Capítulo X
Entrada la noche, con un gel frío sobre la cara para aliviar las quemaduras del sol, tenía la sensación de que algo estaba olvidando.
Me dejé caer sobre la cama y mi cabeza golpeó la raqueta de madera. Me incorporé como impulsado por un resorte.
—¡Los perros!
Bajé de inmediato.
Mi madre estaba frente al horno, con los mitones puestos, esperando que terminara de hacer su trabajo. Mi padre freía papas y mis hermanas se divertían exprimiendo naranjas.
—Papá, no les he dado de comer a los perros de don Santiago. Se van a morir de hambre.
Mi madre protestó.
—Primero cenamos. Luego se van.
Mi padre cogió las llaves del auto.
—Regresamos en quince minutos. Vamos.
Pensé que me dejaría manejar.
Se anticipó.
—De noche no.
—Pero prendo los faros.
—Dije que no.
Perfecto.
Llegamos a la casa de don Santiago.
Pensé que Moka y Latte me guardarían rencor, pero no. Estaban felices de que alguien hubiera aparecido. Con tantas horas solos, habían hecho de las suyas. Entre los dos dejaron un reguero de cosas por toda la sala.
—Creo que don Santiago olvidó dejarlos en el jardín —dije.
—No lo olvidó.
Mi padre señaló la puerta que daba al jardín.
La malla del mosquitero tenía un hueco lo suficientemente grande para que pasara un labrador.
—¿La rompieron?
Pregunta tonta.
Merecía una respuesta acorde, pero mi padre estaba ocupado y contra el tiempo.
—Pa, tal vez lo mejor sea llevarlos a la casa.
—Solo si duermen en el jardín y tú con ellos.
A Moka no le pareció una mala idea. Movía la cola golpeándome la pierna. Parecía un látigo, no una cola. Mientras más feliz estaba ella, más me dolía a mí.
—Pensándolo mejor, mañana vengo temprano.
—Termina de darles de comer y déjalos en el jardín. Apura, que ya es tarde.
Ya conocía la rutina, así que todo fue más rápido. Al terminar, cerré la puerta de madera que daba al jardín. La malla del mosquitero sería problema de otro día.
Regresamos a casa precisamente cuando mi madre empezaba a servir la cena. Después de cenar reinicié mi tratamiento para las quemaduras y volví a aplicarme el gel.
Frío al principio.
Rico.
Alivio.
No recuerdo en qué momento me quedé dormido.
Por la mañana tenía una película seca sobre la cara. Pero estaba muchísimo mejor.
Antes de desayunar, mi padre me llevó nuevamente a la casa de don Santiago. Repetimos lo que se estaba haciendo una rutina.
Mi padre volvió al auto y sacó de la maletera una malla gruesa.
—Arreglo temporal.
Esta vez mi trabajo consistía en sostener la puerta del mosquitero mientras él pasaba la malla por debajo del marco y la tensaba.
—Esta madera es demasiado dura para las tachuelas. Me hará falta un martillo.
—En la cochera hay herramientas.
—Trae martillo, pinzas y una brocha limpia.
Fui.
La cochera de don Santiago tenía prácticamente de todo. Un gabinete completo con herramientas, pegamentos, tornillos, pernos, resortes, resistencias de distintos tamaños y grosores, un cautín y varias cosas cuya utilidad probablemente solo conocía don Santiago.
Y mi padre.
En casa también teníamos un gabinete así.
Todo terminaba siendo útil en algún momento —decía mi padre.
Regresé con lo que me había pedido.
Terminamos el arreglo.
No era elegante, pero sí una solución práctica y sencilla. Una malla por ambos lados de la puerta. Interesante.
Mi madre siempre se quejaba de los acabados rudimentarios de las reparaciones de mi padre. O, mejor dicho, de la falta de acabados.
Cada vez que algo se rompía, mi padre se ponía a repararlo. Hacía como que renegaba, pero yo estaba seguro de que disfrutaba el reto.
—¿Por qué no compras otro? —preguntaba mi madre.
—Ya no los hacen como antes.
Mi padre examinó nuestro trabajo.
—Trae vinagre.
—¿Vinagre?
—Vinagre.
Entré a la cocina por primera vez y la encontré ligeramente familiar.
Pero allí todo estaba perfectamente ordenado para foto de revista.
Artefactos modernos, casi futuristas. En el centro había una isla enorme con una cocina impecable.
A un lado, un juego de cuchillos profesionales como los que utilizan los chefs descansaba en un soporte.
Entonces vi los otros.
Un juego de cuchillos mucho más antiguos y bastante desgastados, sujetos a la pared mediante una barra imantada.
—¿Ya? —gritó mi padre desde afuera.
—¡Estoy buscando!
Abrí algunos muebles hasta encontrar el vinagre.
Volví con la botella.
—Aplica un poco sobre la malla.
Abrí la botella.
Mi padre leyó mis intenciones antes de que hiciera nada.
—Primero échalo sobre la brocha. Cuidado con la madera.
—¿Así?
—Sí. Por dentro también. Después seca el excedente.
Lo hice.
—¿Queda?
—Queda. Más tarde vuelves a aplicar un poco.
—¿Para qué sirve?
—No les gusta el olor. Por ahora debería bastar para que no intenten romper la malla otra vez.
Terminamos y entramos a recoger el desastre que habíamos dejado pendiente la noche anterior.
Había cosas por toda la sala. Cojines, una manta, revistas, un par de libros y varias cajas junto a la biblioteca. Algunas estaban cerradas. Otras tenían la tapa apoyada encima sin encajar completamente. No recordaba haberlas visto así la primera vez que entré a la casa.
Tampoco sabía cuánto del desorden era obra de Moka y Latte.
Empecé a guardar las cosas.
Recogí una vieja manta que Latte había arrastrado hasta el sillón de la biblioteca.
Él estaba encima, muy cómodo el señorito.
—Esto no es un juguete.
Latte discrepaba.
Cogió un extremo con la boca.
Yo tiré del otro.
—Suéltala.
Tiró con más fuerza.
Yo también.
—Latte.
Movió la cola.
Una de esas colas felices alcanzó una de las cajas que estaban junto a la biblioteca.
La caja cayó de lado.
—Perfecto.
Latte soltó la manta y salió corriendo.
Me agaché, encontré fotografías, documentos, cartas, sobres y objetos pequeños envueltos en papel.
Recogí lo que había caído sin mirar demasiado.
Entonces vi el dibujo. Estaba doblado por una esquina, hecho a crayones. Una casa blanca, con árboles, jardín.
Me quedé mirándolo.
Conocía esa casa.
Era la nuestra.
O, por lo menos, la versión de la casa que podía dibujar un niño.
Había un niño corriendo por el jardín.
Una mujer detrás de él.
Y en una de las ventanas, alguien más que levantaba la mano, como saludando.
Acerqué el papel.
La figura era más alta que la del niño.
Unas cuantas líneas formaban el cabello, los brazos y algo parecido a una camiseta.
Nada más.
Podía ser cualquiera.
Di vuelta al dibujo.
Había una fecha escrita con lapicero.
Hice la cuenta.
Después la hice otra vez.
Sesenta años.
Volví a mirar la figura de la ventana.
—¿Ya terminaste? —gritó mi padre desde afuera.
—Sí.
Guardé el dibujo junto con los demás papeles.
Volví a colocar la tapa.
No era yo, evidentemente. Sesenta años antes yo ni siquiera existía.
Me levanté. Di dos pasos hacia la puerta, me detuve y regresé.
Abrí nuevamente la caja.