CAPÍTULO 10 #2
Clara, desde la ventana del primer piso del laboratorio, observaba la llegada de los ocho trabajadores a través de unos prismáticos.
Entre los veteranos de la plantilla figuraba el viejo Tomás, el capataz que había guardado los secretos de las dos familias durante medio siglo; dos oficiales de bodega de la época de Felipe Valcárcel; y cinco peones de refuerzo contratados la semana anterior a través de la agencia de colocación de la comarca.
—Los registros de las cámaras de seguridad del patio están borrados desde la una y diez hasta la una y cuarenta de la madrugada —dijo Clara, entrando en la nave donde Javier terminaba de desinfectar la tubería con una solución de metabisulfito potásico—.
El saboteador sabía exactamente qué cámara cubría la puerta lateral de la nave de fermentación y usó un inhibidor de frecuencia de alcance corto o borró el disco duro del servidor local.
Javier se quitó la mascarilla, dejando al descubierto un rostro sudoroso y cubierto de hollín de dióxido de azufre.
—El servidor de las cámaras está en el cuadro de mandos de la oficina del capataz —dijo Javier—. Para acceder a ese servidor se necesita una clave alfa-numérica que solo teníamos cuatro personas: tú, yo, el viejo Tomás y el encargado del turno de noche, Manuel Barco.
Clara se quedó paralizada al escuchar el último nombre.
—¿Manuel Barco? —repitió Clara en voz baja—. ¿El sobrino de Tomás Barco, el representante de las bodegas industriales que votó en contra de nosotros en el Pleno del Consejo Regulador?
—El mismo —afirmó Javier—. Cuando contratamos al personal de refuerzo para la vendimia, la agencia nos envió a Manuel como oficial de fermentación cualificado.
Dijo que llevaba tres años enfadado con su tío y que necesitaba el trabajo en la zona.
Yo acepté su contratación porque conocía la maquinaria de la nave moderna mejor que nadie.
Gabriel bajó de la pasarela sosteniendo en la mano una bolsa de lona verde que había encontrado escondida tras las tuberías de retorno del tinado cuatro.
Abrió la cremallera y vació el contenido sobre la mesa de trabajo de la nave.
Sobre el metal relucieron tres ampollas de vidrio selladas conteniendo el mismo cultivo de Acetobacter aceti , un juego de llaves maestras con la etiqueta de la bodega grabada en bronce y una libreta de notas con direcciones escritas a mano.
—Esto no lo llevaba en el bolsillo un peón cualquiera —dijo Gabriel, señalando las notas manuscritas de la libreta—. Son las coordenadas de las válvulas de muestreo de los seis tinados de madera de Las Balsas y los códigos de acceso al panel de refrigeración central.
Javier tomó la libreta y examinó la caligrafía. En la última página, un número de teléfono móvil de Madrid figuraba subrayado con lápiz rojo junto a una cifra y una fecha: 50.000 € - Tras la confirmación del picado acético .
—Es la letra de Manuel Barco —confirmó Clara, comparando los trazos con la firma estampada en el contrato de trabajo que mantenía en la carpeta de personal—. La misma inclinación a la derecha en los números y el rasgo cerrado en la letra B.
—Está en la nave de envasado ahora mismo —dijo Gabriel, apretando los puños con una violencia contenida—. Está preparando la línea de embotellado de la reserva de 2020 con los trabajadores del turno de mañana.
—Nada de violencia, Gabriel —le advirtió Javier, poniéndose en pie con decisión—.
Si tocamos a Manuel Barco sin presencia policial, su tío Tomás y los abogados del fondo Helvetia utilizarán la agresión para denunciarnos por coacciones y paralizar de nuevo la bodega mediante una orden de inspección laboral.
Lo vamos a coger con las manos en la masa y con las pruebas en la mesa.
A las siete y media de la mañana, la nave de embotellado de la bodega antigua presentaba el ajetreo habitual del inicio de la jornada.
Las cintas transportadoras de la lavadora de botellas giraban emitiendo un chirrido metálico, mientras cuatro operarios colocaban las cajas de cartón con la marca de la casa al final de la línea.
Manuel Barco, un hombre de unos treinta y cinco años, de complexión atlética y vestido con el chaleco corporativo de la bodega, ajustaba la presión del manómetro de la máquina de llenado con una llave inglesa.
De pronto, la luz principal de la nave se apagó, dejando la estancia iluminada únicamente por los focos amarillos de la maquinaria en marcha.
Los cuatro operarios detuvieron su trabajo, mirando sorprendidos hacia el cuadro de mandos principal.
Javier, Clara y Gabriel entraron en la nave por el portón central. Detrás de ellos, caminando con la cabeza agachada y apoyándose en su bastón, venía el viejo Tomás, acompañado por el presidente del Consejo Regulador, Don Mateo Rituerto, a quien Javier había llamado de urgencia una hora antes.
Manuel Barco soltó la llave inglesa sobre la mesa metálica, intentando mantener una expresión de absoluta indiferencia.
—¿Qué pasa con la corriente, Javier? —preguntó Manuel, cruzándose de brazos—. Si paramos la línea de llenado ahora, el nitrógeno de la tubería de purga se perderá y no llegaremos al cupo de cajas comprometido para el camión de Madrid.
Javier avanzó hasta colocarse a dos metros del encargado.
—El nitrógeno es lo de menos hoy, Manuel —dijo Javier con voz serena y cortante—. Lo que se ha perdido a la una y cuarto de la madrugada son catorce mil litros de graciano de la linde alta porque alguien decidió aderezar el tinado cuatro con un litro de bacteria concentrada.
Un murmullo de consternación recorrió a los cuatro operarios de la línea de embotellado.
Manuel Barco parpadeó levemente, pero no perdió la compostura.
—No sé de qué me estás hablando —respondió Manuel, esbozando una sonrisa de superioridad—. La fermentación del tinado cuatro es responsabilidad del equipo de noche. Yo me marché a las once de la noche tras firmar el parte de control en la garita.
—Firmaste el parte en la garita, pero no te fuiste de la finca, Manuel —intervino Clara, mostrando la pantalla de un teléfono móvil donde se reproducía una secuencia de vídeo—.
Las cámaras de la garita de seguridad de la entrada no las pudiste manipular porque el servidor está conectado directamente con la centralita de la policía local de Haro.
Tu coche, el Golf negro con matrícula de Logroño, no cruzó la barrera de salida hasta las dos y diez de la madrugada.
El rostro de Manuel se endureció gradualmente. Las sombras de la luz de emergencia remarcaban las líneas de tensión alrededor de sus ojos.
—Eso no prueba nada —escupió Manuel—. Me quedé en el coche descansando antes de coger la carretera porque había tomado un par de copas en el pueblo. No podéis acusarme de nada sin pruebas materiales.
Gabriel dio un paso al frente y arrojó la bolsa de lona verde sobre la cinta transportadora de botellas. Las tres ampollas de vidrio con el cultivo bacteriano y la libreta de notas con la caligrafía manuscrita rodaron sobre el acero inoxidable hasta detenerse frente al pecho del encargado.
—En esa libreta están tus huellas dactilares y la lista de los tinados que tenías orden de infectar esta semana —dijo Gabriel con voz profunda—.
Y en la botella de plástico que recuperamos de la parte superior del tinado cuatro están los restos del lubricante sintético que usas para calibrar la máquina de envasado que tienes delante.
El viejo Tomás dio dos pasos hacia su sobrino, mirándolo con una mezcla de pena profunda y desprecio absoluto.
—¿Por qué lo has hecho, Manuel? —preguntó el anciano capataz con la voz quebrada por la emoción—. ¿Por cincuenta mil euros del grupo de tu tío? Tu abuelo trabajó estas tierras antes de que tú nacieras. Te enseñó a podar cuando no tenías fuerza ni para sujetar las tijeras.
Manuel Barco miró a su tío, luego a Don Mateo Rituerto y finalmente a los tres jóvenes que lo acorralaban frente a los operarios de la bodega. La máscara de compostura se rompió definitivamente, dejando ver la rabia acumulada.
—¡Mi abuelo murió pobre trabajando para los Valcárcel y para los Santamaría!
—gritó Manuel, golpeando la cinta de embotellado con la mano—.
¡Durante ochenta años habéis estado arruinando a todo el pueblo con vuestras guerras de familias, con vuestras escrituras falsas y con vuestros secretos de posguerra!
¡Mi tío Tomás es el único que ha construido un imperio de verdad en esta comarca sin necesitar el apellido de los señores de Las Balsas!
—Tu tío Tomás Barco ha construido su imperio comprando uva robada a bajo precio y financiando los chantajes del bufete de Villalba —replicó Javier con firmeza—.
Y tú eres el peón que ha utilizado para intentar destruir la cosecha de esta finca cuando ha visto que la justicia ya no le servía para quedarse con las tierras.
En la puerta de la nave aparecieron dos agentes de la Guardia Civil de la comandancia de Haro, acompañados por el sargento al mando.
—Don Manuel Barco —dijo el sargento, avanzando hacia el encargado con las esposas en la mano—.
Por orden del Juzgado de Instrucción número 2 de Haro y a la vista de la denuncia interpuesta por la administración fiduciaria por delito contra la salud pública, daños industriales y sabotaje mercantil, queda usted detenido.
Manuel miró a su alrededor buscando una vía de escape, pero la envergadura de Gabriel bloqueaba la única salida hacia la pasarela superior. Bajó los brazos con resignación y dejó que el guardia civil le colocara los grilletes alrededor de las muñecas.
Al pasar junto a Javier, Manuel se detuvo un instante y le dedicó una mirada llena de veneno.
—Podéis haberme pillado a mí, Valcárcel —dijo Manuel en un susurro maligno—.
Pero no tenéis ni idea de lo que mi tío y el fondo suizo han preparado para la semana que viene en la vista de la Audiencia Provincial.
Felipe y Alberto van a ir a la cárcel, y cuando los ancianos estén entre rejas, no quedará ni un solo banco en España que os firme un pagaré para comprar las botellas de esta bodega.