La Casa de Lucas Capítulo XX #2
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Capítulo XX #2

—Porque nadie más toca el timbre y después intenta entrar con su propia llave.

La puerta se abrió.

—Todavía funciona —dijo don Santiago.

Entró cargando una bolsa de papel en una mano y el sombrero en la otra.

Su hija negó con la cabeza.

—Algún día voy a cambiar la chapa.

—Entonces dame una llave nueva.

Dejó la bolsa sobre la mesa. Se notaba el logo de la pastelería favorita de don Santiago.

—Traje pan y unos dulces.

—Ya tenemos pan.

—Ahora tienen el mejor pan y dulces.

—¡Papá! ¿Fuiste hasta el centro de la ciudad solo para comprar pan?

—Fui a almorzar con unos amigos. Me están ofreciendo dictar una cátedra en la universidad. Como estaba tan lleno después del almuerzo, decidí caminar un poco para bajar la comida y mira qué casualidad: terminé en la pastelería.

—Pero, papá...

—Además, luego de la caminata me di cuenta de que necesitaba unos zapatos más cómodos que además combinen con mi nueva colección de sombreros.

Estiró la pierna y lució sus nuevos zapatos.

—Un solo sombrero no es una colección —dijo la mamá de Bea.

—Es un buen comienzo.

—¿Y la gorra? —preguntó Bea.

—Es para ocasiones más casuales o deportivas, como cuando juegue tenis.

—Pero hace años que no juegas tenis.

—Mañana volveré a los entrenamientos.

—¿En serio?

—No.

—¡Abuelito!

—Es broma. Volveré para ayudar a formar futuros talentos. Tal vez les conceda el honor de ser mis sparrings.

Me miró y guiñó el ojo.

—Y que no se les ocurran tonterías como tener un doble drive —añadió Bea.

—Saben que estoy aquí, ¿verdad? —intervine.

Totalmente desesperado don Santiago buscó algo en su bolsillo.

Un pañuelo de tela.

Estornudó.

Los perros de los vecinos ladraron.

Don Santiago vio los álbumes sobre la mesa y los señaló.

—¿Qué hacen?

—Arruinando mi vida —dijo Bea.

—Viendo fotos —dije.

—Es justo lo que acabo de decir.

—No exageres.

—Algún día iré a tu casa, bajo cualquier pretexto solo para ver tus fotos corriendo por la casa huyendo del pañal.

Rojo tomate.

Gracias, papá, pensé.

—Algún día.

—No me retes.

—No lo hago.

Su mamá tomó inmediatamente la fotografía del barro.

—Mira lo que encontramos.

—¡Mamá!

Don Santiago se puso los anteojos debajo de la línea del tabique.

Nunca entendí por qué las personas mayores los usan así.

Acercó y alejó la foto, supuse que para encontrar el mejor punto de enfoque.

Mi papá hacía lo mismo cuando leía el periódico o revisaba mis calificaciones.

Sonrió.

—Hace años que no veía esta fotografía.

—Embarratriz —dije.

Me cayó un manotazo.

—¡Cuidado! Este brazo será campeón el próximo año.

Bea se rio.

La verdad me dolió un poco.

Don Santiago miró y volvió a mirar la fotografía.

—Fuera de lo anecdótico, es una composición perfecta.

—¡Abuelo!

—No dije que fuera perfecto para ti.

—Voy a dedicar el resto de mi vida a tomar fotos de sus momentos más «anecdóticos».

Hizo el gesto de las comillas y se enfurruñó en la silla.

—Lindo puchero —dije.

—No me hables.

Bea me señaló. Su dedo índice me decía… ya verás.

Me dio un poco de temor.

Don Santiago nos ignoró y cogió nuevamente el pañuelo de tela de su bolsillo.

Estornudó.

Los perros de los vecinos ladraron otra vez.

—Hijita, te cambio el café por un té con limón.

—¿Le agrego el especial?

—Ese mismo, pero doblemente especial. Tú sabes cómo me gusta.

La mamá de Bea llamó a la señora de la casa y le pidió té con limón, un shot de pisco y un shot aparte.

Mientras don Santiago tomaba un shot de pisco puro, Bea intentó esconder el álbum moderno.

—¿Qué más hay? —preguntó don Santiago.

—Nada.

—Una niña disfrazada de Hannibal Lecter —dije.

—Te voy a matar.

—Pensé que no me hablarías más.

—Ya verás.

Don Santiago extendió la mano.

Bea abrazó el álbum.

—Abuelo.

—Solo quiero recordar la historia familiar.

—Tú estabas ahí.

—He olvidado muchas cosas.

—Esa no.

No consiguió la foto.

Por ahora.

Pero me di el gusto de describirle lo que vi.

Para hacer espacio a los panes y unos jugos, la mamá de Bea empezó a guardar las fotografías antiguas.

De pronto levantó la de la fuente con los niños de espaldas a la cámara.

—Papá, ¿cuál eres tú aquí?

Don Santiago la tomó.

Ni siquiera dudó.

—Ese.

Señaló al tercero.

—¿Cómo sabes? —preguntó Bea.

La miró.

—Porque yo estaba ahí.

Era difícil discutir con el método.

—¿Y ellos?

Don Santiago empezó a señalar.

—Mis primos. Roberto... creo que Rogelio... ese puede ser Rodrigo. La abuela los apodó los Roros. Era una solución muy práctica porque si los llamaba por algo, simplemente gritaba Roro y volteaban los tres.

—¿Se frecuentaban mucho? —preguntó Bea.

—Compartíamos meses en la casa. Un día estábamos almorzando y yo dejaba el choclo para el final.

Uno de ellos metió la mano en mi plato y se llevó el choclo.

Naturalmente, yo le mordí la mano. Mi mamá me preguntó: «¿Por qué le mordiste la mano a tu primito?

». Y yo le respondí algo así como: «Si él se come mi choclo, yo me como su mano».

—¡Papá!

—Mi posición es defendible.

—Abogado tenías que ser.

La mamá de Bea sacó la otra fotografía.

La de los dos niños frente a la fuente.

—Esta sí la recuerdo. Sé que ese eres tú. ¿Pero quién era el otro?

Don Santiago apenas la vio, sonrió.

—Ernesto, mi primo.

Volví a mirar la foto. El niño de los anteojos.

—¿Su primo? —pregunté.

—Sí.

—¿Son de la misma edad?

—No. Él era un poco mayor.

—¿Cuánto?

—Dos años, creo.

Miré a Ernesto.

—No parece.

—Era muy pequeño para su edad.

Don Santiago sonrió.

—Decíamos que era tan pequeño que cuando se ponía talco en los pies tenía que sacudirse la cabeza; y se molestaba muchísimo.

—¿Usted lo fastidiaba? —pregunté.

—Constantemente.

—Abuelo.

—Tenía cinco años. La historia mejora.

Señaló los anteojos de Ernesto.

—Yo le decía cuatro ojos.

Bea negó con la cabeza.

—Qué maldad de tu parte.

—Hasta que un día le quité los lentes para fastidiarlo.

—Eso ya es peor.

—Me los puse.

Hizo una pausa.

—Y descubrí que veía mejor.

Bea empezó a reírse.

—No.

—Sí.

—¿Así se dieron cuenta?

—Más o menos. Mi mamá pensó que estaba jugando. Mi abuela me hizo probarlos otra vez y se dio cuenta de que hablaba en serio. Me llevaron a revisar la vista.

Tocó sus anteojos.

—Unos días después yo también tenía que usarlos.

—¿Iguales? —pregunté.

Don Santiago se encogió de hombros.

—Parecidos. Tampoco había tantos modelos para elegir. Mucho menos para niños. Si encontrabas unos que te quedaban y no parecían a punto de caerse, esos eran.

—¿Y dejó de decirle cuatro ojos?

—Inmediatamente.

—Porque ahora eran ocho —dije.

Don Santiago me señaló.

—Exactamente.

Bea nos miró.

—Estoy rodeada de tontos.

—Éramos niños —dijo él.

—Él no.

Me señaló.

—Él no tiene excusa.

Volví a mirar la fotografía.

—Pero aquí usted todavía no tenía lentes.

—No. Esto fue antes.

Don Santiago acercó la foto.

—Además, esa chompa era mía.

Levanté la vista.

—¿La que tiene puesta Ernesto?

—Sí.

—¿Por qué?

Sonrió.

—Cosas de mi abuela. Le pareció gracioso que fuéramos casi del mismo tamaño, aunque Ernesto fuera mayor. Nos hizo intercambiar parte de la ropa para la foto.

Bea se acercó.

—¿Él llevaba tu chompa?

—Sí.

—¿Y tú qué llevabas de él?

Don Santiago estudió la fotografía.

—No me acuerdo. Tal vez la camisa. Tal vez el pantalón.

—¿Los anteojos también?

—No. Esos eran de Ernesto.

Miré nuevamente al niño.

Anteojos de Ernesto.

Chompa de don Santiago.

Y pocos días después, o semanas, don Santiago también tendría anteojos parecidos.

Volví a mirar a uno.

Después al otro.

Luego otra vez a don Santiago.

Bea me estaba observando.

—¿Qué?

—Nada.

Esperó.

—De verdad.

Esta vez era cierto.

Don Santiago dejó la fotografía sobre la mesa. En algún momento, nos acabamos los dulces que trajo.

—¿Tendrás un dulcecito por ahí? Tú sabes, para acompañar el pisco, digo el té.

—Quedó torta, papá.

—¿De mi cumpleaños?

—Sí.

—Entonces técnicamente es mía.

—Técnicamente está en mi refrigeradora.

Don Santiago meditó aquello.

—Buen argumento.

—No eres el único abogado de la familia.

Probó la torta.

Después miró los álbumes.

—¿Encontraron alguna foto buena?

Bea reaccionó inmediatamente.

—No.

—Dos —dije.

—Cállate.

—Embarratriz y...

Me pateó por debajo de la mesa.

—¡Auch!

Don Santiago me miró.

—¿Qué pasó?

—Nada.

Bea sonrió.

Antes de irme a casa, la mamá de Bea permitió que nos lleváramos la fotografía de la fuente y la de los dos niños.

—No las pierdan.

—No las vamos a perder —dijo Bea.

—Eso dices siempre.

Me acompañó hasta la puerta.

—Entonces —dijo—, ¿sirvió?

Pensé en los cinco niños de espaldas.

—Definitivamente encontré cosas.

—¿Cuáles?

—Que tú usabas un gi como camisa de fuerza.

Me cerró la puerta en la cara.

Esperé.

La abrió otra vez.

—Embarratriz.

Volvió a cerrarla.

Apenas avanzaba unas cuadras cuando escuché una bicicleta. Era Bea.

—¿Vamos?

—¿A dónde?

—A tu casa pues, tontín.

—¿A seguir investigando?

—No. Es mi turno de ver tus fotos.