La Cepa CAPÍTULO 2 #3
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CAPÍTULO 2 #3

—Estoy aquí —respondió la voz de ella, sofocada por la tensión.

Clara salió del matorral, vistiendo ropa oscura y unos vaqueros gastados.

Llevaba una pequeña mochila a la espalda y una linterna de mano en la mano temblorosa—.

He tenido que esquivar al guarda de mi padre.

Ha dejado el todoterreno con las luces puestas en la entrada del camino principal.

Ha tenido que subir a pie por la ladera.

—Bien hecho —dijo Javier, agarrándole la mano y tirando de ella hacia la sombra del muro perimetral de la bodega—. El acceso trasero por el canal de vaciado sigue abierto. Los barrotes de la reja se cayeron durante las lluvias del invierno pasado.

Se deslizaron por la abertura de la mampostería, colándose en el patio interior de la vieja edificación.

El olor dentro del recinto era una mezcla embriagadora y opresiva de humedad estancada, madera en descomposición, excrementos de murciélago y ese rastro imborrable de mosto agrio que parecía haber penetrado en las piedras durante más de cien años.

Con la luz de las linternas reducida al mínimo para no delatar su presencia desde el exterior, avanzado por el pasillo central de la antigua nave de elaboración.

A los lados, los gigantescos tinados de roble americano, desvencijados y con los aros de hierro oxidados cayéndose a pedazos, se alineaban como los costillares de un monstruo varado en la oscuridad.

—¿Dónde estaba la botella? —preguntó Clara en un murmullo, sujetando el brazo de Javier con fuerza.

—En el cementerio de mi bodega —respondió él—. Pero la tierra del cuello de la botella venía del área de la prensa vieja. De la parte inferior de este edificio, donde se guardaban los tés de prueba antes de las cosechas comerciales.

Llegaron al fondo de la nave principal. Una escalera de caracol de hierro fundido, con los peldaños corroídos por el óxido, descendía hacia las galerías subterráneas donde antiguamente se criaba el vino en barricas de roble.

Javier ilumino el primer peldaño. Sobre la capa de polvo y hollín que cubría el suelo metálico, había huellas recientes. Pisadas claras, marcadas con barro fresco que se adentraban hacia el sótano.

—Alguien ha bajado por aquí hoy —dijo Javier, señalando las marcas con el haz de luz de la linterna.

—Javier... mira ahí —interrumpió Clara, señalando hacia el marco de madera rajado de la puerta que daba acceso a las escaleras.

En la jamba de piedra, a la altura de la cabeza, había una mancha oscura, negruzca, seca desde hacía años, pero perfectamente visible bajo la luz blanca de la linterna táctica.

Y justo debajo, raspado sobre la argamasa del muro con la punta de un clavo o de una navaja, se apreciaba un símbolo: una letra E entrelazada con una V. La marca del abuelo Esteban Valcárcel.

—Esta es la puerta de la que me habló mi abuelo —murmuró Javier, sintiendo que un escalofrío le recorría la espina dorsal—. La puerta que me dijo que jamás debía abrir cuando era un niño.

—¿Tu abuelo te habló de este sitio? —preguntó Clara, mirándolo con asombro.

—Un verano, cuando yo tenía ocho años —recordó Javier, sin quitar la vista de las huellas del suelo—. Me escapé con la bicicleta hasta esta finca.

Mi abuelo Julián me encontró merodeando junto al pozo del patio.

Estaba fuera de sí, furioso como nunca lo volví a ver.

Me agarró por el hombro, me trajo hasta esta nave y me dijo: «Si algún día vuelves a este sitio y cruzas esa puerta, descubrirás que toda tu familia está levantada sobre los huesos de un muerto».

Clara trago saliva en seco. Apretó la mano de Javier con más fuerza. —¿Seguimos adelante? —preguntó ella, aunque en sus ojos se leía la determinación indomable que siempre la había caracterizado.

—Hemos venido a por la verdad, Clara —respondió Javier—. Ya no podemos dar marcha atrás.

Iniciaron el descenso por la escalera de caracol. Los peldaños de hierro crujían bajo el peso de sus botas con un lamento metálico que resonaba en la profundidad de las galerías subterráneas.

El aire se volvió progresivamente más frío, denso y cargado de una humedad que se les pegaba a la garganta.

Al llegar al fondo del sótano, el haz de la linterna de Javier reveló una galería abovedada de piedra de sillería de unos cincuenta metros de longitud. A ambos lados, las cunas de madera pudriéndose sostenían los restos de viejas barricas destruidas por la carcoma.

Pero en el centro de la galería, a unos veinte metros de distancia, la luz de la linterna tropezó con un elemento que rompió el escenario de abandono.

Una puerta de hierro macizo, dotada de una cerradura de combinación antigua y una mirilla de reja, permanecía entreabierta. La cadena pesada que habitualmente la mantenía sellada yacía en el suelo, cortada limpiamente con una cizalla industrial de mano.

Y del interior de la estancia oculta tras la puerta de hierro provenía un olor seco, metálico, inconfundible para cualquier enólogo o médico forense.

El olor a sangre fresca.

Javier y Clara se congelaron en mitad de la galería. Javier hizo un gesto instintivo a Clara para que se colocara detrás de él, mientras apagaba el haz directo de la linterna y mantenía solo la luz difusa rebotada contra el techo de piedra.

Avanzaron paso a paso, con el corazón latiéndoles en los oídos como un martillo neumático.

Javier empujó la puerta de hierro con la punta de la bota. La bisagra oxidada emitió un chillido agudo que pareció desgarrar el silencio de la cueva subterránea.

El espacio interior era una pequeña cripta de catado de unos cuatro metros cuadrados, excavada directamente en la roca madre de la loma.

En las paredes había hornacinas con botellas cubiertas por décadas de polvo y telarañas. En el centro de la estancia, una mesa redonda de piedra sostenía una pequeña caja metálica de color gris, con la tapa forzada y desgajada de sus bisagras.

La caja estaba completamente vacía.

Y a los pies de la mesa de piedra, yaciendo boca abajo sobre el piso de baldosas de barro cocido, había un cuerpo humano.

Un reguero de sangre oscura y espesa brotaba de una brecha brutal en la parte posterior de su cabeza, manchando el barro del suelo y empapando la pechera de una camisa de lana fina de color azul marino.

—¡Dios mío! —exclamó Clara, dejándose caer de rodillas por el impacto, pero tapándose la boca inmediatamente para ahogar el grito.

Javier se acercó al cuerpo con las manos temblorosas. Se arrodilló a su lado, dio la vuelta al cadáver con cuidado y enfocó el rostro con la linterna.

Los ojos abiertos del muerto, congelados en una mueca de pánico y sorpresa absoluta, devolvieron la luz de la linterna sin reflejo alguno.

Era Tomás. El viejo encargado de campo de Bodegas Valcárcel, el hombre que llevaba cuarenta años al servicio de la familia.

Y apretada en su mano derecha, convulsionada por el rigor mortis inicial, el viejo encargado sujetaba una fotografía antigua en blanco y negro.

Una fotografía desgastada en cuyos bordes se apreciaba a cuatro personas posando sonrientes ante la fachada de esa misma bodega en la década de los noventa.

Una de las cuatro caras de la fotografía había sido cuidadosamente arrancada con la punta de un objeto punzante.

Un crujido seco en lo alto de la escalera de caracol de la galería anunció que no estaban solos en el subsuelo. Unas pisadas pesadas y apresuradas comenzaron a descender por los peldaños de hierro fundido.