La Casa de Lucas Capítulo XI
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Capítulo XI

Coqui estaba particularmente impaciente.

Yo, para variar, llegué tarde al entrenamiento porque esta vez me tocó venir en bicicleta. Los muchachos que habían clasificado estaban con el ánimo a tope. Los que no, sabían que durante los siguientes días servirían de sparring.

—Doble drive. Gracias por unirte al entrenamiento.

—Ya, profe. Suélteme.

—Como eres el último en llegar...

—Sí, profe. Yo recogeré...

Bea apareció en bicicleta.

Refunfuñando.

La dejó junto a la caseta y se acercó.

Coqui la miró.

—Felicitaciones, Bea.

—¿Por clasificar? Gracias, profesor.

—No. Porque hoy te toca recoger las pelotas.

Bea frunció el ceño.

No dijo nada.

Sonreí.

La justicia existía.

—Muchachos. Señorita —dijo Coqui, esta vez con un tono más ceremonial—. Felicitaciones por clasificar. El interclubes será la prueba definitiva. Desde hoy vamos a entrenar pensando en partidos largos.

Caminó frente a nosotros con las manos en la espalda.

—Ya no se trata solamente de técnica y ejecución. Se trata de fortaleza mental. De cuánto tiempo pueden seguir haciendo correctamente lo que saben hacer cuando están cansados.

Hizo una pausa.

—En una palabra: resistencia.

Empezó a distribuir a los muchachos con sus respectivos sparrings.

—Una cosa más.

Se tocó la cabeza con el índice.

—La resistencia empieza aquí.

Después me señaló.

—Yo seré tu sparring.

—¿Por qué yo?

—Porque la fortaleza de un equipo se mide por su eslabón más débil.

—Yo no soy el más débil.

—Es tu primer torneo y clasificaste quinto.

Pensé unos segundos. Tenía razón.

Coqui era muy bueno. Creo que su principal cualidad era que no daba una pelota por perdida. Por más abierta o esquinada que le jugara, llegaba. Y no solo llegaba, sino que la devolvía hacia el lado contrario de donde yo estaba. Empecé a anticiparme.

Cambió de estrategia y comenzó a jugar paralelas.

Cuando terminó el partido yo estaba agotado.

Marcador: humillación total.

Coqui se compadeció y me lanzó una botella con agua. La atrapé con la mano izquierda.

El brazo derecho me pesaba tanto que apenas podía levantarlo.

—Ok, doble drive. Diez puntos por esfuerzo. Ven.

Lo seguí hasta un costado de la caseta. Había uno de los baldes grandes que utilizábamos para guardar las pelotas. Solo que esta vez no tenía pelotas.

Estaba lleno de agua y hielo.

—Mete el brazo completo. Relaja los músculos.

Metí la mano.

La saqué inmediatamente.

—Está helada.

Me miró.

No dije más.

Metí el brazo.

—Cuentas hasta treinta y cambia. El brazo que queda afuera, lo estiras.

—¿Cuánto tiempo?

—Hasta que tengas frío en los pies.

Lo miré nuevamente.

—¿Qué?

—Es broma. Cinco minutos es suficiente. Después regresas.

Hice lo que Coqui indicó.

Cuando regresé a la cancha seguía cansado, pero los brazos estaban bastante mejor.

Me esperaban dos de mis amigos y Bea.

—Dos de cada lado —ordenó Coqui—. Jugaremos carrusel.

Corrí al lado de Bea.

—Profe, ¿cómo se juega?

Me miró.

—Simple. Dos por lado. Solo bolas cruzadas. Golpeas y corres a la siguiente posición. Tu compañero ocupa la que acabas de dejar. Del otro lado hacen lo mismo. Nadie se mueve antes de que el otro golpee.

—Ahh, ¿como un carrusel?

Bea me miró.

—Impresionante. Descubriste por qué se llama así.

—Imprisioninti —dije imitándola.

Coqui levantó la voz.

—Los que pierdan el punto salen. Cuando queden dos, juegan un punto normal. El que tenga menos puntos al final acompaña a Bea a recoger las pelotas.

Bea levantó la cabeza. Miré hacia otro lado para que no notara mi sonrisa.

Empezamos.

Al principio fue sencillo. Golpear. Correr. Del otro lado hacían lo mismo, pero poco a poco dejamos de jugar suave. En pocos minutos aquello ya era una competencia.

Alcanzar la pelota se hacía cada vez más difícil. Yo empezaba a dominar la mecánica.

Entonces regresó Coqui.

—Carrusel invertido.

Nos quedamos quietos.

—Ahora todo por la izquierda.

Genial.

El brazo empezaba a pesar y las piernas también. Ahí entendí lo que Coqui había querido decir. No era difícil pegar un buen golpe, lo difícil era seguir pegándolo cuando el cuerpo empezaba a pedirte que hicieras cualquier cosa más fácil.

Divertido pero agotador.

—¡Última ronda!

Quedamos dos. La pelota llegó profunda a mi izquierda. Yo estaba cansado así que cambié de mano. La raqueta llegó. Mis piernas, otra vez, no.

Fuera.

Me tocó quedarme a recoger pelotas con Bea.

Bueno, mis piernas lo decidieron por mí.

Solo que no me avisaron.