CAPÍTULO 7 #2
—Julián no lo supo hasta años después —dijo Felipe con lágrimas corriendo por sus mejillas—.
Cuando mi hermano descubrió la modificación de la cláusula en 2005, intentó revocar el poder de Villalba.
Fue a su despacho de Logroño a encararse con él.
Al día siguiente, Julián apareció muerto en la carretera de Haro a Briones en aquel supuesto accidente de tráfico.
Villalba nos amenazó a Alberto y a mí con entregar el acta modificada de 1936 al juzgado y denunciar la muerte de Esteban si no seguíamos pagando los honorarios del bufete y aceptábamos la gestión del fondo de inversiones que él mismo representaba.
Nos convirtió en sus rehenes durante veinte años.
El crujido de la puerta principal al abrirse interrumpió el relato de Felipe.
Un oficial de la Guardia Civil de la Comandancia de Logroño, acompañado por la secretaria del Juzgado de Instrucción número 2 de Haro, entró en la casa de guardas.
Detrás de ellos, escoltado por dos agentes, caminaba el letrado Crespo.
El abogado ya no exhibía la arrogancia de horas antes: tenía la corbata torcida, la camisa manchada de barro y las manos sujetas por unas esposas metálicas que relucían bajo la luz de los candiles.
—Don Ernesto Sotomayor, Don Felipe Valcárcel —dijo la funcionaria judicial, sacando un cuaderno con sellos oficiales—.
Por orden urgente del juzgado de guardia de Logroño y a la vista de la denuncia interpuesta por Don Javier Valcárcel y Doña Clara Santamaría acompañada de pruebas documentales sobre falsedad en documento público y estafa procesal, procedemos a la intervención cautelar de todos los archivos y actas notariales custodiados en este inmueble.
Crespo miró al notario Sotomayor y luego a Felipe con los ojos inyectados en odio.
—¡Estáis arruinados! —gritó Crespo, forcejeando levemente con los guardias que lo sujetaban—.
¡Creéis que habéis ganado algo sacando a la luz este estiércol de hace ochenta años!
¡El fondo Helvetia ha presentado la ejecución hipotecaria esta misma madrugada en el juzgado de lo mercantil de Berna!
¡Mañana a las doce de la mañana saldrán a subasta los derechos de explotación de las dos bodegas y no tendréis ni para pagar los abogados penalistas que os van a hacer falta para no ir a la cárcel!
Javier caminó despacio hacia el abogado detenido. Sacó del bolsillo interior de su cazadora el mapa topográfico de 1934 y el acta original del Sindicato Agrícola firmada por Esteban y Manuel.
—Se equivoca, Crespo —dijo Javier en voz baja, pero con un tono que hizo que el abogado enmudeciera—.
El fondo Helvetia no puede ejecutar absolutamente nada.
Las pignoraciones que usted hizo firmar a Alberto Santamaría se basaban en un título de propiedad que este documento demuestra que estaba extinguido desde 1936.
Nadie puede hipotecar lo que nunca fue exclusivamente suyo.
—¿Y qué vais a hacer? —escupió Crespo con despecho—. ¿Entregar la finca al Estado? ¿Dejar que la Denominación de Origen la expropie por fraude histórico?
Gabriel dio un paso al frente. Tomó el libro de actas de 1936 de la mesa y se colocó al lado de Javier y de Clara.
—La finca no se la va a quedar el Estado, ni el fondo suizo, ni el bufete de Villalba —dijo Gabriel—. El fideicomiso de 1998 expiró oficialmente el mes pasado, cuando cumplí los veinticinco años. La ley me otorga como beneficiario la titularidad transitoria para regularizar la masa hereditaria.
La funcionaria judicial miró a Gabriel con atención, tomando nota de sus palabras.
—¿Y cuál es su decisión sobre el título de dominio, señor Valcárcel? —preguntó la secretaria del juzgado.
Gabriel miró a Clara, miró a Javier y finalmente clavó la vista en los dos ancianos que representaban la ruina y la culpa de las dos familias.
—Mi decisión es restituir el pacto original de 1936 —declaró Gabriel con voz firme y serena—.
Las sesenta hectáreas del pago de Las Balsas se aportarán con carácter irrevocable a una sociedad agraria fiduciaria compartida al cincuenta por ciento entre la familia Santamaría y la familia Valcárcel.
Una sociedad que será gestionada de manera conjunta por Clara y por Javier, bajo la supervisión de los trabajadores del viñedo.
El letrado Crespo abrió la boca para protestar, pero uno de los guardias civiles le ordenó guardar silencio, arrastrándolo hacia la salida.
El amanecer comenzó a despuntar sobre la Sonsierra cerca de las seis de la mañana.
La bruma densa que había cubierto los desfiladeros del Ebro durante toda la noche empezó a disiparse bajo el influjo de un viento fresco que venía de las cumbres de la Sierra de Cantabria, dejando ver el mar de vides que se extendía en laderas escalonadas hasta donde alcanzaba la vista.
En el patio de la casa de guardas, la escena había cambiado por completo. Varias unidades móviles de televisión y redactores de prensa de Logroño y Madrid se agolpaban tras el cordón policial que protegía la entrada de la finca.
Alberto Santamaría, liberado de la custodia policial tras prestar una primera declaración en el interior de un vehículo judicial, caminaba despacio por el borde del camino de grava.
Tenía el rostro demacrado, pero por primera vez en muchos años, la mirada limpia de la desesperación que lo había acorralado.
Clara se acercó a su padre. Durante un largo minuto, ninguno de los dos dijo una palabra. Alberto contempló a su hija, deteniéndose en sus zapatos embarrados y en las manchas de hollín de su chaqueta.
—Perdóname, Clara —murmuró Alberto en un hilo de voz, sin atreverse a mirarla a los ojos—. Perdóname por haber sido un cobarde. Por haber estado a punto de vender la tierra que tu abuelo defendió con su vida solo para tapar mi propia estupidez.
Clara no abrazó a su padre, pero colocó la mano sobre su hombro con una firmeza tranquila.