CAPÍTULO 5
El peso del Barro
Dentro del habitáculo se respiraba una atmósfera densa, cargada de humo de tabaco helado y el hedor a humedad que desprendían sus ropas embarradas. Javier apretaba el volante de cuero gastado con fuerza y tensión.
A su lado, Clara mantenía la vista fija en el retrovisor lateral, atenta a cualquier destello de faros que se mantuviera a su misma distancia a través de la cortina de agua.
En el asiento trasero, Gabriel permanecía en un silencio sepulcral, girando obsesivamente entre sus dedos la pesada llave de bronce de la guardilla de Miranda.
—Nadie nos sigue, Javier —murmuró Clara, aunque la rigidez de sus hombros desmentía sus propias palabras—. O al menos no por la nacional. Si mi padre o Crespo han reaccionado, habrán cogido la autopista de peaje por Zambrana para ganarnos tiempo.
—Tu padre no necesita seguirnos —dijo Javier sin apartar la mirada del asfalto anegado—.
Tu padre conoce este territorio como la palma de su mano.
Sabe perfectamente quiénes eran los directores de sucursal en Miranda en los noventa, sabe qué notarios validaban las hipotecas basura de la comarca y sabe qué pasará si esa llave abre algo que le relacione directamente con el fondo Helvetia .
—¡Mi padre no es un criminal! —estalló Clara, girándose en el asiento con los ojos inyectados en sangre y la voz quebrada por horas de contención—. Es un hombre orgulloso, un cobarde y un ambicioso, pero no es Villalba. No mandó matar a Tomás ni puso una bomba en la bodega.
—Tampoco sabía yo que mi padre había presenciado la caída del abuelo Esteban y estuvo veinticinco años callado mientras veía cómo el viejo Tomás perdía la cabeza cuidando un archivo muerto —replicó Javier con amargura punzante—.
No pongas la mano en el fuego por ninguno de los dos, Clara.
Nos han mentido desde que tenemos uso de razón. A ti, a mí y a Gabriel.
Desde el asiento trasero, la voz de Gabriel irrumpió con la frialdad de un bisturí.
—A mí no me han mentido —dijo el muchacho, mirando por la ventanilla el perfil de las cepas ahogadas en agua—.
A mí simplemente me borraron. Para tu padre yo era la prueba de la infidelidad de Julián que podía arruinar el acuerdo matrimonial con los Santamaría.
Para el tuyo, Clara, yo era el bastardo sin derechos que servía como excusa legal para bloquear la finca.
Ninguno de los dos me vio nunca como un ser humano.
Solo era una cláusula en un papel timbrado.
Clara bajó la cabeza, apretando los labios hasta dejarlos blancos.
La herida estaba abierta y sangraba por todos los costados.
La frágil complicidad que había nacido entre ellos dos en la penumbra de la cripta subterránea comenzaba a resquebrajarse bajo el peso insoportable de las sospechas mutuas y el legado podrido de sus familias.
—Si no confías en mí, Javier —dijo Clara en un susurro cargado de veneno—, déjame en la rotonda de la entrada de Miranda. Puedo coger un tren de vuelta a Logroño y dejar que vosotros dos juguéis a los detectives con la herencia de los Valcárcel.
Javier no respondió de inmediato. Puso el intermitente y redujo la marcha al adentrarse en el polígono industrial que flanqueaba la antigua estación de ferrocarril de Miranda de Ebro.
Las naves de ladrillo visto, desgastadas por el hollín del carbón de la época ferroviaria y la humedad del río, se alzaban como gigantes decrépitos bajo el cielo plomizo.
—No te vas a ir a ninguna parte —dijo Javier al fin, bajando la velocidad al entrar en un callejón estrecho y bacheado—.
Estamos metidos en esto los tres. Si la firma de tu madre Elena fue falsificada para meter el pago de Las Balsas en una estructura pantalla, la mitad de las deudas que tu padre firmó con el fondo Helvetia recaerán sobre ti como heredera directa.
Si yo no limpio la memoria de mi rama, mi bodega irá a la quiebra en la subasta judicial.
Así que guardemos la rabia para quien se la ha ganado.
El todoterreno se detuvo frente a un inmueble de tres plantas de piedra oscura y portones de madera carcomida que lucía un cartel descolorido: Depósitos y Almacenes Ferroviarios Gómez e Hijos - 1942 .
El olor dentro del almacén era una mezcla sofocante de serrín húmedo, grasa de motor petrificada y guano de paloma.
Un pasillo central iluminado por tubos fluorescentes que parpadeaban con un zumbido molesto se internaba entre hileras de jaulas metálicas y compartimentos cerrados con candados de cadena.
El encargado del recinto, un hombre anciano con una cojera severa y un mono de trabajo azul cubierto de manchas de aceite, examinó la llave de bronce y la etiqueta de cartón que le tendió Gabriel.
—Esto es de las taquillas viejas del fondo —dijo el encargado, arrastrando los pies hacia la parte trasera del edificio—.
Las que alquilaban los exempleados de la RENFE y los cobradores de la línea de Haro antes de que privatizaran los muelles.
El viejo Tomás pagaba la anualidad en metálico cada mes de enero.
Cumplido como un reloj. Decía que guardaba ahí las herramientas de cobre de su padre.
—¿Vino alguien más a preguntar por este compartimento en los últimos días? —preguntó Javier, manteniendo la mano dentro del bolsillo de la cazadora, donde apretaba el teléfono móvil listo para marcar.
El encargado se detuvo y lo miró con sospecha por encima de sus gafas de plástico.
—Ayer por la tarde estuvo aquí un caballero con corbata y un maletín de piel —dijo el viejo, escupiendo al suelo—.
Decía que venía de parte del juzgado con una orden de registro para las pertenencias de Tomás.
Le pedí el papel sellado por la jueza y se puso gallito.
Me amenazó con traerme a la Policía Nacional.
Le dije que mientras no me trajera la firma del juez o la llave original, de aquí no salía ni un clavo.
Se fue echando pestes en un Mercedes negro.
Javier y Clara intercambiaron una mirada de alarma. El «caballero con corbata» encajaba a la perfección con la descripción del letrado Crespo o de alguno de los pasantes del bufete de Villalba.
—Llévenos a la taquilla, por favor —dijo Clara, sacando un billete de cincuenta euros del bolso y poniéndolo sobre la mesa de la oficina del encargado.
El viejo miró el billete, luego a la joven y, sin decir una palabra, descolgó un manojo de llaves maestras de un gancho de la pared.
La taquilla número 48 era un armario de chapa verde, corroído por el óxido en la parte inferior, situado en la zona más sombría del depósito. El encargado introdujo la llave de bronce en la cerradura. El mecanismo raspó, duro por la falta de uso, hasta que cedió con un chasquido metálico.
—Tenéis diez minutos —dijo el encargado, alejándose por el pasillo con su paso renqueante—. No quiero líos con la policía ni con los del Mercedes.
Gabriel abrió la puerta de chapa.
El interior olía a naftalina y a papel viejo.
No había herramientas de cobre ni útiles de labranza.
Sobre un estante de madera contrachapada reposaba una caja de caudales de hierro fundido, de color negro, grabada con el escudo imperial del Banco de España y un cierre de combinación de tres ruedas numéricas junto a la cerradura principal.
Al lado de la caja, sobre un folio arrugado, había un libro de contabilidad con pastas de piel roja: el libro registro de entregas de uva de la cosecha de 1998.
Javier alargó la mano para coger el libro, pero Gabriel le interceptó el brazo con firmeza.
—Espera —dijo Gabriel—. La caja de caudales tiene una fecha grabada en la tapa.
Clara se acercó, iluminando el interior del armario con la linterna de su teléfono móvil. Grabado a punzón sobre la pintura negra de la caja metálica se leía un número: 12-10-1936 .
—Esa no es la fecha de la cosecha de 1998 —murmuró Clara, frunciendo el ceño—. Es la fecha de la Guerra Civil.
—Es la fecha en que mi abuelo Esteban tomó posesión de las tierras de Las Balsas —dijo Javier, sintiendo un escalofrío que le recorrió la columna vertebral—.
La historia que nos contaron en casa siempre fue que Esteban compró la finca al municipio de San Asensio después de la contienda.
Pero esa fecha es de tres meses después del golpe de Estado.
Gabriel introdujo la segunda llave menor que venía adjunta en el manojo de Tomás. Probó los números de la combinación marcando la fecha grabada: 1-2-1-0-3-6. El pestillo interno saltó con un golpe seco.
Al levantar la tapa pesada de la caja, no encontraron lingotes ni paquetes de billetes.
Lo que había en el fondo era un legajo de cartas atadas con una cinta de bramante consumida por el tiempo, dos cuadernos de tapas de hule negro y un mapa topográfico del término municipal de Haro trazado a mano en 1934.
Javier desató la cinta con dedos temblorosos.
La primera carta, escrita con tinta estilográfica negra sobre papel de carta con el membrete del Sindicato Agrícola Riojano , llevaba la firma de Esteban Valcárcel y estaba dirigida a un nombre que hizo que Clara dejara escapar un ahogo de sorpresa: Manuel Santamaría , el bisabuelo de Clara.
"Querido Manuel: El tribunal militar de Logroño ha firmado esta mañana la orden de incautación sobre las fincas de la margen izquierda de la linde de Las Balsas.
Como acordamos en la reunión de la sacristía de la parroquia, he inscrito los títulos de propiedad de las sesenta hectáreas únicamente a mi nombre para evitar que los comisarios de incautaciones de bienes republicanos subasten la tierra a favor de la Falange local.
Queda bajo mi palabra de honor que, en cuanto finalicen las hostilidades y se restablezca la legalidad en la provincia, la mitad de los rendimientos del pago serán entregados a tus herederos directos.
Este documento custodia la verdad de nuestro dominio compartido.
Si yo faltare, la tierra responderá por la sangre de ambas familias. "