CAPÍTULO 1 #3
—Las tierras del fideicomiso —continuó el notario, rompiendo los sellos de lacre con un abrecartas de plata— han estado bajo la titularidad de una entidad fiduciaria durante este cuarto de siglo.
De acuerdo con las instrucciones de la escritura fundacional, a la muerte del titular, es decir, de Julián, la titularidad dominical y los derechos de rendimiento de dicho fideicomiso pasan de forma directa e íntegra a su hijo menor, Gabriel Valcárcel.
Un murmullo de indignación brotó de la garganta de Alberto.
—¡Es ilegal! —gritó Alberto, dando un golpe en la pared de la habitación—.
¡Atenta contra la legítima! Mi hermano y yo somos herederos forzosos del patrimonio de mi madre y de mi padre.
Un juez va a anular esta basura de fideicomiso en cuarenta y ocho horas.
¡Voy a impugnar cada línea de esa escritura!
El notario alzó la vista por encima de sus gafas de lectura, imperturbable.
—Si me permites terminar, Alberto, comprenderás por qué no es tan sencillo. Julián previó la impugnación de la legítima.
En la cláusula cuarta del contrato de constitución del fideicomiso, redactada según el derecho civil aplicable, se establece que, si alguno de los hijos legítimos inicia acciones judiciales para romper la unidad de la propiedad o impugnar la herencia, perderá de forma automática cualquier derecho sobre las marcas comerciales y las marcas de agua de sus respectivas bodegas actuales.
Alberto se quedó helado. Felipe dio un paso adelante, apretando las cejas con rabia.
—¿Qué estás diciendo, Ernesto? —preguntó Felipe con voz baja y peligrosa—. ¿Qué tienen que ver nuestras bodegas con su fideicomiso?
—Tienen mucho que ver —respondió Sotomayor—.
Cuando creasteis Bodegas Valcárcel y Bodegas Santamaría en los años noventa, utilizasteis como aval corporativo y denominación de origen los registros patrimoniales del abuelo Esteban.
Si impugnáis la transmisión a Gabriel, la entidad fiduciaria ejecutará las garantías acumuladas durante estos veinticinco años.
En términos llanos: si demandáis a vuestro medio hermano, os arriesgáis a perder las marcas con las que comercializáis vuestro vino.
Alberto miró al notario como si estuviera loco. Luego miró a su hermano Felipe, buscando una reacción de apoyo o de furia compartida, pero Felipe parecía abstraído, con la mirada clavada en la cláusula que el notario sostenía en las manos.
—Pero hay una condición más —añadió el notario, deslizando el dedo por la última página del documento—.
Una condición resolutoria impuesta por Julián para el caso de que su beneficiario, Gabriel, decida desprenderse de las tierras.
Gabriel alzó la cabeza, sorprendido. Parecía tan ignorante de los detalles del documento como los demás.
—Gabriel —dijo el notario dirigiéndose directamente al joven— tiene la potestad de vender el patrimonio del fideicomiso si así lo desea para rehacer su vida o liquidar la propiedad.
Sin embargo, el testamento establece una limitación absoluta de disposición: si Gabriel decide vender la totalidad o parte de las hectáreas de Las Balsas y del viñedo histórico, solo y exclusivamente podrá vendérselas a Felipe Valcárcel.
La frase cayó en la habitación con el peso de una losa de granito.
—¿Qué? —chilló Alberto, abalanzándose hacia la mesa donde estaba el documento—. ¡¿Qué clase de trampa de mierda es esta?! ¿Por qué a Felipe? ¡Si tú no te hablabas con él! ¡Si me dijiste a mí antes de desaparecer que Felipe te había traicionado!
Alberto se volvió hacia el anciano en la cama, fuera de sí por la rabia.
—«¡Respóndeme, viejo podrido!» —gritó Alberto, agarrando el barrotero de hierro de la cama—. ¿Por qué le dejas a él el derecho preferente de compra? ¿Qué te dio Felipe? ¿Con qué te compró para que me dejases a mí fuera de la ecuación?
Julián abrió los ojos despacio. Miró a Alberto, luego desvió la mirada hacia Felipe. Un estertor cavernoso le brotó del pecho, un intento fallido de tos que hizo que el monitor de constantes vitales comenzara a emitir un pitido agudo y acelerado.
—Él... sabe... por qué —logró articular el moribundo, señalando con un dedo tembloroso a Felipe—. Él... estaba allí... la noche... del noventa y ocho...
El pitido del monitor se volvió continuo. Una línea verde y plana cruzó la pantalla digital.
El médico se abalanzó inmediatamente sobre el paciente, apartando a Alberto de un empujón mientras la enfermera entraba corriendo con el equipo de reanimación.
—«¡Salgan todos! ¡Ahora mismo! ¡Tiene una parada cardiorrespiratoria! —ordenó el médico.»
Sotomayor recogió apresuradamente los papeles y el maletín, empujando a los dos hermanos hacia el pasillo. La confusión fue total.
Los celadores apartaron a la familia mientras los sanitarios cerraban la puerta corredera de la habitación 314.
Fuera, en el pasillo gris del hospital de Miranda de Ebro, el silencio volvió a instalarse, roto únicamente por el sonido metálico del carro de emergencias.
Felipe permanecía inmóvil, mirando la puerta cerrada. En su rostro no había dolor por la muerte de su padre, sino un pánico frío, helado, que Javier nunca le había visto antes.
Alberto se giró hacia su hermano con los ojos inyectados en sangre. La vena del cuello le latía con violencia.
—Has sido tú —dijo Alberto en un susurro cargado de veneno, dando un paso amenazante hacia Felipe—. Tú negociaste con él en el noventa y ocho. Tú metiste esa cláusula para quedarte con Las Balsas y hundirme a mí.
—Estás loco, Alberto —respondió Felipe, aunque su voz carecía del aplomo habitual. Evitó la mirada de su hermano.
—No estoy loco —dijo Alberto, retrocediendo hacia el ascensor mientras señalaba a su hermano y a su sobrino Javier—. Esto no se ha terminado aquí.
Voy a averiguar qué pasó esa noche de octubre. Voy a descubrir qué le hiciste a nuestro padre para forzar ese testamento. Y si tengo que arruinar Bodegas Valcárcel para demostrar que esa cláusula es nula, lo haré, aunque sea lo último que haga en esta vida.
Alberto se dio la vuelta y echó a andar a grandes zancadas por el pasillo, seguido de cerca por Clara, que lanzó una última mirada de desesperación a Javier antes de desaparecer por la escalera de incendios.
Javier se quedó a solas con su padre y con Gabriel, el joven desconocido que acababa de convertirse en el hombre más poderoso y peligroso de La Rioja Alta.
Gabriel permanecía apoyado contra la pared del pasillo, mirando el suelo con las manos metidas en los bolsillos de la cazadora, como si deseara tragárselo la tierra.
—Padre —dijo Javier, acercándose a Felipe—. ¿De qué estaba hablando el abuelo? ¿A qué se refería con que tú estabas allí esa noche?
Felipe no respondió inmediatamente. Se ajustó el cuello de la chaqueta, dio media vuelta y empezó a caminar hacia la salida del hospital con paso rígido.
—Nos volvemos a la bodega, Javier —dijo sin mirar atrás—. Tenemos mucho trabajo que hacer antes de que se entere la prensa. Y tú no vas a volver a hablar con nadie de la familia de tu tío. Con nadie.
El trayecto de regreso a Rioja Alta fue un infierno de silencio. Javier conducía el vehículo de la empresa mientras su padre miraba por la ventanilla lateral el desfile infinito de viñedos que bordeaban la carretera comarcal.
El sol de mediodía empezaba a romper la niebla, tiñendo las hojas de un verde brillante y deslumbrante que contrastaba brutalmente con el ambiente sepulcral del coche.
Llegaron a Bodegas Valcárcel pasadas las dos de la tarde. El aparcamiento de clientes estaba tranquilo, pero en la zona de carga los camiones de reparto entraban y salían con el ajetreo habitual de la pre-vendimia.
Felipe bajó del coche sin decir palabra y se dirigió directamente a las oficinas centrales.
Javier lo siguió a corta distancia, intentando procesar la avalancha de información: la existencia de un tío abuelo, la trampa del fideicomiso, la amenaza sobre las marcas comerciales y la acusación velada de Alberto sobre la noche de 1998.