La Cepa CAPÍTULO 3 #2
23%

CAPÍTULO 3 #2

El sonido metálico resonó en la cripta como un cañonazo.

Villalba giró la cabeza en milisegundos hacia la sombra de la puerta. —¿Quién hay ahí? —gritó el abogado, sacando la navaja automática del bolsillo.

Felipe aprovechó la distracción para abalanzarse sobre Villalba.

El abogado se giró a tiempo, frenando el impacto con el hombro y agarrando la muñeca derecha de Felipe con ambas manos.

Los dos hombres cayeron torpemente sobre la mesa de piedra, haciendo rodar la caja metálica vacía que se estrelló contra las baldosas.

El Smith & Wesson se disparó en mitad del forcejeo.

¡PUM!

El estruendo dentro de la cavidad subterránea fue ensordecedor. Un chispazo de fuego ilumino por un segundo los rostros desencajados de los dos combatientes. La bala rebotó contra la bóveda de piedra, desprendiendo una lluvia de cascote y polvo de yeso sobre el cadáver de Tomás.

—¡Javier, corre! —chilló Clara, empujándolo hacia las escaleras.

Pero Javier no se movió. La luz de la linterna de petaca que había caído al suelo iluminaba ahora el rostro de su padre, que luchaba en el suelo contra un Villalba fuera de sí, que intentaba clavarle la hoja de la navaja en el cuello.

Javier salió de la sombra. Se abalanzó sobre el abogado, agarrándolo por la solapa de la gabardina y tirando de él con todas sus fuerzas hacia atrás.

Villalba perdió el equilibrio, soltando a Felipe y cayendo de espaldas contra el borde de la mesa de piedra.

Su cabeza golpeó el canto de granito con un chasquido seco y sordo.

El abogado quedó tendido cuan largo era, inmóvil, con los ojos extraviados fijos en el techo abovedado y un hilo de sangre brotando lentamente de su nuca.

Un silencio sepulcral volvió a apoderarse de la cripta.

Felipe, de rodillas en el suelo y respirando con angustia, miró hacia arriba. A través del polvo en suspensión de la detonación, sus ojos se tropezaron con el rostro de su hijo. Y detrás de él, con la figura aterrorizada de Clara Santamaría.

—Javier... —susurró Felipe, dejándose caer sobre los talones. El revólver Smith & Wesson yacía a medio metro de su mano, humeante—. ¿Qué... qué hacéis aquí?

Javier no respondió de inmediato. Miró el cuerpo sin vida de Tomás, el cuerpo inconsciente o muerto del abogado Villalba y, finalmente, miró a su padre. Las piezas del rompecabezas que habían torturado a dos familias durante casi treinta años acababan de encajar de la forma más trágica posible.

—Te oí, papá —dijo Javier. La voz le salía quebrada, golpeada por la desilusión y el dolor—. Lo oí todo.

Felipe bajó la cabeza, cubriéndose el rostro con las manos manchadas de hollín y barro. Un sollozo seco, ahogado, le sacudió los hombros.

—Yo no quería que tu abuelo muriera, Javier —murmuró el industrial entre dientes—. Se lo juro por la memoria de tu madre... Yo solo intenté evitar que destruyera la familia.

—Destruiste a dos familias, Felipe —intervino Clara, saliendo de la penumbra y colocándose al lado de Javier. La joven temblaba, pero en su mirada había una firmeza de hielo—. Destruiste a la mía, destruiste a la tuya y usaste a un muchacho inocente como Gabriel para cubrir vuestra podredumbre.

Felipe alzó la vista hacia ella. En sus ojos redondos ya no quedaba rastro del poderoso empresario que dirigía la bodega más importante de la comarca. Solo quedaba un hombre anciano, derrotado por sus propios fantasmas.

—Tu padre no es mejor que yo, Clara —dijo Felipe con un hilo de voz—. Alberto sabía lo de la expropiación. Por eso ha presentado la demanda esta mañana. Él no quiere la justicia para el abuelo Esteban. Solo quiere los catorce millones de euros.

—Eso ya no importa —dijo Javier, sacando su teléfono móvil del bolsillo. Al ver que no tenía cobertura en el subsuelo, miró hacia la escalera de caracol—. Vamos a subir. Vamos a llamar a la Guardia Civil y a la ambulancia. Y tú vas a contarles exactamente lo mismo que acabas de decir en esta cueva.

—Javier, si hago eso... la bodega se irá a la bancarrota —suplicó Felipe, agarrando a su hijo por el bajo del pantalón—.

La marca Valcárcel no sobrevivirá a este escándalo.

La prensa de Logroño, los bancos, los clientes de exportación...

nos destruirán en una semana. Todo por lo que he luchado toda mi vida...

Javier se agachó muy despacio y desenganchó los dedos de su padre de la tela de su pantalón.

—Le hice una promesa a Clara antes de entrar aquí —dijo Javier, mirando a la chica a los ojos—. Y voy a cumplirla. Las bodegas no valen la vida de Tomás. Ni la de mi abuelo. Ni la tuya.

Javier le tendió la mano a su padre para ayudarle a ponerse en pie. Felipe, hundido, aceptó la ayuda de su hijo.

Diez minutos más tarde, los tres emergían del tubo de la escalera de caracol a la nave principal de la vieja bodega de Las Balsas. La luna llena iluminaba ahora con nitidez las vigas de madera quemada y los grandes tinados de roble que custodiaban el pasillo central.

Sin embargo, al llegar al portón trasero que daba acceso al patio interior, una figura aguardaba de pie en medio de la penumbra, cortándoles el paso.

Llevaba un chaleco refractante sobre la chaqueta de campo y un foco halógeno encendido que les cegó los ojos de inmediato.

—Sabía que encontraría a alguien si esperaba lo suficiente —dijo una voz metálica desde detrás de la luz.

El hombre avanzó dos pasos. El haz de luz descendió ligeramente, revelando el rostro seco y curtido de Alberto Santamaría.

A su lado, sujetando una linterna de mano, se encontraba su propio hijo menor, el hermano pequeño de Clara.

—Papá... —susurró Clara, dando un paso atrás.

Alberto miró a su hija, luego a Javier y finalmente clavó la vista en Felipe, que caminaba cabizbajo con los trajes manchados de polvo y sangre.

—¿Qué habéis hecho abajo? —preguntó Alberto. Su tono no era de enfado, sino de una sospecha oscura y corrosiva—. Llevo media hora viendo luces en la parte trasera de la nave. ¿Dónde está Tomás?

—Tomás ha muerto, Alberto —dijo Javier, poniéndose delante de su padre y de Clara—. Y el abogado Villalba está inconsciente en la cripta subterránea. Llama a la Guardia Civil ahora mismo.

Alberto se quedó inmóvil. Miró a su hija con los ojos desorbitados.

—¿Un muerto? —murmuró Alberto—. ¿En mi finca?

—No es tu finca, Alberto —dijo Felipe, sacando fuerzas de donde no las tenía y dando un paso al frente para encarar a su hermano—.

Nunca lo fue. Las Balsas pertenecerán a quien decida la justicia.

He decidido entregarme. Voy a declarar mañana a primera hora ante el juez de instrucción de Haro.

Contaré todo lo que ocurrió la noche de 1998.

Alberto palideció. La linterna halógena que llevaba en la mano tembló por un instante, proyectando sombras deformes sobre los muros de piedra de la bodega.

—¿Te has vuelto loco, Felipe? —dijo Alberto en un susurro cargado de veneno—. Si declaras eso, el fideicomiso se paralizará de inmediato. Las tierras quedarán embargadas por el juzgado hasta que se resuelva la causa penal. ¡Perderemos la expropiación del tren de alta velocidad!

Javier miró a Alberto con una mezcla de asco y compasión.

—Tú también lo sabías —dijo Javier—. Sabías lo del tren. No te importaba la memoria de tu madre ni el honor del abuelo Esteban. Solo querías que el fideicomiso se cayera para meter la mano en el dinero público.

—¡Es el patrimonio de esta familia! —gritó Alberto, dando un paso agresivo hacia su sobrino—. ¡Ese dinero pertenece a Bodegas Santamaría tanto como a Bodegas Valcárcel! ¡Si este imbécil confiesa un crimen de hace treinta años, nos arruinará a todos! ¡A ti también, Clara!

Clara miró a su padre con la mirada limpia y triste de quien acaba de perder la última venda que le cubría los ojos.

—Prefiero estar arruinada, papá —dijo ella con una voz serena que hizo que Alberto diera un paso atrás—. Prefiero vender hasta las barricas de la bodega antes que seguir viviendo de una mentira regada con la sangre de nuestro propio abuelo.

Alberto intentó responder, pero las palabras se le congelaron en la garganta.

Miró a su hija, luego a su hermano Felipe, y comprendió que el muro de silencio y complicidad que había sostenido el imperio vinícola de la familia durante tres décadas acababa de colapsar definitivamente.

Desde la carretera comarcal, a casi dos kilómetros de distancia, pero audible en el silencio de la noche riojana, el ulular distante de las sirenas de la Guardia Civil comenzó a rasgar el aire.

Javier miró a Clara. Ella le devolvió la mirada y, por primera vez en dos días fatídicos, le sonrió con una tristeza infinita pero llena de paz.

Se cogieron de la mano, apretando los dedos con fuerza, preparados para afrontar la tormenta que estaba a punto de desatarse sobre las dos laderas del río.

En el interior de la nave abandonada, las sombras de las viejas barricas parecían desvanecerse lentamente bajo la luz fría de la luna, dejando al descubierto, por fin, la tierra desnuda del pago de Las Balsas.