La Cepa CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

El nudo de la serpiente

El estruendo del motor de la primera patrulla de la Guardia Civil retumbó contra los muros de sillería del patio trasero de Las Balsas, ahogando por un instante el eco distante del viento sobre los viñedos.

Los destellos azules intermitentes cortaban la niebla espesa que bajaba desde la Sierra de Cantabria, tiñendo el barro de un matiz pálido y metálico.

En cuestión de veinte minutos, el patio interior se convirtió en un avispero. Dos vehículos del puesto comarcal de Haro y una unidad no rotulada de la Policía Judicial de Logroño acordonaron el perímetro con cinta plástica amarilla.

Un capitán delgado, con la libreta de campo abierta bajo la luz de una linterna de petaca, tomaba notas de manera metódica mientras dos agentes de la policía científica bajaban al tubo de la escalera de caracol portando maletines de aluminio.

Javier y Clara permanecían sentados sobre la puerta trasera desplegada de un todoterreno oficial, envueltos en mantas térmicas que crepitaban con cada movimiento. La frialdad del metal perforaba la ropa, pero el frío real provenía del interior.

A pocos metros, junto a la rampa de acceso a la nave baja, dos sanitarios subían despacio con una camilla sobre la que descansaba la bolsa de lona negra con el cuerpo de Tomás.

Detrás de ellos, escoltado por dos agentes de paisano y con una gasa abultada en la nuca, el abogado Ignacio Villalba caminaba con la vista clavada en sus zapatos de charol embarrados.

Tenía la mandíbula apretada y la tez cárdena, pero en sus ojos no había rastro de pánico; solo una frialdad calculadora.

Felipe Valcárcel observaba el paso de la camilla apoyado contra la esquina del tinado viejo. No llevaba manta térmica ni había aceptado el vaso de plástico con café que le ofreció un agente. A su lado, su hermano Alberto Santamaría mantenía una discusión enardecida con el oficial al mando.

—¡Es un terreno privado sujeto a una medida cautelar del Juzgado número dos! —protestaba Alberto, gesticulando con las manos manchadas de barro hacia la puerta de la nave—. ¡Exijo que mi representación letrada esté presente durante el registro del subterráneo!

—El terreno es la escena de un homicidio con arma blanca y de fuego, Señor Santamaría —respondió el capitán de la Policía Judicial sin levantar la cabeza de la libreta—.

La inspección la realiza únicamente la unidad científica por orden de la jueza de guardia de Haro.

Si sigue interfiriendo en el despliegue, me veré obligado a trasladarlo a la comandancia por obstrucción.

Alberto masticó una maldición entre dientes y se volvió hacia el camino de entrada, donde las luces de un utilitario gris rompían la niebla.

El coche se detuvo bruscamente junto al precinto.

La puerta del conductor se abrió y Gabriel bajó del vehículo.

El joven llevaba la misma cazadora de cuero gastada del día anterior.

Se quedó paralizado ante el despliegue de luces, los agentes armados y la camilla que los sanitarios introducían en la ambulancia.

Un agente le cortó el paso de inmediato.

—Paso restringido. Identifíquese.

—Soy Gabriel Valcárcel —dijo el muchacho con una voz que resonó limpia en el patio—. Soy el titular del fideicomiso del pago de Las Balsas. Me ha llamado el notario Sotomayor hace cuarenta minutos para decirme que la Guardia Civil había precintado mi propiedad.

Alberto se acercó a grandes zancadas hacia la cinta de seguridad, señalando a Gabriel con un dedo acusador.

—¡Tú no tienes nada que ver aquí, muchacho! —le espetó Alberto con desprecio—. Vuelve a Burgos. Tu papel de heredero fantasma se ha terminado esta noche. Mañana mismo esa farsa de fideicomiso queda impugnada en el juzgado.

Gabriel no dio un solo paso atrás. Miró a Alberto con una serena dureza que hizo que el empresario vacilara un segundo.

—A mí la finca me importa muy poco, Señor Santamaría —replicó Gabriel—. Pero en la escritura que firmó mi padre está mi nombre. Y si hay un hombre muerto ahí abajo y una patrulla de homicidios en la puerta, no me voy a mover de este camino hasta saber qué habéis hecho con lo que me correspondía.

Felipe caminó lentamente desde la pared de la nave hasta detenerse a un metro de su hermano menor. Las diferencias de edad y ropajes eran evidentes, pero la forma de la mandíbula y la mirada oscura eran idénticas. La marca inconfundible del tronco de los Valcárcel.

—El abogado Villalba mató a Tomás —dijo Felipe con un hilo de voz gastada—. Tomás intentaba proteger el registro de la cosecha de 1998. La prueba de cómo nos robaron a todos.

Gabriel miró a Felipe, luego a la ambulancia y finalmente a Javier, que observaba la escena desde el vehículo policial.

—No nos robaron a todos, Felipe —dijo Gabriel en voz baja—. Os robasteis entre vosotros. Y lleváis treinta años echándome la culpa a mí por haber nacido.

A las ocho de la mañana, la luz fría y grisácea de la mañana riojana iluminaba las ventanas altas de la Comandancia de la Guardia Civil de Haro. El aire dentro del edificio olía a tabaco rancio, cera de suelo y café quemado de máquina.

En el pasillo del primer piso, junto al despacho de la Policía Judicial, la tensión se masticaba en el aire.

Clara se mantenía apoyada contra la pared, con los ojos hinchados por el cansancio y el frío.

Javier caminaba a pasos cortos de un extremo a otro del pasillo, deteniéndose cada vez que picaba la máquina del teletipo de la recepción.

La puerta del despacho principal se abrió y el notario Ernesto Sotomayor salió con el maletín de cuero debajo del brazo. Lo acompañaba el letrado Crespo, el abogado de Alberto, que lucía la corbata desabrochada y un sobre amarillo abultado bajo el brazo.

Javier se acercó de inmediato al notario.

—¿Qué ha declarado mi padre, Don Ernesto?

Sotomayor se quitó las gafas de vista cansada y se masajeó el puente de la nariz con dos dedos temblorosos.

—Tu padre ha reconocido que estuvo presente en la nave la noche que murió tu abuelo Esteban en 1998 —dijo el notario con gravedad—.

Ha admitido que vio la discusión entre Esteban y Julián por la falsificación de los libros de la cosecha, y que aceptó el plan de Villalba para crear el fideicomiso y tapar el desfalco patrimonial.

Alberto, que esperaba en una bancada de madera al fondo del pasillo, se puso en pie de un salto.

—¡Ha confesado! —exclamó Alberto, avanzando hacia ellos—.

¡Ha confesado el encubrimiento y la falsedad en documento público!

¡Crespo, presenta la medida cautelar inmediatamente!

¡Exijo el embargo de las cuentas de Bodegas Valcárcel y la restitución inmediata de Las Balsas a la masa hereditaria de mi madre!

—Si yo fuera usted, Alberto, no daría un solo paso hacia el juzgado mercantil todavía —intervino una voz rasgada desde el umbral del despacho.

El abogado Ignacio Villalba acababa de salir escoltado por dos agentes de la Policía Judicial para ser trasladado a los calabozos del sótano. Llevaba las esposas puestas tras las muñecas, pero su postura erguida y la sonrisa amarga de sus labios desmentían su condición de detenido.

Alberto se encaró con él.

—Miranda de Ebro está a cuarenta minutos por la nacional —dijo Javier, sacando las llaves de su coche del bolsillo.

—Voy con vosotros —dijo Clara sin dudarlo un segundo.

Gabriel miró a ambos lados del aparcamiento, donde dos periodistas de la prensa local comenzaban a desplegar cámaras fotográficas junto a las verjas de la comandancia. Luego miró la llave de bronce que apretaba en su mano.

—Nos van a seguir en cuanto salgamos a la carretera —advirtió Gabriel—. El letrado Crespo se ha quedado dentro hablando por teléfono con la gente del fondo Helvetia. Si se entera de que tenemos esta llave, no tardará ni diez minutos en enviar a sus propios abogados a Miranda.

—Pues no les demos diez minutos —sentenció Javier, abriendo la puerta del conductor.

Subieron al coche mientras las primeras gotas de una lluvia fina y helada comenzaban a repicar sobre el parabrisas, borrando el contorno de los viñedos en el horizonte.

La batalla por el pago de Las Balsas acababa de romper sus viejas fronteras, adentrándose en una sombra mucho más profunda y peligrosa.