Capítulo XVII
Seguía conversando con Bea en el jardín cuando vimos que nuestros padres daban inicio al protocolo de despedidas. Abrazos. Más risas. Promesas de volver a verse.
Y, naturalmente, nuevas despedidas después de haberse despedido.
Me acerqué a don Santiago para despedirme también.
—Gracias, muchacho. Aprecio mucho que hayan hecho todo esto por mí.
—Con todo gusto.
—Mañana, si no interrumpo nada importante, ¿podrías ser mi chofer? Se lo pedí a Bea, pero estará ocupada.
—Solo si puedo manejar el BMW.
—Si tuviera pensado utilizar el BMW, no te lo pediría —dijo, frotándose el hombro.
Valía la pena intentarlo.
Mi padre subió al auto. Tras él, mis hermanas.
Mi mamá me guiñó el ojo y también se subió.
Bea se dio cuenta.
Muy sutil, mamá —pensé.
Decidimos caminar. La noche estaba fresca. Los grillos cantaban por todos lados. Caminamos un rato sin hablar. Entonces hizo su aparición mi bocota.
Tenía que preguntar.
—Sobre la celebración... ¿qué quisiste decir hace un rato?
—Nada.
—¿Cómo que nada?
Bea siguió caminando.
—Mi abuela falleció hace algunos años.
Esperé.
—Después de eso, mi abuelo cambió mucho. Se alejó de todos. Dejó de ir a reuniones familiares, de organizar las cenas de Navidad. Se acabaron los viajes...
Miró hacia adelante.
—Se refugió en el trabajo.
—Es parte del duelo.
Negó con la cabeza.
—No. Era culpa.
—¿Culpa de qué?
Tardó unos segundos en responder.
—Esa tarde estaba trabajando. Mi abuela lo llamó para decirle que no se sentía bien, que sentía el brazo entumecido. Él pidió una ambulancia y salió de inmediato hacia la casa.
—¿Y?
—Había mucho tráfico.
Bajó la mirada.
—Intentó llegar como fuera. Se metió por donde pudo. Chocó un auto tratando de pasar. Después otro.
La miré.
—¿En serio?
—Sí. Creo que fueron tres.
—¿Y siguió manejando?
—Sí.
Guardó silencio un momento.
—¿El Volkswagen?
—Sí.
El mismo Volkswagen que acababan de restaurar. El que había pertenecido a su abuela.
Bea siguió caminando y tuve que alcanzarla.
—Llegó con el auto golpeado por todos lados —continuó—, pero llegó tarde.
Su voz cambió ligeramente.
—Cuando entró, los paramédicos ya estaban ahí. Le dijeron que no había nada que hacer.
—¿Qué le pasó?
—Un infarto.
Seguimos caminando.
—Eso lo destrozó —dijo—. Durante años repetía que, si hubiera estado en casa, ella todavía estaría aquí.
—Pero no fue su culpa.
—Lo sé.
—Además llamó una ambulancia. Salió inmediatamente. Hizo todo lo que podía hacer.
—Lo sé.
Pero no parecía que aquello importara demasiado.
—Desde entonces, no quiso volver a manejar el Volkswagen. Lo guardó.
—¿Así, golpeado?
—Sí.
—¿Por cuánto tiempo?
—Años.
Creí entender una parte.
—Recién lo restauró —dije yo.
Bea se encogió de hombros.
—Nunca supe cuándo lo llevó. Un día simplemente apareció por la casa y estaba como nuevo.
Pensé en el auto: la pintura amarilla impecable, el motor original y aquella nota tenue de jazmín.
—Era de su abuela, ¿no?
—Sí. Por eso nunca quiso venderlo.
Un auto que había pertenecido a su abuela, que lo había llevado en aquella carrera desesperada hacia su esposa y que pasó años guardado con los golpes de esa tarde.
No dije nada.
Bea tampoco.
Caminamos unos metros más.
—Por eso dejaron de celebrar aquí —dije.
—Creo que sí. Mi abuelo casi no invitaba a nadie. Trabajaba, se ocupaba de los perros... pero ya no era como antes.
—Y de los pájaros.
Miró hacia atrás.
Desde allí todavía se alcanzaban a ver algunas luces de la casa.
—Hoy se parecía un poco al de antes.
Recordé a don Santiago riéndose con mis padres y los de Bea.
—Parecía contento.
—Lo estaba.
Bea apartó la mirada.
Por un momento dudé.
Después la abracé.
No dijo nada.
Solo apoyó la cabeza contra mí.
Y lloró.
Tampoco dije nada.
Por una vez, mi bocota supo cuándo quedarse cerrada.
Cuando se calmó, seguimos caminando.
Esta vez, más cerca.
Por la mañana, fui a ver a don Santiago.
Me invitó a pasar y pidió que lo esperara en el comedor.
—Subiré por unas cosas, si quieres come algo.
Me senté y cogí una manzana.
La señora vino a recoger los platos y entonces noté un detalle. La mesa tenía espacio para ocho personas. Solo había siete sillas. Faltaba la de la cabecera opuesta.
—Falta una silla —dije.
—El señor mandó retirarla.
—¿Estaba malograda?
—No lo dejaba ver —dijo, señalando la pared.
Había varias fotografías. En la más grande, don Santiago, muy joven y vestido de traje, cortaba una torta de la mano de una mujer vestida de blanco. Su esposa.
Ya no pregunté nada.
—¿Vamos?
—Vamos.
Fuimos a la cochera.
La camioneta estaba encendida.
Después de unos minutos entendí por qué don Santiago prefería no manejar: la palanca de cambios era dura y obligaba a mover el hombro más de la cuenta.
—Dobla a la derecha.
Seguimos hacia el club.
—Vamos hacia la parte alta.
El club era enorme. Las canchas de tenis ocupaban apenas una parte: había restaurantes, piscinas, canchas de fútbol, caballerizas y, en la zona alta, un bosque.
Subimos hacia el bosque.
Don Santiago abrió la parte posterior de la camioneta y retiró una manta.
Debajo estaba la jaula de los pájaros que revoloteaban inquietos.
Ellos no sabían qué pasaba; yo, tampoco.
Caminamos varios minutos por un sendero poco transitado.
—Aquí —dijo don Santiago.
Para mí era un lugar tan bueno como cualquier otro.
—Vamos a liberarlos.
Abrió la jaula de los pájaros.
—¿Por qué?
—Porque ya cumplieron su condena.
—¿Qué hicieron?
—Ensuciar la pintura del auto.
Se rio.
Después de un segundo, me reí con él.
Los pájaros se negaban a salir.
Don Santiago abrió por completo la puerta de la jaula. Como ninguno parecía dispuesto a salir, los fue acercando con cuidado a la abertura.
Uno de ellos extendió las alas y voló hasta una rama cercana.
Otro lo siguió.
Después los demás.
Esperamos.
Al rato regresaron y se posaron sobre la jaula.
Don Santiago sonrió.
—Parece que todavía no se han enterado.
—¿De qué?
—De que son libres.
Eran libres.
Les dimos espacio y esperamos un poco.
Luego un poco más.
—Eran de mi esposa —dijo don Santiago—. Son de la zona. Un día se los quitamos a unos tipos que los habían capturado para venderlos. Estaban maltrechos por las trampas y decidimos cuidarlos hasta que se recuperaran.
—Alegran la casa.
—Hace bastante que están bien.
—Entonces, ¿por qué siguieron en la casa?
Tardó en responder.
—Porque yo no estaba listo.
Después de un rato ya no logramos verlos entre los árboles. Pero seguíamos escuchando su canto.
Regresamos en silencio.
Esa noche, durante la cena, les conté a mis padres que habíamos liberado a los pájaros.
No sé por qué pregunté:
—¿Qué harían si alguno enviudara?
Mamá respondió primero.
—Vestiría de negro durante un año completo.
Papá lo pensó.
—Yo los dejaría libres a ustedes.
Le cayó un manotazo de mi madre.