Capítulo XXIV
Otra vez estaba en el ático, pero ahora por encargo de mi madre. Durante la limpieza se había extraviado un producto y las principales sospechosas de la desaparición no daban ninguna pista sobre dónde encontrarlo.
—Perfecto.
Con las cosas más o menos ordenadas, el ático parecía más grande. Fui hacia las zonas que ellas habían limpiado.
Moví una caja. Luego otra. Y otra.
Estornudé.
Aún había polvo.
Entusiasmo de mis hermanas para limpiar: -10.
Eficiencia: -100.
Empezaba a impacientarme. Moví algunas cajas más. Una no soportó el peso de las que habían colocado encima y se desarmó.
—Genial. Más trabajo.
Reacomodé las cajas y rescaté lo que pude de la que se había roto. Encontré cuadernos viejos, libretas con números de teléfono y una carpeta de cartón amarrada con una cinta. Estaba por acomodarla con todo lo demás, pero la abrí.
Dibujos.
Algunos con crayones. Otros con lápices de colores. Unos pocos parecían hechos con acuarela.
El mismo autor: Lucas.
No necesitaba ver la firma. Reconocía el trazo. Seguí pasando los dibujos hasta que encontré uno más grande, doblado por la mitad.
Tardé varios segundos en entenderlo. Era el jardín. La parrilla, la fuente, la mesa y varias personas alrededor.
Los reconocí.
Mi padre junto a la parrilla. Mi madre. Mis hermanas. Los padres de Bea y, cerca del columpio, tres figuras.
Una muchacha columpiándose, un hombre con una caja en la mano y un chico.
Desde el ático podía verse buena parte del jardín.
Volví al dibujo.
Era infantil. Las proporciones estaban mal. Algunas caras eran apenas círculos con puntos, pero la escena era esa.
No podía ser otra.
Doblé el papel.
Esta vez no lo devolví a la carpeta. Bajé y lo dejé sobre mi escritorio.
—Aquí no está, mamá.
—Entonces, anda a comprar.
Por la tarde, mi mamá dejó todo y se fue a recostar.
Tenía gripe. Nada grave, pero se quejaba de dolor de garganta, congestión, malestar. Suficiente para que la Comandante Suprema siguiera dictando órdenes, pero desde la cama.
Le llevé una sopa.
—Está caliente.
—Gracias, hijo.
Dejé la bandeja.
—Cuando sea viejita vas a tener que hacer esto todos los días.
—¿Más?
—¡Oye!
—Y si me sigues gritando, después te dejaré en un asilo.
Me dio un manotazo.
—Era broma, ma.
—Más te vale.
Se acomodó.
—Algún día tú también vas a estar viejo.
—Falta muchísimo.
—No creas. En un abrir y cerrar de ojos estás casado y tienes un mocoso que te dice viejo.
Probó la sopa.
—Está rica. Una pizca menos de sal y quedaba perfecta.
—La hizo Keti —la acusé.
—Entonces agradécele.
—Yo la calenté.
Esperaba agradecimiento, pero nada.
Cuando terminó, recogí la bandeja.
—Déjala ahí.
Señaló el velador.
—Antes de volver, lávate bien las manos —dijo—. No quiero que contagies a tus hermanas.
—Ellas me contagian cosas todo el tiempo.
—Hazlo.
—Sí, mamá.
Fui a su baño.
Me lavé las manos en el lado de mi padre. El de mi madre siempre estaba lleno de maquillaje y cosas para el pelo.
Antes de salir, sentí olor a jazmín.
Miré hacia la habitación y mi madre estaba sentada en la cama. Muy quieta.
Miraba hacia los pies de la cama.
Seguí su mirada.
La luz cambió. No toda la habitación.
Aquella claridad cálida.
La tarde imposible.
Había dos mujeres sentadas al pie de la cama. Una era mayor, tal vez cincuenta o sesenta; la otra tendría cerca de treinta años. La embarazada tenía ambas manos sobre el vientre y lloraba, pero también se reía.
La otra mujer puso sus manos encima de las de ella. Un instante después sonrió, sorprendida, y ambas rieron entre lágrimas.
La mujer mayor sacó algo que estaba detrás de ella. Era una manta tejida. La extendió un poco, lo suficiente para que en uno de los extremos se leyera:
LUCAS
Sentí un golpe en el pecho.
La mujer embarazada pasó la mano sobre el nombre, le dio un beso a la otra, dobló la manta con mucho cuidado y la dejó sobre la cama.
Justo al pie de mi mamá.
Durante unos segundos estuvieron las tres allí. Separadas por décadas, pero compartiendo la misma habitación.
Fueron apenas unos segundos.
Poco a poco la luz cambió.
Las dos mujeres y la manta desaparecieron.
Mi madre seguía mirando el mismo lugar.
—¿Ma?
Volteó hacia mí.
—¿Las viste?
Asintió.
Me senté a su lado.
Durante un momento ninguno dijo nada.
—Yo también las he visto antes —dije.
Mi mamá respiró profundamente.
—Ya me imaginaba.
La miré.
—¿Cómo que te imaginabas?
—Por la forma en que miras algunas partes de la casa.
—¿Y no me dijiste nada?
—Tú tampoco.
Fui a mi habitación y regresé con el dibujo del ático.
—Mira, mamá.
Se lo entregué y lo estudió.
—¿Dónde encontraste esto?
—Arriba.
—¿En el ático?
—Sí.
Recorrió el dibujo con el dedo.
—Ese es tu papá.
—Sí.
—Tus hermanas.
Asentí.
Siguió.
—Los padres de Bea.
Después se quedó mirando.
—Esa soy yo.
—Sí.
Levantó la vista.
—¿Quién lo hizo?
—Lucas.
Mi madre miró nuevamente el dibujo.
No pareció asustada. Solo pensativa.
—¿Ese es el niño?
—Sí.
—El que ves.
Definitivamente, no era una pregunta.
—Sí.
Mi mamá devolvió el dibujo.
—Hace unos días lo vi en la sala. Estaba recitando o cantando y frente a él un hombre y una mujer lo aplaudían.
—¿Sus padres?
—No lo sé. Estaban de espaldas a mí.
Esperé.
—Otra vez fui a tu habitación a dejarte ropa limpia y lo vi jugando en tu cama acompañado de su papá.
—¿Y cómo sabes que era su papá?
Sonrió. Iba a decirme algo, pero me anticipé.
—Ya sé, de la misma forma en que cualquiera sabe que yo soy hijo de mi padre.
—Me alegra que lo entendieras.
—¿Y no te dio miedo?
Mi mamá negó con la cabeza.
—No.
—¿Por qué?
Pensó un momento.
—Porque no estaban haciendo nada malo.
Miró hacia el lugar donde había estado la manta.
—Además, parecían felices.
No dije nada.
Después recordé la manta.
Latte tirando de un extremo.
Yo del otro.
En la sala de don Santiago.
Vieja.
Descolorida.
Me quedé quieto.
—¿Qué pasa? —preguntó mi mamá.
—Creo que reconozco esa manta.
—¿La de hace un rato?
Asentí.
—Creo que sé dónde está. Descansa.
—Llévate la bandeja.
—Sí, mamá.
Llamé a Bea.
No estaba.
—¿Su mamá? —pregunté.
Tampoco.
—Están en casa del abuelo —me dijeron—. Don Santiago está con gripe y fueron a verlo.
—Perfecto.
Cogí la bicicleta.
Cuando llegué, la señora de la casa me dejó entrar.
—Están arriba.
Subí.
Los reclinables estaban frente al televisor.
La mamá de Bea estaba sentada en uno y don Santiago en el otro.
Dormido.
Tenía una manta sobre las piernas.
Me detuve.
El tejido estaba viejo.
Los colores casi desaparecidos.
Pero era esa.
No veía ninguna palabra.
Ni hacía falta.
—Hola —dijo la mamá de Bea en voz baja.
—Hola.
Señaló a Santiago.
—Se quedó dormido.
Asentí.
Seguí mirando la manta.
Sesenta años.
Tal vez más.
—¿Buscas a Bea?
—Sí.
—Ya debe estar regresando de la farmacia.
Bajé.
La encontré entrando a la casa.
—Necesito mostrarte algo.
—Hola para ti también.
—Hola.
—Mucho mejor.
—Ven conmigo.
—¿A dónde?
—A mi casa.
—¿Por qué?
—Porque sí.
Me miró.
—Primero dejaré las medicinas.
—Está bien.
Poco después estábamos en mi habitación.
Cerré la puerta, abrí el dibujo y prendí la lámpara de lectura.
—Dime qué ves.
—El dibujo de un niño.
—Genia. Mira con más detenimiento.
Al principio sonrió.
Después dejó de hacerlo.
Pasó los dedos por la fuente, continuó por la mesa, las personas y después llegó al columpio.
Se detuvo.
—Ese es mi abuelo.
Asentí.
Pasó el dedo hacia la otra figura.
Se quedó inmóvil.
—Esa soy yo.
No respondí.