CAPÍTULO 9 #3
—La jueza instructora ha decretado el sobreseimiento libre y el archivo definitivo de todas las ejecuciones hipotecarias, embargos y precintos tramitados por el fondo Helvetia contra el pago de Las Balsas por tratarse de un fraude de origen penal estafado a las dos familias.
La medida cautelar de precinto sobre las prensas de la nave moderna queda levantada con efecto inmediato.
Un silencio absoluto se apoderó del patio.
Alberto Santamaría y Felipe Valcárcel, que habían acudido al escuchar la llegada de los vehículos policiales, permanecieron inmóviles junto al remolque, incapaces de asimilar que la pesadilla que los había tenido encarcelados moral y financieramente durante veinticinco años acababa de saltar por los aires en un auto judicial de tres páginas.
—¿Eso significa... que las tierras son definitivamente nuestras? —preguntó Clara con lágrimas asomando a sus ojos.
—Significa que el título de propiedad restituido en la sociedad fiduciaria Las Balsas de la Sonsierra S.L.
es plenamente válido, inembargable e inatacable ante cualquier tribunal de España o de la Unión Europea —declaró el fiscal Muro—.
Las sesenta hectáreas pertenecen legalmente a la entidad que ustedes han constituido.
El abogado del fondo suizo que observaba la escena desde el Audi negro encendió el motor de su vehículo y abandonó la finca a toda velocidad, levantando una nube de polvo que se disipó rápidamente con el viento de la tarde.
El fiscal se acercó a Javier y le estrechó la mano con firmeza.
—Tienen ustedes una causa pendiente en el juzgado de lo penal por la falsedad del certificado de 1998 que afecta a sus padres, Señor Valcárcel. Pero en lo que respecta a la finca, a las bodegas y a esta cosecha... son ustedes libres de trabajar.
Al caer la noche, el trabajo en la linde alta no se detuvo, pero el tono de la jornada había cambiado por completo.
Las prensas neumáticas de la nave moderna, desprecintadas a última hora de la tarde por los agentes de la Policía Nacional, funcionaban ahora a pleno rendimiento al lado de las viejas prensas manuales de la nave antigua.
El caudal de uva cosechada durante el día superaba los cien mil kilos, llenando los depósitos de acero inoxidable y los tinados de roble con la mejor uva que la Sonsierra había producido en la última década.
En el patio de la casa de guardas, iluminado por los focos de los tractores y una gran hoguera de cepas secas encendida en el centro, la cuadrilla de jornaleros, los técnicos y la familia celebraban el fin de la primera jornada de vendimia compartiendo una cena de caldereta de patatas con chorizo y lomo a la brasa.
Felipe Valcárcel y Alberto Santamaría permanecían sentados sobre dos banquetas de madera junto a la hoguera, compartiendo por primera vez en casi treinta años un vaso del mismo vino.
No hablaban del juicio penal que tendrían que afrontar en primavera, ni de la culpa por la muerte de Esteban o la huida de Villalba.
Hablaban de la densidad del hollejo, del grado de azúcar del graciano y del color que el mosto estaba tomando en los calados.
Javier, Clara y Gabriel se apartaron del grupo, caminando hacia la verja de hierro que marcaba el límite superior del viñedo.
Desde la linde alta, la vista del valle del Ebro era un mar de sombras salpicado por las luces distantes de las bodegas de Haro, Briones y San Vicente. Arriba, el cielo estrellado de la noche de septiembre brillaba con una claridad fría y limpia.
Clara apoyó la espalda contra el poste de piedra de la verja, sosteniendo en la mano una copa con el primer mosto flor extraído esa misma tarde del tinado de 1936.
—Ha sido el día más largo de mi vida —dijo Clara, contemplando el reflejo de las estrellas en el líquido violeta de su copa—. Esta mañana pensaba que estaríamos en la cárcel o en la calle antes del anochecer.
—Todavía nos queda un año entero de reestructuración bancaria, Clara —dijo Javier, colocándose a su lado—.
Tendremos que renegociar las deudas de la bodega de mi familia, unificar las redes comerciales de exportación y defender la marca en los mercados internacionales.
La batalla legal ha terminado, pero la batalla empresarial solo acaba de empezar.
Gabriel sacó de su bolsillo un cigarrillo, le dio fuego con un mechero de gasolina y contempló las hileras de cepas que descendían en la oscuridad hacia el río.
—La batalla empresarial es fácil cuando la tierra está limpia, Javier —dijo Gabriel con su tono pausado de mecánico—. El hierro viejo se arregla cambiándole las piezas podridas y echándole aceite nuevo. Lo difícil era sacar a los buitres de la casa.
Javier miró a su primo hermano y luego a Clara, alzando su propia copa de mosto hacia la noche de la Sonsierra.
—Por Julián, por Tomás y por el abuelo Manuel —propuso Javier en un brindis silencioso.
—Por el pago de Las Balsas —añadió Clara, chocando su copa con la de Javier y la de Gabriel—. Y por los que no se rindieron cuando todo parecía perdido.
El cristal de las copas resonó con un sonido limpio en el silencio de la montaña.
Un viento fresco bajó de la Sierra de Cantabria, moviendo suavemente las hojas de las cepas que guardaban en sus raíces el secreto de noventa años de historia, susurrando entre las vides que la cosecha de la verdad acababa de comenzar.