CAPÍTULO 9 #2
—¡Veinticuatro grados Beaumé! —gritó Clara para hacerse oír sobre el ruido de la prensa y el murmullo de los trabajadores—.
¡La acidez es perfecta, Javier! Si logramos mantener la temperatura de la nave por debajo de los dieciocho grados durante la fermentación estrujada, este graciano tendrá una capacidad de guarda en barrica de más de treinta años.
Javier, que acababa de descargar a la espalda una reja de cincuenta kilos de uva en la tolva de recepción, se limpió la cara con el brazo.
—Las analíticas son increíbles, Clara —dijo Javier, mirando el mosto espeso que se acumulaba en la pileta—.
Pero tenemos un problema grave en el tinado número tres.
La bomba de trasiego que estamos usando para llevar el mosto a los depósitos subterráneos tiene la empaquetadura quemada.
Si la bomba falla del todo en media hora, el mosto se desbordará de la pileta y perderemos diez mil litros en el suelo de la nave.
Gabriel detuvo el movimiento del husillo, soltó la barra de hierro con un golpe seco que resonó en el techo de vigas de madera y se acercó a la bomba impulsora, que chisporroteaba despedida por un humo acre a caucho quemado.
—Es el retén de estanqueidad —dijo Gabriel, arrodillándose en el suelo manchado de mosto y examinando la carcasa de hierro fundido—. La bomba tiene cuarenta años. No soporta la densidad de este mosto sin estrujar.
—No tenemos recambio para esa junta en todo Haro —dijo Clara con desesperación—. Llamé a la casa de suministros agrícolas a las diez y me dijeron que ese modelo de retén ya no se fabrica desde hace dos décadas.
Gabriel no perdió un segundo en lamentaciones. Se puso en pie, miró hacia la pared del fondo donde colgaba el viejo panel de herramientas del capataz Tomás y sacó del bolsillo de su pantalón un trozo de cuero denso procedente de las correas de los arneses antiguos de los caballos.
—Pásame el juego de brocas fijas y el cúter pesado —le dijo a Javier.
Durante quince minutos intensos, mientras el nivel del mosto en la pileta subía peligrosamente a tres centímetros del borde, Gabriel trabajó la pieza de cuero sobre el banco de trabajo con la precisión quirúrgica de un artesano de precisión.
Cortó, lijó y lubricó la junta improvisada con sebo de oveja viejo antes de encajarla a golpes de martillo de nylon en el eje de la bomba.
—Aprieta los espárragos del cuerpo, Javier —ordenó Gabriel, conectando los cables del motor eléctrico.
Javier apretó las cuatro tuercas con la llave fija hasta que el metal crujió.
—¡Arranca! —gritó Clara, mirando la pileta a punto de desbordarse.
Gabriel accionó el interruptor de palanca.
El motor eléctrico emitió un gruñido sordo, la correa vibró intensamente y, de pronto, la junta de cuero de arnés selló la carcasa sin soltar una sola gota.
La bomba comenzó a succionar el mosto violeta con un ritmo potente y constante, enviando el líquido a través de las mangueras de cobre hacia las profundidades de los calados de 1936.
Un aplauso espontáneo estalló entre los operarios que observaban la escena desde la pasarela superior de la nave. Gabriel miró a Javier y a Clara con una media sonrisa de satisfacción cansada, volviendo de inmediato a sujetar la palanca del husillo manual.
—Un problema menos —dijo Gabriel—. Ahora a por las siguientes diez toneladas.
A las cuatro de la tarde, la crisis dio un vuelco drástico fuera de la bodega.
Tres turismos de alta gama y un furgón blindado de la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal (UDEFF) de la Policía Nacional rompieron el cordón de seguridad instalado por los periodistas en la entrada de la finca.
De los vehículos bajaron el fiscal jefe de la Audiencia Provincial de Logroño, Don Eduardo Muro, acompañado por dos peritos judiciales y cuatro agentes armados.
Javier, al ver la comitiva desde el ventanal de la nave de prensa, se lavó las manos en la pila de agua y salió al patio acompañado por Clara.
El fiscal Muro, un hombre de unos cincuenta años con traje gris y mirada incisiva, avanzó por el camino de grava sosteniendo una carpeta precintada con la franja roja de las actuaciones judiciales urgentes.
—Señor Valcárcel, Doña Clara Santamaría —dijo el fiscal, mostrándoles la orden judicial—. Traigo una notificación urgente dictada hace dos horas por el Juzgado de Instrucción número 2 de Logroño en el marco de la causa penal contra Don Antonio Crespo y la entidad fiduciaria Helvetia Real Estate .
Clara apretó la libreta contra su pecho, sintiendo que el corazón le daba un vuelco.
—¿Se ha decretado la paralización de la vendimia, Señor Fiscal? —preguntó Clara con un hilo de voz.
El fiscal Muro miró los remolques cargados de uva que seguían entrando en el patio, el humo limpio de la chimenea de la bodega antigua y la figura de Gabriel que salía a la puerta secándose los brazos con una estopa.
—Todo lo contrario, Doña Clara —dijo el fiscal, esbozando una mueca rigurosa que intentaba ser una sonrisa de alivio—.
Esta mañana, agentes de la INTERPOL en colaboración con la policía cantonal de Ginebra han ejecutado la entrada y registro en las sedes del fondo Helvetia en Suiza y en las oficinas del bufete de Villalba en Madrid.
Javier dio un paso al frente, conteniendo el aliento.
—¿Qué han encontrado? —preguntó Javier.
—Han intervenido los servidores centrales del fondo —explicó el fiscal—.
Entre la correspondencia cifrada del letrado Crespo se ha hallado el contrato privado firmado en 2018 entre el fondo suizo y la sociedad pantalla creada por el difunto abogado Villalba.
Un documento en el que Crespo reconocía explícitamente que la pignoración sobre el pago de Las Balsas se construyó mediante la falsificación de los asientos contables de Bodegas Santamaría y el chantaje continuado sobre el notario Sotomayor.
El fiscal abrió la carpeta y sacó un folio con el sello de la Audiencia Provincial.