CAPÍTULO 8
El precio de la uva limpia
El sol de mediodía caía a plomo sobre los tejados de teja árabe de la calle de la Estación de Haro, donde el aire olía a madera húmeda, azufre y mosto viejo.
Tras cuarenta y ocho horas ininterrumpidas de tormenta mediática, la calma que se respiraba a las puertas de la sede del Consejo Regulador de la Denominación de Origen Calificada Rioja era una ilusión frágil, aparente como la superficie de un tonel lleno antes de la trasiega.
Javier detuvo el todoterreno frente al edificio de piedra de sillería. A través del parabrisas, todavía cruzado por la grieta que recordaba el ataque en Miranda de Ebro, observaba el ir y venir de fotógrafos y periodistas de prensa económica que se agolpaban junto al cordón de seguridad.
En el asiento del copiloto, Clara repasaba por quinta vez los tres tomos de estados contables que llevaba sobre el regazo.
Lucía un traje de chaqueta oscuro que perteneció a su madre y un pañuelo de seda anudado al cuello, pero sus ojeras violetas delataban las noches en blanco invertidas en cuadrar las facturas impagadas de Bodegas Santamaría.
—El Banco Santander y el Sabadell han rechazado la refinanciación de las líneas de descuento de la campaña —dijo Clara sin alzar la vista de los papeles—.
En cuanto la noticia del embargo cautelar dictado en Berna saltó a las terminales de Bloomberg a las nueve de la mañana, los comités de riesgo congelaron las cuentas de las dos firmas.
Si el pleno del Consejo Regulador decide hoy suspender la cartilla de viticultor del pago de Las Balsas, no podremos vender ni una sola botella con el precinto de garantía.
—No van a suspender la cartilla —dijo Javier, apagando el motor—.
Gabriel ha ratificado esta mañana ante la notaría de Haro la constitución de la nueva sociedad fiduciaria Las Balsas de la Sonsierra S.L.
. El juzgado mercantil de Logroño ya ha recibido el escrito firmado por la fiscalía acreditando que la pignoración que ostentaba el fondo Helvetia proviene de un título viciado por estafa procesal.
—Eso servirá para el juicio penal contra Crespo dentro de un año, Javier —replicó Clara, cerrando la carpeta con un golpe seco—.
Pero los proveedores de botellas, las empresas de corcho de San Vicente y los cuadrilleros de la vendimia no esperan a las sentencias de la Audiencia Provincial.
Quieren cobrar el próximo viernes. Si el Consejo Regulador inmoviliza la cosecha, estaremos en concurso de acreedores voluntario antes del fin de semana.
En el asiento trasero, Gabriel permanecía en silencio, vestido con unos pantalones de trabajo limpios y una chaqueta de pana oscura que le quedaba holgada de hombros.
En sus manos curtidas por el aceite de motor y el hierro flojo del taller de Burgos, sujetaba una pequeña libreta de tapas de hule negro.
—El presidente del Consejo no nos ha citado para hablar de derecho mercantil —comentó Gabriel con una voz áspera y pausada que hizo que Javier le mirara por el espejo retrovisor—.
Nos ha citado porque el sector tiene miedo.
Miedo de que, si se airea que durante noventa años la mayor finca de la comarca ha funcionado con títulos falsos de posguerra, los compradores de Estados Unidos y Reino Unido piensen que todo el vino de la Rioja Alta tiene esqueletos enterrados en las bodegas.
Javier miró la fachada del Consejo Regulador, donde la bandera autonómica y la de España ondeaban pesadamente al viento sin fuerza de la tarde.
—Gabriel tiene razón —dijo Javier—. Nos ven como un riesgo sistémico. Vamos a entrar ahí a convencer a doce vocales que llevan cuarenta años haciendo negocios con mi padre y con el tuyo de que los que mandan ahora somos nosotros.
Al bajar del vehículo, la ráfaga de los flashes de las cámaras los envolvió en un chasquido continuo.
Javier apretó el paso, abriéndose espacio entre las preguntas a gritos de los reporteros que inquirían sobre la detención del letrado Crespo y la implicación de los antiguos alcaldes de la comarca en la trama del Tren de Alta Velocidad.
Clara caminaba a su lado con la cabeza erguida, sin responder a un solo reclamo, mientras Gabriel avanzaba dos pasos por detrás como un escolta silencioso.
El vestíbulo de la sede del Consejo era una mole austera de mármol y roble barnizado. Don Mateo Rituerto, presidente de la entidad y veterano viticultor de Cenicero que superaba los setenta años, los esperaba al pie de la escalera principal, flanqueado por los asesores jurídicos del organismo.
—Habéis montado un buen escandalazo, muchachos —dijo Rituerto, saludando a Javier con un apretón de manos helado y dedicando a Clara una inclinación de cabeza grave—.
Los periódicos de Madrid abren la sección de economía diciendo que las bodegas más emblemáticas de la comarca eran una cueva de ladrones de la época del estraperlo.
—La cueva de ladrones estaba en el bufete de Villalba y en los despachos de los fondos de inversión de Ginebra, Don Mateo —respondió Clara con una frialdad impecable—. La tierra y las viñas siguen estando exactamente donde estaban en 1936. Y siguen dando la misma uva.
El anciano presidente suspiró, pasándose la mano por las cejas ralas.
—Pasad a la sala del Pleno. Los representantes de las cooperativas y de las grandes bodegas exportadoras llevan dos horas discutiendo. Y os aviso: las posiciones están muy duras.
La sala del Pleno del Consejo Regulador imponía respeto por su propia arquitectura: una mesa ovalada de caoba pulida con capacidad para treinta personas, presidida por los retratos al óleo de los pioneros del vino de Rioja del siglo XIX.
Alrededor de la mesa, los vocales —hombres y mujeres maduros con trajes a medida y miradas severas— guardaban un silencio tenso a la entrada de los tres jóvenes.
En la esquina derecha de la mesa, sentado en calidad de invitado sin voto pero asistido por dos abogados del Estado, permanecía el consejero de Agricultura del Gobierno de La Rioja, Don Ignacio Salcedo.
Javier, Clara y Gabriel ocuparon las tres sillas reservadas en el extremo inferior de la sala.
—Se reanuda la sesión extraordinaria —anunció Rituerto, ocupando la cabecera y golpeando suavemente la mesa con un mazo de madera—.
Como consta en el orden del día, abordamos la situación de la masa hereditaria y de las licencias de envasado del pago de Las Balsas, tras la notificación judicial del Juzgado de Instrucción número 2 de Haro sobre el levantamiento cautelar de las pignoraciones a favor de la firma Helvetia Real Estate .
Un hombre de unos cincuenta años, bien peinado y con gemelos de oro en los puños de la camisa —Tomás Barco, representante del grupo de bodegas industriales de la zona baja—, solicitó la palabra de inmediato.
—Con el debido respeto al presidente y a la mesa —intervino Barco con tono tajante—, aquí no estamos juzgando las rencillas familiares de los Valcárcel ni los vicios notariales de la época de la Guerra Civil. Lo que está sobre la mesa es la reputación del sello de calidad de la Denominación.
En Nueva York y en Londres hay tres distribuidores mayoristas que han suspendido la compra de cuatrocientas mil botellas de esta cosecha porque los departamentos de cumplimiento normativo temen verse involucrados en una causa penal por blanqueo de capitales o alzamiento de bienes.
—La causa penal es contra el letrado Crespo y los gestores suizos, no contra la marca —interrumpió Javier, fijando la vista en el vocal.
—¡El mercado no distingue entre un abogado corrupto y la etiqueta que pega en la botella, Javier!
—subió la voz Barco, golpeando la mesa con el puño—.
Durante veinticinco años habéis estado vendiendo vino cosechado en sesenta hectáreas cuya titularidad estaba congelada mediante un truco notarial ilegal.
Si la comisión técnica no inmoviliza temporalmente las tres mil barricas que tenéis en crianza hasta que la Audiencia Provincial dicte sentencia firme, las demás bodegas de la zona sufriremos una devaluación del precio del litro en el mercado internacional.
—Lo que usted quiere, Señor Barco —intervino Clara, inclinándose hacia adelante con una serenidad que hizo callar los murmullos de la sala—, no es proteger el prestigio de la denominación.
Lo que su grupo empresarial desea es que el Consejo nos retire la cartilla de envasado para que no podamos pagar las deudas del próximo trimestre, forzando la quiebra técnica de Bodegas Valcárcel y Bodegas Santamaría para que ustedes puedan comprar la uva de Las Balsas a precio de saldo en la subasta del concurso.
Varias miradas de incomodidad se cruzaron entre los vocales.
Barco se removió en su asiento, ajustándose la corbata con gesto airado.
—No se equivoque, Doña Clara —respondió Barco—.
Nosotros defendemos el cumplimiento estricto de los reglamentos del Consejo.
Si no hay un titular jurídico indiscutible, la norma dice que las uvas no pueden comercializarse bajo la marca de origen.
Gabriel, que hasta ese momento había permanecido inmóvil en su silla con la libreta de tapas negras sobre las rodillas, alzó la mano.
El presidente Rituerto miró al joven mecánico con una mezcla de curiosidad y desconfianza. —Tiene la palabra Don Gabriel Valcárcel —concedió Rituerto.
Gabriel se puso en pie despacio. Su envergadura y sus manos anchas contrastaban fuertemente con la prestancia ejecutiva de los miembros del Pleno. Sacó de la libreta un pliego de folios doblados en cuatro partes y los desplegó sobre la mesa de caoba.
—Este documento que tengo aquí —comenzó Gabriel, con una voz profunda que resonó en el techo alto de la sala— no es una sentencia mercantil ni una escritura de un banco de Suiza.
Es la libreta de campo de mi abuelo Tomás, el capataz que trabajó las tierras de Las Balsas desde 1952 hasta el día de su muerte.
Los vocales mantuvieron el silencio, atentos a las palabras del muchacho.