La Casa de Lucas Capítulo XIV
56%

Capítulo XIV

Los días pasaron con tranquilidad hasta que llegó el torneo interclubes. Naturalmente, fuimos todos juntos al club.

Mi padre manejaba. Mi mamá iba a su lado y atrás mis hermanas habían decidido que la mejor forma de contribuir a mi concentración era discutir sobre cuál de las dos debía gritar más fuerte.

—Yo voy a decir «¡doble drive!» —anunció Sofi.

—Eso no lo ayuda —dijo Keti.

—¿Y tú qué vas a gritar?

—«¡No pierdas!».

Las miré.

—Gracias. Me siento mucho más preparado.

Mi padre se rio.

—Déjalas. Es su forma de alentarte.

—Preferiría una familia menos comprometida.

Mi mamá volteó desde adelante.

—Todavía podemos regresarte al orfanato.

—Eso explicaría muchas cosas.

Llegamos temprano.

Había gente por todas partes. Jugadores calentando, padres cargando bolsos, profesores buscando alumnos y niños caminando con raquetas que parecían más grandes que ellos.

Mi padre abrió la maletera.

Bajé mi maletín.

—¿Tienes todo?

—Sí.

—Bien. ¡A ganar!

Mis hermanas bajaron.

—¡Doble drive! —gritó Sofi.

Varias personas voltearon.

—¡Cállate, Sofocleta!

—Estoy practicando.

Excelente.

Busqué a Coqui entre las canchas pero no lo encontré. A quien sí vi fue a Bea. Estaba bastante lejos, junto a las canchas donde jugaban las chicas. Hablaba con otras dos muchachas mientras acomodaba algo dentro de su bolso.

Levantó la cabeza. Me vio. Sonrió. Yo levanté una mano. Entonces se llevó los dedos a los labios y me lanzó un beso. Un beso volado.

Exactamente igual al que don Santiago le había lanzado a ella desde la cochera.

Pero más bonito.

Me quedé mirándola.

—Uhhhhhh —escuché detrás de mí.

No necesitaba voltear para saber cuál de mis hermanas había sido.

Bea se rio desde lejos. Yo también.

Coqui apareció por detrás de una de las canchas.

—¡Doble drive! ¡Te toca en diez minutos!

Perfecto.

Ni siquiera tuve tiempo de acercarme a saludarla. Levanté nuevamente la mano. Bea señaló su raqueta y después levantó el pulgar. No sé por qué, pero en ese momento sentí que podía ganarle a cualquiera.

Fueron tres partidos en tres días.

Uno cada día.

Y ninguno tuvo la cortesía de terminar rápido.

Gané el primero.

Al salir de la cancha sentía las piernas pesadas, pero mis hermanas me recibieron como si acabara de ganar Wimbledon.

—¡Doble drive! —gritó Sofi.

—Ganaste —dijo Keti—. Sorprendente.

—Gracias.

—Yo había apostado por el otro.

—Es lo que diría una niña de orfanato.

El segundo partido lo perdí. No jugué mal. El otro simplemente jugó mejor. Eso no impidió que pasara el resto de la tarde reconstruyendo mentalmente cada punto que podría haber jugado diferente.

El tercero lo gané. Con eso terminé segundo en mi serie. No era exactamente como había imaginado el torneo. Pero seguía dentro.

A partir de ahí era eliminación simple. Si ganabas, seguías. Si perdías, a casa. Mi partido de octavos fue mejor.

Gané.

Cuando salí de la cancha, Coqui me dio una palmada en el hombro.

—Pasaste a cuartos. Bien jugado.

—Gracias, profe.

—Ahora…

—¿Descanso?

—No. Trata de llegar a semis.

—¿Contra quién juego?

Señaló hacia una cancha del fondo.

Un muchacho un poco mayor que yo terminaba su partido. Ya lo había visto jugar durante los días anteriores. No hacía nada espectacular. No cambiaba la raqueta de mano. No sacaba a doscientos kilómetros por hora. No gritaba. Simplemente ganaba.

—Él —dijo Coqui.

—Ah.

—Es bueno.

—Ya me di cuenta.

—Es el favorito.

—También me di cuenta.

Coqui sonrió.

—Entonces no tengo nada más que explicarte.

Sí tenía.

Cómo ganarle habría sido útil.

El partido fue largo.

Cuando empezó el tercer set, habíamos ganado un set cada uno. Ya me dolían cosas que no sabía que podían doler jugando tenis. Pero él también estaba cansado. Solo quería ganarle al muchacho que tenía delante.

Llegamos parejos a los últimos games. Y entonces entendí por qué todos decían que tenía más experiencia. No era que golpeara la pelota mucho mejor que yo. Era que sabía cuándo no intentar hacerlo.

Cuando yo veía una oportunidad, atacaba.

Él esperaba. Me obligaba a jugar otra. Y otra.

Tuve una oportunidad para ponerme adelante.

No la aproveché.

Él tuvo la suya. Si me ganaba ese punto, yo me iba a casa.

Estaba en aprietos.

En el último punto, luego de intercambiar algunos golpes, llegó una pelota a mi derecha que conseguí devolver esquinada, aunque pensé que ya la había perdido.

Él también llegó y la devolvió profunda hacia mi izquierda.

Finalmente vi el espacio y ataqué. La pelota pasó apenas por encima de la red.

Por un instante pensé que entraría.

¡Fuera!

Todo terminó.

El muchacho levantó la cabeza y sonrió.

Caminé hacia la red.

Nos dimos la mano.

—Gran partido —me dijo.

—Felicitaciones.

—Casi me ganas.

Sonreí.

—Casi no sirve.

Se rio.

—Nos vemos el próximo año.

—Eso espero.

Le dediqué una sonrisa diplomática para la fotografía del momento.

No quería que él notara nada.

Tampoco Coqui.

Ni mi papá.

Ni Bea.

Mucho menos mis hermanas.

Guardé mis cosas y esquivé a todos.

Caminé hacia los vestuarios.

Entré al baño.

Estaba vacío.

Me apoyé sobre el lavatorio y miré mi cara en el espejo.

Estaba rojo.

Sudado.

Cansado.

Y furioso.

Abrí el caño.

Me eché agua en la cara.

Entonces aparecieron las lágrimas.

No estaba triste. Era cólera.

Al rato, me tranquilicé. Me sequé rápidamente con la toalla, volví a lavarme la cara.

Cuando estuve seguro de que no parecía haber llorado, salí. No regresé con los demás.

Encontré una banca y me senté. Desde allí todavía podía ver los partidos.

Alguien se sentó a mi lado. Mi mamá. No dijo nada. Yo tampoco.

Pasó un rato.

—Pude ganarle.

—Lo sé.

Miré hacia las canchas.

—Entonces no me digas que jugué bien.

—No pensaba hacerlo.

La miré.

—¿No?

—Jugaste muy bien.

Suspiré.

—Mamá.

—No es lo mismo.

Volví a mirar al frente.

Mi mamá apoyó las manos sobre las piernas.

—El año pasado no podías completar un saque.

La miré inmediatamente.

—Sí podía.

—Uno de cada cuatro.

—Eso cuenta.

Sonrió.

—Es tu primer torneo interclubes —continuó—. Hace un año estabas aprendiendo a sacar. Hoy acabas de hacerle un gran partido al muchacho que todos dicen que va a ser campeón.

—Todavía no es campeón.

—Entonces quizá valga la pena verlo para que sigas aprendiendo.

Pasaron unos minutos.

—Estuve cerca —dije.

—Muchísimo.

—Hoy podía ganarle.

—Sí.

Eso era lo que necesitaba escuchar.

No que algún día podría. Hoy.

Me quedé callado.

—¿Y ahora qué? —me preguntó.

Me encogí de hombros.

—Nada. Perdí.

—Yo no pregunté qué pasó hoy. Te pregunté: ¿qué harás?

Desde las canchas llegó un aplauso.

—Seguir entrenando.

—Me parece una buena idea.

Se levantó.

Después me miró desde arriba.

—Tal vez el próximo año.

No terminó la frase. Tampoco hacía falta.

Se alejó unos pasos.

—Mamá.

Volteó.

—Gracias.

Sonrió.

—Tus hermanas están esperando para decirte que perdiste.

—Qué lindo de su parte.

—También te guardaron helado de vainilla, solo para ti.

—Hmm... no, gracias. Tú sabes, ma. Intolerancia a la lactosa.

Se rio.

Yo también.

Al día siguiente, el muchacho ganó la final.

Vi el partido desde la tribuna.

En el otro extremo estaba Bea, sentada entre sus padres y don Santiago. Había perdido su final, pero parecía contenta.

Me vio y levantó dos dedos.

Segundo lugar.

Sonreí.

Nada mal.