CAPÍTULO 1 #4
Cuando entraron en el patio central de la bodega, el viejo Tomás salía de la nave de barricas. Al verlos llegar, el encargado apretó el paso, luciendo un rostro desencajado que superaba con creces la preocupación de la mañana.
—Don Felipe... Don Javier —dijo Tomás, tapándose el pecho con la gorra—. Menos mal que llegan. Ha ocurrido algo muy raro en el patio de honor.
Felipe se detuvo en seco, visiblemente molesto por la interrupción.
—¿Qué pasa ahora, Tomás? ¿Ha venido la policía?
—No, señor. No ha sido la policía. Ha sido hace apenas una hora, mientras ustedes estaban en Miranda.
El viejo encargado hizo un gesto con la mano para que lo siguieran hacia el pequeño cementerio privado y capilla familiar que la familia Valcárcel conservaba en la parte trasera de la finca, junto a las parcelas más antiguas de la propiedad.
Allí reposaban los restos de la abuela Elena y del patriarca fundador, Don Esteban.
El recinto estaba delimitado por un bajo muro de piedra de sillería cubierto de hiedra. Sobre la lápida de mármol negro que marcaba la tumba sin cuerpo de Julián Valcárcel —mantenida simbólicamente durante veinticinco años por la familia— reposaba un objeto descontextualizado.
No había flores. Tampoco coronas de pésame.
Sobre el mármol negro pulido descansaba una botella de vino de cristal oscuro, cubierta por una fina capa de polvo acumulado y marcas de moho rancio en el gollete.
No llevaba etiqueta comercial ni contraetiqueta del consejo regulador.
El cristal estaba desnudo, salvo por un detalle trazado a mano con pintura blanca sobre el vidrio gastado:
1998
Felipe se acercó a la tumba como si estuviera contemplando una serpiente a punto de atacar. Se arrodilló despacio sobre la hierba húmeda y extendió una mano temblorosa hacia la botella.
No llegó a tocarla, pero sus ojos leyeron la fecha escrita a mano con un espasmo de horror que no pudo ocultar a su hijo.
—¿Quién ha traído esto, Tomás? —preguntó Javier, dando un paso hacia la tumba—. ¿Ha visto alguien quién la ha dejado aquí?
—Nadie, Don Javier —respondió el viejo encargado, persignándose con timidez—. Los chicos del almacén dicen que no ha entrado ningún coche extraño.
Estaba ahí cuando salimos a comer. Simplemente... ha aparecido.
Felipe se puso en pie muy despacio. Parecía haber envejecido diez años en cuestión de cinco minutos. Miró la botella sin etiqueta y luego alzó la vista hacia los cerros de la linde sur, donde las tierras de Bodegas Santamaría se recortaban contra el horizonte.
—No ha sido Alberto —murmuró Felipe para sí mismo, con una voz tan baja que Javier apenas pudo oírlo—. Alberto no sabe nada de esta cosecha.
—¿Qué cosecha, padre? —inquirió Javier, agarrando a su progenitor por el brazo para obligarlo a mirarlo a la cara—.
¿Qué vino es ese? ¿Por qué lleva marcada la fecha del año en que desapareció el abuelo?
Felipe se soltó del agarre de su hijo con una brusquedad impensable.
—Llama a los abogados, Javier —ordenó Felipe, con la mirada perdida en los viñedos—. Diles que preparen la oferta de compra para Gabriel. Tenemos que cerrar la adquisición de ese fideicomiso antes de que termine la semana. A cualquier precio.
—¿Y si el chico no quiere vender? —preguntó Javier—. ¿Y si Alberto le ofrece el doble por debajo de la mesa?
—Gabriel vendrá a nosotros —sentenció Felipe, caminando a pasos agigantados hacia la casa familiar—. Vendrá porque no tiene otra opción.
Y tú vas a encargarte personalmente de que esa botella desaparezca de la tumba antes de que caiga la noche. Rómpela. Quémala. Haz lo que quieras, pero que no la vea nadie más.
Felipe se alejó a toda prisa, dejando a Javier solo junto a la tumba de su abuelo y el viejo encargado de campo.
Javier se arrodilló junto al mármol negro. Miró de cerca la botella de vino sin etiqueta.
El polvo que la cubría no era el polvo del almacén central, sino una tierra arcillosa y caliza, salpicada de pequeños restos de hollín y sarmiento quemado.
La tierra típica del pago de Las Balsas, la zona de la bodega abandonada donde nadie pisaba desde hacía un cuarto de siglo.
Sacó su teléfono móvil del bolsillo y tomó tres fotografías detalladas del cristal, del número trazado a mano y del cuello de la botella.
Mientras guardaba el teléfono, el aparato vibró en su mano con una notificación de mensaje entrante.
Era un mensaje de texto de un número no guardado, pero Javier conocía de memoria cada digito de la línea privada de Clara.
«Mi padre está fuera de sí. Ha llamado a los detectives de Logroño y dice que va a investigar hasta el último rincón de la finca vieja. Javier, tenemos que vernos esta noche. Ocurrió algo más en el hospital de lo que nos han contado. Tengo miedo por lo que puedan hacer nuestras familias.»
Javier miró la pantalla del teléfono, luego volvió a mirar la botella con la fecha 1998 escrita sobre el cristal y finalmente alzó la vista hacia el horizonte de viñedos que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
La guerra por la tierra de La Rioja Alta no acababa de empezar con la muerte del patriarca. Llevaba veinticinco años fermentando en la oscuridad de una bodega olvidada, y ahora, el primer trago de esa cosecha prometía veneno para todos.