La Casa de Lucas Capítulo XIII
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Capítulo XIII

En las cajas, encontramos documentos de todo tipo, recibos, telegramas, cartas, manuales, garantías vencidas hacía décadas, fotografías, contratos.

Bea abrió una carpeta.

—Abuelito, ¿por qué tienes telegramas de hace mil años?

—Porque algún día pueden servir.

—¿Para qué?

Don Santiago cogió uno.

Lo miró.

—Hace años el teléfono era una rareza, pocas casas tenían uno y las llamadas eran muy caras, así que el telegrama era el medio de comunicación más utilizado.

Recuerdo eso porque en una tienda compré una tina y me indicaron que demoraba quince días en llegar.

El día 20 les envié un telegrama con la letra I.

—¿Y qué pasó? —pregunté.

—Me llamaron para decirme que no entendían mi telegrama.

—Yo tampoco —dijo Bea.

Se puso de pie imitando al vendedor.

—Señor, no entendemos su telegrama, solo hay una letra.

—¿Qué letra es?

—Una I.

—¿Qué I es?

—Una I latina.

—¿Y la tina pues, dónde está?

Nos reímos a carcajadas.

Yo sabía que era un chiste viejo, pero, personificado por don Santiago, fue realmente gracioso.

Por lo menos ahora sabía que mi padre no era el único que guardaba cosas esperando que algún día demostraran su utilidad o para contar un chiste.

—¿Qué estamos buscando exactamente? —pregunté.

—Los planos de la casa.

Levanté la cabeza.

—¿De nuestra casa?

—Sí. Debí entregárselos a tu padre con los documentos de la compraventa. Le dije que los tenía, pero después no los encontré.

—¿Son muy antiguos?

—Los originales, sí. Aunque creo que también había unos más recientes, de cuando hicieron algunas modificaciones.

Eso me interesó.

Mucho.

—¿Modificaciones?

Don Santiago siguió revisando papeles.

—Todas las casas antiguas las tienen.

Respuesta absolutamente inútil.

Continuamos buscando.

Nada.

Bea encontró fotografías.

Yo encontré más recibos.

Los planos no aparecieron.

Después de casi una hora, don Santiago cerró una de las cajas.

—Juraría que estaban aquí.

—Tal vez ya los entregaste —dijo Bea.

—No. Eso lo recordaría.

Miró las cajas.

Después a mí.

—Te llevo a tu casa y aprovecho para preguntarle a tus padres. Puede que hayan quedado en la casa.

Bea decidió quedarse.

Nos fuimos.

Entramos por la cochera. La casa parecía vacía.

—¿Mamá?

Nada.

Dejé mi mochila en la sala.

—¿Mamá?

—¡Aquí!

Venía del jardín.

Salí.

—¡Mamá!

—¡Estoy aquí!

La voz provenía de su estudio.

Fui hacia la puerta.

Intenté abrirla.

No se movió.

—¿Qué pasó?

—La puerta se cerró y ahora no abre.

—¿Y la salida por la cava?

—El estante no se mueve desde este lado. Ya lo intenté.

—¿Hace cuánto estás ahí?

—Lo suficiente para empezar a considerar romper una ventana.

Don Santiago llegó detrás de mí.

Probé nuevamente el picaporte.

Nada.

—Espérame —dije.

Entré corriendo a la casa.

Fui a la cocina.

Moví la alacena.

La puerta de la cava seguía allí.

Saqué mi navaja.

Don Santiago apareció en la cocina justo cuando empezaba a trabajar en la cerradura.

Me miró.

Después miró la navaja.

—¿Qué haces?

—Abriendo.

—Creo que así no se hace.

Intenté recordar exactamente lo que había hecho la primera vez.

Una posición.

Nada.

Otra.

Nada.

Probé nuevamente.

La cerradura no cedió.

La primera vez había sido suerte.

Mala noticia.

Desde el jardín escuché la voz de mi madre.

—¿Qué están haciendo?

—¡Jugando ajedrez! Ya vamos.

—Eso espero.

Don Santiago se agachó junto a mí.

—¿Ya habías abierto esta cerradura antes?

—Sí.

No preguntó más.

—¿Tienen herramientas?

—Sí.

Fui por el maletín de mi padre.

Don Santiago revisó la cerradura y escogió algunas herramientas.

Trabajó un momento.

Sin discursos.

Sin MacGyver.

Sin navaja suiza.

Clic.

La puerta se abrió.

Lo miré.

—¿Cómo hizo?

—Experiencia.

Odiaba las respuestas de los adultos.

Corrimos el estante de la cava y entramos al antiguo cuarto de juegos.

Mi madre estaba junto a la puerta del jardín.

—Por fin. La cerradura se trabó cuando cerré la puerta para que no entrara viento.

Don Santiago revisó el mecanismo.

—Habrá que cambiarla. Está malograda.

Mi madre miró la puerta de su estudio.

Volvió a intentar abrirla.

Nada.

El cerrojo ni se inmutó.

—En realidad, vine por otro asunto. Estoy buscando los planos de la casa. Debí entregárselos con los documentos de la compraventa.

—Hay unas cajas con cosas que encontramos aquí durante la mudanza.

—Podría ser que estén ahí.

—En ninguna encontramos documentos o planos, pero como acaba de llegar mi asistente, podemos volver a mirar.

Excelente, más trabajo. Gracias, mamá —pensé.

Salieron al jardín y siguieron conversando.

Yo me quedé recogiendo las herramientas.

Volví a colocar todo dentro del maletín.

Después acomodé el estante y regresé al cuarto de juegos.

La luz entraba por la ventana.

Mi madre caminaba con don Santiago por el jardín y le señalaba todas las cosas que habíamos hecho en la casa.

Mi mamá hablaba.

Don Santiago no.

Me estaba mirando.

Me quedé quieto.

No era extraño que mirara hacia la ventana.

Yo estaba allí.

Pero había algo en su expresión.

Como si intentara recordar algo.

Levanté la mano para saludarlo.

No reaccionó inmediatamente.

Después pareció volver en sí y levantó la suya.

Mi madre siguió hablando.

Don Santiago volvió a mirarla.

Recogí el maletín.

Salí del cuarto.

Don Santiago se despidió rápidamente.

Por la noche, mi padre volvió con mis hermanas.

En la cena, contamos lo ocurrido con la puerta desde nuestras perspectivas.

—Mi mamá gritaba: «¡Ayuda!». Casi vinieron los bomberos.

Exageraba, por supuesto.

Después de un manotazo, se me quitó lo gracioso.

Nota para después: no debo reírme de las desgracias de mi madre.