La Casa de Lucas Capítulo XX
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Capítulo XX

Bea tardó tres días en cumplir su promesa.

Yo los conté.

Ella no.

Después del almuerzo, sonó el teléfono.

—¡Doble Drive! —gritó Keti desde abajo.

Bajé.

—¿Aló?

—Hoy.

—¿Hoy qué?

—Los álbumes.

Me enderecé.

—¿A qué hora?

—Cuando quieras.

Miré el reloj.

—¿En una hora?

—Ven de una vez.

Colgó.

Me gustaba cuando las negociaciones terminaban a mi favor.

Mi mamá tenía una interpretación diferente.

—Mamá, voy a casa de Bea.

—Primero lava los platos.

—Pero, mamá, Bea me está esperando.

—Puede esperar.

—Ya está esperando.

—Entonces puede esperar un poco más.

Lavé los platos.

La mamá de Bea abrió la puerta.

—Hola.

—Buenas tardes.

—Pasa. Bea está arriba.

Entré.

Había estado antes en su casa, pero nunca había tenido demasiado tiempo para mirar.

Fotografías por todas partes. Bea pequeña.

Bea con sus padres. Don Santiago bastante más joven.

En una aparecía cargándola sobre los hombros.

Me acerqué a otra. Don Santiago estaba junto a un automóvil oscuro que no reconocí.

—Ese no es el Volkswagen de don Santiago.

—No —dijo su mamá—. Creo que era de mi abuelo.

—¿El papá de don Santiago?

—Sí.

Me acerqué un poco más.

—Normalmente la gente espera unos minutos antes de empezar a investigar la casa de los demás.

Bea bajaba por la escalera con dos álbumes entre los brazos.

—No estaba investigando.

—Claro.

—Estaba mirando.

—Peor.

Llegó hasta nosotros y dejó los álbumes sobre la mesa.

—Encontré estos.

Su mamá los vio.

—Hay más.

Bea cerró los ojos.

—Mamá...

—Los antiguos están guardados.

Desapareció por el pasillo.

Miré a Bea.

—¿Cuántos tienen?

—No sé.

—¿Diez?

—Probablemente.

—¿Tu familia fotografiaba absolutamente todo?

—Es posible.

—Qué previsores.

Su mamá regresó cargando una caja.

—Estos son los más viejos.

La dejó sobre la mesa con cuidado.

—¿Eran de don Santiago? —pregunté.

—De la familia.

Abrió la caja.

—Cuando mi papá dejó la casa había varias cosas que no quería llevarse. Yo me traje los álbumes.

—¿No los quería?

Se encogió de hombros.

—Mi papá es raro con las cosas antiguas. Algunas las guarda durante cincuenta años. Otras un día decide que ya no quiere volver a verlas.

Bea abrió el primer álbum.

—Eso sonó triste.

—Es tu abuelo.

Pareció suficiente explicación.

Nos sentamos en la mesa del comedor.

Las primeras fotografías eran en blanco y negro.

Bodas.

Bautizos.

Personas junto a automóviles.

Personas delante de casas.

Familias alrededor de mesas enormes.

Nadie sonreía.

—¿Antes estaba prohibido ser feliz en las fotos? —pregunté.

Bea observó una.

—Creo que sonreír gastaba película.

Pasamos la página.

La mamá de Bea señaló a un hombre muy serio, de terno oscuro y bigote.

—Ese era mi bisabuelo.

—¿El de la casa?

—Sí.

Lo observé.

Parecía capaz de prohibir la diversión incluso después de muerto.

Pasamos varias páginas.

Poco a poco aparecieron niños.

Varios, en bicicletas, trepados en árboles, jugando con perros, alrededor de la fuente, celebrando cumpleaños, golpeando piñatas.

Algunas fotografías tenían anotaciones detrás.

La mamá de Bea sacó una.

—Miren.

La volteó.

Los chicos. 1963.

—Eso ayuda muchísimo.

—En ese momento todos sabían quiénes eran —dijo ella.

—Una falta absoluta de consideración con las generaciones futuras.

La volvió a guardar.

En otra aparecían cinco niños delante de una puerta.

Atrás decía:

Los primitos juntos. 1964.

Nada más.

Seguimos.

A veces la mamá de Bea reconocía a alguien.

A veces Bea creía hacerlo.

No siempre coincidían.

—Ese es mi abuelo.

—No. Ese es Ernesto.

—Son iguales.

—No se parecen en nada.

Miré la fotografía.

Se parecían bastante.

Eso empezó a preocuparme.

Pasamos otra página.

Y me detuve.

Dos niños estaban abrazados frente a la fuente.

Tendrían cuatro o cinco años. Tal vez uno un poco más.

Eran prácticamente de la misma estatura, el de la izquierda llevaba pantalón corto y una camisa clara.

No tenía anteojos. El otro tenía el cabello castaño, anteojos redondos y una chompa de lana abotonada tipo cárdigan.

Sentí algo en el estómago.

La mamá de Bea señaló al primero.

—Ese sí es mi papá.

La miré.

—¿Está segura?

—Completamente. Esa foto la conozco desde niña.

Volví a mirar al otro.

Tenía anteojos y chompa abotonada.

—¿Y él?

Su mamá se inclinó.

—No recuerdo exactamente. Alguno de sus primos.

—Parecen de la misma edad.

—Había uno mayor que mi papá que era muy pequeño para su edad. Puede ser él.

—¿Cuánto mayor?

—No sé. Un par de años.

Saqué con cuidado la foto.

Detrás:

Los primitos. 1963.

Naturalmente.

La devolví a su sitio.

—¿Qué? —preguntó Bea.

—Nada.

—Esa cara no es nada.

—¿Qué cara?

—La de que estás pensando demasiado.

Miré otra vez al niño de los anteojos.

No era parecido a Lucas, pero podía ser Lucas.

Era diferente. No sabía qué pensar.

Seguimos.

Varias páginas después, apareció la fuente, otra vez. Cinco niños estaban sentados sobre el borde de piedra con los pies dentro del agua. Todos daban la espalda a la cámara. Dos estaban abrazados por los hombros. Otro apoyaba las manos detrás del cuerpo. Uno salpicaba agua.

—Esa es la fuente de mi casa.

Bea dejó de pasar páginas.

—Sí.

Su mamá sonrió.

—Ahí está mi papá.

La miré.

Luego la fotografía.

—¿Cuál?

Se inclinó.

La estudió.

—No tengo idea.

—¿Cómo que no sabe?

—Están de espaldas.

—Eso ya lo noté.

Bea soltó una risa.

—Entonces, ¿para qué preguntas?

Mi familia contagiando a los demás —pensé.

Sacó la fotografía y la volteó.

Los primitos juntos. 1964.

El año debajo.

Nada más.

—¿No ponían nombres?

—Puedes presentar una queja.

—Estoy evaluándolo.

Bea acercó la cara.

—Creo que es este.

—¿Por qué?

—Por las orejas.

La miré.

—¿Reconoces a tu abuelo por las orejas?

—Lo conozco desde que nací.

—Sus orejas probablemente han tenido una vida propia durante sesenta años.

Su mamá señaló a otro niño.

—Yo diría que es ese.

Bea la miró.

—Hace un minuto dijiste que no sabías.

—Ahora estoy adivinando.

—Excelente —dije—. Ya tenemos metodología.

Su mamá se rio.

—Pregúntenle a él. Tal vez lo recuerde.

Volvió a guardar la foto.

Seguí pasando páginas.

Don Santiago niño.

Don Santiago adolescente.

Primos.

Tíos.

Más niños con anteojos.

Otros sin anteojos.

Después de un rato había dejado de saber cómo era Lucas.

Pasamos algunas páginas y reconocí a una persona. Era la mujer del jardín. Aparecía junto al hombre de bigote que la mamá de Bea había identificado como su bisabuelo.

—¿Quién es ella?

—Mi bisabuela. La abuela de mi papá.

Volví a mirarla.

Así que por lo menos una parte ya tenía respuesta.

—Espera —dijo de pronto la mamá de Bea.

Se levantó.

Bea inmediatamente se puso tensa.

—¿Qué?

—Tengo otro álbum.

—Mamá.

—Ese es más nuevo.

—No.

—Todavía no hice nada.

—Pero sé lo que vas a hacer.

Su mamá desapareció riéndose.

La miré.

—¿Qué está pasando?

—Nada.

—Esa cara no es nada.

—Cállate.

Regresó con un álbum más pequeño.

Las fotografías ya eran a colores.

Bea tendría cuatro o cinco años en las primeras.

Cumpleaños.

Playa.

Bicicleta.

Una actuación del colegio.

—Qué tierna —dije.

—Gracias.

—Todavía no me estaba burlando.

—Por eso te agradecí rápido.

Su mamá siguió avanzando.

—Esta.

Bea intentó cerrar el álbum. Demasiado tarde.

Tendría ocho años, quizá nueve.

Estaba parada junto a un camino de tierra cubierta de barro desde las rodillas hasta casi el pecho. Una pierna estaba peor que la otra. Las manos también.

Tenía el cabello pegado a un lado de la cara y una expresión que indicaba que la fotografía había sido tomada contra su voluntad.

Me quedé mirándola.

—No.

—No he dicho nada.

—Lo estás pensando.

Su mamá empezó a reírse.

—Habíamos salido a caminar con su papá. Le dijimos que no se fuera por un costado del camino porque estaba mojado.

—No parecía mojado.

—Estaba mojado.

—Después sí.

—¿Se cayó? —pregunté.

—Entera.

Volví a mirar la foto.

Era extraordinaria.

—¿Y usted le tomó una fotografía?

—Claro.

—Mamá.

—Tenía que quedar constancia.

Asentí.

—Completamente de acuerdo.

Bea me señaló.

—Ni una palabra.

Miré la foto.

Después a ella.

Otra vez la foto.

—Beatriz...

—No.

Y tuve un momento de inspiración.

—Embarratriz.

Su mamá soltó una carcajada.

Bea cerró los ojos.

—Te odio.

—No podrías.

—Claro que sí, por menos he dejado de hablarle a otras personas.

—No exageres, Embarratriz.

Intentó quitarme el álbum.

Lo aparté.

—Dámelo.

—Estoy examinando un documento histórico.

—Dámelo.

—Hay que preservar la memoria familiar.

—Voy a preservar tu cabeza dentro del álbum.

Conseguí sacar la cabeza con las justas.

Su mamá seguía riéndose.

—Creo que tengo otra copia.

Bea se quedó quieta.

—¿Qué?

La miré.

—¿Podría darme una?

—Mamá, si haces eso me voy de la casa.

—¿A dónde?

Bea lo pensó.

—Con mi abuelo.

—Dile que prepare el cuarto.

Pasó rápidamente varias páginas.

—Se acabó —dijo Bea.

Su mamá extendió la mano.

—Todavía falta una.

—No falta ninguna.

—La de karate.

Bea palideció.

Yo me incorporé.

—¿Karate?

—No.

—Definitivamente karate.

Su mamá consiguió recuperar el álbum.

Pasó dos páginas.

Y ahí estaba.

Bea tendría más o menos la misma edad. Estaba descalza en lo que parecía un gimnasio.

Con el pantalón blanco del gi.

La chaqueta, en cambio, estaba puesta completamente al revés y el cinturón blanco como mordaza.

La abertura quedaba hacia la espalda y la parte delantera parecía cerrada hasta el cuello.

Me quedé mirándola.

—¿Qué hiciste?

—Tenía ocho años.

—Eso no responde.

Su mamá estaba disfrutando demasiado.

—Era su primera clase.

—Mamá.

—Se vistió sola.

—Nadie me explicó.

—Saliste del vestuario así.

Miré nuevamente la fotografía. Parecía una camisa de fuerza.

—Solo faltaba amarrarte las mangas por detrás.

Bea me miró lentamente.

—No.

—Hannibal.

—No.

—Solo faltaba que apareciera Clarice y...

—Termina esa frase y te golpeo.

Su mamá volvió a reírse.

—Tuve que ayudarla a ponérselo bien.

—¿Y antes le tomó la foto?

—Naturalmente.

Miré a su mamá con admiración.

—Usted piensa en el futuro.

—Siempre.

—Por eso existen los álbumes.

—Exactamente.

Bea nos miró a ambos.

—He cometido un error enorme juntándolos.

El timbre sonó.

Dos veces.

La mamá de Bea levantó la cabeza.

—Mi papá.

—¿Cómo sabes?

Se oyó una llave en la puerta.