La Casa de Lucas Capítulo XXIII
93%

Capítulo XXIII

Gracias a mi aventura, mi madre aún tenía temor de que cualquiera de nosotros se quedara atrapado en el ático, así que, liderados por mi General, pusimos manos a la obra.

Después de burlarse de mi encierro, mis hermanas seguían fascinadas con el hallazgo: querían subir al ático y rogaban a mi papá que las dejara asomarse siquiera.

Mi padre les dijo que solo subirían después de que se inspeccionara la estructura.

Así que, naturalmente, les pidió que se fueran a jugar.

—¿Al jardín, papá? —preguntó Keti.

—Juega donde quieras, hijita, pero no aquí.

—Papi, solo quiero echar un ojito —dijo Sofi con su mirada zalamera.

Pensé que cedería. Una mirada no sería gran problema.

—Dije que no.

Si por alguna razón mi padre dudaba, había espacio para negociar; pero una vez que decía que no, era definitivo.

Aceptaron su derrota y se fueron.

El plan de acción propuesto por mi padre era primero mejorar el sistema de acceso, así que me puso a limpiar y engrasar mientras él adaptaba un mecanismo de apertura desde adentro, probando y volviendo a probar. Luego revisamos la iluminación del ático y reparamos lo que hacía falta.

Segundo, revisión de estructuras. Para ello, llamó a un amigo ingeniero que ahora era contratista privado. Dijo que era el mejor estructuralista que conoció.

Vivía en la ciudad, pero como estaba trabajando en una obra cercana, llegó relativamente rápido.

Después de felicitar a mi padre por la compra de la casa, pidió subir solo al ático alegando razones de seguridad.

Mi padre y yo lo esperamos en la habitación, conversamos de cualquier cosa, pero lo notaba preocupado y cada cierto tiempo miraba el reloj.

Su amigo demoró casi una hora.

Cuando por fin terminó, bajó a mi habitación, se quitó el casco y los guantes. Luego, puso cara de médico cuando tiene que dar una mala noticia.

Mi padre puso la misma cara que le vi cuando hacía números antes de comprar la casa. Seguro estaría pensando cuánto costarían los arreglos.

—Todo en orden —dijo el amigo de mi padre y le regaló una sonrisa enorme.

Mi padre respiró aliviado.

—¿Hay zonas que deba reforzar, humedad o algún trabajo complementario?

—Nada complejo. Por ahora, limpiar, ventilar e inspeccionar cada cierto tiempo. Y no se les ocurra poner una mesa de billar ahí.

Señaló el techo de mi habitación.

—¿Cuánto te debo?

—Una parrilla y un abrazo.

—Te concedo la parrilla.

El amigo de mi padre se despidió. Dijo que no podía quedarse a almorzar porque tenía que volver a la obra.

Tercero, la limpieza.

El terror de cualquier muchacho que está pensando en cualquier cosa menos en pasar el fin de semana previo al retorno a clases limpiando.

Evidentemente, si me hundía, esta vez no sería solo. Sugerí a mi padre que mis hermanas debían participar para avanzar más rápido. Mi padre lo pensó y las llamó; a ellas no les hizo mucha gracia.

—Papá, no es justo —se quejaba Keti.

—¿Y si hacemos como que este tonto nunca se metió al ático? —aportó Sofi.

Yo sonreía satisfecho. La justicia existía.

Dedicamos casi todo el día a limpiar y ordenar. Dejamos todo ordenado, casi todo.

Al día siguiente, mi madre empezó a cocinar desde temprano. Muy temprano. Ya era viernes.

Era una hora en que, según mi opinión, nadie debía estar haciendo nada que involucrara cuchillos, hornos o cantidades industriales de cebolla.

Cuando bajé a desayunar, la cocina ya parecía la zona de preparación de un restaurante o de una operación militar. Con mi mamá, nunca estaba completamente seguro.

Había ollas sobre la cocina, bandejas sobre la isla y recipientes ocupando cada espacio disponible.

Keti trabajaba en el otro extremo con una torta.

—¿Qué estás haciendo?

—Una torta.

—Eso ya lo veo.

—Entonces, ¿para qué preguntas?

Definitivamente aquella respuesta se había convertido en patrimonio familiar.

Me acerqué.

Sobre la cobertura había empezado a dibujar algo con crema de colores. Como referencia, estaba usando un dibujo de Sofi. Entrecerré los ojos.

—¿Eso es un pescado?

—Un pez.

—Es lo mismo.

—No.

El pez llevaba saco y corbata y estaba sentado frente a una computadora. O, por lo menos, eso entendí después de varios segundos.

—¿Cuándo viste un pez tipeando?

Keti me miró como si la pregunta fuera absurda.

—Porque papá estudió Ingeniería Pesquera y ahora es Gerente de Sistemas.

Me quedé mirando la torta.

Era cierto.

Mi padre había estudiado ingeniería pesquera y, en algún punto que yo nunca había terminado de entender, había acabado dedicándose a las computadoras y los sistemas.

No era que mi padre tuviera cara de pez.

Aquello era el nacimiento de una nueva corriente artística: la SofoKetiana.

—Está bonito.

—Gracias.

A media tarde empezaron a llegar los invitados: amigos de mis padres, compañeros de trabajo de mi papá y los padres de Bea. Después llegó don Santiago.

Llevaba pantalón claro, camisa blanca, un saco ligero y una chalina alrededor del cuello.

Todavía hacía calor.

—Don Santiago, ¿tiene frío?

—No.

Se acomodó la chalina.

—Entonces...

—Me gusta.

Suficiente explicación.

Bea apareció detrás y de pronto, dejé de preocuparme por la chalina.

Llevaba un vestido de verano, floreado, y el cabello recogido en una trenza que le caía sobre un hombro.

Se veía preciosa.

También llevaba unos zapatos con un taco bastante bajo. Sin zapatos seguía siendo más alta que yo. Con ellos, la situación empeoraba.

Me pregunté dos cosas: si de aquí a la fiesta de promoción habría crecido lo suficiente y si ella aceptaría ir conmigo.

—Hola —dijo.

—Hola.

Me miró.

—¿Qué?

—Nada.

—Estás mirando mis zapatos.

—No.

—Sí.

—Solo calculaba.

—¿Qué cosa?

—Nada importante.

Sonrió.

—¿Todavía te preocupa que sea más alta que tú?

—No me preocupa.

—Mentiroso.

Pasó por mi lado.

—Todavía puedes crecer.

—Gracias por el apoyo.

Se rio y fue a saludar a mis padres.

Necesitaba crecer. Urgente.

La reunión comenzó tranquila, pero eso duró poco.

Mi mamá había dicho que sería algo pequeño, pero en la mesa había suficiente comida para varias familias.

Mi padre recibió felicitaciones, apretones de manos y abrazos.

Uno de sus amigos levantó la copa.

—A ver, ingeniero. Unas palabras.

Mi padre negó con la cabeza.

—No.

—Ahora eres gerente. Tienes que acostumbrarte.

—Precisamente por eso estoy aprendiendo a delegar.

Todos se rieron.

Finalmente se puso de pie con la copa en la mano.

—Gracias por venir.

Miró a mi madre.

—Y gracias a mi esposa por organizar todo esto sin preguntarme.

—De nada —respondió mi mamá.

Más risas.

—No tengo mucho que decir. Estoy contento. Es un reto importante y espero estar a la altura.

Uno de los hombres sentado cerca de él levantó su copa.

—Te dije que postularas.

Mi padre sonrió.

—Sí.

—¿Viste? No tenías nada que perder y mucho que ganar.

—También me dijiste que probablemente no me escogerían.

—Eso era para que no te emociones demasiado.

—Buen amigo.

El hombre se rio.

Mi madre miró a mi padre.

—¿Tenías dudas?

—Era una consideración razonable, pero finalmente postulé.

—Y aquí estamos —dijo el hombre, levantando nuevamente la copa—. Salud por el nuevo Gerente de Sistemas.

—¡Salud!

Todos levantaron sus copas.

Yo también.

La mía tenía gaseosa.

No era exactamente lo mismo.

Entonces vi a Sofi mirando a todos. Parecía estar procesando información. Le dio un sorbo a su gaseosa y se acercó a mi padre.

—Papi.

—¿Sí, hijita?

—Entonces... ¿te ascendieron?

Hubo un silencio.

Keti cerró los ojos.

Yo apoyé la frente sobre una mano.

Mi padre, en cambio, respondió con absoluta tranquilidad.

—Sí.

Sofi sonrió.

—¡Felicitaciones!

Se levantó y fue a abrazarlo.

—Gracias, hija.

—Ahora entiendo la fiesta.

—Qué bueno —dije—. Llegaste justo a tiempo.

Me sacó la lengua.

Keti llevó la torta con ambas manos.

Mi padre observó el pez con corbata frente a la computadora.

Después miró a Keti.

—¿Ese soy yo?

—Sí.

—¿Por qué soy un pescado?

—Un pez —corrigió ella.

—¿Por qué soy un pez?

—Por Ingeniería Pesquera y Sistemas.

Mi padre volvió a mirar la torta.

—Tiene sentido. Está preciosa, hija.

Le dio un beso en la frente.

La reunión siguió.

Mis padres conversaban con sus amigos.

El papá de Bea estaba explicándole algo a otro invitado utilizando ambas manos como si aquello hiciera el relato más comprensible.

Mi mamá iba y venía entre las mesas pese a que todos le decían que se sentara.

Keti vigilaba que nadie cortara mal su torta.

Sofi había desaparecido con otros niños.

Busqué a Bea.

Estaba con su mamá junto a la puerta del comedor.

Se veía el jardín posterior.

Me acerqué y conversamos de cualquier cosa.

Su mamá —afortunadamente— tuvo necesidad de solidarizarse con mi madre y fue con ella.

Aprovechamos la oportunidad y salimos al jardín.

La noche todavía no había caído completamente.

El aire estaba tibio y desde la casa llegaban voces y risas.

—Tu papá está feliz —dijo Bea.

—Sí.

—Tu mamá más.

—Mi mamá probablemente ya está planeando su siguiente ascenso.

Se rio.

Caminamos hacia la fuente.

El angelito continuaba cumpliendo con su función de siempre.

—Todavía no entiendo por qué conservaron eso —dijo Bea.

—Es un buen motivo de conversación.

—Claro.

Seguimos hacia el columpio. Entonces vimos que estaba ocupado. Don Santiago estaba sentado allí. Solo.

Nos acercamos.

—¿Qué hace aquí? —pregunté.

Don Santiago levantó la mirada.

—Estoy sentado.

—Eso ya lo veo.

Sonrió.

—Entonces, ¿para qué preguntas?

Lo miré.

Otra vez.

Definitivamente había una conspiración.

—¿Estás bien, abuelo?

—Perfectamente.

Miró hacia la casa.

Las luces del comedor iluminaban parte del jardín. Se distinguían personas moviéndose en el interior.

—Solo estaba recordando.

No dije nada.

—Hace mucho tiempo que no veía esta casa así.

—¿Así cómo? —preguntó Bea.

Don Santiago señaló hacia las ventanas.

—Llena.

Se quedó mirando.

—Cuando era niño las reuniones eran frecuentes. Cumpleaños, Navidad, almuerzos que terminaban convirtiéndose en cenas porque nadie quería irse.

Sonrió.

—Mi abuela encontraba cualquier pretexto.

Se tocó la chalina.

Bea la miró.

—Abuelo, en serio. No hace frío.

—Ya sé.

—Entonces quítatela.

Don Santiago negó con la cabeza.

—Estoy medio resfriado.

Pasó una mano por el tejido.

Bea sonrió.

—¿Piensa en su familia muy seguido? —pregunté.

—Cuando era joven, mis abuelos decían que a cierta edad, con la mente, uno empieza a desandar el camino. El riesgo es perderte en tus propios recuerdos.

—No lo entiendo.

—Cuando llegues a mi edad, lo harás.

—Por eso guardas todas esas cosas —intervino Bea.

—No todas. Estoy aprendiendo a fluir —dijo, moviendo la mano como surfer.

Nos reímos.

Pero hubo algo en la forma en que lo dijo que me hizo mirarlo.

Don Santiago seguía observando la casa.

—¿Y por qué dejaron de hacer reuniones aquí? —pregunté.

Tardó un momento en responder.

—La familia cambió.

Se encogió ligeramente de hombros.

—La casa también.

Esperé algo más.

No llegó.

Bea empezó a columpiar a don Santiago como si fuera un niño pequeño.

—Mi mamá dijo que pasabas temporadas aquí.

—Durante las vacaciones. A veces más.

—Eso ya lo contó —dije.

Don Santiago me miró.

—¿Te aburren mis historias?

—No. Estoy verificando consistencia.

Bea se puso a un lado del columpio.

—¿Y qué hacías todo el día acá?

—Lo mismo que cualquier niño. Jugaba. Me peleaba con mis primos. Me escondía donde no debía.

Me miró.

Bea se rio.

Ya se había enterado.

Después, don Santiago señaló la puerta del comedor que da al jardín posterior.

—Esa antes funcionaba distinto.

Miré hacia donde señalaba.

—¿Cómo?

—Mi abuelo modificó la casa varias veces con los años.

—¿Por qué?

Don Santiago pensó un momento.

—Mi abuela empezó a enfermarse. Era necesario adaptar algunas cosas.

La sonrisa desapareció ligeramente.

—Hubo que hacer algunos ajustes.

Esperé.

—¿Qué enfermedad?

Me miró.

Después volvió hacia la casa.

—Una historia demasiado larga para esta noche.

No insistí.

Por una vez.

Desde dentro alguien llamó a don Santiago.

Se puso de pie.

—Me están buscando.

Antes de irse, don Santiago volvió a mirarnos y luego a la casa.

—Me alegra verla así otra vez.

Entró.

Bea permaneció conmigo.

—Te quedaste con ganas de preguntar.

—Muchísimas.

—Se notó.

—Pero no pregunté.

—Estoy orgullosa.

—Gracias.

—Estás creciendo.

—También de altura, espero.

Bea sonrió.

—No exageremos.

La reunión terminó tarde. Muy tarde.

Aquellas reuniones tenían una característica particular: nadie se iba cuando decía que se iba.

Primero se despedían en la sala.

Después en la puerta.

Después junto a los autos.

Y finalmente volvían a conversar porque alguien recordaba algo que había olvidado decir.

Mis padres seguían despidiendo a los últimos invitados.

Los padres de Bea ya estaban en el auto.

Don Santiago se había ido unos minutos antes.

Bea estaba frente a mí.

—Nos vemos mañana.

—Sí.

—¿Vas al club?

—Supongo.

—Yo también.

Dio un paso hacia mí para despedirse.

Yo hice lo mismo, supuse que iba a besarme en la mejilla, como había hecho antes, así que giré la cara.

Ella también y hacia el mismo lado.

Nos corregimos.

Los dos. Otra vez hacia el mismo lado.

—Espera —dijo riéndose.

—Tú espera.

Bea se acercó de nuevo.

Yo giré la cabeza, justo cuando ella parecía decirme algo.

Y ocurrió.

Apenas un instante sus labios tocaron los míos.

Los dos nos apartamos, nos quedamos mirando.

Nos pusimos rojo tomate.

—Perdón —dije.

—¿Por qué?

Buena pregunta.

—No sé.

Bea sonrió.

—Tonto.

Desde el auto su papá tocó la bocina.

—Ya voy.

Yo seguía exactamente en el mismo lugar. Nos despedimos una vez más con la mano.

El auto arrancó.

Esperé hasta que desapareció detrás de los árboles y después entré a la casa. Mi madre estaba recogiendo vasos y me quedó mirando.

—¿Qué?

—Solo una cosa.

—¿Debo preocuparme?

—Tendrían lindos bebés.

—Lo sé, mamá.

Tardé un segundo.

Demasiado tarde.

Seguí caminando.

—¿A dónde vas?

—A dormir.

—Primero ayuda a tu padre a lavar y ordenar todo.

Mi padre estaba en la cocina, frente a un cerro de platos, vasos, copas y cubiertos.

—Yo lavo, tú secas.

—Sí, pa.

—Esta es la razón por la que no me gustan las fiestas —dijo mientras lavaba otro plato.

—Voy entendiendo.

—Por cierto, ¿quién va a tener un bebé?

—Nadie que yo sepa.

Entré a mi habitación y cerré la puerta o, mejor dicho, me apoyé contra ella.

Mientras me ponía el pijama y luego me cepillaba los dientes, no podía dejar de sonreír. Parecía que no podría dejar de hacerlo nunca.

La argolla seguía sobre mi cama.

Ahora se veía más pequeña.