La Cepa CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

—Mi padre no pagó a nadie, Clara. Tuve acceso a los libros mayores de contabilidad de la bodega ayer por la noche. No hay una sola desviación de fondos ni una partida no justificada. Si mi padre obtuvo esa cláusula, no fue comprándola con dinero.

Clara se quitó las gafas de sol, revelando unos ojos enrojecidos por la falta de sueño y el llanto contenido.

—¿Entonces qué fue? —preguntó ella, acercándose más a él—.

Tú estuviste en la habitación del hospital, Javier.

Oíste a tu abuelo antes de que le fallara el corazón.

Dijo claramente: «Él estaba allí la noche del noventa y ocho».

Se refería a tu padre. Felipe sabe perfectamente qué ocurrió la noche en que Julián desapareció.

—Y también oí lo que me dijo mi padre en la bodega —replicó Javier en tono bajo pero tenso—. Alguien dejó anoche una botella de vino sin etiqueta sobre la tumba vacía de mi abuelo. Una cosecha de 1998. Mi padre se puso pálido como una cera al verla.

Dijo que Alberto no sabía nada de ese vino. ¿Entiendes lo que significa? Hay una tercera persona en todo esto, Clara. Alguien que estuvo allí esa noche y que está usando la muerte del abuelo para mover las piezas.

Clara se llevó una mano a la boca, asimilando la información.

—Una botella de 1998... —murmuró ella—. Javier, en el archivo histórico de mi bodega, en la ficha de cata de la cosecha de aquel año, faltan los libros de registro del último trimestre.

Mi padre siempre me dijo que se perdieron durante una riada del río Oja, pero ayer, después de salir del hospital, estuve revisando los archivadores del sótano. La carpeta de octubre de 1998 fue arrancada del libro de actas con una cuchilla.

Se miraron en silencio. El eco del agua cayendo de una bajante lejana era el único sonido que rompía la calma sofocante del zaguán.

En mitad de la guerra encarnizada que libaban sus padres por el control de un imperio vinícola, ellos dos eran los únicos que comprendían que la disputa por el fideicomiso no era más que la punta de un iceberg sumergido en sangre y falsificaciones.

—Tenemos que ir a la finca vieja —dijo Javier con determinación, cogiendo a Clara por los hombros—. A la bodega abandonada del pago de Las Balsas.

La botella venía de allí; tenía restos de tierra arcillosa y hollín de la chimenea del tinado. Si hay algún documento, alguna prueba de lo que ocurrió la noche en que atacaron a mi abuelo, tiene que estar escondido en esas ruinas.

—Mi padre ha puesto un guarda jurado en la linde baja desde esta mañana —advirtió Clara, mirando fijamente a Javier a los ojos—.

Si nos ven merodeando juntos por Las Balsas, la noticia llegará a los dos lados de la carretera antes de una hora. Nos desheredarán a los dos, Javier. Sabes que lo harán.

—No nos verán —respondió él, rozándole la mejilla con los dedos con una ternura infinita que contrastaba con la frialdad del ambiente—. Conozco los caminos de desagüe de la ladera norte desde que era un niño. Podemos entrar al anochecer por el viejo canal de riego.

Pero necesito que estés a mi lado, Clara. No puedo confiar en nadie más. Ni en mi padre, ni en los abogados, ni en la policía. Clara asintió lentamente, cerrando los ojos por un instante al sentir el contacto de la mano de Javier.

—Esta noche —susurró ella—. A las diez, en el cruce del arroyo seco. Pero prométeme una cosa, Javier.

—Lo que quieras.

—Si descubrimos que uno de nuestros padres cometió un crimen esa noche... sí resulta que uno de ellos es un asesino... no intentaremos encubrirlo. Pase lo que pase con las bodegas. Pase lo que pase con nosotros.

Javier trago saliva. El peso de la promesa se le clavó en el pecho como un puñal helado, pero sabía que no había otra salida.

—Te lo prometo —dijo él.

Se besaron rápidamente, un beso amargo, desesperado, marcado por el sabor a sal de las lágrimas de Clara y el miedo al abismo que estaba a punto de abrirse bajo sus pies.

Un segundo después, Clara se ajustó las gafas de sol, salió del zaguán y se perdió por las callejuelas del casco antiguo de Haro.

El atardecer teñía el cielo de La Rioja Alta de un tono carmesí oscuro, como si las nubes estuvieran empapadas en mosto de garnacha.

En el despacho principal de Bodegas Valcárcel, las luces no se habían encendido. Felipe permanecía sentado tras su gran escritorio de roble, contemplando la penumbra que iba devorando lentamente los cuadros de la estancia.

Frente a él, de pie y con la gorra apretada entre las manos, Tomás esperaba instrucciones.

—¿La has destruido como te pedí? —preguntó Felipe. Su voz sonaba lejana, desgastada, privada de la potencia agresiva que había exhibido por la mañana en el Consejo Regulador.

—Sí, Don Felipe —mintió el viejo encargado de campo, bajando la vista al suelo—. Tal como me ordenó. Rompí el cristal y tiré los cascos al contenedor de la escombrera de la nave baja.

Felipe dejó escapar un suspiro de alivio que le hundió el pecho. —Bien. Bien hecho, Tomás. No hay que darle de comer a los fantasmas.

Sin embargo, el viejo encargado no se movió de su sitio. Rascó la visera de su gorra con un dedo calloso y dudó unos segundos antes de volver a hablar.

—Don Felipe... Hay algo más que creo que debe saber. Esta tarde, cuando bajé a la zona del tinado viejo a revisar las bombas de achique, me encontré con Don Ignacio, su abogado.

Felipe frunció el ceño en la oscuridad del despacho.

—¿Ignacio? ¿Qué hacía el abogado en las naves bajas? Me dijo que regresaba a su bufete en Logroño para redactar el contrato de transferencia de Gabriel.

—Eso dijo él cuando lo crucé en el pasillo de las barricas, señor —dijo Tomás en voz muy baja—. Pero salía del archivo muerto.

El que está bajo el piso de la prensa antigua. Llevaba una linterna y una carpeta metálica bajo el brazo. Cuando me vio, se puso muy nervioso.

Dijo que estaba buscando unas escrituras registrales de 1998 que usted le había pedido para la junta.

Felipe se puso rígido en la silla. Sus ojos se empequeñecieron.

—¿Unas escrituras de 1998? Yo no le he pedido ningún documento del archivo muerto a Ignacio. Todos los papeles del fideicomiso los aportó el notario Sotomayor.

—Por eso se lo digo, Don Felipe —insistió Tomás, dando un paso hacia el escritorio—. Llevo cuarenta años en esta casa. Conozco a Don Ignacio desde que entró como pasante en el bufete de su padre.

Nunca lo he visto mirar a nadie como me miró a mí esta tarde cuando me lo crucé en el pasillo. Tenía la cara desencajada, igualito que usted esta mañana cuando vio la botella en la tumba.

Felipe se levantó despacio. Se acercó a la ventana que daba al patio interior, donde la sombra de la chimenea de piedra de la antigua destilería se alargaba sobre el pavimento de adoquines.

—Gracias, Tomás —dijo Felipe en un tono helado—. Vete a casa. Desconecta las alarmas de la nave trasera antes de marcharte. Quiero hacer una inspección personal en el archivo muerto antes de que caiga la noche.

—Don Felipe... ¿quiere que le acompañe? —ofreció el anciano con preocupación genuina—. Esas galerías de abajo están oscuras y el piso está resbaladizo por las filtraciones.

—He dicho que te vayas a casa, Tomás —sentenció Felipe, con una firmeza que no admitía réplica.

El viejo encargado hizo una leve inclinación de cabeza, se colocó la gorra y abandonó el despacho, dejando la puerta entornada.

Felipe se quedó solo. Caminó hasta el armario de nogal situado tras su escritorio, introdujo una pequeña llave dorada en la cerradura del cajón inferior y extrajo un objeto envuelto en un paño de terciopelo verde.

Al desplegar la tela, la luz moribunda del atardecer se reflejó sobre el metal frío de un viejo revólver de tambor, un Smith & Wesson del calibre 38 que había pertenecido a su abuelo, Don Esteban Valcárcel.

Comprobó el tambor. Cinco cartuchos de plomo desgastado descansaban en las recámaras.

Se guardó el arma en el bolsillo interior de la chaqueta de lana, cerró la puerta del despacho con llave y se encaminó hacia las escaleras de piedra que descendían a las entrañas de la bodega.

A las nueve y media de la noche, el camino de tierra que conducía al pago de Las Balsas era una boca de lobo. La luna llena, velada por jirones de nubes bajas que traían viento del norte, proyectaba una luz fantasmal sobre las hileras de viñedos que flanqueaban la pista.

Javier apagó los faros del todoterreno a casi un kilómetro de distancia de la edificación abandonada, tal como le había prometido a Clara.

Dejó el vehículo oculto en un majano de piedras entre dos parcelas de tempranillo y continuó a pie, embozado en una cazadora oscura y equipado con una linterna táctica de alta intensidad en el bolsillo.

El silencio del campo riojano era absoluto, roto únicamente por el susurro del viento entre los sarmientos y el crujido de la gravilla bajo sus botas.

A medida que se aproximaba a la loma de Las Balsas, la silueta de la vieja bodega abandonada se recortaba contra el cielo nocturno como un coloso herido de piedra y teja rota.

El complejo, construido a finales del siglo XIX por Don Esteban Valcárcel, consistía en un edificio principal de dos plantas con muros de sillería de más de un metro de espesor, rodeado por varias naves anexas medio derruidas y un patio central dominado por un pozo ciego.

Allí era donde se producía el vino de la familia antes de que la división de los hermanos creara los dos imperios modernos a ambos lados del río.

Javier descendió por el lecho seco del arroyo, sorteando las zarzas y los terrones de tierra dura, hasta alcanzar el punto de encuentro fijado.

Entre la maleza de la orilla opuesta, una figura embozada se movió. —¿Clara? —susurró Javier en la penumbra.