Capítulo XXI
Apenas llegamos a casa, mi mamá abrió la puerta.
—Ya perdiste las llaves.
Hice sonar las llaves en el bolsillo.
—No, mamá, es la costumbre de tocar el timbre.
—Hola, Beatriz.
—Hola, señora.
—Pasa. ¿Cómo están tus papás?
—Bien, gracias.
Yo ya había dejado de escuchar. Mi habitación estaba hecha un desastre, la ropa sobre la silla, la toalla que dejé sobre la cama, zapatillas por todos lados.
Bah, no creo que sea problema, pensé. Respiré aliviado.
Hasta que recordé que mis hermanas también estaban en la casa y que buscarían cualquier pretexto para perjudicar intencionalmente mi imagen o tal vez lo hacían como parte del orden natural de las cosas.
—Ya regreso.
Subí corriendo.
—¿A dónde vas? —preguntó Bea.
—Arriba.
Respuesta técnicamente correcta.
Entré a mi habitación y cerré la puerta, no tenía mucho tiempo. Abrí las ventanas, recogí la ropa de la silla, zapatillas, toalla mojada, ropa sucia, mochila, raquetas. Fui al clóset, busqué un espacio aparente y empecé a meter todo de cualquier forma.
Encontré más ropa tirada bajo la cama y me puse a recogerla. Era una respuesta de emergencia, no un sistema de almacenamiento. Obviamente carecía de cualquier forma de elegancia, pero era eficiente.
Escuché voces y pasos en la escalera. Lo sabía.
Abrí nuevamente el clóset y empujé todo con ambas manos. La puerta se negó a cerrar. Volví a empujar.
—Su cuarto es este —escuché decir a Sofi.
—Ya sé —respondió Bea.
¿Por qué sabía? No importaba.
Conseguí cerrar el clóset empujando con el hombro.
La puerta de mi habitación se abrió justo cuando terminé.
Bea entró tomada de una mano por Sofi y de la otra por Keti. Parecía una detenida.
—Te la trajimos para… —dijo Sofi.
Vio todo medianamente ordenado así que no completó la frase.
—Estaba en la sala —dijo Bea.
Bea miró alrededor.
—Bonito cuarto.
—Gracias.
Keti me observó.
—¿Qué haces parado frente al clóset?
—Nada.
—Parece que estuvieras cuidándolo.
Me aparté.
La puerta resistió.
Excelente.
—Vinimos a ver fotos —dijo Bea.
—Podemos hacer otra cosa —dije intentando desviar la atención.
—¿Por qué?
—Porque las fotos son aburridas.
Mis hermanas se miraron.
—Yo sé dónde están —dijo Keti.
—Yo también —añadió Sofi.
—Nadie les preguntó.
Cinco minutos después había perdido todo control de la situación.
Mis hermanas habían conseguido una caja con fotografías familiares y Bea estaba sentada en el piso revisándolas.
En la radio sonaba Why Can’t We Be Friends?
—Mira esta —dijo Sofi.
—No.
Demasiado tarde.
Bea soltó una carcajada.
—¿Qué edad tenías?
Miré la fotografía.
Yo tendría seis o siete años. Estaba disfrazado de árbol. Con cara de pocos amigos. No de algo razonable, como superhéroe, policía o astronauta.
Árbol.
—Era una presentación.
—¿Y qué hacías?
—Fotosíntesis.
Keti empezó a reírse.
—Tenía que quedarse parado y mover los brazos cuando soplaba el viento —dijo Keti.
—Cállate. Peor lo pasó el chico disfrazado de gota de agua que después debía rodar por el escenario tratando de parecer un río.
Bea acercó la fotografía.
—Impresionante.
—Imprisioninti.
—Eras un árbol muy bonito.
—Gracias.
—Un poco seco.
Le quité la foto.
—Siguiente.
—Mira, aquí sin dientes.
Efectivamente, mordí un pan y mis dos incisivos se quedaron en el pan.
Gracias, mamá —pensé.
—Siguiente.
Una foto con mi papá. Él estaba frente a un tablero de ajedrez. Yo del otro lado del tablero sostenía el caballo. No tenía ni idea de cómo jugar.
—Qué lindo.
—Tenía tres años.
Después aparecieron fotos de mis hermanas. Eso emparejó un poco la situación.
Sofi durmiendo en su cuna con un hueso de pollo en la mano.
Keti de bebé, sonriendo sin dientes, en la bañera con el pelo y la barba hechos con shampoo.
Las dos jugando a la boda, vestidas con faldas de mi madre que arrastraban por el piso y zapatos que obviamente les quedaban gigantes.
Otra de Keti tirada en el piso de una tienda haciendo berrinche.
Otra de Sofi metida en una caja de mudanza llena de peluches.
La justicia existía.
La última fue una foto mía corriendo por la casa mientras mi padre trataba de alcanzarme con un pañal en la mano.
Bea se rio a carcajadas.
Intenté quitarle la foto, pero ella fue mucho más rápida.
—Esta supera por lejos mi foto con el barro.
—Pero no el gi al revés.
En algún momento las fotografías quedaron olvidadas y Sofi apareció con un juego.
Nadie preguntó exactamente cuándo habíamos decidido jugar.
Simplemente ocurrió.
Terminamos los cuatro sentados en el piso.
La partida duró en paz menos de diez minutos.
—¡Tramposa! —gritó Sofi.
Bea levantó la cabeza.
—¿Yo?
—Moviste dos.
—Moví uno.
—Dos.
—Uno.
Sofi señaló el tablero.
—Estabas aquí.
—Estaba acá.
—No.
—Sí.
—No.
Bea la miró.
—¿Me estás acusando de hacer trampa?
—Sí.
—¿Segura?
Sofi sonrió.
—Sí.
Bea se lanzó sobre ella.
Sofi gritó mientras Bea empezaba a hacerle cosquillas.
—¡No! ¡Ya! ¡Ya!
Keti intervino.
No supe de qué lado.
Tampoco creo que ella lo supiera.
Al poco rato las tres estaban en el piso riéndose y tratando de inmovilizarse mutuamente.
Yo seguí sentado.
—Qué nivel de madurez.
Bea consiguió soltarse y terminó echada boca arriba.
—Habla el que le pone mayonesa al helado de su hermana.
Silencio.
Keti me miró y luego a Bea.
—¿Fuiste tú?
Miré a Bea. Ella me miró.
—¿No sabía?
—No.
—Pensé que ya lo sabía.
—¡Sabía que habías sido tú! —gritó Keti.
—Técnicamente, entonces sí sabías.
Me lanzó un cojín que logré esquivar usando a Bea de escudo humano.
—¡Hasta hoy no puedo comer helado de vainilla!
—¡Chicos! —gritó mi mamá desde abajo—. ¡La cena está servida!
—Mamá, ¿hay torta? —gritó Keti.
—¡Sí, pero solo quedan tres porciones! —volvió a gritar mi madre desde el comedor.
Sofi se incorporó instantáneamente, se dio cuenta de que uno de nosotros se quedaría sin torta.
—¡Yo quiero la esquina!
—Ay, Sofocleta, la torta es redonda —dijo Keti.
Keti salió corriendo, Sofi tras ella. Se escuchaban los pasos por la escalera.
Bea y yo nos quedamos en el piso.
—Tu familia tiene prioridades muy claras —dijo.
—La torta ocupa un lugar importante en nuestra jerarquía de necesidades.
—¿Qué?
—Es de chocolate.
—Tiene lógica.
Bea seguía echada boca arriba, abrazando la almohada.
—¿Compartimos el último pedazo?
—Está bien.
Yo empezaba a levantarme y le ofrecí mi mano para ayudarla, cuando Bea señaló el techo.
—Oye.
—¿Qué?
—En mi casa tenemos una de esas.
Seguí su dedo.
La argolla.
La misma que llevaba semanas allí.
—¿Una argolla?
—Sí.
—Mi papá dijo que tal vez antes colgaban algo ahí.
Bea siguió mirándola.
—Puede ser. Pero la de mi casa sirve para abrir el ático.
Me quedé quieto.
—¿Qué?
—La jalas. Baja una tapa y después se despliega una escalera.
Volví a mirar el techo.
—¿Qué pasa? —preguntó Bea.
—Nada.
Se puso de pie.
—¡Chicos! —gritó mi mamá desde abajo.
Estábamos por salir cuando escuchamos un ruido detrás.
Clac.
La puerta del clóset se abrió unos centímetros.
La ropa, las zapatillas y las toallas salieron como un alud y quedaron desparramadas a mis pies.
Bea la miró.
Después me miró a mí.
De una patada mandé todo lo que pude debajo de la cama.
Bea sonrió.
—Doble D.
—¿Qué?
Señaló el clóset.
—Doble desorden.
Salió riéndose.
Me quedé un segundo más. Miré la puerta del clóset, después el techo, la ropa a medio esconder bajo la cama. La argolla seguía exactamente donde había estado desde el primer día. En lo profundo quería que solo se tratara de una simple argolla.
En lo más profundo, no.
Cuando bajamos, mis hermanas ya estaban sentadas.
—Te guardamos —dijo Sofi.
Miré su plato.
Después el de Keti.
—¿Qué cosa?
—Un pedazo.
—¿Dónde?
Señaló un plato bastante pequeño sobre la mesa.
—Ese.
—Eso es enorme, tal vez para una hormiga.
Bea se rio.
Mi madre apareció desde la cocina.
—Beatriz, te quedas a cenar.
—No quiero incomodar.
—No fue una pregunta. Llama a tu casa y avisa.
Bea me miró.
Me encogí de hombros.
Sonreí.
Bea me dio un codazo.
Poco después llamó a sus padres y se quedó a cenar.
Mi padre llegó cuando ya estábamos cenando.
Escuchamos primero el portón de la cochera y después sus pasos.
Entró todavía con la ropa del trabajo y dejó el maletín junto a una silla.
—Buenas noches.
—Hola, pa.
Mis hermanas respondieron al mismo tiempo.
Bea se puso ligeramente de pie.
—Buenas noches, señor.
—Hola, hija. Siéntate, por favor.
Mi madre le sirvió un plato.
—¿Cómo te fue?
—Bien.
Respuesta típica.
Se quitó el saco, lo dejó sobre el respaldo y empezó a comer. Durante algunos minutos hablamos de cualquier cosa.
Mis hermanas seguían discutiendo por el juego. Bea intentaba explicar que ella no había tenido ninguna responsabilidad en el asunto.
Yo todavía pensaba en la argolla.
Mi padre permanecía particularmente tranquilo. Demasiado.
Mi madre lo conocía mejor.
—¿Qué pasó?
Mi padre levantó la mirada.
—¿Qué cosa?
—Tienes esa cara.
—¿Qué cara?
—La de que tienes algo que contar.
Mis hermanas dejaron de discutir.
Yo también levanté la cabeza.
Mi padre terminó de masticar.
—Nada malo.
Eso eliminaba una parte de las posibilidades.
Cogió un poco más de comida.
—Desde hacía algún tiempo, el Directorio estaba evaluando crear una nueva posición.
Mi madre dejó los cubiertos.
—¿Cuál?
—Gerente de Sistemas.
Sabía que mi padre trabajaba en sistemas. También sabía que, desde que habíamos llegado, pasaba buena parte de la semana viajando, reuniéndose con gente y hablando por teléfono de cosas que yo no entendía.
—Hace unas semanas abrieron el proceso —continuó—. Decidí postular.
Miró a mi madre.
Ella entendió antes que nosotros.
Sonrió.
—¿Y?
Mi padre siguió comiendo.
Yo esperé.
Keti también.
Sofi no.
—¿Y qué pasó?
—Hoy recibí una comunicación del Directorio.
Silencio.
Tomó agua.
Dejó el vaso.
Yo estaba empezando a sospechar que disfrutaba aquello.
—Papá.
—¿Qué?
—¿Qué decía?
—Que desde el lunes tendré una oficina nueva.
Mi madre se llevó ambas manos a la boca.
Mi padre sonrió.
Eso fue suficiente.
Mi madre se levantó primero y lo abrazó.
Keti y Sofi fueron detrás.
Yo también.
Durante algunos segundos mi padre desapareció dentro de una concentración poco ordenada de brazos.
Bea se unió al abrazo grupal.
Volvimos a sentarnos. Mi madre todavía sostenía una de sus manos.
Estaba orgullosa.
Se le notaba.
Yo también.
Me puse de pie.
—Esto merece vino.
—Tú no —dijo mi madre inmediatamente.
—No dije que fuera para mí.
—Lo estaba aclarando.
Fui por la botella que había quedado de mi cumpleaños.
Cuando regresé, Sofi seguía pensando.
—Papi.
—¿Sí?
—¿Y qué decía la comunicación?
Todos la miramos.
—Ay, Sofocleta —dije.
Nos reímos de su inocencia.
—Esto hay que celebrarlo bien —dijo mi madre.
Mi padre la miró.
—Ya estamos celebrando.
—Esto es cena.
—Hay vino y torta.
—Sigue siendo cena.
Conocía esa expresión.
La Comandante Suprema acababa de asumir el control de las operaciones.
—El viernes hacemos algo acá.
—No es necesario.
—No pregunté.
Mi padre me miró.
Me encogí de hombros y levanté ambas manos.
Yo no tenía autoridad en esa jurisdicción.
Mi madre ya estaba calculando.
—Algo pequeño. La familia, algunos amigos.
Cuando mi madre decía algo pequeño, las palabras podían tener significados bastante flexibles.
Miró a Bea.
—Beatriz, avísales a tus papás que están invitados.
—Claro.
—Y a don Santiago también.
—Le aviso.
Mi padre intentó intervenir.
—De verdad, no hace falta organizar...
—¿A quién más deberíamos invitar? —preguntó mi madre, ignorándolo.
Empezó a hacer una lista mental.
Mi padre siguió comiendo.
Había aceptado la derrota.
Mientras mi madre discutía con mis hermanas si el viernes era mejor preparar parrilla o algo más sencillo, volví a sentarme a su lado.
Lo miré.
Durante las últimas semanas lo había visto arreglar puertas, enseñarme tantas cosas, hacer cálculos, viajar por trabajo, apoyarme en los partidos —a su estilo—, proveer para la familia y volver a casa como si ninguna de esas cosas fuera especialmente importante.
Tal vez por eso aquello sí lo era.
—Felicitaciones, pa.
Sonrió.
—Gracias, hijo.
Dudé apenas un segundo.
—Estoy orgulloso de ti.
Su expresión cambió. Me puso una mano detrás de la cabeza y me acercó para darme un beso en la frente.
—Gracias.
Después volvió a coger el tenedor.
—Ahora termina de comer antes de que se enfríe.
Naturalmente.