CAPÍTULO 12
La moqueta de los tiburones
El aire acondicionado de la gran nave central del Olympia Exhibition Centre de Londres olía a moqueta húmeda, detergente industrial y al aroma denso de diez mil botellas descorchadas al mismo tiempo.
A las diez de la mañana del segundo día de la London Wine Fair , la feria mercantil de vinos más influyente del continente europeo, el murmullo de doce mil compradores, críticos, importadores y sumilleres internacionales resonaba como el enjambre de un colmenar metálico.
A su lado, Javier terminaba de abrocharse la chaqueta del traje gris charcoal, revisando por tercera vez en la pantalla de su teléfono la cotización del euro frente a la libra esterlina y el estado de la cuenta corriente de la bodega.
Los costes del alquiler del espacio en la feria, la impresión de los catálogos en inglés y el transporte refrigerado de las trescientas botellas de muestra de la cosecha seleccionada de Las Balsas habían agotado el último margen de la línea de crédito preconcedida por el banco navarro.
—¿Has hablado con Gabriel? —preguntó Clara en voz baja, sin dejar de colocar los catadores de cristal sobre el mantel negro.
—Llamó hace media hora desde la bodega —respondió Javier, pasándose la mano por la nuca para tensionar los músculos agarrotados—.
El segundo trasiego del graciano viejo al depósito estanco ha terminado bien.
Mi padre y Alberto se han quedado supervisando el sellado de las barricas de roble francés que llegaron ayer de Burdeos.
Pero la temperatura en los calados ha bajado a dos grados y ha tenido que encender la caldera de apoyo.
Clara exhaló un suspiro largo.
—Si no cerramos hoy un acuerdo de distribución en exclusiva con un importador de primer nivel que nos anticipe el cuarenta por ciento del importe del contrato en concepto de reserva —dijo Clara, mirando las muestras de cristal alineadas—, el mes que viene no podremos pagar el primer plazo de la amortización del crédito bancario.
Nos ejecutarán las pólizas de garantía de la maquinaria nueva.
Javier clavó la mirada en la callejeuela principal del pabellón, por donde transitaban los compradores luciendo las acreditaciones doradas con el distintivo VIP Buyer .
—Iliston viene a las once —dijo Javier—. Es nuestra única baza real en este viaje.
Arthur Iliston era el propietario de Iliston simplemente había cambiado la toga de los jueces de provincia por los despachos de arbitraje de Luxemburgo y las páginas de la prensa económica de la City.
—Gabriel tiene que saber esto —murmuró Javier, sacando el teléfono para marcar el número de la bodega.
En el pago de Las Balsas, la lluvia torrencial que caía desde el mediodía sobre la Sonsierra convertía los caminos de grava en canales de barro amarillo.
En el interior del calado subterráneo de la bodega antigua, a seis metros bajo la superficie de la tierra, la única luz procedía de un candil de acetileno y de la linterna de trabajo que Gabriel llevaba sujeta a la cintura.
Gabriel, con el torso cubierto únicamente por una camiseta térmica manchada de hollín y las manos negras de grasa de motor, terminaba de ajustar los tensores de varilla de hierro que aseguraban los fondos del gran tinado de roble de 1936.
Su teléfono móvil, colocado sobre un tonel de madera, comenzó a vibrar ruidosamente sobre la madera seca.
Gabriel dejó la llave de tubo sobre la repisa de mampostería y descolgó la llamada.
—Javier —dijo Gabriel, secándose el sudor de la frente con el brazo—. ¿Cómo va la feria en Londres?
—Nos han tendido una emboscada comercial, Gabriel —respondió la voz de Javier desde el otro lado de la línea, distorsionada por el ruido de fondo del pabellón de exposiciones—.
El fondo suizo ha activado una sociedad pantalla en Luxemburgo para abrir un arbitraje internacional en París sobre la marca.
Han conseguido que el boletín financiero de la feria nos ponga en la lista negra de activos bajo litigio.
Gabriel se quedó en silencio por unos instantes. El goteo constante del agua de infiltración filtrándose por la bóveda de piedra era el único sonido que rompía la quietud de la cueva.
—¿Qué significa eso para el contrato de Iliston? —preguntó Gabriel.
—Significa que Iliston no va a arriesgar su dinero —explicó Javier con amargura—.
A las once tenemos la reunión con él. Si no le ofrecemos una garantía absoluta de que el vino no puede ser bloqueado por el arbitraje de París, romperá las negociaciones y se irá al estand de las bodegas industriales de Tomás Barco.
Gabriel caminó despacio hacia el fondo del calado subterráneo, deteniéndose frente a la pared de mampostería ciega que cerraba el pasadizo oeste de la cueva, la zona donde su padre Julián y el viejo Manuel habían trabajado en los años cuarenta.