Capítulo XIX
En la entrada del cine descubrí dos cosas. La primera: Bea había comprado entradas para una comedia romántica.
La segunda: en la sala de al lado acababan de estrenar una película de acción que llevaba semanas esperando.
Me quedé mirando el afiche.
Bea también lo miró. Después me miró a mí.
—Quieres ver esa.
—No.
—Sí quieres.
—Un poco.
—Podemos cambiar las entradas.
La miré.
Estábamos solos, sin padres, sin hermanas, sin don Santiago.
—No es necesario.
Sonrió.
—Ni is nicisirii.
Compré las canchitas y las gaseosas.
Mi padre estaría orgulloso.
La película no estuvo mal. Creo.
Cuando salimos ya era de noche.
Bea caminaba a mi lado comiendo las últimas canchitas que habían sobrevivido.
—¿Te gustó?
—Sí.
—Mentiroso.
—Es que algo no encajaba. ¿Cómo es que la chica no podía decidirse por uno de los dos muchachos si claramente estaba enamorada de uno y el otro era casi una imposición de su padre?
—Es que no eres mujer.
—Is qui ni iris mijir.
Fin de la discusión.
Seguimos caminando hacia el estacionamiento.
—¿Qué estaban mirando tú y mi abuelo? —preguntó.
—¿Cuándo?
—Hoy. Cuando nos íbamos de tu casa.
No respondí.
—Los dos se quedaron parados mirando hacia la misma ventana.
—Ah.
—Y los dos pusieron una cara rarísima.
—Yo no pongo caras rarísimas.
Bea abrió mucho los ojos y dejó la boca ligeramente abierta.
—Más o menos así.
—Yo no hago eso.
—Sí haces.
—Tu imitación es pésima.
—¿Qué estaban mirando?
Llegamos al auto.
Bea abrió la puerta, pero no subió.
Esperó.
Podía decirle que nada.
—A un niño jugando al avión con su papá.
Dejó de jugar con las llaves.
—¿Qué niño?
—Lucas.
Frunció el ceño.
—¿Qué?
Buena pregunta.
—¿Y cómo sabes que se llama Lucas?
—No sé.
—Pero acabas de decir su nombre. Entonces sabes quién es.
—No exactamente.
—Y el señor, ¿cómo sabes que es su papá?
Pensaba darle la misma explicación que mi madre.
—No lo sé. Lo intuí.
Me miró durante unos segundos.
—Súbete.
—¿A dónde vamos?
—A ningún lado. Pero esto va a tomar tiempo.
Nos sentamos dentro del auto.
Bea no encendió el motor.
—Empieza.
Miré hacia adelante.
No tenía idea de cómo empezar.
—La primera vez que vi a Lucas estaba jugando con una señora muerta.
Bea me miró.
—¿Qué?
Excelente comienzo.
—Te dije que era complicado.
—¿Cómo sabes que estaba muerta?
—Tampoco lo sé.
—Acabas de decir que estaba muerta.
—Aún no sé si sé lo que sé. Ni siquiera sé qué fue lo que vi.
—Eso ayuda muchísimo.
—Gracias.
Le conté lo esencial.
Lucas corriendo por el jardín, la mujer detrás de él, aquella luz que no correspondía con la hora, la forma en que ella había levantado la mirada hacia mí.
Bea dejó de comer.
—¿Ella te vio?
—Sí.
—¿Y el niño?
—No. No sé.
Se quedó pensando.
—¿Y por qué Lucas?
—Ese es otro problema.
—¿Te dijo su nombre?
—No.
—¿La señora?
—Tampoco.
—Entonces, ¿quién?
—Nadie. Es como un acto reflejo.
Bea me observó durante unos segundos.
—Puedo pedirle a mi papá que te revise en su consultorio.
—Todavía no termino.
—Eso me preocupa.
Le conté del cuaderno que encontré en el cuarto de juegos y de las anotaciones sobre un niño llamado Lucas. Después le expliqué que lo había vuelto a ver.
—¿Otra vez igual?
—No. Más grande.
—¿Cuánto más grande?
—Un par de años.
—¿Y estás seguro de que era el mismo?
—Sí.
—¿Cómo?
—No sé. Lo reconocí.
—Gran método científico.
—Estoy haciendo lo que puedo.
Entonces llegué a Sofi.
—Ella también lo ha visto.
Bea dejó de sonreír.
—¿Sofi?
—Varias veces. Y lo ha dibujado. A distintas edades.
—¿Sabe que se llama Lucas?
—No. Nunca se lo dije.
Eso la hizo guardar silencio.
—¿Y nunca te contó nada?
—Es Sofi.
Bea asintió.
—¿Le ha hablado?
—No. Cree que una vez él la miró.
—¿Y qué hizo ella?
—Siguió dibujando.
Se rio.
—Sí. Definitivamente es Sofi.
—Además, en los dibujos con Lucas, ella dibuja el cielo naranja.
La sonrisa desapareció otra vez.
—¿Naranja?
—Sí.
Hice una pausa.
Llegué a mi mamá.
—Y mi mamá vio algo parecido.
—¿Tu mamá también vio a Lucas?
—No. Vio el Volkswagen de tu abuelo frente a nuestra casa. Antes de que terminara la restauración.
—Puede haber otro Volkswagen amarillo.
—Sí.
—¿Y qué crees que está pasando?
—No sé.
Por primera vez, decirlo en voz alta no me molestó.
Era la verdad.
Bea hizo girar las llaves entre los dedos.
—¿Y hoy?
—Hoy estaba Lucas otra vez.
—¿Solo?
—Con un hombre. Parecía su padre.
—¿Y mi abuelo?
La miré.
—Creo que también los vio.
—¿Te lo dijo?
—No.
—Entonces, ¿cómo sabes?
—Porque él se detuvo primero.
Bea dejó de jugar con las llaves.
—¿Mi abuelo?
—Yo ni siquiera estaba mirando hacia la casa. Él sí. Se quedó quieto frente al cuarto de juegos. Yo seguí su mirada.
—Y ahí estaba Lucas.
—Sí.
Bea miró hacia el parabrisas.
Esta vez el silencio duró más.
—¿Por qué nunca me contaste nada de esto?
—Porque suena exactamente como está sonando ahora.
Me miró.
—Como que necesitas una cita para que mi papá te revise.
—Exacto.
Sonrió apenas.
—Yo nunca he visto nada en tu casa.
—Ya sé.
—Y he estado ahí varias veces. Nunca vi niños apareciendo por las ventanas.
—Felicitaciones.
Me dio un pequeño golpe en el brazo y volvió a quedarse en silencio.
—Mi abuelo pasó mucho tiempo en esa casa cuando era niño —dijo finalmente.
La miré.
—¿Cuánto es mucho?
—Creo que prácticamente vivía ahí por temporadas. Con sus abuelos.
No dije nada.
—Mi mamá dice que él estaba obsesionado con esa casa. Incluso después de que sus abuelos murieron, siempre encontraba una razón para volver.
—¿Qué razones?
—No sé. Arreglar algo, guardar cosas, buscar otras.
—Pero la casa parecía abandonada.
—Después de que falleció la abuela, dejó de ir.
—¿Alguna vez te habló de Lucas?
—Nunca.
Eso me decepcionó más de lo que esperaba.
—Te dije que no sabía nada.
—Tenía esperanza.
—Mala idea.
Nos quedamos callados.
Bea empezó a hacer girar las llaves alrededor de un dedo.
—Necesitamos más información.
—¿Y qué quieres hacer?
—Averiguar quién es Lucas.
—Pensé que ya estabas haciendo eso.
—No con mucho éxito.
—Excelente. ¿Dónde consigo más?
Me miró.
—¿Confías en mí?
—A veces.
—¿Qué? Olvídalo.
—No, no.
—Ok, mi mamá tiene álbumes viejos. Muchos.
—¿De don Santiago?
—De toda la familia.
Me incorporé.
—¿De cuando era niño?
—Supongo.
—¿Y recién me lo dices?
—Hasta hace cinco minutos no sabía que veías gente que aparece y desaparece.
—¿Cuándo?
—Algún día de esta semana.
—¿Mañana?
Se rio.
—Algún día de esta semana.
—Bien.
—Y no vas a entrar a mi casa a interrogar a mi mamá.
—No pensaba hacerlo.
Me miró.
—Ahora sí estás mintiendo.
Sonreí.
Encendió el auto.
—¿Sabes qué es lo que más me preocupa?
—¿Que todo esto sea cierto?
—No.
—¿Entonces?
—Que el auto de mi mamá se está impregnando con tu perfume. Necesito abrir una ventana.
—Nicisiti abrir ini vintini.
Por primera vez desde que encontramos aquella habitación, me sentía aliviado.
No sabía si eso era bueno.
Se sentía bien compartirlo con alguien más.