La Cepa CAPÍTULO 5 #3
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CAPÍTULO 5 #3

—Dos millones... —murmuró Gabriel, mirando el paquete de papeles empapados—. Es mucho dinero para un chico de campo que nunca ha visto más de mil euros juntos en la libreta.

—Es una cifra razonable para empezar de nuevo en otra parte, Gabriel —dijo Crespo, dando un paso hacia él con la mano extendida por fuera del paraguas—. Olvídate de los Valcárcel y de los Santamaría. Esta gente solo trae ruina a todo el que se les acerca.

Gabriel miró a Clara, miró a Javier y finalmente clavó la vista en los ojos del abogado.

—Mi padre Julián fue un cobarde que prefirió convertirme en un fantasma antes que dar la cara ante la justicia —dijo Gabriel en voz baja, pero con una firmeza que sobrevoló el ruido de la lluvia—.

Pero mi padre nunca vendió la tierra de su familia a un grupo de buitres extranjeros por dos millones de euros.

Antes de que Crespo pudiera reaccionar, Gabriel se dio la vuelta y echó a correr hacia el todoterreno de Javier aparcado al otro lado de la calle.

—¡A los coches! —gritó Javier, sujetando a Clara por el brazo y arrastrándola hacia el vehículo.

—¡Atrapadlos! —bramó Crespo a los dos hombres que bajaban por la rampa de carga—. ¡Atrapadlos o no cobrareis ni un euro de la minuta!

Javier metió la llave en el contacto, arrancando el motor de cuatro cilindros que rugió con potencia en el estrecho callejón.

Metió la primera marcha y aceleró a fondo, haciendo derrapar las ruedas traseras sobre la capa de agua y barro del asfalto justos en el momento en que uno de los matones golpeaba la ventanilla del copiloto con la barra de hierro.

El cristal se agrietó en una telaraña de fracturas blancas, pero no llegó a ceder.

El todoterreno salió despedido hacia la avenida principal de Miranda de Ebro, dejando atrás el Mercedes negro, al letrado Crespo y las sombras centenarias de la vieja estación de mercancías.

Una hora más tarde, el coche de Javier avanzaba por la carretera comarcal de la Sonsierra, internándose en el corazón de la Rioja Alta.

La lluvia había remitido ligeramente, dejando paso a una bruma baja y pegajosa que flotaba sobre los mares de vides que se extendían hasta las faldas de la cordillera.

Nadie había hablado durante el trayecto.

Clara mantenía la vista clavada en la ventanilla agrietada del copiloto, contemplando el paisaje familiar que ahora le parecía extraño y amenazador.

Gabriel repasaba con la yema de los dedos las líneas escritas por el abuelo Esteban en la carta de 1936, aprendiéndose de memoria cada rasgo de la caligrafía que había desencadenado la tragedia de tres generaciones.

—¿A dónde vamos ahora? —preguntó Clara con la voz débil, agotada por la tensión de la huida—.

Si volvemos a Haro, los abogados del fondo o la policía nos estarán esperando en las bodegas.

Y mi padre... mi padre estará intentando firmar cualquier documento que le ponga delante Crespo antes de que abra el juzgado mañana por la mañana.

Javier tomó el desvío por una pista de grava que se internaba directamente en las fincas altas del pago de Las Balsas, alejándose de los núcleos urbanos.

—No vamos ni a mi bodega ni a la tuya —dijo Javier—. Vamos a la casa de la linde alta. La casa de guardas que el abuelo Esteban construyó en 1940 sobre la divisoria de las dos propiedades.

—Esa casa lleva clausurada desde la muerte de la abuela Elena —recordó Clara, frunciendo el ceño—. No hay luz ni teléfono allí.

—Por eso mismo es el único lugar donde no nos van a buscar esta noche —sentenció Javier—. Y allí hay algo que necesitamos antes de decidir qué hacemos con estas cartas.

—¿El qué? —preguntó Gabriel desde el asiento trasero.

Javier detuvo el coche junto a la verja de hierro forjado de la finca alta. La edificación de piedra de sillería y tejado a dos aguas se recortaba contra el cielo del atardecer como un centinela solitario dominando las sesenta hectáreas de viñedo.

—El libro de actas original de la fundación del Sindicato Agrícola de 1936 —dijo Javier, sacando del salpicadero una vieja llave de tubo—.

El abuelo Esteban guardaba un duplicado de las capitulaciones en la caja fuerte de la bodega de guardas.

Si la carta de 1936 demuestra que la finca era compartida entre las dos familias desde el principio, el acuerdo de venta firmado por tu padre con el fondo Helvetia es completamente nulo de pleno derecho por falta de titularidad única.

Clara miró la casa de piedra, luego a Javier y por primera vez en todo el día una chispa de determinación volvió a iluminar su mirada.

—Si demostramos eso —dijo ella—, la finca no pertenece ni a Felipe, ni a Alberto, ni al fondo suizo.

—Pertenece a la tierra —dijo Gabriel, bajando del todoterreno y mirando la inmensidad del viñedo que se desplegaba bajo sus pies—. Y a los que estemos dispuestos a defenderla de los que vienen a venderla al peso.

Los tres avanzaron despacio por el camino de grava hacia la entrada de la vieja casa de guardas, mientras las primeras luces de las aldeas de la Sonsierra comenzaban a encenderse en la distancia, como pequeñas antorchas dispersas en mitad de una noche que amenazaba con ser la más larga de sus vidas.