CAPÍTULO 1 #2
En la sala de espera de la tercera planta, la tensión se podía cortar con un bisturí.
Felipe permanecía de pie junto a la ventana que daba al aparcamiento, de espaldas al resto de la sala. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y la mandíbula apretada hasta tal punto que los músculos del cuello se le marcaban bajo la piel.
A tres metros de él, sentado en una silla de plástico azul, Alberto mantenía la vista fija en el linóleo gastado del suelo, rotando frenéticamente un anillo de plata en su dedo anular. No se habían dirigido una sola palabra desde que cruzaron las puertas del hospital con diez minutos de diferencia.
Detrás de sus respectivos padres, Javier y Clara permanecían de pie, guardando una distancia prudencial pero inevitable.
Se miraron un segundo a los ojos. En esa mirada cruzada a través del pasillo no había el odio atávico de sus progenitores, sino un cansancio compartido, una mezcla de zozobra y la incomodidad palpable de quienes guardaban un secreto demasiado peligroso para salir a la luz en aquel momento.
Hacía casi tres años que Javier y Clara mantenían una relación en secreto.
Se veían en hoteles discretos de Vitoria, en escapadas rápidas a San Sebastián o en paseos nocturnos por caminos de tierra que no figuraban en los mapas turísticos de la comarca.
Saberse enamorados del «enemigo» les había exigido una doble vida agotadora, pero en momentos como aquel, la fachada amenazaba con venirse abajo.
Javier apretó los puños en los bolsillos del pantalón para evitar el impulso de acercarse a Clara y tomarle la mano.
La puerta de madera de la habitación 314 se abrió suavemente.
Un médico maduro, con la bata arrugada y cara de no haber dormido en veinticuatro horas, salió al pasillo entornando los ojos. Tras él apareció el notario Sotomayor, portando un maletín de cuero gastado que parecía pesarle más de la cuenta.
—¿Señores Valcárcel y Santamaría? —preguntó el médico, mirando alternativamente a Felipe y a Alberto.
Felipe se giró despacio. Alberto se puso en pie de un brinco.
—¿Cómo está? —preguntó Alberto, adelantándose un paso—. ¿Es verdad que es él? Llevamos veinticinco años sin saber si estaba vivo o muerto en una zanja. ¿De verdad es Julián?
El médico alzó una mano para calmar la brusquedad del tono.
—El paciente está extremadamente débil. El cuadro de insuficiencia cardíaca es irreversible y su estado cognitivo se deteriora por momentos, aunque tiene períodos de lucidez sorpresiva.
El señor Sotomayor ha verificado su identidad mediante el documento nacional y las escrituras que conservaba bajo su custodia.
—Es él, Alberto —intervino el notario Sotomayor, con voz grave—. Es tu padre. Su aspecto ha cambiado de forma drástica por la edad y la enfermedad, pero la firma y las huellas corresponden sin lugar a duda a Julián Valcárcel.
Felipe dejó escapar una risa amarga, seca como la hojarasca de otoño.
—Veinticinco años —murmuró Felipe, mirando fijamente la puerta de la habitación—. Veinticinco años escondido en un asilo de mala muerte mientras nosotros nos destrozábamos la vida para sacar adelante las bodegas. ¿Por qué ahora, Ernesto? ¿Por qué llamar cuando se está muriendo?
—Porque no ha estado solo estos veinticinco años, Felipe —dijo la voz firme del notario.
Un silencio sepulcral se apoderó del pasillo del hospital. Hasta el zumbido de los tubos fluorescentes del techo pareció apagarse.
—¿Qué quieres decir con que no ha estado solo? —inquirió Alberto, frunciendo el ceño con una mezcla de sospecha y desconcierto.
El notario Sotomayor miró hacia la puerta de la habitación y luego volvió la vista a los dos hermanos.
—Vuestro padre rehízo su vida lejos de la comarca pocos años después de su partida.
Se casó en segundas nupcias bajo otra identidad administrativa en la provincia de Burgos y tuvo un hijo.
Vuestro medio hermano. Se llama Gabriel.
Tiene veintidós años y ha estado al cuidado de Julián hasta el día de hoy.
La bomba informativa cayó sobre la familia con un impacto demoledor. Javier dio un paso al frente, incrédulo, mientras Clara se llevaba una mano a la boca.
Felipe se demudó; la sombra de rubor que le cruzaba la cara por el enfado desapareció por completo, dejándolo pálido como el mármol. Alberto, por su parte, soltó una carcajada histérica que resonó con fuerza en el pasillo de la clínica.
—¿Un medio hermano? —exclamó Alberto, dando un paso agresivo hacia el notario—. ¿Nos estás diciendo que ese viejo cobarde tuvo otro bastardo mientras nosotros creíamos que lo habían asesinado o que se había tirado al río? ¡Esto es una broma grotesca!
—Le ruego que modere el tono, Don Alberto —pidió el médico, visiblemente molesto—. Estamos en un centro sanitario.
—¡Me da igual donde estemos! —rugió Alberto—. ¡Ese hombre abandonó a mi madre en su lecho de muerte! ¡Nos dejó a Felipe y a mí con una deuda enorme y las tierras empantanadas! ¿Y ahora resulta que hay un tercer heredero metido en la ecuación?
—El chico está dentro con él —aclaró Sotomayor tranquilamente, ignorando el exabrupto de Alberto—. Y si quieren ver a su padre con vida antes de que el corazón le falle definitivamente, les sugiero que entren ahora mismo.
Julián exige que estén presentes los dos. Y quiere que presencien la apertura de la cubierta protectora de su fideicomiso antes de expirar.
Felipe no esperó a que su hermano tomara la iniciativa. Caminó con paso firme, empujó la puerta de la habitación 314 y entró sin pedir permiso.
Alberto lo siguió a escasos centímetros, pisándole los talones. Javier y Clara, arrastrados por la inercia del momento y la magnitud de lo que estaba ocurriendo, se colaron tras sus padres.
La habitación era pequeña, iluminada apenas por la luz grisácea que entraba por la persiana a medio bajar.
En el centro, una cama articulada sostenía un cuerpo consumido por la decrepitud.
Julián Valcárcel, el hombre que una vez había sido un gigante de la viticultura riojana, el hombre que había gestionado con mano de hierro las fincas del abuelo Esteban, era ahora un anciano esquelético de piel traslúcida, conectado a un monitor de constantes vitales cuyos pitidos marcaban un ritmo lento y desigual.
A la cabecera de la cama, de pie y con los brazos pegados al cuerpo, había un joven de unos veinte años. Llevaba unos vaqueros gastados y una cazadora de cuero que le quedaba ligeramente grande.
Su rostro reflejaba un cansancio acumulado y una timidez que rayaba en la desconfianza. Tenía los mismos ojos oscuros que el viejo Julián.
Gabriel.
Al oír entrar al grupo, el anciano de la cama movió la cabeza con lentitud extrema. Sus ojos, hundidos en las cuencas, tardaron unos segundos en enfocar a los dos hombres maduros que se detuvieron a los pies de su cama.
—Felipe... Alberto... —la voz de Julián era apenas un silbido, un roce de papel de lija sobre madera seca.
—¿Por qué? —dijo Felipe, sin acercarse un solo milímetro más—. ¿Por qué nos has hecho esto, padre? Veinticinco años haciéndonos creer que habías muerto. Veinticinco años dejando que nos matáramos por la herencia de mi madre.
Julián cerró los ojos un instante, como si el peso de las palabras de su hijo primogénito le doliera más que los tubos que le perforaban los brazos.
—No... os ibais a matar... por la herencia —susurró el anciano, haciendo un esfuerzo sobrehumano por articular cada sílaba—. Os estabais... destruyendo... mucho antes de que yo me fuera. Las tierras de Esteban... no eran para dividir. Nunca lo fueron.
—¡Las tierras eran de nuestra madre! —interrumpió Alberto, acercándose a la cama con el puño cerrado—. ¡De mi madre Elena! Tú solo eras el administrador.
Nos robaste el cincuenta por ciento de la propiedad cuando traspasaste las fincas a esa sociedad opaca en el noventa y ocho. ¿Dónde está el dinero, Julián? ¿Te lo gastaste con este chico y con su madre mientras nosotros trabajábamos dieciséis horas al día?
Gabriel dio un paso adelante, colocándose instintivamente entre Alberto y el anciano postrado.
—No le hable así a mi padre —dijo Gabriel. Su voz no era agresiva, sino firme, marcada por un ligero acento del norte de Burgos—. Mi padre ha trabajado como un peón de almacén toda su vida para pagarme los estudios. No hay ningún dinero. Nunca hemos tenido nada.
—Tú te callas —espetó Alberto, señalándolo con un dedo acusador—. Tú no eres nadie aquí. No eres más que un advenedizo que aparece a última hora para rebañar el plato.
—¡Basta! —intervino Sotomayor, entrando en la habitación y colocando su maletín sobre la mesilla de noche del enfermo—.
Alberto, si continúas con esta actitud me veré obligado a pedir al personal de seguridad que te desaloje.
Julián me ha encomendado un acto notarial que debe ejecutarse en este preciso instante.
El notario abrió el maletín y extrajo un sobre de papel de estraza grueso, cerrado con tres sellos de lacre rojo. El papel mostraba el desgaste del tiempo, arrugado y amarillento en los bordes.
—Este documento —dijo Sotomayor, mostrando el sobre a los presentes— es la disposición reguladora del fideicomiso patrimonial que Julián Valcárcel constituyó en noviembre de 1998, tras la cesión de los derechos de explotación del pago original de las Bodegas Valcárcel y Santamaría.
El fideicomiso engloba las sesenta hectáreas del viñedo histórico de Don Esteban Valcárcel, la finca de Las Balsas y la edificación de la antigua bodega familiar.
Felipe se puso rígido. Javier observó a su padre y notó que las manos del veterano bodeguero empezaban a temblar ligeramente. La finca de Las Balsas y la bodega vieja eran el corazón mítico del patrimonio, el lugar donde se decía que su abuelo había producido las mejores cosechas del siglo.