La Casa de Lucas Capítulo IX
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Capítulo IX

Llegó el día del torneo clasificatorio. Bea pasó a recogerme, esta vez en el auto de su mamá.

—¿Vamos? —dijo.

Subí.

—Don Santiago me dejó las llaves de su casa y dijo que estará fuera unos días.

—Él viaja muy seguido.

—No sé. Parecía preocupado.

—Así es su cara, desde...

Se quedó callada.

No pensé más en ello.

En la radio sonaba Hotel California .

—¡Qué buena canción! —le dije.

—No. Es la mejor.

Tenía razón.

Llegamos al club y nos inscribimos.

—Voy a saludar —dijo Bea.

Se acercó a las chicas. Ellas entrenaban con otra profesora y su relación con Bea era cordial, aunque no especialmente cercana. Bea prefería entrenar con nosotros y, en los partidos, Coqui era quien le daba indicaciones.

Yo me quedé mirando las series. Dieciséis jugadores. Para clasificar directamente tenía que ganar mi grupo. Fácil. Quedar segundo significaba empezar a sacar cuentas.

Gané dos partidos y, por desgracia, perdí uno y terminé exactamente donde no quería estar. Dependiendo de otros.

Coqui me llamó.

—Te toca definir el quinto lugar. Recuerda: estrategia y recursos.

Perfecto.

Más presión.

Mi rival era un chico mayor. Su último año en la categoría hasta dieciséis.

El formato era corto: un set a cuatro games.

Llegamos 3-3.

Tiebreak.

Y ahí tampoco conseguíamos separarnos.

6-6.

Yo estaba dándolo todo.

Durante un breve descanso esperé que ocurriera algo. Una epifanía. Música de fondo. La voz de algún maestro diciéndome exactamente qué hacer. Nada.

Eso solo pasaba en las películas.

—Concéntrate —me decía a mí mismo.

El momento era tenso, me ardía la cara, olvidé la gorra y para rematar ya tenía hambre.

—Concéntrate —me decía a mí mismo.

Él sacaba.

Buscó mi revés.

Cambié de mano.

Drive paralelo.

La pelota cayó muy cerca de la línea.

Demasiado cerca.

Yo mismo pensé que se había ido.

—Buena —indicó el árbitro.

—¡Fuera! —reclamó.

El árbitro bajó de la silla y se acercó a revisar la marca sobre la arcilla.

Unos segundos.

—Buena —confirmó el árbitro.

7-6.

Mi rival protestó. Estaba muy enfadado, pero no cambió nada.

Ahora sacaba yo. Ace.

¿Gané?

Gané.

Nos encontramos en la red y nos dimos la mano.

—Buen partido.

—Igualmente.

Fui hacia la banca a recoger mis cosas, pero nadie se me acercó a pedirme un autógrafo.

Coqui apareció.

—Bien jugado. Me dio miedo ese último doble drive, pero lo usaste en el momento preciso.

—Gracias, profe.

Entonces miré hacia la tribuna.

Mi padre estaba allí. Sonriendo.

No sé a qué hora llegó.

—Buen partido —dijo.

—Igualmente… digo, gracias, pa.

Se rio.

—¿Cuánto viste?

—Lo suficiente. Aguantaste bien el revés y el juego de piernas ha mejorado.

Sonreí.

—No te duermas en tus laureles. El otro chico se desconcentró con la decisión del árbitro y eso jugó a tu favor.

Mi sonrisa disminuyó un poco.

—Pero ganaste —añadió—. Eso también hay que saber hacerlo.

Me gustó más esa parte.

—Te veo para almorzar. Estamos en la zona de parrillas.

Asentí.

No necesitaba que además declararan feriado nacional.

Fui a cambiarme y me crucé con Bea que había clasificado primera. Yo, quinto.

—Felicitaciones —le dije.

—A ti también.

Durante el almuerzo contaba mi grandiosa hazaña —creo que por tercera vez— cuando casi me atoré con la carne.

Bea acababa de aparecer. No sabía que la habían invitado.

—Hola —dijo.

Mi madre fue la primera en reaccionar mientras yo disimulaba.

—Hola, Beatriz. Ven, siéntate.

—Gracias.

Mi madre le señaló una silla a Bea.

Mis hermanas se acomodaron inmediatamente.

Casualmente, el único lugar libre quedó a mi lado.

Muy sutiles.

Bea lo notó.

También notó que yo lo había notado.

No dijo nada.

Keti me miró. Después miró a Bea. Después volvió a mirarme.

Mala señal.

—Uhhhhhh. Le gusta Bea.

Rojo tomate.

—Cállate.

Bea sonrió.

—¿De dónde la conoces? —preguntó Sofi.

—Del colegio.

—Y del club —añadió Bea.

—¿Tú eres la que le ganó? —preguntó Keti.

Miré a mi madre.

—¿Por qué saben eso?

—Porque llevas varios días renegando del partido, entrenando con una raqueta de madera y haciendo saltos con las piernas medio amarradas —respondió ella mientras servía otra porción de carne.

Mi padre volteó a verme.

Bea se rio.

—Fue un partido bastante parejo.

—Perdí por poco —aclaré.

—Perdiste —dijo Catalina.

—Keti...

—¿Sí?

—Tienes algo verde entre los dientes.

Mi madre siguió conversando con ella y mi padre mientras comíamos. Colegio, tenis, cuánto tiempo llevaba jugando, qué pensaba estudiar cuando terminara el colegio, esas cosas que las madres preguntan mientras aparentemente solo están sirviendo ensalada.

Yo traté de concentrarme en mi plato.

—¿Y él se porta bien en el club? —preguntó mi madre.

Levanté la cabeza.

—Mamá.

Bea fingió pensarlo.

—Depende.

Mis hermanas se rieron.

Perfecto.

Ya tenía cuatro enemigos en la mesa.

Al terminar el almuerzo, mi madre repartió helados de vainilla.

—Gracias, pero no puedo. Soy intolerante a la lactosa —dijo Bea.

—Yo tampoco quiero.

Mi mamá me miró.

—¿Desde cuándo eres intolerante a la lactosa?

—Dije que no quiero, no que no puedo.

—Ayer tomaste dos vasos de leche —dijo Sofi.

—Y yo te vi comiendo los chocolates de mamá, Sofocleta.

—¡Mamá!

Bea bajó la mirada para ocultar la sonrisa.

Aproveché un descuido de Keti y me acerqué a su helado. Bea se dio cuenta de lo que hice, pero no dijo nada. Cómplice.

Nos excusamos para ir a caminar.

—No se vayan muy lejos —dijo mi madre.

—Sí, mamá.

Perfecto.

—¡Uhhhhhh! —gritó Keti mientras nos alejábamos.

—¡Ya cállate!

Seguimos caminando.

Tres segundos después, todavía con la boca llena:

—¡Qué asco! ¡Mamá! ¡Mi helado tiene mayonesa!

Bea me miró.

Yo la miré.

Y los dos empezamos a reírnos.