CAPÍTULO 9
El primer corte de la cepa
La bruma de la tercera semana de septiembre descendía desde la cima de la Sierra de Cantabria con la densidad de una sábana de algodón mojado. A las cinco y media de la mañana, el termómetro de la fachada de Bodegas Santamaría marcaba cuatro grados bajo cero.
En los calados subterráneos, la humedad devoraba el musgo de los pilares de piedra, pero arriba, en la linde alta de Las Balsas, el silencio presagiaba la primera gran prueba de fuego para la nueva junta fiduciaria: el inicio oficial de la vendimia del graciano viejo.
Javier apuró el último trago de café amargo de un vaso de plástico mientras contemplaba el desfile de diez remolques de madera que subían despacio por la pista de grava.
Tras la victoria política ante el Consejo Regulador, la realidad operativa había caído sobre ellos con el peso de una maza de hito.
El juzgado de lo mercantil de Logroño había concedido la tutela provisional del viñedo, pero el fondo suizo Helvetia , acorralado por las investigaciones penales contra el letrado Crespo, había jugado su última carta financiera antes del juicio: congelar la cuenta de pólizas de crédito operativas en la plaza de Haro mediante una medida de aseguramiento cautelar tramitada en el juzgado de Ginebra.
—No tenemos liquidez para pagar el gasóleo de los tractores de esta tarde, Javier —dijo Clara, apareciendo a su lado con un mono de trabajo verde cubierto por un chaleco térmico y una libreta de inventario bajo el brazo—.
El banco local ha bloqueado el pago de los pagarés de la cuadrilla de cortadores que vino de La Rioja Baja.
Dicen que hasta que la Audiencia Provincial no resuelva el recurso de alzada del fondo, cualquier movimiento superior a diez mil euros requiere la firma física del interventor judicial.
Javier tiró el vaso al contenedor y se ajustó los guantes de cuero.
—El interventor judicial está atrapado en un atasco en la N-232 viniendo de Logroño —respondió Javier, con los ojos fijos en las hiladas de vides cargadas de racimos apretados y negros—.
Si no empezamos a cortar la uva hoy antes de las nueve de la mañana, el rocío helado romperá el hollejo del graciano.
Una vez que la uva se raja en la cepa, la podredumbre gris se extiende en cuarenta y ocho horas.
Perderíamos ochenta mil kilos de uva de alta gama.
Perderíamos la única cosecha que puede salvar la bodega de la subasta.
En ese momento, el ronquido grave de un motor diésel de cuatro cilindros rompió la polvareda del camino.
Un tractor Ebro 160 de los años setenta, restaurado y echando un humo limpio por el tubo de escape vertical, apareció en el cambio de rasante arrastrando una tolva de acero inoxidable.
Al volante venía Gabriel, con la cara manchada de grasa y una llave inglesa de gran calibre asomando por el bolsillo de su mono.
Gabriel detuvo el tractor junto a la verja de la casa de guardas y saltó a la tierra embarrada sin apagar el motor.
—Las tres prensas neumáticas de la nave moderna de tu familia están bloqueadas por precinto notarial del antiguo expediente de Crespo —dijo Gabriel, limpiándose el sudor de la frente con el reverso de la manga—.
Los abogados de Helvetia dejaron un ejecutor en la puerta de la nave a las seis de la mañana con un auto de inmovilización de bienes de equipo.
Clara palideció, dando un paso atrás.
—¿Cómo que han precintado las prensas? —exclamó Clara con la voz quebrada—. ¡La resolución del Consejo Regulador nos autorizaba expresamente a procesar la uva en la nave moderna de los Valcárcel!
—Crespo presentó una alegación de riesgo de deterioro de los activos pignorados a última hora de ayer en el juzgado de guardia de Calahorra —explicó Gabriel con una serenidad de granito—.
El juez de guardia no conoce la trama histórica de 1936; solo ha visto que hay cinco millones de euros en maquinaria reclamados por una entidad suiza y ha puesto el sello de precinto cautelar hasta el lunes que viene.
—El lunes será tarde —dijo Javier, apretando los puños dentro de los guantes—.
La uva estará podrida en la cepa o fermentada por el calor del mediodía en los remolques.
Esto es un sabotaje en toda regla. Crespo sabe que, si no prensamos la uva este fin de semana, incumpliremos el contrato de entrega con la distribuidora de Madrid y el concurso de acreedores será automático.
Clara se llevó las manos a las sienes, mirando la cuadrilla de cuarenta jornaleros que aguardaba junto a los remolques con los corquetes en la mano, esperando la orden de entrar a las hiladas.
—¿Qué hacemos, Javier? —preguntó Clara en un murmullo helado—. No podemos romper un precinto judicial sin que la Guardia Civil nos detenga a los tres por desobediencia grave.
Gabriel clavó sus ojos oscuros en la vieja estructura de piedra de la casa de guardas y en la nave anexa de la bodega de los Santamaría, cuya chimenea de ladrillo llevaba quince años sin echar humo.
—No necesitamos las prensas neumáticas de la nave moderna —dijo Gabriel, señalando con la llave inglesa hacia los portones de madera de roble de la nave antigua—.
Anoche bajé al calado subterráneo del viejo Manuel.
El tinado de roble francés de catorce mil litros y las prensas de husillo manual de 1940 están intactos.
Los limpié con sosa y vapor de agua a presión durante toda la madrugada.
Javier y Clara miraron a Gabriel como si acabara de proponer una locura.
—Gabriel, las prensas de husillo requieren un trabajo físico bestial y un rendimiento por hora diez veces menor que el de las máquinas hidráulicas —dijo Javier—. Además, el vino de prensa manual tiene una extracción de taninos diferente...
—Tiene la extracción que tuvo el vino de Las Balsas durante cincuenta años —le interrumpió Gabriel con firmeza—.
La uva no va a esperar a los jueces de Calahorra ni a las firmas de Ginebra.
Si metemos a la cuadrilla a cortar ya, podemos transportar la uva en portetas de madera directamente al tinado antiguo y prensar a brazo como hacían mi padre Julián y tu abuelo Manuel.
Es vino limpio, es legal porque la bodega antigua no está afectada por el precinto del expediente de la maquinaria moderna, y ningún ejecutor judicial puede ponerle un sello a un husillo de madera de 1940.
Clara miró a Javier. En sus ojos ya no había el miedo del comienzo de la semana, sino el brillo salvaje de quien comprende que no queda más salida que tirar hacia adelante cargando con la historia.
—¿Los jornaleros aceptarán trabajar a mano en la nave antigua? —preguntó Clara.
En ese instante, del fondo de la pista de grava emergió la figura encorvada de Alberto Santamaría.
El padre de Clara caminaba despacio, vistiendo la vieja gorra de paño de su padre Manuel y portando al hombro tres corquetes de afeitar tradicionales con empuñadura de boj.
Detrás de él, caminando con pasos cortos pero decididos, venía Felipe Valcárcel, apoyándose en el brazo de su hijo Javier pero luciendo por primera vez en diez años la mandil de cuero de los maestros de bodega.
—Los jornaleros aceptarán si los antiguos dueños entramos los primeros en las hiladas —dijo Alberto, deteniéndose frente a su hija y entregándole uno de los corquetes—. Tu padre lleva veinticinco años cobrando por no hacer nada, Clara. Es hora de que vuelva a mancharse las manos de mosto.
Felipe miró a Gabriel, su sobrino bastardo, y luego a su hijo Javier.
—El notario Sotomayor ha enviado esta mañana una declaración jurada al juzgado de Logroño asumiendo toda la responsabilidad penal por la falsedad del certificado de 1998 —dijo Felipe con voz ronca pero serena—.
Nos van a juzgar a Alberto y a mí, Javier.
Es lo justo. Pero mientras los abogados pelean en los tribunales, esta uva es nuestra.
Nadie va a dejar que se pudra en la rama.
Javier miró a su padre, luego a Alberto y finalmente a la cuadrilla de trabajadores que los observaba en silencio desde la entrada del camino.
—¡A las cepas! —gritó Javier, haciendo resonar su voz en toda la extensión del pago—. ¡Cortamos solo racimo entero! ¡Nada de hojas, nada de uva tocada por la helada! ¡Hoy cosechamos Las Balsas!
Un clamor seco y rotundo respondió a su orden.
Los cuarenta cortadores se desplegaron por las hiladas de graciano con la precisión de un ejército antiguo.
El chasquido de los corquetes cortando los escobajos de las cepas comenzó a sonar al unísono, rompiendo la niebla matutina como una melodía de supervivencia.
A las doce del mediodía, el sol había logrado romper el techo de nubes, iluminando las sesenta hectáreas del pago con una luz deslumbrante que hacía brillar las hojas doradas y los racimos negros.
Sin embargo, la tensión no había disminuido.
A la entrada de la finca, aparcado junto a la verja principal, un Audi negro con matrícula de Madrid permanecía con el motor en marcha.
En su interior, el ejecutor judicial enviado por los acreedores suizos y un abogado del bufete madrileño que había tomado el relevo del detenido Crespo anotaban meticulosamente en sus ordenadores cada viaje de los tractores.
En el interior de la bodega antigua de los Santamaría, el ambiente era un horno de actividad y vapor. El olor a mosto en fermentación primaria, ácido y dulzón, impregnaba cada rincón de la nave de sillería.
Gabriel, con el torso desnudo bajo el mono desabrochado y sudando a mares, giraba la gran barra de hierro de dos metros que hacía avanzar la tuerca de bronce sobre el husillo de la prensa de madera.
A cada golpe de palanca, una cascada gruesa de mosto de color violeta oscuro brotaba de las rendijas de los tablones de roble, cayendo con un chorro continuo sobre la pileta de piedra de cantarería.
Clara tomaba muestras del mosto con un densímetro de cristal, anotando la cantidad de azúcar y la acidez potencial en su libreta.