CAPÍTULO 6
El testamento de la piedra
La casa de guardas de la linde alta olía a silencio antiguo, a madera de roble impregnada de moho y a ese humo denso de sarmiento quemado que parece no abandonar nunca los muros de sillería de las fincas centenarias.
Javier forzó la cerradura de la puerta trasera con la llave de tubo, haciendo saltar un pestillo oxidado que protestó con un gemido de hierro seco. El aire frío de la noche riojana entró detrás de ellos, levantando una polvareda fina que flotó bajo la luz temblorosa de las tres pantallas de móvil.
Javier encendió las mechas con su mechero. Las llamas amarillas cobraron vida, proyectando sombras alargadas y danzantes sobre el techo de vigas vistas.
Gabriel se quitó la cazadora de cuero mojada y colocó el legajo de cartas de 1936, el libro de entregas de uva de 1998 y la libreta de ahorro de Miranda sobre la mesa.
Sus manos, habituadas a los trabajos mecánicos del taller donde se ganaba la vida en Burgos, se movían con una cautela casi sagrada.
—Aquí dentro no nos van a encontrar antes del amanecer —dijo Gabriel, frotándose los brazos helados—.
Pero Crespo sabe que la carta de 1936 invalida la pignoración que firmó Alberto con el fondo Helvetia .
Si ese hombre tiene el control del consejo de administración de Bodegas Santamaría, no va a esperar a que abran los juzgados de Haro a las nueve de la mañana.
—Crespo no puede hacer nada sin mi padre —intervino Clara, sentándose en una banqueta de madera junto a la chimenea—. Y mi padre no firmará la cesión definitiva si sabe que el origen de las tierras provenía de una incautación de guerra que perjudicaba a su propio abuelo Manuel.
Javier miró a Clara a través del resplandor de la chimenea. La joven tenía el rostro surcado por líneas de cansancio y hollín, pero en sus ojos oscuros no había lugar para el desánimo.
—Tu padre no firmará por orgullo si se entera de lo de 1936, Clara —dijo Javier con una gravedad serena—. Pero Crespo le tiene acorralado con las deudas de los contratos de futuros de Nueva York.
Tu padre pignoró las acciones de la bodega porque pensaba que la expropiación del tren de alta velocidad le daría catorce millones de euros limpios para tapar el agujero sin que nadie se diera cuenta.
Si el fondo Helvetia descubre que Las Balsas tienen un defecto de origen de titularidad, no pagarán los catorce millones.
Ejecutarán los avales personales de Alberto esta misma noche.
—Por eso necesitamos el libro de actas del Sindicato —dijo Gabriel, alzando la cabeza—. El libro que dijiste que guardaba tu abuelo Esteban en la bodega baja de esta casa.
Javier tomó una de las lámparas de aceite y caminó hacia el fondo de la estancia, donde una compuerta de madera de roble reforzada con pletinas de hierro daba acceso a la bodega de conservación de la finca alta.
—Mi padre siempre decía que el abuelo Esteban no confiaba en los bancos de Haro —explicó Javier, tirando del anillo de hierro de la trampilla.
Un olor a humedad caliza y fermentación vieja subió desde la negrura—.
Cuando estalló la Guerra Civil y se fundó el Sindicato Agrícola, Esteban mandó picar una pequeña bóveda de seguridad en la roca madre debajo de esta casa.
Ahí guardaba las escrituras originales, las matrículas de producción de los socios y los duplicados de las cartas de incautación.
Los tres bajaron despacio por los siete peldaños de piedra labrada.
La bodega subterránea de la casa de guardas era mucho más reducida que la gran cripta de la bodega principal de Las Balsas, pero conservaba la misma atmósfera de sacristía laica.
A los lados, seis nichos de mampostería custodiaban botellas centenarias cubiertas por un moho blanco y denso como la nieve.
Al fondo de la cavidad, incrustada directamente en la pared de roca viva, una pequeña caja fuerte de hierro de la marca Fichet - Ginebra 1928 mostraba su dial numérico de latón.
Clara iluminó la puerta de la caja con la linterna del teléfono.
—Tiene combinación de cuatro números y cerradura de llave de paletón —dijo la joven—. ¿Sabes la clave, Javier?
Javier se agachó frente a la masa de hierro, pasando los dedos sobre el pomo frío.
—Mi padre me contó una vez que el abuelo Esteban usaba como clave el año de nacimiento de sus dos hijas y las cifras de las cosechas históricas de la comarca —dijo Javier, frunciendo el ceño mientras intentaba recordar las conversaciones que había oído de niño en el despacho de su casa—.
Pero cuando murió la abuela Elena en 2004, mi padre intentó abrirla con el notario Sotomayor y no lo consiguieron.
Pensaron que el mecanismo se había gripado por la humedad del subsuelo.
—El mecanismo no está gripado —dijo Gabriel, agachándose a su lado y pegando la oreja a la superficie de hierro—. Escucha.
Gabriel giró el dial de latón muy despacio. El chasquido interno de los dientes de bronce resonó en la pequeña bóveda con una precisión cristalina. Clic. Clic. Clic.
—Tengo experiencia con cierres mecánicos de maquinaria agrícola —dijo el muchacho con una leve sonrisa—. Si el abuelo Esteban usó una combinación familiar, no puso las fechas de nacimiento de sus hijas. Puso la fecha en que se firmó el pacto secreto con el bisabuelo Manuel.
—18 de julio de 1936 —dedujo Clara de inmediato—. 1-8-0-7-3-6.
Gabriel alineó los discos según la cifra.
Un clank metálico seco vibró en las entrañas de la puerta de hierro.
Javier introdujo la llave de paletón que había traído del salpicadero del todoterreno y la giró hacia la izquierda.
La puerta de la caja fuerte, de seis centímetros de grosor, cedió suavemente sobre sus bisagras de cobre.
Dentro de la cavidad no había dinero ni joyas. Reposaban tres carpetas de cuero rústico atadas con correas de hebilla y un estuche alargado de madera de arce con una placa de plata grabada en la tapa: Sindicato Agrícola de Haro - Registro de Dominio 1936 .
Javier sacó el estuche de madera con veneración y lo abrió sobre una caja de vino vacía.
Dentro reposaba el libro de actas original. Sus páginas de papel de hilo, escritas con caligrafía apretada y elegante, contenían las firmas autógrafas de todos los propietarios de viñedo del pago de Las Balsas de la época de la Segunda República.
Clara pasó las páginas con cuidado hasta llegar al folio 42, correspondiente al acta firmada el 12 de agosto de 1936.
"En la villa de Haro, a doce de agosto de mil novecientos treinta y seis.
Reunidos los abajo firmantes, Don Esteban Valcárcel e Ibarra y Don Manuel Santamaría y Rituerto, hacen constar que la consolidación de los títulos de propiedad del pago denominado Las Balsas bajo la firma única de Don Esteban responde exclusivamente a un mandato fiduciario de protección patrimonial frente a la incautación de bienes decretada por la autoridad militar de la provincia.
Ambos comparecientes declaran de forma irrevocable que los beneficios, cargas y derechos de enajenación sobre las sesenta hectáreas pertenecen por partes iguales a la familia Valcárcel y a la familia Santamaría, obligándose sus herederos a formalizar la división de títulos en cuanto la legalidad ordinaria sea restablecida. "
Al pie de la hoja, acompañando a las firmas de los dos patriarcas, figuraba un sello en tinta roja con el timbre del Colegio Notarial de Logroño y la firma de un testigo de excepción: Ernesto Sotomayor - Notario de Haro .
Clara se llevó la mano a la boca, soltando un ahogo.
—Don Ernesto... —susurró la joven con los ojos abiertos de par en par—. Don Ernesto Sotomayor firmó como testigo en 1936. El viejo notario sabía la verdad desde el principio.
—Por eso Don Ernesto ha estado intentando mediar entre mi padre y el tuyo durante veinticinco años —dijo Javier, sintiendo que una oleada de rabia y comprensión le llenaba el pecho—. Por eso redactó el fideicomiso de Gabriel en 1998 a petición de Villalba.
Don Ernesto intentaba evitar que las dos familias se destruyeran mutuamente en los tribunales, sabiendo que si este libro salía a la luz, el Estado o los tribunales mercantiles declararían que la finca estaba viciada de origen desde la posguerra.
—El viejo Sotomayor no intentaba proteger a las familias —corrigió Gabriel con amargura desde el fondo de la cueva—.
Se estaba protegiendo a sí mismo. Si se descubre que un notario en ejercicio ha mantenido oculto un pacto fiduciario no elevado a escritura pública durante noventa años mientras autorizaba hipotecas y ventas sobre la misma finca, perdería la licencia y se enfrentaría a un proceso penal por falsedad ideológica.
Un sonido amortiguado, parecido al crepitar de neumáticos sobre la grava del camino exterior, hizo que los tres enmudecieran al instante.
Javier apagó la lámpara de aceite de un soplido, sumiendo la bodega subterránea en una penumbra absoluta iluminada solo por el brillo débil de las pantallas de los teléfonos móviles.
—Alguien acaba de entrar por la verja de la finca —susurró Javier, haciendo una seña para que se mantuvieran en silencio.
Subieron los peldaños de piedra muy despacio, arrastrando los pies para no taconear. Al asomarse por la trampilla de la casa de guardas, vieron a través de las rendijas de los ventanales de madera dos haces de luz potente que barrían la fachada de sillería.
Un vehículo pesado se detuvo frente a la puerta principal. El motor diésel se apagó con un chasquido metálico.
A través de los cristales sucios por el hollín, Javier reconoció el coche: no era el Mercedes negro del abogado Crespo, ni una patrulla de la Guardia Civil. Era el todoterreno verde militar de Felipe Valcárcel.
La puerta de la casa de guardas se abrió con un gemido de las bisagras.