la nave de molienda encabezados por el letrado de Tomás Barco, quien sostenía en la mano un folio sellado en el juzgado de guardia.
—Señor Gabriel Valcárcel —dijo el abogado, alzando el papel para hacerse oír sobre el ruido del trueno que retumbó en el techo de chapa—.
Procedemos a la ejecución de la medida cautelar de aseguramiento de las galerías subterráneas dictada por la querella interpuesta esta mañana por la representación de Distribuciones Barco S.L. por expolio del patrimonio protegido.
Gabriel no respondió. Se colocó en el centro del pasillo de acceso al calado, plantando la barra de hierro de dos metros sobre la solera de hormigón con un golpe seco que hizo saltar chispas del metal.
—Esta bodega es propiedad de la sociedad fiduciaria Las Balsas de la Sonsierra —dijo Gabriel, clavando sus ojos oscuros en el abogado—. Y de este pasillo no pasa nadie sin una orden firmada por la jueza de la Audiencia Provincial de Logroño.
Uno de los hombres del impermeable negro, de complexión fornida y con guantes de protección en las manos, dio dos pasos al frente sacando de su cinturón una cizalla pesada de corte de cadenas.
—Aparte al muchacho —ordenó el abogado al empleado—. Tenemos autorización para retirar el material que hayan extraído de la bóveda clandestina.
El hombre avanzó hacia Gabriel con la cizalla levantada.
Gabriel no retrocedió un solo centímetro.
Extendió el brazo izquierdo, atrapó el mango de la cizalla en mitad del aire con una fuerza descomunal y retorció el metal hacia abajo, desequilibrando al agresor y haciéndolo caer de rodillas sobre el suelo manchado de mosto.
Los otros tres hombres dieron un paso atrás, sorprendidos por la rapidez y la ferocidad serena del mecánico.
—La próxima persona que intente bajar esta escalera —dijo Gabriel con voz baja y pausada—, subirá en la ambulancia del servicio de urgencias de Haro.
El abogado de Barco palideció, dando varios pasos hacia la puerta exterior mientras sacaba apresuradamente el teléfono móvil para llamar a la comandancia de la Guardia Civil.
—¡Esto es desacato y coacciones graves, Valcárcel! —gritó el letrado desde la distancia de seguridad del portón—. ¡Vais a ir todos a la cárcel por esto!
—Habla con mi primo en Londres —respondió Gabriel sin abandonar su postura en el pasillo—. Él te explicará lo que es la ley.
A las cuatro de la tarde, la sala de catas número tres del pabellón principal del Olympia Exhibition Centre de Londres presentaba la solemnidad de un tribunal supremo de la enología mundial.
Sobre una mesa alargada cubierta con un paño de lino blanco, seis copas de cristal Zalto numeradas del uno al seis contenían muestras idénticas de vino tinto de la variedad graciano de la zona de La Rioja Alta.
Frente a la mesa, sentados en semicírculo, aguardaban cuatro de las figuras más influyentes del sector internacional: Arthur Iliston; Julian Vance, el crítico principal de la revista Decanter ; Doña Hélène de Saint-Germain, Master of Wine y consultora principal de los grandes restaurantes de París; y el sumiller jefe del hotel Ritz de Londres.
En la fila posterior, separados por un cordón de terciopelo azul, asistían como observadores Charles Dupuis, el liquidador del fondo suizo, y Tomás Barco, que había volado a mediodía desde el aeropuerto de Bilbao para presenciar la destrucción comercial de sus rivales.
Javier y Clara permanecían junto a la puerta de entrada, rígidos y en absoluto silencio.
Clara llevaba entre las manos la libreta de análisis donde había registrado la curva de temperatura del graciano de la linde alta salvado de la infección acética la semana anterior.
—Cata ciega número 408 —anuncio el secretario del panel de la feria—. Los catadores no disponen de más información que la variedad de uva y la añada aproximada. La valoración será individual y secreta sobre cien puntos.