La Casa de Lucas Capítulo XVI
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Capítulo XVI

El segundo día de descanso sonó el teléfono.

Keti gritando desde el primer piso.

—Doble drive.

El apodo ahora se estaba haciendo cotidiano.

—Te llama Bea, uhhhhhh.

Bajé lo más rápido que pude.

—¿Aló?

—¿Qué haces?

—Descansando.

—¿Todavía?

—Coqui fue bastante específico.

—Perfecto. Vamos al club.

Miré el reloj.

—No quiero jugar.

—Yo tampoco dije que fuéramos a jugar.

Eso debió advertirme.

—¿Entonces?

—Paso por ti en veinte minutos.

—Bea...

Colgó.

Cuarenta minutos después escuché una bocina afuera.

Me asomé por la ventana. Era ella, manejando el auto de su mamá.

Legalmente. Casi.

—Mamá, voy al club —avisé mientras corría hacia la puerta.

Mamá levantó la mirada.

—¿Con quién?

—Con Bea.

Keti levantó inmediatamente la cabeza desde el comedor.

—Uhhhhhh.

—Cállate.

Salí antes de que Sofi también pudiera participar.

Bea esperaba con el motor encendido.

Subí.

—Hola.

—Hola.

Todo transcurrió normalmente durante cinco minutos.

Después dobló, dobló otra vez.

—El club está para el otro lado.

—Ya sé.

—Entonces...

—Necesito comprar algo.

—¿Dónde?

—En el centro.

La miré.

—Tu permiso es casa-club-casa.

—No especifica que sea la única parada. Además, técnicamente salimos de mi casa y eventualmente iremos al club, aunque no necesariamente en el mismo día.

—¿Y qué vamos a comprar?

—Una torta.

—¿No venden tortas cerca de tu casa?

—Sí.

—¿Y cerca del club?

—También.

—¿Y entonces por qué estamos yendo al centro?

—Porque la pastelería favorita de mi abuelo está allá.

Eso cambió las cosas.

—¿Es su cumpleaños?

—Mañana.

—¿Y recién vas a comprar la torta?

—La encargué hace varios días.

—Ah.

Llegamos a la pastelería favorita de don Santiago.

La torta ya estaba lista: redonda, cubierta de chocolate y con pequeñas decoraciones de nueces.

FELIZ CUMPLEAÑOS ABUELITO.

—¿Abuelito?

—Yo la encargué.

—Se va a enterar de que es tuya inmediatamente.

—Ese es el objetivo.

Bea pagó y yo cargué la caja.

—¿Ahora sí vamos al club?

—Primero tengo que esconderla.

—¿Dónde?

—En tu casa.

Me detuve.

—¿Por qué en mi casa?

—Porque si la llevo a la mía, mi mamá va a verla.

—¿Y?

—Por la caja se dará cuenta de dónde la compré.

—Ah.

—Preguntará cómo llegué hasta aquí y después probablemente muera de una forma violenta o extraña.

—Entiendo.

Seguimos caminando.

—Me alegra saber que mi casa forma parte de tu plan de supervivencia.

—Exacto.

Volvimos al auto.

Bea condujo con una prudencia que nunca le había visto hasta que, al subir el volumen de la radio, se comió un bache.

Los dos miramos hacia atrás. La caja seguía en su sitio.

—Tuviste suerte.

—Tengo talento para manejar.

Llegamos a mi casa.

Me bajé.

Abrí la puerta trasera.

—Con cuidado, Doble Drive.

—Tengo manos excelentes.

—Eso dijiste antes de perder.

La miré.

—¿Todo el mundo decidió hablar del torneo esta semana?

—Probablemente la próxima también.

Cerró la puerta.

—Mañana paso por ella.

—Espera.

—¿Qué?

Miré la caja.

—¿Solo vas a llevarle una torta?

—Sí.

—¿Y qué van a hacer?

—Comerla.

—Eres tan sofisticada que podrías dedicarte a organizar eventos.

—Es su cumpleaños, no una boda.

—¿Va alguien más?

—Mis papás probablemente en la noche, y tú.

—¿Yo?

Pensé un momento.

—Bea, pero tu plan tiene una falla.

—¿Cuál?

—Tu mamá irá por la noche, ¿verdad?

—Sí, ese es el plan.

—Entonces se va a dar cuenta de dónde salió la torta.

—No lo hará.

—¿Cómo estás tan segura?

—Porque tú vas a esconder la caja. Yo hice desaparecer la mayonesa, tú haces desaparecer esto.

Me guiñó el ojo.

—Ok.

Acepté su plan.

—¿Tú crees que podríamos hacer algo más?

—¿Cómo qué cosa?

—No sé. Algo pequeño.

Bea entrecerró los ojos.

—¿Qué estás pensando?

—Todavía nada.

—Esa cara no es de nada.

—Nos vemos mañana.

—No hagas nada raro.

—Define raro.

—Eso me preocupa más.

Se fue.

Entré a la casa con la torta. Había sobrevivido al centro, al tráfico y al manejo de Bea.

Solo tenía que llevarla hasta la refrigeradora.

Al entrar a la cocina, tropecé.

La caja se inclinó. Intenté corregirla y la corregí demasiado.

Escuché un sonido suave dentro. No uno bueno.

Abrí la caja.

La mitad de la torta seguía perfecta. La otra había decidido convertirse en otra cosa.

La cobertura estaba pegada a un costado y el mensaje ahora decía:

FELIZ CUMPLEA...

Cerré los ojos.

—Perfecto.

—¿Qué hiciste?

Keti estaba detrás de mí.

—Nada.

Miró la caja.

—Eso no parece nada.

—Tuve un pequeño incidente.

—¿La tiraste?

—No. Estaba pensando, me tropecé. Tú sabes, combinación de factores.

Se acercó.

—¿Puedes arreglarla? —pregunté con la misma cara de cordero degollado que usa Sofi cuando quiere pedirle algo a mi padre.

—No.

—Por favor, es para don Santiago.

Eso la hizo dudar.

—¿Su cumpleaños?

—Mañana.

Volvió a mirar el desastre.

—Necesitaría crema, chocolate y nueces.

—Compramos.

—Aquí tengo una manga, aunque la boquilla no es exactamente igual.

Sonrió.

No me gustó.

—Y tú serás mi ayudante, harás exactamente lo que yo diga.

Eso me gustó todavía menos.

—De acuerdo.

—Sin discutir.

—Eso depende.

Cerró la caja.

—Entonces dile a Bea que compre otra.

—Ok, ya entendí, sin discutir.

—Así me gusta.

Durante la siguiente hora descubrí que Keti podía dar órdenes con una eficiencia cuidadosamente oculta hasta entonces.

—Espátula.

Se la di.

—Esa no.

—Hay demasiados chocolates.

—Por eso tú no cocinas.

—Yo cocino.

—Tú calientas cosas.

Decidí no discutir mientras la torta y mi existencia siguieran dependiendo de ella.

Keti retiró la cobertura dañada, emparejó los bordes y preparó una nueva crema. Yo alcanzaba cosas.

Sentí que involucionaba: de Homo sapiens a Homo habilis .

—Nueces.

—Picadas.

Busqué un cuchillo.

—No, ese es para carne. Coge uno de postre. Y no las cortes tan pequeñas.

—Todavía no las corto.

—Te estoy avisando.

Keti trabajaba en silencio.

De pronto se detuvo.

Levantó la cabeza.

—Otra vez.

—¿Qué?

No respondió.

Olió el aire.

Yo hice lo mismo con mi olfato de Australopithecus .

Chocolate.

Vainilla.

Algo de mantequilla.

—¿Qué?

—Ese olor.

—¿Cuál?

Volvió a respirar.

—Jazmín.

Dejé de cortar.

—¿Jazmín?

—Sí.

Olí otra vez.

No percibí nada.

—Yo no huelo nada.

—Ya se fue.

Miré hacia la ventana.

Estaba cerrada.

—¿Mamá compró flores?

—No.

Keti volvió a trabajar.

—A veces pasa.

—¿Qué cosa?

—Eso.

—¿Hueles jazmín?

—No siempre jazmín.

—¿Entonces?

Se encogió de hombros.

—Olores.

—Noticia de último minuto «Detecta olores en la cocina»

—Ja, ja. Una vez estaba haciendo un queque y olía a carne.

—Tienes que bañarte de vez en cuando.

Me miró.

—¿Quieres tu torta o no?

—Continúa.

—Otra vez mamá estaba haciendo frejoles y olía como a canela.

—¿Desde cuándo?

—No sé.

—¿Desde que vivimos aquí?

Pensó.

—Creo.

Me quedé mirando la mesa.

—El Volkswagen olía un poquito a jazmín.

—¿Qué? —preguntó Keti.

—Nada.

Volvió a la torta.

Yo también.

Pero durante un rato dejé de escuchar sus instrucciones.

Jazmín.

—Te dije nueces.

—Ya voy.

—Hace rato.

—Estoy pensando.

—Piensa en Bea mientras cortas.

La remedé poniendo las manos en la cintura, pero obedecí, aunque no estaba pensando en Bea.

Al final de la cirugía reconstructiva, la torta quedó casi como antes.

La decoración había cambiado un poco y también el mensaje.

Keti lo había rehecho: FELIZ CUMPLEAÑOS.

—Bea escribió también “Abuelito”.

—No es mi abuelito.

Keti giró la caja. La parte que yo había destruido quedaba prácticamente oculta.

—Eso es todo.

—Impresionante, Keti.

—Lo sé. Yo la guardaré en la refrigeradora.

Sonrió.

Yo también.

Durante la cena, le conté a mis padres sobre el cumpleaños de don Santiago y la idea de ir a saludarlo. Ellos aceptaron. Sofi preguntó si habría torta.

Keti la miró.

—Solo si él no la vuelve a tirar.

—No la tiré.

—Claro.

Faltaba asegurar que la señora de la casa también esté de acuerdo así que llamé a la casa de don Santiago esperando que conteste ella. Contestó él.

Corté.

Esperé un rato e intenté otra vez. Volvió a contestar él.

Volví a cortar.

Rogué que no tuviera identificador de llamadas.

A la tercera contestó la señora que lo ayudaba y le expliqué la idea.

Hubo un silencio.

—¿El señor Santiago sabe?

—No.

—Entonces es una sorpresa.

—Exacto.

Otro silencio.

—No le gustan mucho las sorpresas.

Eso era un problema.

—¿Le disgustan los cumpleaños?

—No.

—¿La torta?

—Le encanta.

—¿La gente?

Se rio.

—Depende de la gente.

—Somos pocos.

Le dije quiénes irían.

—Bueno —respondió—. Pero ustedes se encargan.

—Por supuesto.

—Y no me desordenan la cocina.

—Haremos el intento.

—Y los perros no comen torta.

—No puedo garantizarlo.

No tenía control real sobre ninguna de esas tres cosas. Pero el plan estaba aprobado.

Llamé a Bea.

—¿Qué hiciste?

Ni siquiera dijo hola.

—Nada raro.

—¿Qué hiciste?

—Mañana lleva a tu abuelo a dar una vuelta a las cinco.

—¿Por qué?

—Porque sí.

—¿Qué estás organizando?

—Confía en mí.

Silencio.

—Eso es exactamente lo que dice alguien antes de hacer algo que no debería.

—A las cinco.

—¿Y la torta?

—Te manda saludos.

Nos despedimos.

Al día siguiente, llegamos minutos después de las cinco.

La señora de la casa nos dejó entrar. Moka y Latte dedicaron varios minutos a impedir cualquier preparación.

Papá movió una mesa, mamá acomodó platos y vasos y Keti supervisó la torta. Yo boté la caja. Sofi había preparado un cartel.

FELIZ CUMPLEAÑOS DON SANTIAGO.

Al lado había dibujado a un hombre con un bastón.

—¿Por qué tiene bastón?

—Porque es viejito.

—Don Santiago no usa bastón.

—Pero podría.

No discutí.

El parecido tampoco era extraordinario.

Podía ser don Santiago.

O un presidente.

O un árbol.

La señora de la casa había preparado algo para comer. Papá llevó un vino; mamá, flores.

Con lo que quedaba de mi presupuesto, yo había conseguido una vela.

Tenía forma de signo de interrogación.

Sofi la miró.

—¿Por qué compraste esa?

—Porque no sé cuántos años tiene.

Papá se rio.

—Entonces es perfecta.

Cerca de las seis apareció Bea.

Sola.

—¿Dónde está tu abuelo?

—Lo dejé dando una vuelta con mis papás. Vienen en diez minutos.

Bea miró la mesa, las flores, la comida, mi familia y el cartel de Sofi.

Después me miró.

—Te dije algo pequeño.

—Esto es pequeño.

—Te dije que no hicieras nada raro.

—Entonces cancelaré el show de payasos.

—Ja, ja.

Se acercó a la torta.

Se detuvo.

Miró.

Después volvió a mirarme.

—¿Qué pasó con “Abuelito”?

—Se borró solito.

Keti apareció detrás.

—Se le cayó la torta.

Bea abrió los ojos.

—¡¿Qué?!

—Solo un poquito.

—Creo que estaba pensando en ti —dijo Keti.

Me puse rojo.

No quise mirar a Bea.

Ella volvió a observar la torta.

—Está igual.

—Casi —dijo Keti.

—¿Tú hiciste esto?

—Sí.

Bea la abrazó.

—Te adoro.

Keti me miró por encima de su hombro.

—Finalmente alguien me aprecia.

Escuchamos un auto.

—Ya llegaron —dijo Bea.

Todos se movieron. Sofi apagó una luz que nadie le había pedido apagar.

Papá la volvió a encender.

—No estamos escondiéndonos.

—Pero es una sorpresa.

—El auto está afuera.

Sofi miró por la ventana.

—Ah, verdad.

Yo la remedaba.

La puerta se abrió.

Don Santiago entró hablando con el papá de Bea.

—No entiendo por qué...

Don Santiago se detuvo al vernos.

Miró la mesa, las flores, el cartel y finalmente a Bea.

—Sorpresa —dijo ella.

Por unos segundos no respondió.

Pensé en lo que había dicho la señora de la casa: No le gustan mucho las sorpresas.

Después sonrió.

No una sonrisa educada.

Una de verdad.

—Mira tú.

Bea fue hacia él y lo abrazó.

—Feliz cumpleaños, abuelito.

—Gracias, hijita.

Nos saludó uno por uno.

Cuando llegó a mí, miró alrededor otra vez.

—¿Tú tuviste algo que ver con esto?

—Muy poco.

—¿Por eso es que ayer llamaste y colgaste varias veces?

Otra vez me puse rojo.

Sí tenía identificador de llamadas.

Don Santiago me puso una mano en el hombro.

—Gracias.

—Feliz cumpleaños.

La señora apareció desde la cocina.

—Si van a cantar, háganlo de una vez antes de que los perros se coman algo.

Moka ya estaba investigando la mesa.

Cantamos.

Don Santiago se rio mucho al ver la vela con forma de signo de interrogación.

—Eso significa que no sabe cuántos años tiene —dijo Sofi.

—Más o menos —respondió.

Cortamos la torta.

Don Santiago probó el primer pedazo.

—Está muy buena.

Keti, que todavía parecía considerar la torta una responsabilidad personal, asintió satisfecha.

—Gracias, hija, por ir a mi pastelería favorita —dijo don Santiago, mirando a la mamá de Bea.

—Un placer.

Echó una mirada a Bea.

Bea miró hacia otro lado y abrazó a Moka.

La tarde siguió sin que ocurriera nada extraordinario.

Y me gustó.

Papá conversaba con don Santiago; mamá, con los padres de Bea. Sofi perseguía a Latte y Keti había tomado control de la cocina. Bea estaba sentada conmigo en el jardín. Don Santiago reía por algo que mi papá acababa de decir.

Lo miré.

Parecía distinto.

No más joven.

Solo más ligero.

Bea también lo observaba.

—Está contento —dije.

—Sí.

—¿No celebran siempre su cumpleaños?

—Sí.

Se quedó pensando.

—Pero no así.

—¿Así cómo?

Miró alrededor.

—Con gente acá.

Esperé.

—Hace mucho que no lo hacíamos en esta casa.

—¿Por qué?

Bea bajó la mirada hacia su vaso.

—No sé. Después de...

Se detuvo.

Bea levantó la vista hacia su abuelo.

Don Santiago salió al jardín para enseñarle a Sofi cómo conseguir que Latte soltara una pelota.

Bea sonrió.

—No importa.

Esta vez no pregunté.

Al rato don Santiago se acercó a nosotros.

—¿Qué traman?

—Nada —respondimos Bea y yo al mismo tiempo.

Nos miró.

—Eso me preocupa.

Bea se rio.

—Abuelito, prueba otro pedazo de torta.

—Ya comí dos.

—Es tu cumpleaños.

—Mi estómago no lo sabe.

Don Santiago negó con la cabeza y volvió a la mesa sonriendo.

Bea esperó que se alejara.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por todo esto.

—Yo solo compliqué una torta.

—También.

—Y casi la destruí.

—Eso no lo sabía hasta hoy.

—Detalles.

Y me dio un beso en la mejilla.

Por un segundo pensé en qué color de corbata debía elegir y recordé que mi familia estaba ahí.

Miré alrededor. Salvo los perros, no había testigos.

Luego me di cuenta de que estaba equivocado. Mi madre lo había visto todo y, desde lejos, me hizo un guiño tan sutilmente exagerado que se le metió una pestaña al ojo.

Bien merecido. El beso. Bueno, la pestaña también.

La luz empezaba a bajar sobre el jardín.

Escuché a don Santiago reír.

Moka y Latte se acercaron a jugar con nosotros.

Nos quedamos ahí un rato.

Después me levanté.

—Voy por más torta.

—Pensé que ya no querías.

—Estoy descansando del tenis. Necesito recuperar calorías.

—Claro.

Entré a la cocina.

Keti estaba lavando una espátula.

—¿Queda?

—Un pedazo.

—Lo quiero.

—Es de don Santiago.

—Él ya comió dos.

—Entonces pide permiso.

Cogí un plato y me serví la torta. Cuando iba a salir, me quedé quieto.

—¿Qué? —preguntó Keti.

Respiré otra vez.

—¿Huele a jazmín?

Keti también lo hizo.

—Sí.

Muy tenue. Duró apenas unos segundos. Lo suficiente.

Miré hacia el jardín.

Don Santiago estaba sentado abriendo regalos mientras Bea le acomodaba una gorra nueva.

Todos reían.

Después el olor desapareció.

—¿Te vas a comer eso? —preguntó Keti.

Miré el plato.

—No. Es de don Santiago.

—Entonces sal de mi cocina.

Obedecí.

Por ahora, preferí hacerle caso.