Capítulo XII
—¿Viste que cuando estás fatigado vuelves a tus malos hábitos?
—Sí, profe.
—El partido de clasificación lo ganaste porque desconcertaste al chico cambiando de mano. Luego no supo qué hacer.
—Sí, profe —dije con orgullo.
—Eso probablemente no va a pasar en el torneo.
Mi orgullo duró poco.
Nos despedimos.
Bea y yo nos dividimos el trabajo: ella recogía las pelotas de un lado de la cancha; yo, del otro. Como estaba acostumbrado, terminé rápido.
Metí ambos brazos en el balde aunque quería meterme por completo.
Al rato, Bea terminó de recoger las pelotas de su lado de la cancha.
—¿Te acompaño de regreso?
—Sí.
—Hoy viniste con este descapotable —señalé su bicicleta.
—Hiy vinisti con isti discapitibli —dijo imitándome.
Nos reímos.
Aprovechando las bajadas para descansar las piernas, llegamos a su casa pedaleando a duras penas.
—Te veo mañana —me despedí con un beso en la mejilla.
—Ok.
—¡No olvides echarle combustible! —le grité mientras me alejaba.
—¡No comas mosquitos! —me gritó.
La escuché reírse.
Yo feliz porque le di un beso.
Empecé a tararear Love Is in the Air .
Antes de ir a casa, decidí pasar por casa de don Santiago para alimentar a los perros.
Habiendo atravesado el jardín me extrañó que no me recibieran los muchachos.
Entré a la casa.
Ruido en la cocina. Alguien cocinando.
—¿Don Santiago? —pregunté.
Una voz femenina me respondió.
—Pasa.
Era la señora que ayudaba a don Santiago con la casa.
Una mujer mayor, pequeña en estatura.
Cortaba las verduras con mucha habilidad.
—Disculpe, pensé que era don Santiago.
La señora miró el reloj de la pared sin dejar de cortar las verduras.
—Su vuelo ya aterrizó, llegará en unos veinte minutos. Así que estoy preparando la comida.
—Voy a alimentar a los perros.
—No es necesario, mi hijo está bañándolos en el jardín.
—Pero…
—Yo me ocupo de la cocina y él de la limpieza, por los perros también viene todas las tardes. Don Santiago quiso asegurarse de que no se quedaran solos demasiado tiempo.
—Yo estuve viniendo por las mañanas y las noches.
—Sí, don Santiago nunca dejaría los perros de su esposa sin cuidado. También me dijo que tenías llave y que vendrías a la casa.
—Pero Moka y Latte se acercaban a comer como si no hubieran probado bocado en varios días.
—Así son.
—Estafadores.
Se rio.
—Ellos comen a la hora que vean comida en su plato.
Siguió picando sin bajar la vista.
Miré hacia el jardín posterior.
Ahí estaban Moka y Latte, mojados. Sacudiéndose el agua y tal vez sus culpas.
Reconocí al muchacho. Solo que esta vez no llevaba la mascarilla industrial.
—Don Santiago llamó hace un rato. Dijo que, en caso de que vinieras, te avisara que te invitaba a almorzar y que pidieras permiso para no preocupar a tus padres.
—Ok, ¿puedo llamar a mi casa?
Pedí permiso. Concedido.
—¿Puedo usar el baño? Quisiera asearme un poco.
—En el segundo piso hay una habitación de visitas. Es la única que tiene la puerta abierta. Puedes ducharte si así lo prefieres.
—Gracias.
Subí.
Definitivamente había un mundo mejor, pensé. Solo que debía ser más caro.
Alfombra gruesa. Luminarias discretas. Cuadros y fotografías por todas partes. Dos sillones con masajeador frente a un televisor enorme. Otra biblioteca.
Encontré la habitación y fui a ducharme. Afortunadamente tenía una muda extra en la mochila. El agua caliente salió casi de inmediato. Recordé el entrenamiento.
Temblé un poco. No había terminado de ducharme cuando escuché la reja.
Me asomé por la ventana del baño.
Era don Santiago bajando de un taxi. El chofer lo ayudaba con las maletas.
Del otro lado bajó Bea.
Bea.
Cogí una toalla y me sequé como pude.
Me puse el short.
Me lo quité.
Boxer primero.
Ahora sí el short.
Desodorante, peinada rápida.
Bajé y los alcancé en la biblioteca.
Bea me miró.
—Tienes algo en la oreja.
Me llevé la mano.
Shampoo.
Perfecto.
Esperé a que volteara y me lo limpié con el hombro de la camiseta.
Don Santiago me saludó.
—¿Todo bien?
—De maravilla.
—Gracias por cuidar de mis muchachos.
—Veo que desarrolló un sistema de postas —dije, algo decepcionado por no ser el único a cargo.
—Vamos a comer.
La comida estaba deliciosa.
Don Santiago se quitó la gorra.
Tenía una pequeña gasa cerca de la línea del cabello.
—¿Se golpeó?
—No. Me quitaron una cosa.
Bea lo miró.
—Una cosa con nombre de cáncer.
Don Santiago suspiró.
—Una cosa que ya no está.
—Porque tuviste suerte.
—Porque fui al médico.
—¿Por eso viajó tan rápido?
—Había salido el resultado de una biopsia y el cirujano tenía un espacio al día siguiente. Si no iba, tenía que esperar varias semanas.
Bea volvió a ponerle la gorra.
—Ahora solo te la quitarás para dormir y ducharte. ¿Entendido?
Don Santiago me miró.
—Mi nieta es autoritaria conmigo.
—Alguien tiene que hacerlo —dijo Bea.
—No solo con usted.
—Bien que les gusta.
La verdad, un poco.
Al terminar el almuerzo, don Santiago se levantó.
—Necesito que me ayuden con algo.
Nos llevó a la biblioteca.
Junto a uno de los estantes seguían las cajas.
Las mismas.
—Antes de viajar estuve buscando unos documentos y dejé todo patas arriba.
Miré las cajas.
Entonces no habían sido Moka y Latte o, por lo menos, no todo.
—¿Qué está buscando? —preguntó Bea.
—Una cosa que debería estar ahí.
—Eso ayuda muchísimo, abuelito.
—Por eso tengo asistentes.
Nos sentamos en el suelo.