CAPÍTULO 7
La noche de las tres firmas
Las luces azuladas y rojas de tres patrullas de la Guardia Civil de la comandancia de Haro cortaban la espesa bruma de la madrugada, proyectando reflejos violentos contra la sillería centenaria de la casa de guardas.
El estruendo de los motores diésel al ralentí y las voces metálicas de las emisoras rompieron definitivamente el aislamiento del pago de Las Balsas.
En el patio exterior, bajo la fina llovizna que persistía en caer sobre la Sonsierra, el letrado Crespo discutía a gritos con el sargento al mando de la patrulla.
El abogado esgrimía una carpeta de piel llena de folios con membrete judicial, pero el guardia se limitaba a negar con la cabeza, manteniendo la mano apoyada con firmeza sobre la funda de su arma reglamentaria.
Dentro de la casa, la chimenea despedía un chasquido rítmico.
Javier permanecía junto al ventanal, observando cómo un equipo de reporteros del Diario de La Rioja comenzaba a montar los focos sobre un trípode en mitad del camino de grava.
A su lado, Clara intentaba calmar el temblor de sus manos apretando una taza de café negro caliente que había preparado con los utensilios olvidados en la alacena.
En el centro de la estancia, iluminados por la luz tenue de los candiles de aceite y las brasas moribundas, Felipe Valcárcel y el viejo notario Ernesto Sotomayor permanecían sentados a ambos lados de la mesa de nogal.
Frente a ellos, Gabriel observaba el libro de actas de 1936 con la mirada absorta de quien contempla un veredicto tras una vida de espera.
—Es hora de que lo cuentes todo, papá —dijo Javier, girándose hacia su padre con una voz firme que retumbó en la habitación—. Sin omisiones. Sin edulcorar nada para proteger la memoria del abuelo Esteban ni la reputación de la bodega.
Felipe alzó la mirada. Las arrugas de su rostro, acentuadas por las sombras de la lámpara de aceite, parecían surcos cavados por el agotamiento de veinticinco años de silencio. Se frotó la muñeca vendada y dejó escapar un largo suspiro que olía a tabaco y medicación.
—No fue Villalba quien tuvo la idea de crear el fideicomiso, Javier —comenzó Felipe en un murmullo que obligó a Clara a acercarse para escucharlo mejor—.
La noche del 14 de octubre de 1998... la noche en que murió el abuelo Esteban, Villalba ni siquiera estaba en Haro.
Estaba en un congreso notarial en San Sebastián.
Gabriel alzó la cabeza de golpe, clavando sus ojos oscuros en el anciano.
—¿Entonces de quién fue la idea? —preguntó Gabriel.
—De mi padre Julián —respondió Felipe, mirando fijamente a Gabriel—. De tu padre.
Un silencio denso cayó sobre la sala. Clara miró a Javier, pero este hizo un gesto con la mano para que su padre continuara sin interrupciones.
—Esa noche —prosiguió Felipe, cerrando los ojos como si intentara expulsar una imagen grabada a fuego en su mente—, el abuelo Esteban nos citó a todos en la bodega subterránea de Las Balsas.
La cosecha de 1998 había sido extraordinaria en cantidad, pero los libros de entregas de uva de la cooperativa no cuadraban.
Tu padre Alberto, Clara, había descubierto que durante más de sesenta años, Esteban había estado desviando en secreto un diez por ciento de la liquidación de la uva de las sesenta hectáreas.
—El diez por ciento que le correspondía a la familia de mi abuelo Manuel por el pacto fiduciario de 1936 —intervino Clara con acento amargo.
—No, Clara —corrigió el notario Sotomayor, apoyando ambas manos sobre la empuñadura de su bastón—.
Esteban no devolvía ese dinero a los Santamaría.
Esteban usaba ese dinero para pagar las deudas del juego que el viejo Manuel había contraído durante la posguerra para evitar que la Guardia Civil le embargara la casa del pueblo.
Esteban mantuvo a flote a tu familia durante tres décadas, pero lo hizo a costa de guardar el secreto y tratar a tu padre como a un inferior.
Felipe asintió con la cabeza, corroborando las palabras del notario.
—Alberto vino esa noche furioso —continuó Felipe—.
Traía los extractos bancarios de la Caja de Ahorros del Círculo Católico de Miranda que el viejo Tomás le había facilitado.
Acusó al abuelo Esteban de ser un ladrón de posguerra, un usurpador que se había quedado con las tierras de su padre Manuel valiéndose de las purgas políticas del 36.
Mi hermano Julián... Julián intentó mediar entre los dos.
Julián era el único de nosotros que tenía corazón, el único que no pensaba en el valor del metro cuadrado ni en el prestigio de la etiqueta.
—¿Y qué pasó en las prensas? —preguntó Javier, dando un paso hacia la mesa.
—La discusión se descontroló —dijo Felipe con la voz quebrada por un sollozo ahogado—.
Alberto empujó a Esteban. El abuelo, que tenía ochenta y dos años y una soberbia de piedra, tropezó contra el raíl del montacargas de las cubas de roble.
Cayó hacia atrás... tres metros de caída libre sobre el pavimento de hormigón.
Escuchamos el golpe de su cabeza contra el borde del pilón. Murió en el acto.
Clara se llevó las manos a la boca, sofocando un grito. Miró a la ventana, donde su padre Alberto permanecía abatido en el interior del todoterreno comercial, flanqueado por los guardias civiles.
—Tu padre no quiso matarlo, Clara —dijo Felipe, mirando a la joven con piedad—.
Fue un accidente terrible en mitad de una disputa ciega.
Pero en ese momento, con el cadáver de Esteban ensangrentado a nuestros pies y la cosecha sin recoger en los remolques fuera de la bodega, el pánico nos congeló la sangre.
Si llamábamos a la Guardia Civil, Alberto iría a la cárcel por homicidio imprudente, las dos familias nos enzarzaríamos en un litigio por la titularidad de Las Balsas que duraría decenios y la bodega que llevaba el nombre de los Valcárcel iría a la subasta judicial antes de que terminara el año.
—Y en ese momento intervino mi padre —dedujo Gabriel con una frialdad glacial.
—Julián se arrodilló junto al cuerpo de nuestro padre Esteban —dijo Felipe—.
Le cerró los ojos y nos miró a Alberto y a mí.
Julián sabía que tú habías nacido seis meses antes, Gabriel.
Sabía que su relación extramatrimonial con tu madre había salido a la luz en el pueblo y que, si el acuerdo comercial entre las dos familias se rompía por la muerte de Esteban, tu madre y tú os quedaríais en la absoluta miseria, sin apellido y sin un duro.
Felipe hizo una pausa para beber un trago del agua que Clara le tendió.
—Julián dijo: “Esta tierra ha traído la muerte a dos generaciones porque todos hemos querido ser sus dueños únicos. Si Alberto va a la cárcel y la finca se subasta, no quedará nada para nadie. Vamos a meter a Gabriel en el título” .
Julián propuso crear un fideicomiso ciego sobre las sesenta hectáreas de Las Balsas a nombre de su hijo recién nacido.
La finca quedaría congelada, indivisible e inembargable durante veinticinco años.
Ninguno de los Valcárcel ni de los Santamaría podría vender un solo metro, ni pedir una hipoteca, ni usar la finca como aval.
La tierra produciría la uva, las dos bodegas se repartirían los rendimientos al cincuenta por ciento bajo la supervisión de una junta fiduciaria, y cuando Gabriel cumpliera los veinticinco años, tendría la potestad de decidir si dividía la propiedad o la mantenía unida.
—Julián quería salvar a Alberto de la cárcel y garantizarte un futuro a ti, Gabriel —dijo el notario Sotomayor, tomando la palabra—.
Era un acto de desesperación, pero guiado por una lógica de protección familiar.
Me llamaron a las tres de la madrugada. Yo fui a la bodega con la maleta del archivo notarial.
Firmamos el acta de defunción de Esteban certificando que la caída se había producido por un mareo provocado por los vapores del anhídrido sulfuroso del mosto...
y redactamos la minuta previa del fideicomiso.
—¿Y cómo entra Villalba en esta historia? —interrumprió Javier, golpeando con el nudillo la madera de la mesa.
Felipe apretó los dientes, y una expresión de profundo desprecio mudó su rostro gastado.
—Villalba volvió de San Sebastián tres días después —explicó Felipe—.
Cuando le mostramos la minuta que habíamos firmado esa noche ante Don Ernesto, el abogado no vio una solución para salvar a la familia: vio la mayor oportunidad de negocio de toda su vida.
Villalba nos dijo que la minuta previa redactada por Sotomayor era jurídicamente nula si no se adjuntaba un poder de representación de la finca que dejara la tutela legal en manos de un albacea profesional hasta la mayoría de edad de Gabriel.
—Y Villalba se nombró a sí mismo albacea —dijo Gabriel.
—Exacto —asintió Felipe—. Villalba modified la cláusula decimocuarta de la escritura de fideicomiso.
Introdujo una coletilla con una jerga mercantil incomprensible que establecía que, en caso de litigio por la titularidad de los derechos de explotación o amenaza de quiebra de cualquiera de las dos bodegas familiares, el albacea quedaba facultado para pignorar la finca o ceder los derechos de superficie a un tercero para salvar los activos...
Sin necesidad del consentimiento del beneficiario ni de las familias.
—La cláusula trampa —murmuró Clara—. La cláusula con la que Crespo y el fondo Helvetia han intentado quedarse con Las Balsas esta noche.