CAPÍTULO 6 #2
Felipe Valcárcel entró en la estancia iluminándose con una linterna de mano pesada.
Llevaba el abrigo sucio de barro, la cara pálida por la noche de calabozo y una venda blanca en la muñeca derecha.
Detrás de él, caminando con pasos torpes y apoyándose en un bastón de empuñadura de plata, avanzaba el notario Ernesto Sotomayor.
Javier salió de la sombra de la chimenea, colocándose en medio de la estancia.
—Sabía que vendrías aquí, papá —dijo Javier con voz serena.
Felipe se sobresaltó, alzando la luz de la linterna hacia el rostro de su hijo. Al ver a Clara y a Gabriel salir tras él con las carpetas de cuero en las manos, el anciano industrial dejó caer los brazos en un gesto de infinita derrota.
—Javier... —murmuró Felipe con un hilo de voz—. Tenéis que salir de aquí. Tenéis que entregarme esos papeles antes de que sea demasiado tarde.
Clara dio un paso adelante, encarando al notario Sotomayor.
—¿Demasiado tarde para quién, Don Ernesto? —preguntó la chica con un tono helado—. ¿Para mi padre? ¿Para Felipe? ¿O para usted, que firmó el acta secreta de 1936 como testigo y ha dejado que dos familias se desangren durante tres generaciones por no perder su despacho en Haro?
El viejo notario cerró los ojos y se apoyó con ambas manos en la empuñadura de su bastón. Sus labios temblaron ligeramente antes de articular respuesta.
—Yo tenía veintiséis años cuando firmé ese documento, Clara —dijo Sotomayor con una voz quebrada que sonó trágica en la penumbra de la sala—.
Era mi primer año de plaza en la comarca.
Tu bisabuelo Manuel y Esteban Valcárcel vinieron a mi despacho en mitad de la noche, con la ciudad tomada por las milicias y las listas de incautaciones sobre la mesa de la alcaldía.
Si yo me hubiera negado a visar ese papel fiduciario, a tu bisabuelo Manuel lo habrían fusilado a la mañana siguiente en las tapias del cementerio de Haro por financiación de sindicatos republicanos.
—¡Y cuando terminó la guerra, debió haber exigido que Esteban devolviera las escrituras a los Santamaría! —gritó Clara, con las lágrimas rodando por fin por sus mejillas.
—¡Lo intenté! —estalló el notario, golpeando el bastón contra las baldosas de barro—. ¡Se lo exigí a Esteban en 1950, en 1965 y en 1980! Pero Esteban era un hombre de hierro que se había acostumbrado a mandar sobre las sesenta hectáreas.
Decía que la familia de Manuel no sabía gestionar el viñedo, que lo arruinarían con deudas y que la finca debía permanecer unida bajo la marca Valcárcel. Y cuando tu madre Elena se casó con Julián, el secreto quedó sellado en esta casa.
Felipe dio dos pasos hacia su hijo Javier, alzando las manos en un gesto de súplica desesperada.
—Javier, hijo... —dijo Felipe—. Tu abuelo Julián descubrió la carta de 1936 en 1998 porque el viejo Tomás se la mostró cuando vio que los libros de entregas no cuadraban.
La noche que murió Esteban en la bodega, Alberto no vino a discutir por el vino.
Vino a exigirle a Esteban que le entregara las escrituras o lo denunciaría ante la audiencia provincial por estafa histórica.
—Y en mitad de esa discusión, Esteban cayó por la trampilla —completó Javier, mirando a su padre a los ojos—. Y tú y el abogado Villalba decidisteis inventar el fideicomiso a nombre de Gabriel para congelar la titularidad y evitar que la verdad saliera a la luz.
—¡No teníamos otra opción! —gritó Felipe con desesperación—.
¡Si la verdad salía a la luz en 1998, el juzgado habría embargado la finca, la marca Valcárcel se habría ido a la quiebra y la familia de Alberto se habría quedado con la mitad del viñedo sin haber puesto un solo duro para plantar las nuevas cepas de graciano!
¡Hice lo que hice para salvar la bodega que te he legado a ti, Javier!
—¡No me has legado una bodega, papá! —el grito de Javier resonó en la casa de guardas con la fuerza de una sentencia inapelable—.
¡Me has legado un cementerio! ¡Me has legado un muerto en la cripta, un abogado corrupto que ha intentado matarnos en Miranda y una guerra con la familia de Clara que nos ha podrido el alma a todos!
Felipe se tambaleó hacia atrás como si hubiera recibido un golpe físico en el pecho. Se apoyó contra el marco de la puerta de la bodega, cubriéndose el rostro con sus manos arrugadas y manchadas de tierra.
Gabriel caminó despacio hacia el notario Sotomayor, llevando el libro de actas de 1936 en los brazos.
—Usted redactó el contrato de mi fideicomiso en 1998, Don Ernesto —dijo Gabriel con una calma helada—. Sabía que yo era un hijo bastardo de Julián al que usaban como un peón en un tablero podrido. ¿Por qué aceptó firmar esa mentira?
El notario alzó la vista y miró al muchacho con una mezcla de piedad y vergüenza insoportable.
—Porque Villalba amenazó con denunciarme ante la Dirección General de los Registros y del Notariado por la firma de 1936 —admitió Sotomayor en un murmullo derrotado—. Villalba encontró el duplicado del acta en el archivo muerto de la notaría cuando auditó la fusión de las bodegas.
Si yo no daba validez al fideicomiso de 1998, Villalba me habría quitado el título notarial y habría destruido la reputación de mi familia. He vivido veinticinco años siendo el rehén de ese miserable.
Un destello de luces halógenas volvió a cruzar los ventanales de la casa de guardas.
Esta vez, el sonido de dos motores potentes y el derrape de ruedas sobre la grava confirmaron que la tregua en la linde alta había tocado a su fin.
Javier se acercó a la ventana.
A la luz de los faros de un Mercedes negro y de un todoterreno comercial de la firma Bodegas Santamaría , cuatro hombres bajaron a la carrera.
Al frente avanzaba el letrado Crespo, portando un maletín de cuero y un pliego de folios con sellos notariales urgentes. A su lado, caminando con la mirada perdida y la chaqueta desabrochada, Alberto Santamaría avanzaba como un autómata llevado a la fuerza.
Detrás de ellos, los dos matones que habían abordado a los jóvenes en el almacén de Miranda flanqueaban la entrada a la casa.
—¡Felipe! —gritó la voz de Crespo desde el patio exterior—. ¡Sé que estás ahí dentro con el notario y con los muchachos! ¡Salid ahora mismo o presento la solicitud de intervención judicial por vía de urgencia en el juzgado de guardia de Logroño!
Clara miró a su padre a través del cristal. Alberto parecía un espectro destrozado por las deudas y la presión del fondo suizo.
—Está obligando a mi padre a firmar la cesión cautelar antes de que amanezca —dijo Clara con los dientes apretados—. Si firmamos esa cesión ante Crespo, el fondo Helvetia tomará posesión física del pago de Las Balsas a las nueve de la mañana.
Javier miró a Gabriel, miró el libro de actas de 1936 que su medio hermano guardaba bajo el brazo y luego se volvió hacia su padre y hacia el notario Sotomayor.
—Don Ernesto —dijo Javier con una firmeza que no admitía réplica—. Usted cometió el primer error en 1936 por cobardía. Cometió el segundo en 1998 por miedo. Esta noche tiene la última oportunidad de hacer lo correcto antes de que se muera.
El viejo notario miró a Javier, luego al libro de actas que guardaba la firma de su juventud y, finalmente, enderezó su espalda cansada, apoyándose con fuerza en su bastón de plata.
—¿Qué quieres que haga, Javier? —preguntó Sotomayor.
—Abra esa puerta —ordenó Javier—. Vamos a celebrar el último consejo de administración del pago de Las Balsas aquí mismo. Delante de mi padre, del de Clara y de la prensa que no tardará ni media hora en llegar en cuanto Clara llame al redactor jefe del Diario de La Rioja .
Clara sacó su teléfono móvil del bolsillo y marcó de inmediato el número directo de la sección de tribunales del periódico regional.
—Tienen veinte minutos para llegar a la finca alta de Las Balsas —dijo Clara por el teléfono con voz clara y potente—. Les vamos a entregar en exclusiva la prueba documental de la mayor estafa inmobiliaria y vitivinícola de la historia de La Rioja Alta.
Javier avanzó hacia la puerta principal de la casa de guardas, tiró del cerrojo de hierro y abrió la doble hoja de madera de par en par, encarando la luz violenta de los faros de los vehículos que iluminaban el patio.
El aire frío de la madrugada riojana entró a raudales en la estancia, limpiando por fin el denso olor a humedad, humo y mentiras que había custodiado el pacto secreto de la linde durante casi un siglo.