La Casa de Lucas Capítulo XV
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Capítulo XV

Coqui nos dio unos días libres. Libres de verdad.

—Nada de tenis —había dicho—. Descansen. Dejen que el cuerpo se recupere.

No necesitaba repetírmelo.

Después de varios días de partidos, carreras y músculos que habían descubierto nuevas formas de doler, estaba dispuesto a obedecer.

Por primera vez desde que nos mudamos, pasé una mañana entera sin tener que ir al club, alimentar perros, reparar algo o participar en alguna actividad organizada por mis padres.

No hice absolutamente nada. Fue maravilloso.

Duró poco.

Sofi apareció en la puerta de mi habitación.

—Estoy aburrida.

Seguí echado sobre la cama.

—Anda con Keti.

—Está con la batidora, un postre supongo. ¿Jugamos algo?

—No.

—¿Por qué?

—Porque estoy descansando.

—Jugar también es descansar.

—Contigo no es descansar.

Desapareció.

Pensé que había ganado.

Cinco minutos después regresó cargando una caja llena de juegos de mesa.

La abrió en el piso. Había ludo, Monopoly, damas, Scrabble, naipes, Ponte Mosca y varios juegos que no recordaba haber visto desde hacía años.

Sofi sacó uno: Escaleras y Toboganes.

—Este.

—Tienes ocho años.

—¿Y?

Aquella respuesta empezaba a convertirse en su principal argumento para todo. Terminamos sentados en el piso de mi habitación. El juego avanzó con relativa tranquilidad durante aproximadamente siete minutos. Después ocurrió el incidente.

Sofi lanzó el dado.

Rebotó contra el tablero, giró y quedó apoyado justo entre el borde de cartón y el piso.

Arriba parecía un seis. Muy inclinado. Desde mi posición alcanzaba a verse también la cara del dos o del tres.

Hice el conteo rápido. Le convenía totalmente.

Estoy seguro de que Sofi hizo el mismo cálculo y movió inmediatamente su ficha.

—Uno, dos, tres, cuatro...

—No. Regresa.

Dejó de moverla.

—¿Qué?

—Ese dado no vale.

—Salió seis.

—Está inclinado.

—Pero es seis.

—Cuando el dado queda de lado es duda y se vuelve a lanzar.

—¿Dónde dice eso?

Buena pregunta.

—En las reglas universales de los dados.

—No existen.

—Claro que existen.

—Enséñamelas.

Miré la caja.

Después el tablero.

Después a ella.

Sofi sonrió.

Terminó de avanzar y subió por una de las escaleras más largas.

—Voy ganando.

—Estás haciendo trampa.

—Estoy usando el número que salió.

—No salió. Si está inclinado hay duda. Se lanza nuevamente.

—Es seis.

Era imposible discutir con alguien que además se estaba beneficiando directamente de su propia interpretación.

—Cambiemos de juego.

—Porque estás perdiendo.

—Porque quiero jugar algo donde las reglas no dependan de ti.

Ella escogió el Scrabble.

—Aquí no hay dados —dijo.

Armamos el tablero y repartimos las letras.

Sofi empezó.

Puso cuatro fichas cruzando el centro.

CASA.

—Muy original.

—Vivimos en una casa.

Era difícil rebatir semejante razonamiento.

Jugamos un par de turnos.

En uno de los suyos aprovechó la C de CASA y puso dos letras hacia abajo. Se leía CON.

—¿Eso vale?

—Claro que vale.

—Es una palabra de tres letras.

—Sigue siendo una palabra.

Estaba empezando a arrepentirme del cambio.

—Espera, necesitamos algo para llevar el puntaje —le dije.

Mis cajones estaban llenos de cosas que simplemente había metido ahí hasta llenarlos.

Sin clasificación. Sin orden.

Cosas que todavía no había terminado de acomodar desde la mudanza.

—¿Ya?

—Estoy buscando papel.

—Usa cualquiera.

—No encuentro.

Entonces recordé el cuaderno que había encontrado escondido entre el cojín y la madera de la mecedora. Después de intentar leerlo varias veces lo había dejado entre mis cosas. Empecé a buscarlo.

Sofi esperó pacientemente por treinta segundos y fue a su habitación por papel.

Finalmente, encontré el cuaderno debajo de unas revistas, junto a los dibujos antiguos que había sacado del escritorio.

Todavía quedaban varias hojas vacías al final. Servirían.

Al voltear, Sofi ya estaba nuevamente en la sala con un archivador bajo el brazo. Era el que usaba para guardar sus dibujos. Se sentó. El archivador se le resbaló. Cayó al piso y varias hojas sueltas se deslizaron alrededor de ella.

Me agaché a ayudarla.

Dibujos.

Un árbol.

Una casa.

Un perro.

Por lo menos creía que era un perro.

Con Sofocleta nunca podía estar completamente seguro.

Seguí recogiendo.

Entonces vi al niño.

Me quedé quieto.

Era un dibujo sencillo.

Una figura pequeña junto a la fuente del jardín.

Cabello castaño.

Dos círculos enormes alrededor de los ojos.

Anteojos.

Miré a Sofi.

Ella seguía recogiendo hojas.

—Sofi.

—¿Qué?

—¿Quién es este?

Se acercó.

—Un niño.

Excelente.

—Eso ya lo veo.

—Entonces, ¿para qué preguntas?

La miré.

Aquella familia conspiraba para darme esas respuestas.

—¿Qué niño?

Sofi se encogió de hombros.

—El de los lentes.

Sentí algo extraño en el estómago.

Busqué entre las demás hojas.

Encontré otro dibujo.

La casa.

El jardín.

Un niño columpiándose.

También llevaba anteojos.

Pero parecía mayor.

No mucho.

Tal vez seis o siete años.

Cogí otra hoja.

El mismo niño delante de la puerta del jardín.

Otra.

Un niño manejando un auto de carreras. Miré mejor. No era un auto. Era la cama.

—¿Este también es él?

Sofi miró rápidamente.

—Sí.

—¿Dónde fue eso?

Señaló el dibujo.

—Ahí.

—Ya sé que ahí. ¿Dónde lo viste?

—Aquí en tu cuarto.

—¿Cuándo dibujaste esto?

—No sé.

Magnífico.

Sherlock Holmes había renunciado a la investigación por falta de colaboración de Sofocleta Yard.

Me senté en el piso.

Sofi hizo lo mismo.

Empecé a revisar las hojas con más cuidado.

Había cuatro dibujos más.

En todos aparecía el mismo niño.

O yo pensaba que era el mismo.

Cabello castaño.

Anteojos.

Delgado.

Diferentes lugares.

Diferentes tamaños.

Diferentes edades.

Lucas, pensé.

—Sofi, necesito que hagas memoria.

—Estoy tratando.

—¿Fue hoy?

—No.

—¿Esta semana?

—Creo.

—¿Cuál viste esta semana?

Revisó los dibujos.

Señaló al más grande.

—Ese.

—¿Dónde?

—En el jardín.

Cogí el primer dibujo. El pequeño.

—¿Y este?

—No sé.

—¿Desde que llegamos?

—Sí.

La miré.

—¿Lo has visto desde que llegamos a la casa?

—Creo.

Me quedé callado.

Mi hermana llevaba semanas viendo a Lucas y había considerado que esa información era menos importante que discutir conmigo por un seis inclinado.

—¿Nunca te pareció raro?

Sofi frunció el ceño.

—¿Qué cosa?

—Que haya un niño que no conoces en la casa.

—Hay gente que viene.

Era cierto.

Durante las primeras semanas habían pasado jardineros, técnicos, obreros y personas que todavía aparecían de vez en cuando por algún arreglo pendiente.

—¿Siempre está solo?

—No.

Me enderecé.

—¿Con quién está?

Sofi empezó a acomodar las hojas.

—No sé.

—¿Una señora?

—Puede ser.

—¿Una señora mayor?

—No me acuerdo.

—Sofi.

—¿Qué?

—Esto es importante.

Dejó las hojas sobre sus piernas.

—¿Por qué?

Abrí la boca.

La cerré.

Buena pregunta.

No podía decirle que llevaba semanas viendo a un niño que probablemente había vivido allí sesenta años antes.

Podía. Pero después tendría que explicar demasiadas cosas.

—Porque es bueno saber quién entra a la casa.

—Entonces pregúntale.

—¿Le hablaste alguna vez?

—No.

—¿Él te habló?

—No.

—¿Te vio?

Pensó bastante más de lo que me habría gustado.

—Creo que una vez.

—¿Qué hizo?

—Nada.

—¿Nada?

—Me miró.

Sentí un escalofrío.

—¿Y después?

—Seguí dibujando.

Naturalmente.

Cogí nuevamente uno de los dibujos.

Había algo más.

El fondo.

El cielo sobre la casa estaba pintado de naranja.

Revisé otro.

También.

El tercero tenía manchas amarillas y rojas entre los árboles.

—¿Por qué pintaste esto así?

—¿Cómo?

—El cielo.

—Porque estaba así.

—¿Estaba atardeciendo?

—No sé.

—Entonces, ¿por qué naranja?

Sofi se encogió de hombros.

—Porque así se veía.

No dije nada.

Volví al primer dibujo.

El niño junto a la fuente. El cielo naranja.

Lucas.

Guardé silencio durante un rato.

—¿Sabes cómo se llama?

—No.

Sentí alivio. No sabía exactamente por qué.

—¿Nunca le preguntaste?

—No.

Sofi empezó a meter nuevamente las hojas dentro del archivador.

—Pensé que era un niño de por aquí.

—¿Y por qué nunca me dijiste?

—Nunca preguntaste.

Guardó la última hoja.

Después señaló el Scrabble.

—¿Jugamos o no?

Miré el tablero. Las palabras seguían exactamente donde las habíamos dejado.

—Jugamos.

Cogí el cuaderno antiguo y lo abrí por una de las últimas páginas. Sofi tomó un lápiz.

—Yo anoto —me dijo.

—Ok.

Seguimos jugando. Yo miraba mis letras. Después el archivador. Después la ventana.

Sofi, en cambio, parecía haber olvidado por completo la conversación.

Incluso empezó a tararear.

Mi hermana había visto a Lucas.

Varias veces.

A diferentes edades.

En el jardín.

En el cuarto de juegos.

En mi habitación.

Y nunca había pensado que aquello fuera lo suficientemente extraño como para contárselo a nadie.

Después de varios turnos, ya no quedaban fichas en la bolsa.

—Te toca —dijo.

Por fin algo de suerte.

Reorganicé mis fichas.

F.

U.

N.

D.

I.

D.

O.

Las siete.

Después miré el tablero.

La C de CASA.

Debajo, las dos letras que Sofi había puesto antes.

CON.

Volví a mirar mis fichas.

Sonreí.

—¿Qué?

—Nada.

Empecé a colocarlas una por una debajo de la N.

Sofi leyó la palabra completa.

—Confundido.

—Correcto.

—Eso da muchos puntos.

Conté.

Sumé los cincuenta puntos extra por haber usado las siete fichas.

—Bastantes.

Anoté el puntaje.

Sofi miró la hoja.

Después el tablero.

—Me ganaste.

—Sí.

Frunció el ceño.

—Tal vez deberías cambiar el tenis por Scrabble.

Me dolió.

Volví a mirar la palabra.

CONFUNDIDO.

Por una vez, el tablero y yo estábamos completamente de acuerdo.