CAPÍTULO 2
La junta de los herederos
El sol del mediodía caía a plomo sobre el asfalto de la carretera comarcal, pero dentro de la sede del Consejo Regulador de la Denominación de Origen, en pleno corazón de Haro, el aire acondicionado mantenía una temperatura helada y aséptica.
La sala de reuniones principal, presidida por una mesa ovalada de madera de nogal de diez metros de largo, olía a cuero limpio, cera de mueble y al aroma penetrante de los cafés que nadie se estaba tomando.
Alrededor de la mesa se respiraba una tensión casi física, una electricidad estática que hacía que el menor movimiento de un papel o el choque de un bolígrafo contra la madera sonara como un chasquido sordo.
En el lado izquierdo de la mesa se sentaba la facción de Bodegas Valcárcel. Felipe permanecía inmóvil, con la espalda rígida apoyada contra el respaldo de piel y los brazos cruzados.
A su lado, su abogado corporativo, Don Ignacio Villalba un hombre enjuto, de pelo cano impecablemente engominado y mirada felina, repasaba con un rotulador amarillo los párrafos de la copia del fideicomiso que el notario Sotomayor les había facilitado esa misma mañana.
Un paso más atrás, Javier mantenía la vista fija en la carpeta abierta sobre sus rodillas, aunque sus ojos buscaban de reojo la figura que ocupaba el lado opuesto de la sala.
En el lado derecho se alineaban los representantes de Bodegas Santamaría.
Alberto no había parado de moverse en toda la hora: se levantaba, caminaba hacia el ventanal que daba a la plaza de la comarca, se servía un vaso de agua que apenas probaba y volvía a sentarse golpeando los nudillos contra la mesa.
Junto a él, su propio letrado, un joven penalista de Logroño llamado Marcos Crespo, no dejaba de teclear furiosamente en su tableta.
A la izquierda de Alberto, con la mirada perdida en los lienzos antiguos que decoraban la estancia, Clara intentaba mantener una compostura que se le desmoronaba por momentos.
Y en la cabecera, ocupando el lugar reservado habitualmente para las mediaciones interinstitucionales, se sentaba Don Ernesto Sotomayor.
El anciano notario parecía haber envejecido un lustro desde la trágica escena vivida el día anterior en el hospital de Miranda de Ebro. Junto a él, ligeramente apartado y visiblemente incómodo con un traje gris que le quedaba flojo de hombros, se encontraba Gabriel.
El joven, el medio hermano cuya mera existencia había saltado por los aires la frágil paz de la comarca, miraba el suelo entre sus pies como si deseara que la tierra de la sala se abriera y lo tragara.
—Bien, señores —comenzó Sotomayor, carraspeando para romper el sofocante silencio—.
Les he convocado en este recinto neutral a petición de las dos partes y para proceder a la lectura formal del inventario de bienes adjunto a las disposiciones testamentarias de Don Julián Valcárcel.
Como saben, tras el fallecimiento de su padre en la tarde de ayer...
—Sáltense los formulismos, Ernesto —interrumpió Alberto con una voz destemplada que rozó el grito—.
No hemos venido aquí a escuchar el pésame.
Mi padre murió antes de que pudiéramos sacarle una sola respuesta coherente, y lo que hay sobre esta mesa no es un testamento, es un secuestro patrimonial perpetrado por mi hermano y su gabinete.
—Mide tus palabras, Alberto —soltó Felipe sin inmutarse, sin tan siquiera volverse a mirarlo—.
Estás delante de un Notario del Ilustre Colegio de La Rioja y de los abogados de ambas firmas.
Si tienes acusaciones que formular, hazlo en un juzgado de guardia, no montando el espectáculo como de costumbre.
—¡Me pides que mida mis palabras mientras pretendes quedarte con el pago de Las Balsas!
—rugió Alberto, poniéndose de pie y apoyando las palmas sobre la mesa de nogal—.
¡Señores! Mi hermano lleva veinticuatro horas intentando cerrar un acuerdo a espaldas de esta mesa para liquidar la cláusula del fideicomiso.
—Eso es completamente falso —intervino con voz pausada el abogado Villalba, ajustándose las gafas de montura metálica—.
Mi cliente, Don Felipe Valcárcel, se ha limitado a dar instrucciones a este bufete para estudiar la viabilidad jurídica de la opción de compra que legalmente le otorga la disposición redactada por Don Julián en 1998.
Es un ejercicio legítimo de un derecho reconocido en documento público.
—¡Un documento público que es nulo de pleno derecho! —intervino Crespo, el abogado de Alberto, alzando la tableta—. Hemos presentado esta misma mañana ante el Juzgado de Primera Instancia e Instrucción número dos de Haro una demanda de impugnación de la constitución del fideicomiso.
Alegamos fraude de ley en la transmisión que hizo Don Julián Valcárcel de los bienes de la herencia materna y ocultación dolosa de herederos.
Javier alzó la cabeza. La mirada de Clara se cruzó con la suya durante una fracción de segundo. El mensaje entre ambos era claro: la guerra abierta acababa de cruzar el punto de no retorno.
—Pueden presentar las demandas que estimen oportunas, letrado —respondió Villalba con una sonrisa fría—. Pero el juzgado tardará meses, sino años, en admitir a trámite semejante batería de conjeturas.
Mientras tanto, la titularidad del fideicomiso recae de forma plena e instantánea en Don Gabriel Valcárcel. Y si Don Gabriel decide ejercitar su facultad de enajenación, la cláusula preferente de compra a favor de Bodegas Valcárcel entra en vigor con carácter vinculante.
Todos los ojos de la sala se giraron hacia el extremo de la mesa. Gabriel se removió en la silla, sintiendo el peso desgarrador de diez miradas clavadas en su rostro.
—Gabriel —dijo Alberto, moderando el tono pero imbuyéndolo de una falsa y viscosa camaradería—. Mírame, muchacho.
Tú no tienes la culpa de las maniobras de tu padre ni de las artimañas de mi hermano. Te han metido en el centro de un nido de víboras.
Esas tierras, la finca de Las Balsas y la vieja bodega, pertenecieron a mi madre y a mi abuelo. Tu padre no tenía derecho a regalárselas a Felipe. Si tú te prestas a esta jugada, estarás colaborando en un despojo familiar.
—Lo que está haciendo mi cliente —reprochó Villalba— es cumplir la voluntad expresa de su difunto padre.
—¡Su difunto padre era un anciano decrépito manipulado por vosotros! —estalló Alberto.
—¡Basta ya! —la voz de Gabriel sonó como un latigazo en la sala.
Sorprendentemente, no era una voz débil ni asustada. Era una voz seca, áspera, moldeada por años de trabajo físico en los almacenes del norte de Burgos.
El joven se puso en pie muy despacio, ajustándose la cazadora de cuero. Miró a Alberto, luego a Felipe y finalmente al notario Sotomayor.
—Llevan dos días hablándome de hectáreas, de cláusulas, de marcas comerciales y de escrituras del siglo pasado —dijo Gabriel, respirando con dificultad, pero manteniendo la mirada alta.
—Mi padre ha muerto en una cama de hospital que olía a lejía.
He pasado veintidós años viendo a un hombre levantarse a las cinco de la mañana para molerse el lomo en una nave logística, pidiéndome perdón cada noche por no haber sido el padre que yo merecía, atormentado por fantasmas que nunca me quiso explicar.
Yo no quiero sus viñas. No quiero su vino, ni sus bodegas, ni sus odios de familia.
El silencio volvió a adueñarse de la sala, esta vez absoluto.
—Si el testamento dice que esas tierras son mías —continuó Gabriel, mirando fijamente a Felipe—, se las venderé a quien la ley me obligue a vendérselas para cerrar este capítulo de una puñetera vez.
Pero no porque le deba nada a ninguno de ustedes. Sino porque quiero coger el dinero, pagar el entierro de mi padre y no volver a pisar esta comarca en lo que me queda de vida.
Gabriel cogió la carpeta que el notario le tendía, estampó su firma con un trazo rápido y agresivo en el libro de actas, y caminó hacia la salida sin mirar a nadie.
La puerta de roble macizo de la sala de reuniones se cerró tras él con un golpe sordo que pareció retumbar en el pecho de todos los presentes.
Una hora después, la junta de mediación se había disuelto en un reguero de amenazas legales y portazos.
Javier caminaba por el soportal de la plaza de la Paz de Haro, con la corbata aflojada y el calor sofocante del mediodía azotándole el rostro.
Su padre, Felipe, se había marchado en el coche oficial de la empresa junto al abogado Villalba para ultimar la estrategia financiera que les permitiera transferir los fondos de la compra a Gabriel antes de que los tribunales pudieran dictar una medida cautelar de paralización.
Javier necesitaba aire. Cruzó la arcada de piedra y se adentró en las callejuelas estrechas del casco antiguo, esquivando a los pocos turistas que paseaban entre los mesones y las tiendas de productos típicos.
En la esquina de la calle San Martín, junto al muro posterior de la iglesia de Santo Tomás, una sombra se desprendió del portalón de una antigua casona.
—Javier.
Javier se detuvo en seco. Clara llevaba unas gafas de sol oscuras y un pañuelo de seda recogiendo su pelo castaño, pero el temblor de sus manos al sujetar el bolso la delataba por completo.
—No deberíamos estar aquí —dijo Javier en un susurro, mirando a ambos lados de la calle vacía—. Si tu padre nos ve juntos hoy, después del espectáculo del Consejo Regulador...
—Mi padre ha ido directo a Logroño con el abogado —interrumpió Clara, tirando suavemente de la manga de la chaqueta de Javier para arrastrarlo al interior del zaguán en penumbra—.
Está fuera de sí, Javier. Ha llamado a un detective privado para que investigue los movimientos bancarios de tu padre desde 1998. Quiere demostrar que Felipe estuvo pagándole una pensión secreta a tu abuelo en Miranda de Ebro para mantenerlo callado y lograr esa cláusula.
Javier dejó escapar un largo suspiro y se apoyó contra la pared de piedra fría del zaguán.