CAPÍTULO 7 #3
—No voy a perdonarte las mentiras de veinticinco años, papá —dijo Clara en voz baja—.
Tampoco voy a olvidar que preferiste confiar en un buitre como Crespo antes que en tu propia hija.
Pero no vamos a perder las bodegas. Javier y yo nos vamos a hacer cargo de la reestructuración de las deudas y de la defensa legal ante el tribunal mercantil.
Alberto asintió despacio, bajando la cabeza en un gesto de absoluta sumisión ante la determinación de su hija.
A pocos metros de allí, junto a la verja de hierro de la linde alta, Javier y Gabriel contemplaban el amanecer sobre el viñedo de Las Balsas.
Las hojas de las cepas viejas de graciano y tempranillo, empapadas por la lluvia de la noche, brillaban con los primeros rayos rojos del sol como si estuvieran cubiertas por una capa de rubíes líquidos.
—¿Estás seguro de lo que has hecho con las escrituras? —preguntó Javier, sacando un paquete de cigarrillos del bolsillo y ofreciéndole uno a su primo.
Gabriel aceptó el cigarrillo y esperó a que Javier le diera fuego antes de responder.
—Es lo que mi padre quería hacer en 1998 antes de que Villalba y vosotros convirtierais la tierra en una trinchera —dijo Gabriel, echando una bocanada de humo hacia el cielo despejado—.
Yo no sé nada de elaboración de vino, Javier.
Sé reparar un tractor, sé ajustar un arado y sé cuándo una pieza de hierro está podrida por dentro.
Mi lugar está en la mecánica, no en los despachos de los consejos de administración.
—La sociedad fiduciaria te necesita como socio con derecho a voto, Gabriel —dijo Javier con sinceridad—. Sin ti, Clara y yo nos habríamos destruido mutuamente intentando averiguar quién tenía la razón. Tu presencia es la única garantía de que esto no vuelva a repetirse dentro de veinte años.
Gabriel contempló las hiladas de cepas que descendían hacia el río.
—Aceptaré el diez por ciento de la representación en el consejo —dijo Gabriel al fin—. Ni un punto más. El resto os corresponde a Clara y a ti. Pero con una condición.
—Dime.
—La primera botella que salga de las bodegas con la nueva etiqueta de la finca unificada llevará el nombre de mi padre Julián y del viejo Tomás. Los dos únicos hombres que prefirieron morir o volverse locos antes que traicionar la verdad de esta tierra.
Javier miró a su primo a los ojos y estrechó su mano con un apretón fuerte y seco.
—Hecho —dijo Javier.
El notario Sotomayor, apoyado en el bastón de su vejez, salió de la casa de guardas acompañado por Felipe. Los dos ancianos caminaban despacio, con pasos torpes y pesados, contemplando el paisaje que había sido el escenario de sus triunfos, sus traiciones y su decadencia.
—Míralos —dijo Clara, uniéndose a Javier y Gabriel en la verja—. Parecen dos fantasmas que se han quedado sin castillo que custodiar.
—Lo son —dijo Javier—. Su tiempo se ha acabado esta noche. Ahora nos toca a nosotros levantar lo que ellos dejaron caer.
La secretaria del juzgado de Haro se acercó al grupo llevando bajo el brazo las carpetas precintadas con los documentos de 1936, las cartas de incautación y el libro de actas del Sindicato Agrícola.
—Señor Valcárcel, Doña Clara —dijo la funcionaria—.
Estas pruebas quedarán bajo custodia de la Audiencia Provincial de Logroño hasta la apertura de la vista oral contra el letrado Crespo y los directivos del fondo Helvetia .
La jueza ha decretado la paralización inmediata de cualquier expediente de subasta o embargo sobre el pago de Las Balsas hasta que se dicte sentencia definitiva.
—¿Cuánto tiempo tardará el proceso? —preguntó Clara.
—Meses, tal vez un año —respondió la secretaria—. Pero a partir de este instante, la explotación agrícola y la gestión de la marca quedan bajo la tutela de la administración fiduciaria provisional que ustedes han constituido. Son libres de volver a sus bodegas.
La funcionaria se despidió y caminó hacia los vehículos policiales que comenzaban a abandonar la finca en caravana, dejando atrás el silencio restaurado de la linde alta.
Javier caminó hacia el todoterreno, abrió la puerta del conductor y miró el parabrisas agrietado por la barra de hierro del matón en Miranda.
Clara se colocó a su lado en el asiento del copiloto, mientras Gabriel subía a la parte trasera, guardando en su bolsillo la vieja llave de bronce de la taquilla 48.
Javier metió la primera marcha y bajó despacio por la pista de grava, dejando atrás la casa de guardas donde el pacto secreto de 1936 había permanecido sepultado durante casi un siglo.
Al entrar en la carretera principal que conducía a Haro, los rayos del sol matutino iluminaron con fuerza los carteles de entrada a las dos bodegas familiares.
Por primera vez en tres generaciones, la sombra del chantaje, el miedo a la quiebra y los fantasmas de la posguerra dejaban paso a una certeza dura pero limpia: la tierra de Las Balsas ya no pertenecía al miedo de los muertos, sino a la determinación de los vivos que estaban dispuestos a empezar de nuevo sobre sus ruinas.