Capítulo XXII
Desperté temprano. Era el día que volvería a los entrenamientos, pero no era eso lo que me despertó; era la bendita argolla que parecía más grande segundo a segundo.
Abrí los ojos y ahí estaba. Exactamente encima de mí. Intenté ignorarla.
Fui al baño, regresé, la miré.
Ordené el escritorio, la miré.
No podía más con la curiosidad.
Había dormido debajo de esa cosa durante semanas sin ningún problema. El problema era que ahora sabía que podía no ser simplemente una cosa.
Levanté la silla del escritorio, no quería despertar a nadie y me subí. Tampoco quería compañía, por eso era mejor hacerlo temprano.
Me estiré todo lo que pude y alcancé la argolla. Jalé. Nada.
Otra vez. Nada.
—Bea...
Tiré más fuerte.
Crac.
Me cayó polvo sobre la cara.
Cerré los ojos.
Varios pedazos secos de pintura golpearon el piso.
Abrí un ojo.
Una línea había aparecido en el techo.
Recta.
Después otra.
El rectángulo era evidente.
¿Cómo no lo había visto antes?
Volví a tirar. La pintura crujió en varios puntos. Una parte del techo empezó a descender.
Primero unos centímetros. Después más.
Tuve que bajar rápidamente de la silla.
Una estructura de madera apareció plegada encima de la tapa.
La miré.
Una escalera.
—Claro.
Llevaba semanas durmiendo debajo de una escalera.
Desplegarla tomó algunos minutos. Los peldaños estaban duros y las articulaciones parecían no haberse movido en años.
Cuando finalmente quedó apoyada sobre el piso, fui por una linterna.
Subí lo suficiente para asomar la cabeza.
—Hola.
Nada. No sabía exactamente a quién saludaba, pero rogué que nadie respondiera.
Busqué un interruptor junto a la abertura.
Nada.
En el interior, se distinguían algunas formas pero nada más allá de los cinco o seis pasos.
No estaba tan oscuro, pero la luz era tenue porque había cajas que bloqueaban ventanas, así que alumbré con la linterna.
Vigas.
Cajas.
Una silla rota.
Algo cubierto con una sábana.
Más cajas.
Subí otro peldaño.
Después otro.
El aire olía a madera seca y polvo.
Me incorporé con cuidado.
El techo era suficientemente alto en el centro como para permanecer de pie, aunque hacia los lados descendía rápidamente.
Di unos pasos.
La linterna iluminó una vieja máquina de coser.
Rollos de papel mural.
Cajas con adornos navideños.
Un baúl con sábanas viejas y tejidos, palillos de tejer y ovillos.
Nada especialmente emocionante.
Maletas de viaje sin ruedas con libros viejos, fólderes, cuadernos.
Juguetes rotos y despintados, pelotas desinfladas en un saco.
Seguí.
Entonces escuché un ruido detrás.
Giré.
La escalera empezó a plegarse, lentamente.
—No.
Corrí.
No me di cuenta de que una viga cruzaba justo entre la escalera y yo. Lógicamente, mi frente decidió probar su resistencia a toda velocidad.
Y sí, resistía.
Pese al golpe volví a correr.
Demasiado tarde.
La trampilla se cerró.
Clac.
Oscuridad parcial.
La linterna seguía en mi mano.
Respiré.
—Excelente. La curiosidad no mató al gato. Solo lo encerró.
Había descubierto otra parte escondida de la casa y, al mismo tiempo, me había quedado encerrado, en penumbra, con una extensión creciendo en mi frente que latía al ritmo de mi corazón.
Pese al dolor, la froté durante un rato.
Volví hasta la trampilla.
Empujé.
Nada.
Busqué con la linterna algún seguro. Algún mecanismo de apertura.
No encontré ninguno.
Intenté meter los dedos entre el marco y la tapa.
Imposible.
Así terminó mi plan de no despertar a nadie y guardar el descubrimiento para mí.
Golpeé.
—¡Papá!
Silencio.
Otra vez.
—¡Papá!
Nada.
Me senté y esperé. No tenía reloj. Podían haber pasado cinco minutos o cinco días. Tenía hambre.
Al rato escuché pasos.
—¿Hijo?
Me agaché para hablarle por la luz que dejaba la trampilla y el techo.
—¡Aquí!
Silencio.
—¿Dónde es aquí?
—¡Arriba!
Otro silencio.
—¿Arriba dónde?
—¡Encima de mi cuarto!
Pasos.
—¿Cómo llegaste ahí?
—Había una escalera.
—Eso ya lo supuse.
Escuché que tiraba de la argolla.
Nada.
Otra vez.
Nada.
—¿Puedes empujar desde arriba?
Empujé.
—No abre.
—Espera.
Escuché herramientas.
Mi padre probó varias cosas.
Yo seguía empujando cuando oí la voz de mi madre.
—¿Qué haces?
—Se quedó encerrado.
Silencio.
Después:
—¿Jugando ajedrez?
Cerré los ojos.
—Muy graciosa, mamá.
—¿Llamo a los bomberos?
—Mamá.
La escuché reírse.
Mi padre siguió trabajando.
Al rato:
—No quiero forzarla. Puedo romper el mecanismo.
—¿Entonces?
Silencio.
—Voy a llamar a Santiago.
—¿Para qué?
—Conoce la casa.
Para mí fueron horas, pero mi padre afirma que don Santiago llegó unos minutos después de la llamada.
Voces.
Pasos.
Risas ahogadas.
—¿Sigues ahí? —preguntó don Santiago.
—No, don Santiago. Ya salí.
—Entonces puedo irme.
—¡Estoy aquí!
Lo escuché reír.
—A ver.
Hubo algunos golpes suaves.
Después:
—No tires.
Mi padre respondió algo que no escuché.
—Sostén la argolla hacia la izquierda.
Pausa.
—Ahora.
Clac.
La tapa descendió de golpe. La escalera empezó a desplegarse. La cara de don Santiago apareció primero.
—Buenos días.
—Buenos días, don Santiago.
Aunque ya no tenían nada de buenos.
—Bonito lugar para pasar la mañana.
—Ayuda a meditar.
Sonrió.
Bajé.
Mi mamá me esperaba con los brazos cruzados.
Estaba cubierto de polvo y tenía una bola de billar en la frente.
—Ni se te ocurra tocar nada.
—Buenos días a ti también.
Dio media vuelta y se fue.
Mi padre miró hacia arriba.
—Quiero ver.
Naturalmente, subió al ático.
Creo que su espíritu aventurero se activó, aunque la verdad solo encontré polvo y cosas aburridas.
—Primero revisemos esto —dijo don Santiago.
Me señaló el mecanismo y cogió unas herramientas.
—Tiene un pestillo con resorte. Si la escalera se pliega demasiado, vuelve a enganchar.
—¿Cómo sabía? —pregunté.
No respondió. Se puso a trabajar y a señalarme dónde debía echar aceite.
Terminamos a los pocos minutos, probamos el sistema y todo funcionaba.
—Hice lo que pude, como arreglo provisional, funcionará, pero igual hay que cambiar el seguro para que desde dentro se pueda abrir.
Me pareció una sabia sugerencia.
Don Santiago miró la habitación.
—Esta era mi habitación. Pasé buena parte de mi niñez aquí. Mi abuela esperaba nuestras vacaciones del colegio con más ansias que nosotros.
—¿Nosotros?
—Mis primos y yo. Recuerdo que ella hacía un recorrido por la ciudad, pasaba por cada uno. ¿Te imaginas cinco niños atiborrados en un Volkswagen lleno de maletas hasta el techo?
—Debió ser una locura.
—Lo fue. Pero era muy divertido.
Dio unos pasos y se acercó al escritorio.
—Después de que mi padre tuvo un accidente nos mudamos aquí, los abuelos nos ayudaron durante meses con los gastos; yo tendría ocho o nueve años. Aquí hacía mis tareas.
—¿Tan grave fue?
—Lo importante es que se recuperó. Poco a poco le fueron quitando los yesos, aunque tomó algo de tiempo. Mientras tanto, yo tenía mucha energía y me aburría sin la compañía de mis primos; entonces mi abuelo encontró una fórmula para mantenerme ocupado.
—Entonces, así fue como aprendió a usar las herramientas.
Don Santiago se acercó a la cama y acarició la cabecera.
—Así es. Meses después del accidente, mi padre empezó a caminar, aunque todavía no podía volver al trabajo. El pobre se aburría, así que mi abuelo empezó a llevarlo también al taller para que se distrajera. Juntos hicieron esta cama.
—Entonces por ello conocía el ático.
—Conozco muy bien cada rincón de esta casa. Además, me pasó lo mismo que a ti. Jugando a las escondidas con mis primos, me quedé encerrado arriba y supongo que gané porque, cuando mi padre me encontró, ya se habían ido. Yo estaba dormido, todavía con unos crayones en la mano.
Escuchamos bulla de cosas que caían al piso y luego un golpe fuerte.
Don Santiago subió.
Yo también.
Encontramos a mi padre sobándose la cabeza.
Por segunda vez, la viga demostró su resistencia.
Dimos vueltas por el ático. Encontramos lo mismo que yo había visto.
Un pequeño triciclo de madera.
—¿Esto era suyo? —pregunté.
Don Santiago alumbró alrededor.
—Algunas cosas.
Se acercó a la máquina de coser.
Pasó una mano por la cubierta.
—Esta era de mi abuela. Ella cosía, pero su pasión era tejer. Jamás me faltaron chalinas, guantes, gorros de lana.
Mi padre abrió una caja.
Adornos navideños.
Otra.
Revistas.
—Aquí hay cosas de distintas épocas.
—Todos guardábamos cosas acá —dijo don Santiago—. Mi abuelo más que nadie.
Sonrió.
—Siempre decía que todo tiene utilidad en algún momento.
—Me cae bien —dijo mi padre.
Seguimos explorando.
Al fondo había una pequeña ventana cubierta de polvo.
Desde allí se veía parte del jardín.
La fuente.
El columpio.
—Este piso necesita una revisión antes de que sigamos metiéndonos.
—Está bien —dije.
—Y habrá que reparar el mecanismo.
—Está bien.
—Y limpiar.
Eso ya me gustó menos.
—Podemos contratar a alguien.
Mi padre me miró.
—Podría, pero no.
Don Santiago estornudó.
Los perros de los vecinos de Bea ladraron.
Yo también estornudé.
Era la señal de que debíamos bajar.
Fuimos a la cocina, nos sentamos alrededor de la isla y mi padre le sirvió un té con limón a don Santiago. Le ofreció desayunar, pero dijo que no, que por ahora solo quería el té.
Nos pusimos a conversar sobre la casa, las remodelaciones y las ampliaciones. Don Santiago mencionó que finalmente había encontrado los planos originales y también los de las modificaciones, pero que, por venir a mi rescate, los había dejado en su casa.
A los minutos, escuchamos el auto en la cochera. Era mi madre, que regresaba de hacer unas compras con mis hermanas.
—Don Santiago, tiene una telaraña pegada al hombro —dijo Sofi.
Hizo el ademán de sacudirse y, cuando vio la cara de mi madre, se arrepintió.
—Mejor me la llevo de recuerdo.
Mi padre tenía una mancha negra en la frente.
Yo probablemente parecía haber trabajado en una mina de carbón.
Mi madre nos contempló.
Señaló el piso.
—Yo limpiaré, mamá.
—No esperaba menos.
Don Santiago se miró la ropa.
—Creo que me han tendido una trampa.
—Usted vino voluntariamente —dije.
Mi padre me miró.
Don Santiago empezó a reír.
La mañana había comenzado con una argolla.
Terminó con tres adultos —bueno, dos adultos y yo— desparramando polvo por la cocina y luego sacudiéndonos en el jardín.
Y una nueva habitación en la casa.
Arriba.
Siempre había estado ahí.