La Cepa CAPÍTULO 8 #2
51%

CAPÍTULO 8 #2

—Durante setenta años —prosiguió Gabriel—, los despachos de los abogados y las oficinas de los bancos han dicho que Las Balsas era una masa patrimonial, una inversión de futuros o un aval para pedir créditos en el extranjero.

Pero las sesenta hectáreas de la Sonsierra no son un número en un ordenador de Zúrich.

Son doce mil cepas de tempranillo viejo y ocho mil de graciano que plantaron a mano mi bisabuelo Manuel Santamaría y mi bisabuelo Esteban Valcárcel cuando el resto de esta comarca solo producía vino peleón para vender a granel a los franceses.

Gabriel miró directamente a Tomás Barco.

—El libro de actas de 1936 que la Guardia Civil intervino ayer en la casa de guardas no es una prueba de delito.

Es la prueba de que dos familias prefirieron mentir y arruinarse la vida antes que permitir que la tierra terminara en manos de especuladores que no distinguen una poda en vaso de una poda en espaldera.

Hoy, la titularidad legal de Las Balsas ha quedado unificada bajo la firma fiduciaria Las Balsas de la Sonsierra S.L.

, de la que yo poseo el diez por ciento y el noventa por ciento restante pertenece a partes iguales a Clara y a Javier.

—Aun así, la deuda con el fondo Helvetia asciende a nueve millones de euros —intervino el consejero de Agricultura desde la esquina de la mesa—. ¿Cómo pretenden hacer frente a los vencimientos de la deuda sin vender la masa patrimonial o sin la inyección de capital de un grupo inversor?

Javier se puso en pie al lado de su primo, abriendo una carpeta que llevaba consigo.

—Haciendo lo que esta comarca ha hecho siempre cuando han venido malas añadas —respondió Javier—.

Vamos a presentar ante el juzgado de lo mercantil un plan de viabilidad garantizado con la cosecha en rama.

No vamos a vender una sola hectárea. Vamos a unificar las dos instalaciones de elaboración en una sola planta: la bodega histórica de los Santamaría se destinará exclusivamente a la crianza en madera, y la planta moderna de los Valcárcel asumirá la vinificación y el embotellado.

—Eso reducirá los costes operativos en un cuarenta por ciento desde el primer mes —añadió Clara, mostrando las tablas financieras a los vocales—.

Y para garantizar la liquidez inmediata del pago de la vendimia que comienza dentro de tres semanas, hemos alcanzado esta misma mañana un preacuerdo con la Cooperativa Agrícola de Haro para comercializar bajo la modalidad de venta directa las ochenta mil botellas de la reserva de 2020 que permanecían bloqueadas en los calados subterráneos.

Un murmullo de sorpresa recorrió la mesa del Pleno.

El presidente del Consejo Regulador esbozó la primera sonrisa franca de la tarde.

—¿La reserva de 2020? —preguntó Rituerto—.

¿El graciano puro que ganó la medalla de oro en Burdeos y que la junta directiva anterior mantuvo retenido por la disputa de los avales?

—El mismo —dijo Javier—. Un vino limpio de cargas, elaborado antes de que Crespo y el fondo Helvetia redactaran sus contratos trampa.

Si el Consejo Regulador autoriza hoy el desprecintado de esos toneles, la venta a la red de distribución nacional aportará dos millones y medio de euros en efectivo antes de treinta días.

Dinero suficiente para pagar a los agricultores, liquidar los salarios atrasados y mantener las bodegas operativas mientras los tribunales resuelven la causa penal contra los saqueadores.

El presidente Rituerto miró a los miembros de la mesa, uno a uno. El representante de las bodegas industriales, Tomás Barco, bajó la vista hacia sus papeles, sabiendo que la jugada del concurso de acreedores forzoso acababa de quedar desarmada por completo.

Rituerto golpeó el mazo de madera contra la mesa con un chasquido firme.

—Sometemos a votación la propuesta de la junta fiduciaria de Las Balsas de la Sonsierra S.L.

—anunció el presidente—. Se propone el mantenimiento íntegro de la cartilla de viticultor, la autorización para el desprecintado de la reserva de 2020 y la supervisión temporal de las operaciones por parte de una auditoría técnica nombrada por este Consejo.

Uno a uno, los vocales de la mesa fueron alzando la mano. Cuando le llegó el turno al consejero de Agricultura, este asintió con la cabeza y levantó el brazo derecho. Solo Tomás Barco y dos vocales afines a su grupo se abstuvieron.

—Queda aprobada la resolución por mayoría absoluta —declaró Rituerto—. Enhorabuena, muchachos. Tenéis vuestro vino en el mercado. Ahora os queda lo más difícil: cosechar la uva sin que los fantasmas de vuestras familias os vuelvan a pisar los racimos.

Cuando salieron a la escalinata del Consejo Regulador, la luz dorada del atardecer riojano teñía de tonos cobrizos los tejados del barrio de la Estación.

La multitud de periodistas los esperaba en la acera, pero esta vez los flashes no parecían la emboscada de una jauría, sino el eco de una victoria trabajada en la trinchera de los hechos.

Clara se detuvo en el último peldaño de mármol, respirando el aire fresco que bajaba del curso del Ebro.

—Hemos ganado noventa días —dijo la joven, acomodándose el pañuelo sobre los hombros—.

Noventa días antes de que los abogados del fondo Helvetia recurran la suspensión de los embargos ante la Audiencia de Logroño.

—Noventa días son suficientes para hacer la vendimia —respondió Javier, mirándola a los ojos con un cansancio atravesado por la esperanza—.

Si metemos la uva en los depósitos antes de que lleguen las lluvias de octubre, no habrá tribunal en Europa que pueda quitarle el valor a esta cosecha.

Gabriel caminó hacia el todoterreno, guardando su libreta de tapas negras en el bolsillo interior de la chaqueta.

—Tengo que volver al taller de Burgos esta noche —dijo Gabriel, deteniéndose junto a la portezuela del vehículo—. Tengo dos tractores pendientes de entregar a los clientes y no puedo dejar el taller cerrado otro día más. Javier y Clara se acercaron a él.

Tu lugar ya no está en el taller de Burgos, Gabriel —dijo Javier con tono pausado pero firme—.

Tu lugar está en la junta fiduciaria de Las Balsas.

Te necesitamos aquí cuando empiece el corte de la uva.

Gabriel miró hacia el horizonte, donde las colinas de la Sonsierra se recortaban contra el cielo rojizo del crepúsculo.

—Volveré el lunes para el inicio de la poda de limpieza —dijo Gabriel, con una leve sonrisa que por primera vez iluminó su rostro serio—.

Pero no me pongáis una mesa en el despacho de la bodega principal.

Mi sitio está en la casa de guardas de la linde alta, cuidando del motor de la prensa y vigilando que nadie vuelva a mover las piedras del camino.

Los tres se estrecharon la mano en mitad de la acera de Haro, sellando en el mundo exterior lo que la noche anterior habían salvado en la penumbra de la bodega.

Mientras el todoterreno se alejaba en dirección a la carretera nacional, Javier miró por el espejo retrovisor la silueta del viñedo de Las Balsas que dominaba la ladera.

Sabía que los meses venideros traerían batallas judiciales duras, interrogatorios ante los jueces de instrucción y el dolor de ver a su padre Felipe y a Alberto asumir la vergüenza de su pasado.

Pero al contemplar las hileras de cepas centenarias recortadas contra el sol naciente de la tarde, comprendió que el viejo pacto de 1936 había dejado de ser una maldición oculta bajo la tierra para convertirse, por fin, en el cimiento sobre el que construir un futuro limpio.