La Cepa CAPÍTULO 1
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La Cepa

La Cepa

Por Ramon Nates

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CAPÍTULO 1

Las sombras sobre el viñedo

La bruma de la mañana sobre el valle del Ebro no traía frescor, sino una densidad húmeda que pegaba la camisa a la espalda antes de las ocho.

Desde el mirador de la segunda planta de Bodegas Valcárcel, Felipe observaba la loma de San Asensio con los prismáticos de latón que habían pertenecido a su abuelo Esteban.

A través de las lentes, el mar de hojas verdes y racimos en ciernes se extendía en hileras perfectas, trazadas con una precisión casi militar. Sin embargo, a menos de quinientos metros al sur, la simetría se rompió.

Las parcelas de Bodegas Santamaría lucían una tonalidad levemente distinta, un verde más oscuro, fruto de un riego por goteo que Felipe siempre había considerado un insulto a la tradición de la Rioja Alta.

Soltó los prismáticos sobre la mesa de roble macizo, haciendo resonar el cenicero de plata donde reposaban los restos de un puro apagado.

—Están metiendo la vendimiadora mecánica en la linde baja —dijo sin girarse. Su voz era grave, gastada por el tabaco y por décadas de órdenes inapelables.

Detrás de él, su hijo Javier apuraba un café solo frente a la pantalla del portátil, donde se desplegaban las gráficas de cotización de la uva y las previsiones de ventas para el último trimestre.

—Tienen derecho a preparar su terreno, padre —respondió Javier sin levantar la vista del monitor—. La linde baja es suya desde la reestructuración de 2012.

Si Alberto quiere usar maquinaria pesada en lugar de recogida manual, es su problema. Su vino pagará el precio en la mesa de cata.

Felipe se volvió despacio. Tenía sesenta y dos años, pero las arrugas en torno a sus ojos secos y la rigidez de su mandíbula le daban el aspecto de un roble esculpido a hachazos.

—Nada de lo que hace tu tío es solo «su problema» —sentenció, golpeando el marco de la ventana con los nudillos—. Alberto no da un paso sin calcular cómo jorobarnos la campaña.

Esas tres hectáreas lindantes no son para vino de mesa; quiere forzar una servidumbre de paso por nuestro camino privado para ahorrarse el rodeo de la carretera comarcal. Ya ha mandado a sus abogados a tantear al ayuntamiento.

Javier cerró el portátil con un chasquido seco.

Suspiró, pasándose una mano por el pelo castaño.

A sus treinta años, con la carrera de Enología terminada en Burdeos y un máster en Gestión Empresarial en Madrid, representaba exactamente lo que su padre despreciaba y necesitaba a la vez: la modernización de una firma centenaria que amenazaba con quedarse petrificada en sus propias glorias pasadas.

—Los abogados de Alberto solo hacen su trabajo, como los nuestros hacen el suyo —dijo Javier, poniéndose en pie—. Si nos pasamos el mes previo a la vendimia litigando por un camino de tierra, perderemos el foco en la exportación a Estados Unidos.

El distribuidor de Chicago quiere cerrar el contrato este viernes y nos exige quinientas cajas más del reserva de 2018.

—El reserva de 2018 no sale de esta bodega hasta que yo diga que está redondeado en botella —tajó Felipe, acercándose al escritorio—. Y las hectáreas de la linde no se tocan.

Mi madre, Elena, se dejó la salud en esas viñas antes de que todo se fuera al demonio. No voy a permitir que la maquinaria de tu tío pisotee la tierra que nos dejó el abuelo Esteban.

Javier prefirió no responder. Conocía de memoria el rosario de agravios familiares.

La historia de Bodegas Valcárcel no se enseñaba en las escuelas de negocios, sino que se mamaba en las comidas de domingo, servida junto a los chuletones al sarmiento y los comentarios envenenados sobre «los de enfrente».

Para Felipe, cualquier avance de Bodegas Santamaría —la firma rival que su hermano Alberto había levantado al otro lado del río— era una provocación directa, una afrenta personal que se remontaba a veinticinco años atrás, cuando la muerte de su madre y la posterior desaparición de su padre, Julián, habían fracturado la familia en dos mitades irreconciliables.

Un golpeteo suave en la puerta de madera tallada interrumpió la discusión.

Tomás, el viejo encargado de campo que llevaba más de cuarenta años al servicio de la familia, asomó la cabeza.

Traía la gorra en la mano y el rostro ensombrecido por una expresión que Javier identificó al instante: no eran noticias sobre la plaga de mildiu ni sobre las presiones del consejo regulador.

—Señor Felipe —dijo Tomás con voz quedita, casi respetuosa del aire tenso que se respiraba en el despacho—. Hay un coche en la puerta de la nave principal. Es del juzgado de Haro. Felipe arrugó el entrecejo.

—¿Otra notificación de las aguas de riego? Dile al procurador que hable con nuestro gabinete en Logroño. No tengo tiempo para papeleos hoy.

—No es por el riego, Don Felipe —interrumpió Tomás, dando un paso adentro y mirando de reojo a Javier—. Es una notificación personal. Traen un requerimiento notarial y... una citación médica de urgencia.

Al otro lado de la carretera comarcal, a menos de dos kilómetros de distancia, el ambiente en la sede de Bodegas Santamaría no era menos denso, aunque el escenario resultaba radicalmente distinto.

Si Bodegas Valcárcel era la imagen de la piedra sobria, los arcos de medio punto y la tradición bodeguera del siglo XIX, la empresa de Alberto Santamaría se erigía como un templo de la arquitectura vanguardista: titanio, cristal reflectante y acero corten recortándose contra la sierra de Cantabria.

Alberto, de cincuenta y nueve años, elegantemente vestido con una chaqueta de lino gris y sin corbata, caminaba a pasos agigantados por la pasarela de cristal que cruzaba la sala de fermentación. A sus pies, los gigantescos depósitos de acero inoxidable relucían bajo la iluminación LED.

—Si la madurez fenólica del tempranillo nos da un grado más de alcohol esta semana, entramos a vendimiar el lunes a primera hora —ordenaba a su jefe de producción—. No me importa si es festivo local. Quero los tanques vacíos para la selección de la parcela alta.

A su lado, Clara intentaba seguir su ritmo anotando datos en su tableta digital.

A sus veintiocho años, Clara no solo heredaba el temperamento analítico de su padre, sino también una aguda sensibilidad para el terreno que había perfeccionado durante sus años de formación en California y La Rioja Alavesa.

—Papá, si vendimiamos el lunes la uva estará descompensada —protestó ella, frenando en seco en mitad de la pasarela—. La acidez va a caer en picado. Necesitamos al menos cuatro días más de noches frescas para que el hollejo termine de madurar sin perder el frescor.

Estás corriendo solo para adelantarte a la recogida de Bodegas Valcárcel.

Alberto se detuvo y la miró con severidad. Sus ojos, del mismo azul helado que los de su hermano Felipe, no reflejaban duda alguna.

—Nos adelantamos porque si ellos empiezan primero, acapararán a los cuadrilleros de la zona y tendremos que traer temporeros de fuera a doble de precio. Esto es un negocio, Clara, no una clase de botánica. Y en los negocios, el que pega primero pega dos veces.

—Esto no es un negocio cuando lo único que te importa es fastidiar a mi tío —replicó Clara en un murmullo bajo, asegurándose de que los operarios de abajo no pudieran oírla—.

Llevamos meses haciendo movimientos absurdos solo para cerrarles el paso en las distribuidoras. La finca de la linde baja ni siquiera nos da un rendimiento de calidad. ¿Por qué empeñarte en meter allí las máquinas?

Alberto se acercó a su hija, reduciendo la distancia con una sombra de amargura que rara vez dejaba entrever.

—Esa linde baja —dijo en tono áspero— era parte del pago original donde tu abuela Elena plantó las primeras cepas de graciano.

Tu tío se quedó con el corazón de la propiedad mediante argucias legales cuando éramos jóvenes. Yo no estoy fastidiando a nadie; estoy recuperando metro a metro lo que nos pertenecía por derecho de sangre.

Clara suspiró en silencio y bajó la mirada a la pantalla de la tableta.

No tenía sentido argumentar. La pared de odio entre su padre y su tío era infranqueable, alimentada por décadas de reproches mutuos, acusaciones de traición y el fantasma nunca resuelto de lo que ocurrió la noche en que el viejo Manuel Valcárcel falleció, cuando las escrituras originales y el testamento de la finca desaparecieron sin dejar rastro, dejando tras de sí un vacío legal y emocional que había envenenado a dos generaciones.

El teléfono móvil de Alberto comenzó a vibrar sobre la mesa metálica de la pasarela. Miró la pantalla. El nombre del notario principal de la comarca, Don Ernesto Sotomayor, parpadeaba en la luz dorada de la sala.

Alberto descolgó con brusquedad.

—Ernesto. Espero que traigas buenas noticias sobre la servidumbre del camino.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio prolongado, pesado, solo interrumpido por el carraspeo incómodo del anciano notario.

—Alberto —dijo la voz arrugada de Sotomayor al otro lado—. No te llamo por el recurso del camino. Acaban de llamarme de la residencia del Sagrado Corazón, en las afueras de Miranda de Ebro.

La mano de Alberto se tensó sobre el teléfono. Clara notó el cambio instantáneo en la postura de su padre: los hombros se le pusieron rígidos y el color se le fue del rostro a una velocidad alarmante.

—¿Qué pasa en Miranda? —preguntó Alberto con un hilo de voz que intentó infundir de autoridad, sin conseguirlo.

—Se trata de tu padre, Alberto —respondió el notario solemnemente—.

Julián. Ha sufrido un colapso cardíaco masivo esta madrugada.

Los médicos dicen que apenas le quedan unas horas de vida.

Y ha solicitado la presencia de un notario y de sus dos hijos legítimos para hacer una lectura anticipada de sus últimas voluntades.

El hospital comarcal de Miranda de Ebro olía a desinfectante industrial, café quemado y flor de liso rancia. Era un edificio de ladrillo visto de los años setenta, gris y desencajado, muy lejos de la prestancia y el lujo de las grandes fincas bodegueras de La Rioja.