La Cepa CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

—Javier, escúchame con atención —dijo Gabriel con voz profunda y serena—. Anoche, cuando bajé con el viejo Tomás a revisar las filtraciones de la pared del fondo, encontramos algo detrás de los sillares del tramo cuatro.

—¿De qué estás hablando, Gabriel? —preguntó Javier desde Londres.

—Detrás de la mampostería falsa hay una puerta de hierro forjado sellada con plomo notarial de 1935 —dijo Gabriel, acariciando con la yema de los dedos la superficie fría del metal grabado con el sello del Sindicato Agrícola—.

Tomás recordaba que su padre le habló de una reserva especial que el abuelo Manuel y mi padre Julián guardaron antes de que estallara la guerra.

Doscientas botellas del graciano de la cosecha de 1935.

Un vino que nunca llegó a salir al mercado porque quedó emparedado cuando entraron las tropas en el pueblo.

En la línea telefónica se produjo un silencio absoluto.

—¿Doscientas botellas de 1935? —repitió Javier en un susurro—.

Gabriel, si esas botellas conservan el corcho original y el vino no se ha picado por la humedad, no estamos hablando solo de un vino viejo.

Estamos hablando de una colección histórica cuyo valor en subasta internacional puede superar los mil euros por botella.

—El problema no es el valor del vino, Javier —dijo Gabriel, enfocando con la linterna la cerradura de hierro cubierta por una capa gruesa de óxido y cera de sellar—.

El problema es que el plomo notarial que cierra esta puerta lleva la firma del notario Tomás Sotomayor, el padre del viejo que declaró ayer en el hospital.

Y en la placa de bronce incrustada en la piedra pone claramente: Propiedad indivisa del Sindicato Agrícola de Las Balsas.

Prohibida su apertura sin la presencia de las tres familias .

—Si abrimos esa puerta sin la presencia de un notario actual o sin la autorización del juzgado de Logroño —advirtió Javier—, los abogados del fondo suizo nos denunciarán por apropiación indebida de bienes de la masa concursal.

—Los abogados del fondo suizo están comiendo ostras en Londres mientras nosotros nos morimos de hambre en la Sonsierra —replicó Gabriel con aspereza—.

Voy a romper ese sello hoy mismo, Javier.

Con la ayuda del viejo Tomás y de tu padre.

Vamos a sacar diez botellas de esa reserva, las vamos a analizar en el laboratorio y te enviaré el certificado de autenticidad por correo urgente esta misma tarde.

Si Iliston quiere una garantía de que Las Balsas es una marca legítima con noventa años de historia real detrás, le vas a poner encima de la mesa una botella de 1935 que ni el juzgado de París ni los tiburones de Luxemburgo pueden decir que pertenece a una sociedad fantasma de 1998.

—Gabriel, si la policía se entera de que has roto un sello histórico...

—La policía no baja a este calado a las tres de la tarde con la que está cayendo fuera, Javier —dijo Gabriel con decisión—. Confía en mí. Prepara a Clara para la cata de las once. Dile que el vino de nuestro abuelo va a volar a Londres antes de que se apague el sol.

A las once y diez de la mañana, Arthur Iliston llegó al estand B-42 de la London Wine Fair .

El famoso importador británico era un hombre de unos sesenta años, enjuto, de pelo cano cuidadosamente cortado y vestido con un impecable traje de franela británica con chaleco.

Llevaba en la mano una copa de cata profesional y una carpeta de piel donde sus analistas anotaban las calificaciones de las ofertas de la feria.

Javier y Clara lo recibieron de pie frente a la mesa de madera.

—Señor Valcárcel, Doña Clara —dijo Iliston en un español correcto pero distante, estrechándoles la mano con brevedad—.

He leído la reseña publicada esta mañana en el boletín de la feria.

Mis asesores legales en Madrid me han confirmado que existe una solicitud de arbitraje internacional presentada en París por una sociedad luxemburguesa.

Clara mantuvo la mirada del distribuidor sin pestañear.

—Ese arbitraje es una maniobra de distracción financiada por los acreedores que intentaron saquear nuestra propiedad en España, Señor Iliston —dijo Clara—. Ninguna entidad financiera de Luxemburgo puede reclamar la titularidad de una marca cuya raíz histórica está documentada desde 1936.

Iliston suspiró suavemente, dejando su copa sobre la mesa.

—En el mercado británico de alta gama, Doña Clara, la certeza jurídica vale exactamente lo mismo que la calidad organoléptica del vino —dijo el importador británico—.

Iliston & Vine no puede arriesgarse a firmar una opción de compra en exclusiva por trescientas mil libras para que dentro de seis meses un tribunal comercial en Francia ordene el embargo del embarque en los muelles de Tilbury.

Mi consejo de administración me ha pedido que suspenda las negociaciones hasta que la causa de París quede resuelta de forma definitiva.

Javier dio un paso hacia la mesa, tomando de su maletín una libreta de notas manuscrita y una fotografía en blanco y negro enviada diez minutos antes a su teléfono móvil por Gabriel desde La Rioja.

En la fotografía se apreciaba el pasadizo subterráneo recién abierto, con el viejo Tomás y Felipe Valcárcel sosteniendo entre sus manos una botella de cristal oscuro cubierta por una costra densa de polvo y moho blanco, cuya etiqueta de papel de hilo mostraba el sello original de 1935 con la firma notarial del Sindicato.

—Señor Iliston —dijo Javier con voz firme y serena—.

Lo que el fondo suizo pretende subastar en París es una cascara vacía: una sociedad mercantil creada en un despacho de Madrid en 1998.

Pero lo que nosotros vendemos no es una marca de papel.

Es el pago de Las Balsas. Y para demostrarle que nuestra legitimidad no depende de la firma de un liquidador de Luxemburgo, quiero proponerle una cata privada a ciegas esta misma tarde a las cuatro en el salón reservado del Master of Wine de la feria.

Arthur Iliston miró la fotografía de la botella enterrada en la cueva, ajustándose las gafas para examinar el sello notarial grabado en el plomo.

—¿Una cata a ciegas? —preguntó Iliston, alzando una ceja con curiosidad—. ¿Contra qué vinos?

—Contra el mejor reserva de la cosecha de 2018 de la bodega de Tomás Barco y contra el gran vino del fondo suizo que promocionan en el pabellón de gala —respondió Javier—.

Si usted y el panel de tres críticos independientes de Decanter seleccionan a ciegas nuestro graciano de la linde alta como el vino superior en estructura, pureza y capacidad de guarda...

firmaremos el contrato de distribución en exclusiva por cinco años con una cláusula de indemnización que asumiremos nosotros en persona si el arbitraje de París bloquea una sola caja.

Iliston examinó a los dos jóvenes con una mezcla de admiración profesional y cálculo mercantil.

—¿Y si el panel de críticos selecciona el vino de Barco o el del fondo suizo? —inquirió Iliston.

—Si no somos el número uno de esa cata —declaró Clara con absoluta rotundidad—, retiraremos nuestro estand de esta feria, le cederemos a su distribuidora los derechos preferentes sobre la cosecha sin coste de reserva y no volveremos a molestarle jamás.

Arthur Iliston guardó la fotografía en el bolsillo de su chaqueta y esbozó una leve sonrisa de satisfacción de quien aprecia el valor del verdadero riesgo mercantil.

—A las cuatro de la tarde en la sala de catas número tres del pabellón principal, Señor Valcárcel —dijo Iliston, ajustándose el reloj de pulsera—.

Invitaré en persona a Julian Vance para que asista como observador de la revista.

Si su vino de Las Balsas es tan grande como su audacia, hoy cenaremos celebrando el acuerdo.

Pero si no lo es... mañana sus acreedores de Luxemburgo se quedarán con la bodega.

En el pago de Las Balsas, la tormenta de agua y viento había alcanzado su punto más violento a las tres de la tarde. Los rayos iluminaban intermitentemente los ventanales de la nave antigua, proyectando sombras fantasmagóricas sobre las prensas neumáticas desiertas.

En el interior del calado subterráneo, la luz de los candiles iluminaba la brecha abierta en la pared de mampostería.

Gabriel, ayudado por su padre Felipe y por el viejo Tomás, había logrado retirar los primeros cuatro sillares de piedra, dejando al descubierto el arco de ladrillo de la bóveda de 1935.

En el interior del hueco, alineadas en durmientes de madera de roble casi fosilizada por el paso de noventa años, reposaban doscientas botellas de vidrio soplado a mano, cubiertas por una capa gruesa de polvo grisáceo y tela de araña.

Felipe Valcárcel se arrodilló sobre la tierra húmeda del suelo de la cueva, introduciendo la mano con un temblor reverencial para tomar la primera botella de la hilada superior.

—Es el graciano de la cosecha del treinta y cinco, Gabriel... —murmuró Felipe con los ojos empañados por las lágrimas—. La última cosecha que cortó tu abuelo Manuel antes de que la guerra destrozara la Sonsierra.

Gabriel se arrodilló a su lado, tomando otra de las botellas y limpiando suavemente la etiqueta con un trapo seco.

Bajo la capa de polvo, el papel de hilo mostraba la caligrafía apretada de su padre Julián, fechada el veinte de octubre de 1935: Cosecha del Pacto. Selección de la linde alta. Para los que vengan después .

En ese instante, el crujido metálico de un vehículo frenando bruscamente en el patio exterior hizo resonar un eco sordo en la entrada del calado.

El viejo Tomás se asomó al pasillo de acceso, mirando hacia el portón principal de la bodega antigua.

A través de la cortina de lluvia, dos furgonetas oscuras con matrícula de Logroño habían aparcado bloqueando la salida del camino de grava.

De los vehículos bajaron cuatro hombres vestidos con impermeables negros y gorras de lluvia, acompañados por el abogado de Tomás Barco y por un cerrajero provisto de un maletín de herramientas pesadas.