La Casa de Lucas Capítulo XVIII
70%

Capítulo XVIII

Después de ducharme, me miré en el espejo. Giré la cabeza hacia un lado. Después hacia el otro. Buscaba algún indicio de barba. Nada.

Mi padre me había enseñado a afeitarme. Al principio pensé que era opcional. Después me confirmó que era obligatorio.

Decía que lo único más ridículo que un muchacho dejándose crecer tres pelos y llamándolos barba era pretender lucirlos.

Entonces golpearon la puerta.

—Ya voy.

Otra vez.

—Dije que ya voy.

Otra vez.

Abrí todavía envuelto en la toalla.

Mamá estaba frente a mí cargando una torta de cumpleaños. Mis hermanas, un regalo cada una. Mi padre aprovechó mi desconcierto para tomarme una foto.

—Esa va para el álbum de foto-chantajes.

—Papá.

—Sonríe.

Corrí a mi habitación a ponerme ropa.

Cerré la puerta.

—¡Oye!

En el desayuno abrí mis regalos.

Keti me regaló una gorra.

—Para el tenis —me dijo.

Sofi me regaló un cuaderno nuevo.

—Para que anotes el marcador de los juegos.

Mi madre me regaló una camiseta y unos jeans. Mi padre tenía a su lado una caja muy pequeña y aunque tenía curiosidad, me contuve. Me la entregó al final del desayuno.

Rompí el papel de regalo.

La caja tenía el logo inconfundible de una marca de autos.

Me emocioné.

Mi primer auto.

Pensé que eso solo pasaba en las películas.

Abrí la caja.

Un llavero.

Con varias llaves.

—Tu propio juego de llaves de la casa. Úsalas con responsabilidad.

Efectivamente, eso solo pasaba en las películas.

—Gracias, pa.

Mis hermanas se rieron.

Mi padre también.

Después se levantó, fue a la cocina y volvió cargando un estuche y lo puso frente a mí.

Era una guitarra. Mi primera guitarra.

—Gracias, pa.

—Y mamá.

—Gracias, ma.

No tenía idea de cómo tocarla, pero ahí estaba.

Pasado el mediodía estaba en el jardín recibiendo clases de parrilla. Mi padre me daba instrucciones para encender el carbón.

—Primero arma el castillo.

Acomodé los carbones.

—Ese úsalo en la base.

—Sí, pa.

—Ese resérvalo para cubrir.

—Sí, pa.

—Ahora échale aire.

Soplé.

—No tanto.

—Sí, pa.

Mis hermanas estaban en el columpio.

Mamá preparaba una ensalada.

Yo seguía en el último escalón de la jerarquía de los parrilleros, pero llevaba el delantal con orgullo.

Cuando el carbón estuvo listo, pusimos la carne y los chorizos.

Al rato llegaron don Santiago, Bea y sus padres.

El papá de Bea traía una botella de vino.

—Para el maestro parrillero —dijo, entregándosela a mi padre.

La mamá de Bea le hizo una seña con los ojos.

—Para el papá del maestro parrillero.

Don Santiago me entregó un paquete largo. Era una raqueta de tenis. Muy ligera.

—Gracias, don Santiago.

—Úsala bien.

—Haré lo posible.

Bea esperaba a un lado con otro paquete.

—Te traje algo.

Era plano.

—No tenías que comprarme nada.

—Ya sé.

Lo abrí.

Hotel California .

La miré.

—¿En serio?

—No es un regalo. Es educación musical.

Sonreí.

—Pensé que ya estaba educado.

—Pensabas mal.

—Uhhhhhh.

Mis hermanas. Inoportunas por vocación.

El almuerzo se prolongó mucho más de lo previsto.

Mis padres abrieron vino. Los padres de Bea también. Grave error. Al poco rato empezaron a intercambiar información confidencial.

Cuándo empezamos a caminar.

Cuándo nos salieron los dientes.

Vacunas.

Enfermedades.

Cuánto duró el parto.

Mi padre contó que, cada vez que me quitaban el pañal, yo aprovechaba para salir corriendo desnudo por la casa.

Consideré seriamente el orfanato.

El padre de Bea respondió contando que ella se dormía chupándose el pulgar, en posiciones imposibles hasta para un maestro de yoga y que tenía fotos para probarlo.

Bea dejó de sonreír. Seguro que también consideró acompañarme en el orfanato.

Nos miramos.

Suficiente humillación.

Había llegado el momento de retirarnos.

Primero fuimos a la fuente y le enseñé el angelito.

Nos reímos mucho.

Después fuimos hacia el columpio.

Solo había espacio para uno.

Bea se sentó.

Yo empecé a empujarla suavemente.

No porque ella supiera hacerlo sola.

Simplemente lo hice.

Al rato se acercó don Santiago con una caja pequeña.

—Esto es de parte de los dos.

Miré a Bea.

Ella sonrió.

Abrí la caja.

Reconocí el símbolo inmediatamente.

Dos letras D entrelazadas.

—¿Daredevil?

—No exactamente —dijo Bea.

Señaló las letras.

—Doble Drive.

La miré.

—Muy graciosa.

—A mí me gustó.

A don Santiago también, por lo visto.

Nos reímos.

Después cantaron.

Partimos la torta.

Cuando empezó a caer la tarde llegó la hora de despedirse. Mi padre me pidió que acompañara a la comitiva hasta la puerta.

Nuestros padres iban adelante, todavía riéndose de alguna historia que probablemente nos habría avergonzado a Bea o a mí. Nosotros caminábamos detrás.

Bea a un lado.

Don Santiago al otro.

Entonces él se detuvo y miró hacia el cuarto de juegos.

Seguí su mirada.

Hacia el cuarto de juegos.

Y lo vi.

Lucas.

Tendría cinco o seis años.

Un hombre con barba estaba con él.

Parecía su padre.

Lo levantó y lo sentó sobre sus hombros.

Lucas se agarró de su cabeza y luego abrió los brazos como si fuera un avión.

El hombre empezó a girar por la habitación.

Los dos reían.

La misma luz.

Cálida.

Imposible.

Miré a don Santiago.

Él seguía observando.

No tuve que preguntarle si lo veía.

Estaba seguro.

Bea rompió el silencio y se acercó a mi oído.

—¿Te veo más tarde? Tengo entradas para el cine.

La miré.

—Sí, claro.

Volví la vista hacia el cuarto.

Ya no había nadie.

Después de pedir permiso para ir al cine y aguantar los uhhhhh de mis hermanas, me duché.

Dos veces.

Seguía oliendo a carbón y carne.

Necesitaba otra solución.

Decidí asaltar el baño de mis padres.

Encontré un perfume.

Probé un poco y me gustó.

Me eché un poco más.

Después otro poco.

Fui a cambiarme.

Mi padre entró a mi habitación.

Se detuvo.

—Huele a mi perfume.

—Sí, pa. Me eché un poco.

—Es intoxicante.

—Sí.

—No era un halago.

Me tendió unos billetes.

—Toma.

—Gracias, pa.

—Si Bea está invitando al cine, tú pagas los snacks.

—¿Y si fuera al revés?

—También.

Guardé los billetes.

—Entonces siempre pago yo.

—Vas entendiendo.

Escuché una bocina afuera.

Apenas alcancé a despedirme.

Casi me rompo la nuca bajando las escaleras.

Bea me esperaba en el auto.

Subí.

Me miró.

Después frunció la nariz.

—Hueles a mi papá.

—De hecho…

—No me gusta.

—Es que…

Sonrió.

—Mentira. Es broma.