La Cepa CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

Clara cogió la carta de las manos de Javier, releyendo las líneas una y otra vez mientras las lágrimas comenzaban a agolparse en sus ojos.

—El origen... —susurró ella—. El origen del conflicto no fue la cosecha de 1998.

Ni la trampa de Julián. La finca de Las Balsas nunca perteneció íntegramente a los Valcárcel.

Mi bisabuelo Manuel le cedió la titularidad al abuelo Esteban en 1936 para salvar la propiedad de las purgas políticas de la guerra.

—Y Esteban nunca devolvió las escrituras —dedujo Javier con la voz llena de estupor—.

Esteban se quedó con el cien por ciento de la finca.

Cuando la abuela Elena se casó con mi abuelo Julián, creyó que aportaba al matrimonio un patrimonio exclusivamente suyo.

Pero Julián descubrió la carta de 1936 antes de la cosecha de 1998.

Gabriel cogió el segundo documento de la caja: una libreta de ahorro de la antigua Caja de Ahorros del Círculo Católico de Miranda , fechada en 1997.

—Julián no estaba desviando dinero de la uva para enriquecerse él —dijo Gabriel, mostrando las anotaciones de transferencias mensuales firmadas por su padre—.

Julián le estaba pagando en secreto una pensión a la familia de tu bisabuelo Manuel para compensar el despojo de 1936.

Tu padre Alberto no exigía las tierras por honor a la abuela Elena, Clara.

Tu padre Alberto descubrió esta contabilidad en 1998 y usó la amenaza de denunciar a los Valcárcel por expolio de guerra para exigir que la finca se pusiera a su nombre.

—Y por eso discutieron la noche que murió Esteban —completó Javier, encajando la última pieza del engranaje diabólico—. El abuelo Esteban se negó a reconocer la deuda histórica de 1936.

Julián y Alberto se enfrentaron a él junto a las prensas.

Esteban cayó por el hueco del montacargas en mitad de la pelea...

y el abogado Villalba creó la farsa del fideicomiso a nombre de Gabriel para congelar la finca y que ninguna de las dos familias pudiera sacar la verdad a la luz sin destruir sus apellidos.

Un sonido seco, metálico y resonante rompió el silencio del almacén.

PUM.

El portón de chapa de la entrada principal del depósito acababa de ser cerrado desde el exterior. El zumbido de los tubos fluorescentes del techo cesó de golpe, sumiendo el pasillo en una penumbra grisácea solo atenuada por las luces lejanas de las claraboyas superiores.

Pasos rápidos y amortiguados sobre el serrín húmedo comenzaron a avanzar por el pasillo central.

—¡Javier! —susurró Clara, pegándose a la pared de la taquilla.

Javier guardó el legajo de cartas y los libros de contabilidad dentro de la cazadora de Gabriel, cerrándole la cremallera hasta el cuello.

Dos hombres vestidos con chaquetones oscuros y gorras de lluvia aparecieron en la esquina del pasillo de las taquillas.

Uno de ellos llevaba una barra de hierro de obra en la mano derecha; el otro, una linterna halógena de gran potencia que encaró directamente a los ojos de los tres jóvenes, cegándolos por completo.

—Dejad la caja metálica sobre el estante y salid despacio con las manos en alto —ordenó el hombre de la linterna. Su voz tenía un acento extranjero duro, seco, desprovisto de inflexión.

Javier dio un paso al frente, colocando su cuerpo entre los asaltantes y Clara.

—¿Quién os envía? —preguntó Javier, tratando de ganar tiempo mientras rozaba con los dedos de la mano izquierda el borde de la taquilla metálica abierta—. ¿El abogado Crespo? ¿O la gente del fondo Helvetia ?

—A ti no te importa quién paga la minuta, muchacho —respondió el de la barra de hierro, dando un paso adelante y haciendo restallar el metal contra las rejillas de las jaulas contiguas—.

Nos han dicho que en ese armario había unos papeles viejos.

Nos los llevamos nosotros y vosotros os volvéis a Haro a enterrar a vuestro muerto.

Nadie tiene por qué salir lesionado si hacéis lo que se os dice.

—Los papeles son de la policía judicial —mintió Clara con voz firme desde detrás de Javier—. La comandancia de Haro sabe que estamos aquí. Si no salimos en diez minutos, las patrullas de la N-232 vendrán a registrar la nave.

El hombre de la linterna dejó escapar una risotada ahogada.

—La policía de Haro está ocupada levantando el atestado de la bodega, chica. Aquí no va a venir nadie. Entregad la libreta roja y las cartas.

Gabriel, que permanecía medio oculto tras la puerta entornada de la taquilla 48, echó la mano atrás muy despacio. Sus dedos se cerraron sobre la pesada lata de grasa de motor petrificada que reposaba en el estante inferior.

—¿Queréis la libreta? —dijo Gabriel con una calma helada—. Aquí la tenéis.

Con un movimiento cruzado y violento, Gabriel arrojó la lata de grasa de dos kilos directamente contra la cabeza del hombre de la linterna.

El impacto fue certero: la lata golpeó el rostro del asaltante, haciendo que soltara el foco halógeno, que se estrelló contra el suelo de cemento y quedó rodando con la luz apuntando hacia el techo.

—¡CORRED! —gritó Gabriel, empujando a Clara por el pasillo lateral que conducía a los muelles de carga traseros.

El hombre de la barra de hierro lanzó una cuchillada a ciegas con el metal, rozando la manga de la cazadora de Javier.

Javier reaccionó dándole un empujón con todas sus fuerzas contra las verjas de la taquilla contigua, haciendo caer sobre él una hilera de estanterías de madera cargadas de repuestos industriales oxidados.

El estruendo del derrumbe resonó en todo el almacén como una pequeña explosión.

—¡Por aquí! —chillo Clara, que había localizado una puerta de maniobra con una barra antipánico verde al fondo de la galería.

Los tres irrumpieron en la rampa exterior de descarga de la antigua estación de mercancías. La lluvia los azotó de nuevo con fuerza, pero el aire frío y el espacio abierto les dieron un segundo de aliento.

Abajo, en la explanada de asfalto agrietado donde antes maniobraban los vagones de carga, un Mercedes sedán de color negro permanecía con el motor al ralentí.

Junto a la puerta del copiloto, resguardándose bajo un paraguas grande de golf de color verde y oro, el letrado Crespo leía un documento sobre el capó del vehículo.

Al oír el portazo y los pasos precipitados por la rampa de hormigón, Crespo alzó la vista. Su rostro se descompuso al ver a Clara, Javier y Gabriel descender a la carrera.

—¡Clara! —gritó Crespo, dando un paso adelante y bajando el paraguas—. ¡Clara, detente! ¡No sabes lo que estás haciendo! ¡Ese chico te está manipulando!

Clara se detuvo a tres metros de él, jadeando por el esfuerzo y empapada hasta los huesos por el aguacero. La rabia que había estado acumulando durante toda la jornada estalló en su mirada.

—¡Sé perfectamente lo que estoy haciendo, Crespo! —gritó ella, señalándolo con un dedo acusador—. ¡Sé que estabas vendido al fondo Helvetia antes incluso de que muriera la abuela! ¡Sé que estás intentando destruir el patrimonio de mi familia para llevarte la comisión de la expropiación!

Crespo cambió de actitud en un segundo. El servilismo habitual con el que trataba a su padre se transformó en una máscara de arrogancia fría.

—Tu padre está acabado, Clara —dijo el abogado sin alzar la voz, resguardándose bajo el paraguas mientras los dos matones salían tropezando por la puerta alta del almacén—.

Tu padre firmó las pignoraciones voluntariamente en 2020 para pagar las deudas del juego y las malas inversiones en el mercado de futuros de Nueva York.

Si no entregáis los documentos de 1936 para que el fondo valide la titulación limpia de Las Balsas, los ejecutores suizos presentarán la demanda de quiebra involuntaria contra Bodegas Santamaría mañana a las nueve de la mañana.

Perderéis las bodegas, la casa del pueblo, los viñedos viejos de la ladera y hasta las marcas registradas. No os quedará ni para pagar las costas del juicio de tu tío Felipe.

Javier se colocó al lado de Clara, mirando fijamente al abogado. —Nos quedará la verdad, Crespo —dijo Javier—. Y nos quedará la tierra.

—La tierra no es de nadie si no hay dinero para pagar los impuestos de transmisiones y los créditos hipotecarios, muchacho —replicó Crespo con desprecio—.

Entregadme el legajo de cartas de Esteban.

El fondo está dispuesto a ofreceros una compensación a ti y a Clara: dos millones de euros en una cuenta fiduciaria en Vaduz a cambio de que firméis la cesión voluntaria de los derechos del fideicomiso antes de que el juzgado de Haro decrete la intervención.

Gabriel dio un paso al frente, sacando el sobre con las cartas de la pechera de su cazadora. Los ojos de Crespo brillaron con una codicia instantánea.