La Casa de Lucas Capítulo VIII
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Capítulo VIII

—¿Vamos? —dijo don Santiago.

—¿Esperamos a Bea?

Miré hacia donde señalaba.

—Sí. Hermoso.

—Es de mi yerno. No lo he visto en el club así que probablemente Bea lo tomó sin permiso.

—¿Su papá no sabe que está manejando?

—Sí sabe. Lo que probablemente no sabe es qué auto escogió hoy.

Me quedé mirándolo.

—¿No sería mejor decirle que no está bien tomar sin permiso ese auto?

Don Santiago sonrió y seguimos caminando.

—El que cría a sus hijos puede darse el lujo de malcriar a sus nietos. Algún día lo entenderás. Lo que sí podemos hacer es mantener cierta distancia y ver qué tal lo hace.

—Misión de espionaje y seguimiento.

—Algo así.

Efectivamente eso hicimos. Bea tiró su maletín dentro del auto y se subió.

Don Santiago encendió el Volkswagen.

Salimos tras ella, conservando cierta distancia.

A los pocos minutos, Bea llegó a su casa, abrió el portón y entró a la cochera.

Nosotros pasamos despacio.

Bea nos saludaba desde la cochera.

—Gracias por acompañarme, abuelito —le gritó.

Don Santiago le lanzó un beso volado y el portón se cerró.

—¿Bea sabía que usted venía detrás?

—Siempre lo supo. Es nuestro acuerdo. Le brindo espacio para que practique su manejo y la seguridad de estar cerca si necesitara algo.

—Interesante. Mi papá se sienta a mi lado y me da instrucciones todo el camino.

—Es solo otra forma de hacer las cosas.

De regreso me dijo que se le hacía tarde para una reunión con unos amigos y que mi casa quedaba más cerca, así que fuimos directo allá.

El portón de la cochera estaba abierto. Mi madre acababa de regresar de hacer compras. Vio el Volkswagen apenas nos detuvimos. Dejó unas bolsas en el piso y se acercó.

—Gracias por tomarse la molestia de traerlo a casa —le dijo a don Santiago.

—Ninguna molestia. Mañana también iré al club. Si no les incomoda, puedo llevarlo.

—Gracias. Por cierto, don Santiago, lindo auto.

Don Santiago apoyó una mano sobre el tablero.

—Ayer terminaron la restauración y lo traje de vuelta a casa. Motor original.

Mi madre volvió a mirar el Escarabajo mientras se alejaba.

No dijo nada más.

En la cena, sin embargo, regresó al tema.

—Hace varios días vi uno exactamente igual.

Levanté la cabeza.

—¿Un Volkswagen?

—Amarillo. Igualito. Estaba en el estudio, organizando mis cosas y…

—El cuarto de juegos, mamá.

—Ahora es mi estudio. Como te decía, escuché el motor cerca de la cochera.

—¿Y cómo sabes que era un Volkswagen?

—Porque todos los que hemos tenido uno conservamos memoria de cómo suena.

Eso era bastante discutible, pero no era el momento.

—Salí por la puerta principal y ahí estaba. Un chico estaba manejando. Más o menos de tu edad. Delgado, de cabello castaño. Se bajó feliz, como si acabara de hacer algo importantísimo.

—¿Solo?

—No. Estaba con su papá. Se bajó por el copiloto y se dieron un chócala tan fuerte que terminaron sobándose las manos.

Sonreí sin querer.

—¿Y después?

—El chico miró hacia la puerta principal.

Dejé el tenedor sobre el plato.

—¿Te vio?

—No sé. Iba a saludarlos, pero Cata —así le decía mamá— empezó a gritar porque se prendieron los aspersores y la estaban obligando a bañarse con agua fría —dijo, riéndose.

—Eso no es gracioso —protestó Catalina desde el otro lado de la mesa.

Sí lo era.

—Cuando volví a mirar, ya no estaban —continuó mi mamá.

—¿Y cómo sabes que el señor era su papá?

Mi madre se encogió de hombros.

—De la misma forma en que cualquiera sabe que tú eres hijo de tu padre. Se parecían. Aunque había un detalle importantísimo.

Me incliné hacia adelante.

—Bájame los codos de la mesa.

—Sí, mamá.

Durante el resto de la cena seguí escuchando en mi cabeza el motor de un Volkswagen amarillo.

Ya en mi habitación, mientras renegaba un poco por haber perdido el partido contra Bea, sonó el teléfono. Como aún no habían instalado el anexo en el segundo piso, bajé corriendo.

—¿Aló?

—Muchacho, perdona la hora.

Reconocí la voz de don Santiago.

—Mañana, ¿puedes venir más temprano? Quiero enseñarte algo.

—Ok.

—Nos vemos mañana.

—Hasta luego.

Por la mañana llegué a casa de don Santiago caminando, casi corriendo.

Por un momento pensé en el señor Miyagi regalando el convertible amarillo a Daniel-san.

Ni siquiera toqué el timbre. La reja estaba abierta. Cerca de la cochera, mi bicicleta seguía apoyada en la pared.

Entré.

Moka y Latte salieron a saludarme efusivamente. Casi pisé un regalito suyo.

—Estoy en el taller —avisó don Santiago.

Apenas entré, me recibió con una vieja raqueta de tenis de madera y unas ligas para los tobillos.

Cogí la raqueta. Pesaba bastante más que la mía.

—Esto es para ti.

—¿Me está regalando una raqueta de museo?

—No. Te estoy enseñando a usar mejor la que ya tienes.

No entendí.

—Coqui tiene razón: debes mejorar el revés. El doble drive es un recurso, no una solución para todo.

—Entonces, ¿quiere que deje de cambiar de mano?

—No. Quiero que aprendas cuándo hacerlo.

Señaló mis pies.

—Tu problema no está en las manos.

—¿Entonces?

—Abajo. La mano llega. Los pies no.

Recordé el último punto contra Bea.

Tenía razón.

—¿Y la raqueta?

—Entrenamiento de sombra. Es madera sólida así que es más pesada. Te va a obligar a pulir tu técnica y hacer el movimiento sin alargar el brazo de más.

Levanté las ligas.

—¿Y estas?

—Para que aprendas dónde están tus pies.

—Parece tortura.

—También. Pero es mejor que perder partidos. Prueba un poco mientras busco las llaves.

Al principio fue fácil efectuar los movimientos, pero poco a poco el peso de la raqueta empezaba a sentirse; lo mismo con las ligas.

Esta vez vino con Moka, Latte y las llaves de la camioneta.

Moka y Latte, sentados sobre una manta extendida en el asiento trasero, iban mirando todo, cada cual por su ventana.

En el club, otra vez el 380 SL dorado.

—Regresa a casa con Bea, mañana temprano te llevo la bicicleta.

Don Santiago se despidió y se fue.

Esta vez llegué temprano y me senté al lado de Bea, que se ajustaba las zapatillas.

—¿Viste el periódico de hoy? —me preguntó Bea.

—No entiendo. ¿Qué pasó?

—En la página de deportes.

—No. ¿Por qué?

—El titular de la sección de deportes dice: «Prohíben el doble drive».

—Ja, ja. Muy graciosa. Yo leí la sección de policiales.

—A ver, ¿qué decía?

—«Castigada hasta la universidad por robarse el 380 SL de su papá».

Bea miró alrededor y, de un manotazo en el brazo, me quitó las ganas de seguir bromeando.

—Shhhh, cállate que mi papá te puede oír.

—Uy, qué pena.

—Tengo permiso para manejar el auto de mamá, solo de la casa al club, pero no el de mi papá. Es su juguete. Naturalmente, lo tomé prestado.

—Ok, no diré nada.

Al terminar el entrenamiento, su papá se acercó a nosotros.

—¿Te llevamos? —me preguntó.

Miré el 380 SL.

La pregunta era completamente innecesaria. Subir a ese auto era un sueño.

Había imaginado aquello muchas veces, imitando el sonido del motor mientras jugaba con el modelo a escala que había conseguido coleccionando cupones del diario durante semanas.

Pero esto era distinto. Los acabados. El cuero. Qué delicia al tacto. El sonido del motor.

El viento en la cara. Todos los autos deberían ser convertibles, pensé.

Hasta que me tragué un mosquito.

Bea se rio.

Su papá también.

Tosí.

Tomé agua.

Me tragué el mosquito.

Revisé inmediatamente mi opinión sobre los convertibles.

Paramos en una estación de servicio. El papá de Bea apagó el motor mientras llenaban el tanque.

—Este auto consume mucha gasolina —dijo.

Miró a Bea.

—Especialmente cuando no lo uso.

Bea se sonrojó, pero no dijo nada. Yo miré hacia otro lado.

Aquello era un asunto familiar.

Aunque me costó bastante no reírme.

Al día siguiente, don Santiago pasó unos minutos por la casa y me llevó la bicicleta, me dejó las llaves de su casa y unos billetes.

Le devolví los billetes.

—Cuida a mis muchachos, por favor. Regreso en unos días. Si hay alguna emergencia con Moka o Latte, utiliza la camioneta. El Volkswagen está fuera de cualquier discusión o necesidad.

—¿Y el BMW?

—Si logras encenderlo, te lo regalo —dijo juguetonamente, caminando hacia el Volkswagen mientras hacía girar un juego con varias llaves sobre el índice.

Quedé preocupado.

Quería preguntarle a mi padre si sabía encender autos sin llave.