CAPÍTULO 3
Las cenizas de la presa
El ecosistema de la cueva subterránea cambió de golpe. La muerte de Tomás, aún caliente sobre las baldosas de barro cocido, parecía haber absorbido el aire, dejando únicamente un vacío viscoso y el chasquido rítmico de los peldaños de hierro fundido doblándose bajo un peso humano.
Clac. Clac. Clac.
Javier agarró a Clara del antebrazo con una fuerza seca, arrastrándola de un tirón tras la puerta de hierro entreabierta.
Apagó de un manotazo las dos linternas tácticas, sumiendo la cripta en una negrura abrumadora donde únicamente las grietas del techo filtraban un aliento tenue y lívido de la noche riojana.
—Ni un respiro —le susurró al oído. Las palabras apenas fueron un hilo de aire que se rozó con el cabello de ella.
El intruso descendía sin prisa, pero con la aplastante seguridad de quien conoce el mapa de las galerías de memoria.
El haz de una linterna halógena, mucho más potente y violenta que las suyas, irrumpió en el pasillo abovedado, recortando en sombras gigantescas las cunas de las barricas en pálida descomposición.
Javier contuvo el aliento, pegando la espalda a la pared de roca rasposa. Sintió el latido desbocado de Clara contra su costado. Sus dedos buscaron a ciegas los de ella y los apretaron hasta amortiguar el temblor que a ambos les amenazaba con romper la compostura.
Las pisadas se detuvieron justo en el umbral de la estancia de cata. El haz de luz penetró en el habitáculo, barriendo las hornacinas, la mesa redonda de piedra con la caja metálica forzada y, finalmente, posándose sobre la espalda del cadáver de Tomás.
Una respiración honda y pesada rasgó la penumbra. —Llegas tarde, Ignacio —dijo una voz desde el exterior.
Javier abrió los ojos de par en par en medio de la negrura. Reconocería esa voz entre mil. No era la de un matón, ni la de un extraño. Era la voz rasgada, grave y serena de su propio padre.
Felipe Valcárcel dio un paso hacia el interior de la cripta. La luz de la linterna que llevaba en la mano izquierda reveló el revólver Smith & Wesson que empuñaba en la derecha.
La boca del cañón, de plomo y acero pavonado, apuntaba directamente a la sombra que emergía tras el último tramo de la escalera de caracol.
Un hombre se recortó en el marco de la puerta de hierro. Llevaba un abrigo largo de gabardina sobre el traje de chaqueta y una linterna de petaca sujeta en el bolsillo superior.
Don Ignacio Villalba, el abogado corporativo de la familia, el hombre que esa misma mañana había liderado la estrategia legal en el Consejo Regulador, dio un paso al frente.
Su rostro, habitualmente imperturbable y afilado, lucía demacrado bajo la luz amarillenta, con las cejas pobladas empapadas en sudor.
—Baja el arma, Felipe —dijo Villalba. Su voz carecía de la altivez de las aulas notariales, sustituida por una frialdad matemática—. No cometas el mismo error dos veces en la misma vida.
Felipe no movió un solo músculo. La linterna de su mano izquierda no osciló un milímetro.
—Tú lo mataste —dijo Felipe, indicando con un gesto del mentón el cadáver de Tomás—. El viejo me dijo esta tarde que te había visto merodear por el archivo muerto de la bodega.
Supiste desde el primer momento que él guardaba la copia del acuerdo de 1998.
—Tomás era un estorbo sentimental —respondió Villalba con una calma espeluznante, dando un paso rodeando la mesa de piedra sin quitarle el ojo al revólver de Felipe—.
Tu padre le dio esa caja para que la custodiara antes de que le fallara la memoria. Tomás creía que estaba protegiendo el honor de la familia Valcárcel, pero lo único que hacía era chantajearme a mí.
—¿Chantajearte? —Felipe dejó escapar una carcajada amarga que resonó como una piedra rodando por una tumba—. Tú cobraste hasta la última peseta de la minuta por redactar la venta falsa de Las Balsas. Te pagamos para que blindaras la propiedad a favor de mi rama familiar.
—¡Me pagasteis para que encubriera un asesinato! —estalló Villalba, alzando por primera vez el tono de voz—. ¡Un asesinato que cometiste tú, Felipe! ¡La noche en que tu abuelo Esteban apareció muerto al pie de la prensa vieja de esta misma bodega!
En la penumbra, tras la puerta de hierro, Clara se cubrió la boca con las dos manos para ahogar un ahogo de horror. Javier sintió que las piernas se le volvían de plomo. Las palabras del abogado cayeron sobre la bóveda de piedra con la fuerza destructiva de una detonación.
Felipe apretó los dientes, e instintivamente dio un paso hacia el letrado, acortando la distancia.
—Esteban se cayó por la trampilla del montacargas porque estaba borracho —dijo Felipe, aunque un leve temblor traicionó la solidez de su voz—. Todo el mundo en el pueblo sabía que no podía mantenerse en pie después del segundo chato de cosechero.
—Esteban no estaba borracho esa noche —replicó Villalba, sacando de la pechera de su gabardina un sobre de papel manila doblado en tres partes—.
Esteban descubrió que su yerno, tu padre Julián, llevaba tres años falsificando las cartillas de entrega de uva para desviar los beneficios de la finca de Las Balsas hacia una cuenta opilada en la sucursal de Miranda de Ebro.
Y cuando Esteban amenazó con desheredar a tu madre y entregarle toda la finca a la familia de Alberto... tú estuviste en esta nave.
—¡Yo tenía veintidós años! —gritó Felipe, sujetando el revólver con ambas manos—. ¡Yo solo intenté separarlos! ¡Mi padre y Esteban se estaban matando a golpes junto a las tinas!
—Y cuando Esteban cayó por el hueco —prosiguió el abogado implacable, dando otro paso hacia Felipe—, tu padre no llamó a la Cruz Roja.
Tu padre te miró a los ojos, cogió el libro de registros de la cosecha de 1998 y lo quemó en la chimenea del tinado. Y me llamó a mí a las tres de la madrugada para que redactara un documento donde la finca pasaba a un fideicomiso bajo el control de su hijo secreto. Tu hermano Gabriel.
Felipe bajó ligeramente el cañón del revólver, visiblemente desorientado por el peso de los recuerdos que volvían a la superficie.
—Tú inventaste la existencia de Gabriel —murmuró Felipe—. Tú nos dijiste que la única forma de evitar que la familia de Alberto impugnara la titularidad por vía penal era crear una figura fantasma... una reserva de herencia sobre un bastardo de Julián.
—Gabriel existe, Felipe. Eso fue lo único real de toda esta comedia —dijo Villalba con una sonrisa amarga—.
Julián tuvo un hijo con esa mujer en el norte de Burgos, sí.
Pero la cláusula del fideicomiso no se redactó para proteger a ese muchacho.
Se redactó para que yo tuviera el control absoluto sobre el destino de Las Balsas durante treinta años.
—¿Por qué? —preguntó Felipe con la voz reducida a un susurro—. ¿Por qué nos hiciste esto?
—Porque las tierras de Las Balsas no valen por el vino que producen, Felipe —Villalba sacó una pequeña petaca de plata del bolsillo y le dio un trago corto antes de mirar fijamente al industrial—.
Valen por lo que hay debajo. La Junta de Castilla y León aprobó en secreto la semana pasada el trazado del nuevo corredor ferroviario de alta velocidad entre Logroño y Vitoria. La expropiación del pago de Las Balsas está tasada en catorce millones de euros.
El silencio volvió a caer sobre la cueva, pero esta vez era un silencio de codicia y ruina.
—Catorce millones... —repitió Felipe, procesando la cifra—. Y si Gabriel le vende la finca a mi bodega por la miseria fijada en el fideicomiso...
—Si Gabriel vende, tu bodega se queda con la propiedad y la expropiación te hará multimillonario a ti —dijo Villalba—.
Pero si Alberto gana la demanda de impugnación que ha presentado esta mañana, el fideicomiso se anula, la finca vuelve a la masa hereditaria original de Elena Valcárcel..
. vuestra madre, la herencia de ella se reparte a partes iguales entre sus dos hijos legítimos: Felipe y Alberto.
—y la mitad de los catorce millones irá a parar a las manos de tu hermano Alberto, mientras tú te enfrentas a un proceso penal.
Y a mí me dejáis en la calle, con una mano delante y otra detrás, después de haber guardado vuestros trapos sucios durante tres décadas.
—Por eso mataste a Tomás —dedujo Felipe, mirando el cadáver tirado en el suelo—. Tomás tenía la única copia original del cuaderno de campo de 1998 donde Esteban anotó las desviaciones de dinero de mi padre.
—Tomás quería darle esta fotografía a la policía —dijo Villalba, señalando el papel que el muerto aún apretaba en el puño—. Quería limpiar el nombre de Esteban antes de morirse. No me dejó otra opción.
Villalba se metió la mano derecha en el bolsillo de la gabardina. Javier, desde la penumbra tras la puerta, vio el destello metálico de una navaja automática de muelle.
—Ahora, Felipe —dijo el abogado con una voz neutra, desprovista de emoción—, me vas a entregar ese revólver. Vamos a salir de esta cueva juntos. Y mañana por la mañana le dirás al notario Sotomayor que aceptas la liquidación del fideicomiso en los términos que yo he redactado.
Felipe no se movió. Sus ojos recorrieron el rostro de su abogado, el cadáver de su viejo empleado y, finalmente, se posaron en la puerta de hierro tras la cual se ocultaban su hijo y la hija de su peor enemigo.
—No —dijo Felipe.
—¿Cómo qué no?
—No voy a permitir que destruyas lo poco que me queda de dignidad, Ignacio —dijo Felipe, alzando nuevamente el revólver Smith & Wesson y apuntando directamente al pecho del abogado—. Se acabó. Esta noche se acaba todo.
—Si me disparas, irás a la cárcel por dos asesinatos —dijo Villalba, sin dar un paso atrás—. Nadie creerá que yo maté a Tomás si la policía te encuentra aquí con un revólver del calibre 38 en la mano.
En ese instante de tensión insostenible, cuando los dos hombres maduros se desafiaban a escasos dos metros de distancia, la mano de Clara resbaló sobre la piedra húmeda del marco de la puerta.
Una lasca de argamasa suelta se desprendió del muro, cayendo sobre una lata de lata oxidada situada en el suelo.
¡CLANG!